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viernes, 24 de mayo de 2013

Elogio de la dificultad - Tomas Abraham

Dejo la entrevista que hoy publicó Clarin en su sección de educación. Para mí es brillante.

Elogio de la dificultad

Por Alfredo Dillon

El valor del esfuerzo, la importancia de que el docente sea un investigador y la decadencia cultural de la clase media son algunos de los temas que recorre el filósofo argentino Tomás Abraham en este diálogo con Clarín Educación.



Suele decirse que Tomás Abraham es un filósofo provocador. Su mayor provocación, probablemente, sea que se anima a pensar con libertad, y no teme pagar por eso el precio de quedarse solo. Responsable de haber introducido el pensamiento de Michel Foucault en nuestro país, director del Colegio Argentino de Filosofía y autor de numerosos libros (el último, El no y las sombras, fue publicado este año por Eudeba), Abraham es, además de filósofo, docente. Desde hace casi 30 años enseña Filosofía en el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, además de dar clases en varias universidades argentinas y extranjeras. En esta entrevista con Clarín Educación, luego de dar una charla en el ciclo Ser Director de la Universidad Di Tella, Abraham reivindica el valor del esfuerzo, asegura que estudiar es un oficio y que el argumento de la “inclusión” no debería encubrir lo que él llama “la mediocridad cultural de la clase media”.

–¿Por qué prefiere hablar de “estudio” antes que de “educación”?
–Me parece que cuando se habla de educación, se simula. Todo el mundo habla de educación: dirigentes empresariales, fundaciones, periodistas... Es como hablar de ética: todo el mundo habla de ética, y todos están a favor. A mí me gusta hablar de enseñar, es decir, de lo que pasa entre maestros y alumnos. ¿Qué es enseñar, aprender, estudiar? Eso es lo interesante y es un tema del que nadie habla. Hay una indiferencia social y cultural hacia el profesor de biología. No hacia el que contiene al chico, a la educación sexual, al arte de vivir, al gabinete psicopedagógico, a los derechos humanos. Para eso hacen cola. Pero el profesor de biología está solo. El tipo al que le gusta enseñar, que lo siente, que le importa, no tiene director de colegio, ni periodismo, ni los elementos ni los recursos para desarrollar sus ganas. Lo mismo el alumno: da lo mismo si se copó o no se copó con la materia. No hay cosa más frustrante que un tipo que tiene ganas y no le dan lugar para sus ganas.

–¿O sea que el gran problema educativo sería la falta de estímulos para esforzarse?
–Todo el tiempo los ojos están puestos en el necesitado, el que no puede, el que “no lo dejaron”. Y ese sector de la sociedad al que todos apuntan no tiene un problema educativo, tiene un problema vital: de hambre, de alimentación, de salud, de cuidado, de vivienda, de urbanización. El discurso de la inclusión es el discurso compasivo, cristiano, para apiadarse de los que menos tienen. Y ese es un sector de la sociedad que no tiene un problema educativo. ¿Qué pasa con los que comen 60 kilos de carne por año? El problema educativo es de la clase media. La misma clase media es indiferente al estudio y lo degrada. Se nota en el periodismo, en el lenguaje de la televisión, en lo que la gente lee. La clase media vive de las revistas y de chimentos de diarios, vive de lo que se llama “la política”, es decir, la farándula, que es más o menos lo mismo.

–Entonces, ¿el problema de la desigualdad debería quedar excluido del debate educativo?
–El tema es aprender, la mística del aprendizaje. Aprender es algo extraordinario. Lo saben los bebés, el bebé no da abasto del asombro. ¿Qué es aprender? Descubrir el mundo en el que uno vive. El mundo es muy grande y, mientras estamos en él, aprender es vital. Si no aprendés, te morís. Aprender biología, física, química, filosofía, cine, arte te va abriendo el panorama del mundo. Es viajar con la mente y el cuerpo. Eso pasa en una escuela: es lo que te da el profesor, que además está él mismo en pleno proceso de aprendizaje. Hablamos de educación, pero nunca hablamos del oficio, del trabajo de estudiar. Estudiar es trabajar, y trabajar implica esfuerzo, dificultad, frustración, goce. Y además te cambia. Uno no es el mismo: hay una especie de conversión.

–¿Cuál es el valor de la dificultad y de la frustración?
–Todo eso es desafío, es lucha. Esto no es Darwin, no estoy hablando de la supervivencia del más fuerte. Estoy hablando de que todo proceso de trabajo implica vencer un obstáculo, una dificultad. Esto ya lo decía John Dewey, el gran filósofo pedagogo norteamericano; lo decía Nietzsche. Es como hacer bien una nota: vos para eso tenés que laburar. No te “salió así”, es mentira, no existe el don. Incluso si tenés “el don”, lo tenés que trabajar muchísimo. Como Van Gogh: Van Gogh no estaba loco, era un artesano. Las cosas que valen son difíciles, en todos los órdenes de la vida.

–¿En esta capacidad para vencer los obstáculos se va construyendo la “autonomía” de la que hablan algunas pedagogías?
–Nadie se enseña a sí mismo, uno aprende de otros. Un libro es un maestro, los profesores son maestros. Un alumno tiene que hacer su propio camino: eso es un discípulo, alguien que hace su propio camino, que no lo podría haber hecho sin el maestro. El tema está en cómo te separás. El maestro se va a quedar solo, todo buen maestro se queda solo. El maestro que está todo el tiempo con las ovejas dentro del corral no es un maestro, es un tirano. Pero la autonomía siempre tiene que ver con una relación. Hay maestros que te guían hacia tu autonomía. Hay otros que no: les preocupa que no seas desobediente y no te apartes de la línea.

–¿Se puede definir al buen maestro como aquel que guía al alumno hacia su autonomía?
–Yo creo que un docente tiene que hacer una cosa básica, que es enseñar. Él sabe cosas que el alumno no sabe. Él enseña eso, no hay una paridad entre alumno y maestro. No, el maestro está arriba, porque en el aula se enseña y se aprende, y el alumno tiene que estar a disposición del aprendizaje. Y el profesor, enseñar. Como el buen profesor también es estudiante, lo que transmite es su propio proceso de aprendizaje, que es lo que mejor puede entender el alumno, porque va  a transmitir su búsqueda, la pasión de estudiar. Por parte del alumno, lo primero que tiene que hacer es obedecer, ser humilde, trabajar, aprender. Y el docente lo que enseña no es a “ser autonómo”, lo que enseña es bio-lo-gí-a. ¡Terminémosla con las grandes palabras morales y psicológicas!

–¿La docencia, entonces, es inseparable de la investigación?
–Un profe tiene una profesión extraordinaria. ¿Por qué quisiste ser profesor de filosofía? Porque te gusta. Y porque encontraste ahí un sentido que no podés darle a ninguna otra actividad. Poder hacer lo que te gusta es la felicidad. Y se supone que entre muchos profesores, algunos eligieron. A esos les hablo. Al que está porque está, que podría ser verdulero, profesor, comerciante, empleado... a ese le da lo mismo. Pero aquel que eligió, que no se olvide de por qué eligió. Eso es lo primero. No se trata de repetir lo que dijo ni Foucault ni Marx ni nadie. Para eso están los libros: leés los libros y ya está. Uno transmite una información pero pasada por el tamiz de sus pensamientos. Es decir, permanentemente en estado de pensamiento. Por eso hay que investigar.

–Si bien no hay recetas generales, ¿por dónde se puede empezar a mejorar la educación?
–Creo que lo importante es señalar la indiferencia general hacia el estudio. De lo que se trata es de trabajo, y el trabajo del profesor es enseñar y aprender. Y el del alumno es estudiar. Entonces tenemos que ser muy exigentes en eso, como los coreanos y los chinos, los nuevos dueños del mundo. Darle importancia al estudio es darles importancia a los estudiosos, reconocerles el mérito, estimularlos. Sin ninguna finalidad externa; ni para hacerse más rico, ni para ascenso social: todo eso es por añadidura. Simplemente porque es algo vital: la gente se enriquece si estudia y si aprende. Y si no, se embrutece. No hay término medio. La famosa “autonomía” tiene que ver con la posibilidad de elegir, y de tener recursos para poder decir que no. La gente tiene mucho miedo de decir que no, porque se queda sola. Rebelarse no es ocupar un colegio. Rebelarse es tomar otro camino, y eso  implica construir. Ocupar un colegio no es ningún laburo. Eso de que “tomás conciencia de tus derechos”… ¿y los deberes? El derecho se los da la Constitución: te pongo el aula, el colegio y el profe para que vos mañana le des algo a la sociedad. Y si no le das nada a la sociedad, estás en deuda.


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CICLO "SER DIRECTOR"

Tomás Abraham inauguró este año el ciclo Ser Director: Escenarios para la educación que viene, organizado por la Universidad Di Tella. Allí, una vez por mes los directores de colegios secundarios están invitados a encontrarse con intelectuales que abordan diversos temas de interés para la conducción de una escuela. La próxima conferencia será el martes 4 de junio, y estará a cargo de José Weinstein, especialista en liderazgo educativo y ex viceministro de Educación de Chile. El tema: “Los directores de escuela pueden hacer la diferencia”. La entrada es gratuita y requiere inscripción previa. Para más información, llamar al 5169-7232 o escribir a educacion@utdt.edu.

Fuente: http://www.clarin.com/educacion/Elogio-dificultad_0_922708089.html

jueves, 24 de enero de 2013

Filosofía - Tomas Abraham y Luis Diego Fernandez


¿Cuál es hoy el objeto de la filosofía en Argentina? ¿Qué es lo que ustedes persiguen haciendo filosofía?
LDF: Hoy hay muchos temas filosóficos, pero me parece que exceden el pensar en la Argentina. El tema del cuerpo es central: es un tema que desde hace 15 años que se ha instalado en el pensamiento. A mí, particularmente, me fascina. Cuando hablo de cuerpo hablo de placer, dolor, afectos. Es un tema que está muy presente en la historia de la filosofía. Desde Descartes: uno puede pensar en res cogitans y res extensa, que es el cuerpo. Está en Aristóteles y en Platón. Pero en estos años hay muchos pensadores que lo están trabajando. El bios: Roberto Espósito lo piensa mucho. Obviamente está en Foucault y Deleuze: el deseo del placer en los dos. Hay un interesante debate Foucault–Deleuze sobre el placer y deseo. Es un tema central tanto en la Argentina como en el resto del mundo.
Después hay discursos que me interesan. Por ejemplo, cómo el discurso de la publicidad vuelve sobre el tema del cuerpo. Cómo el arte contemporáneo está pensando la muerte. Hay otros más, pero no sé cómo piensa el tema Tomás.
TA: La filosofía no tiene un objeto, no tiene un tema, no tiene un problema. No se define como se podría definir un objeto de conocimiento que tiene un objeto teórico y una historia de tratamiento de ese objeto teórico. Qué es ser un filósofo: Foucault decía que no sabía si existía la filosofía, pero que había filósofos. Es muy interesante que la historia de la filosofía tenga tanta heterogeneidad y tanta variedad de riqueza de estilos. Tampoco se puede decir que la filosofía se escriba de una cierta manera porque no es así, se han escrito desde aforismos hasta sistemas, tratados, diálogos, lo que se les ocurra. La filosofía tampoco se define por tener un léxico. Imaginen la revolución que ha hecho Federico Nietzsche que le dio rienda suelta a todo tipo de estilos y vocabularios. Los filósofos inventan idiomas como Hegel en La fenomenología del espíritu, como Heidegger y hasta el mismo Wittgenstein. Foucault parece un historiador: para los filósofos dogmáticos no es un filósofo. Están los cuentos de Kierkegaard.
Qué es un filósofo. A mí me resulta útil dividir la labor teórica crítica en tres aspectos: la labor de los intelectuales, la de los pensadores y la de los filósofos.
Un intelectual es alguien que reflexiona sobre su propia práctica –puede ser un físico, un pintor, un escritor– y lo hace en relación a los problemas de su comunidad. Interpela los problemas comunes desde su lugar. Interpelar, un lindo concepto que inventó el filósofo marxista Luis Althusser, es llamar la atención. El intelectual llama la atención que está concentrada y dirigida por los grandes poderes. Hoy el problema es la reserva del Banco Central, mañana será Tinelli y pasado mañana será cualquier cosa. Hablo de los medios masivos de comunicación porque es más transparente, pero generalmente la atención se dirige hacia el lugar que a las autoridades del saber les interesa que se dirija. El intelectual interpela a la atención para tratar de volverla hacia otro lugar.
Un pensador es alguien que medita sobre su quehacer. Fellini, Fernando Fader, Glenn Gould, Baremboim son pensadores. Piensan la música, piensan la pintura, piensa su propia obra. Con este pensamiento nos comunican algo que tiene que ver con nuestro propio quehacer.
Finalmente el filósofo está entre el pensador y el intelectual. Interpela a la comunidad, medita a su propio quehacer, pero invoca a una tradición. No significa hablar de la tradición y hacer bibliografía, notas al pie de página, comentarios infinitos sobre un filósofo clásico. No significa eso, pero invoca a una tradición. Por ejemplo, la tradición socrática: se reconoce como participante de una tradición que tiene 2500 años. Por eso es filósofo. Yo soy filósofo tratando cualquier tema, cualquier objeto con estilos que me son propios. Me reconozco en la tradición que nació con Sócrates.
En esta diferenciación entre intelectual, pensador y filósofo, ¿cuál de los tres discute con la actualidad? ¿La filosofía pierde con la actualidad?
LDF: Uno siempre está pensando el hoy. Los grandes filósofos fueron hijos de su tiempo. Uno lee a Foucault, a Nietzsche, a Deleuze, a Hegel, a Heidegger. Todos pensaron su propio tiempo. Eso está en sus ideas. Es cierto, también, que el filósofo está un paso atrás. Está la frase de Hegel, que el búho de Minerva siempre llega cuando cae el crepúsculo. Para ser cien por cien contemporáneo, uno nunca debe estar muy cerca del presente, uno debe estar un poco atrás. Pero creo que todos los grandes filósofos fueron hijos de su tiempo. Quién recuerda a los profesores de los filósofos. ¿Quién fue el profesor de Hegel? En cambio sí se recuerda a los filósofos. Se recuerda a Hegel porque él pensó el 1800. Creo que su relación con el tiempo presente siempre es así, es muy clara en ese sentido.
TA: Claro, esa es la dirección. La historia de la filosofía es la historia de pensadores que pensaron su tiempo, para qué iban a pensar en lo que no pasaba. Pensaban en lo que pasaba en su tiempo. Platón no pensó para el tercer milenio, pensó los problemas de su tiempo, que esos eran las dificultades.
Qué es pensar. Se piensa cuando hay una dificultad, para qué pensar si no. Cuando hay una dificultad, si con lo que uno sabe no alcanza, se piensa. Se piensa sobre la base de los conocimientos adquiridos. En la rutina, funciona la automaticidad de lo que ya sabemos. Cuando deja de funcionar, cuando hay un escollo, cuando hay un obstáculo –cuando hay algo que los griegos llamaban problema– uno se pone a pensar. Pensar tiene que ver con el no saber, con la ignorancia, con el desconocimiento. Para mí toda la filosofía se puede sintetizar en el “sólo sé que nada sé”. No es “sólo sé que no sé nada”: es “sólo sé que nada sé”. Y lo puedo reducir todavía más: “sé nada, sólo sé”. Y no se sabe qué es este último : si es saber o ser.
No hay filósofo que no haya pensado su tiempo porque ahí estaba el problema, ahí estaba la dificultad. Platón, Spinoza, Descartes, Heidegger, Foucault. El presente es absoluto. Por supuesto, el horizonte en que estamos inmersos nos limita. No podemos pensar a vuelo de águila como si estuviéramos sobrevolando el planeta y viéramos dónde empiezan y terminan las cosas. Siempre vemos partes, estamos metidos en nuestro mundo, no podemos verlo todo.
Pensamos con lo que tenemos, con lo que podemos y, además, pensamos contra lo que se sabe. El pensar tiene algo de réplica. Se piensa contra una autoridad, si no para qué se va a pensar. No solamente se piensa por la dificultad, se piensa porque los espacios del saber están ocupados por curas, padres, familias, psicólogos, políticos, periodistas. Todo el tiempo recibimos signos de información de cómo son las cosas. Así se crean las creencias. Pensar es resistir a eso. ¿Por qué? ¿Porque tenemos un alma rebelde? No: porque tenemos un problema, hay algo que perturba, hay algo que no se sabe. Entonces se piensa. Los filósofos piensan su tiempo porque son su tiempo.
Recién Tomás dijo “yo soy filósofo”. Algo que me sucede bastante cuando entrevisto a gente que escribe poesía es que no se definen como poetas. Ustedes, que se definieron como filósofos, ¿en qué momento comenzaron a llamarse a sí mismos como filósofos?
LDF: Ese es todo un tema. Cuando uno estudia en la facultad siempre está la dificultad de saber qué va a ser cuando se reciba y tenga el título de Licenciado en Filosofía. Ahí hay un gran problema: qué soy. Finalmente es un tema de identidad, un tema básico, el punto uno del filósofo. Me recibo, tengo un título de la Universidad de Buenos Aires o de dónde sea, ¿qué hago? ¿Doy clases, hago cualquier otra cosa –como muchos filósofos que tienen un comercio o hacían otras actividades? En el fondo es una decisión política. ¿Soy un filósofo que entre en la Academia –que siga los pasos de la Academia, que haga un doctorado, vaya a los congresos, escriba papers– o soy un tipo que se abre de la Academia y hace lo suyo? Muchos tuvieron un breve paso por la Academia y luego rompieron con ella. Nietzsche por ejemplo.
Es un tema fundamental en la filosofía: autodefinirte como filósofo. Es verdad que hay mucho pudor. “Soy filósofo”. Hay gente que te mira como si fueras muy pretencioso. “¿Qué sos? ¿Un sabio?” Yo creo que soy un filósofo, pero precisamente por acá surge el problema y la resistencia. Creo que para ser filósofo, uno tiene necesariamente que romper con la Academia. Me parece que uno tiene que generar espacios propios. Ser filósofo es tener un pensamiento propio e intentar crear conceptos. Los grandes filósofos han generado conceptos. Esa es una de las bases de la filosofía: la generación de conceptos. Un filósofo no es un tipo que repite sistemáticamente y escribe notas a pie de página de Hegel. Eso será un buen profesor de filosofía quizá, pero no un filósofo. Si uno ve la historia de la filosofía con su riqueza ve que hay conceptos bellísimos. Hermosos. Ese es el goce del filósofo: construir una conceptualidad propia.
Después hay un modo de vida, que es algo que se ha olvidado. La filosofía académica es nada más que un discurso, no hay un modo de vida consecuente con un pensamiento. Pero siguiendo la historia de la filosofía, las escuelas de la filosofía griega y romana eran un saber para un vivir. Hoy hay una idea de que el saber es un conocimiento escolástico. Yo creo que es un problema actual de la filosofía: mucha gente no vive como piensa. Yo tengo un pensamiento, tengo una moral. Y veo que los grandes filósofos han pensado como han vivido y han vivido como han pensado. Es indisociable. Los estoicos tenían pensamiento propio, física propia, moral propia, pero también tenían un modo de vida. Incluso hasta una forma de vestirse. Allí había una construcción moral muy fuerte ahí que es lo que hoy se ha perdido –o la hay pero en forma muy esporádica–. Quizá el último que fue Foucault: él tuvo un propio pensamiento, una idea de pensamiento, generó conceptos de una manera extraordinaria y vivió en consecuencia con esas ideas. La identidad del filósofo, creo yo, está articulada en esas dos cosas: generar conceptos propios –obviamente con respecto a una tradición– y tener un modo de vida propio.
Lo que ha sucedido con la Academia es que se ha vuelto escolástica y ha generado monjes. Ese es el problema de la filosofía. La tradición de la filosofía griega y romana tiene se desarrolla hasta el siglo X o XII donde es cooptada por el cristianismo. Entonces son los monjes los que tienen el saber, pero hay un modo de vida válido que es el modo de vida cristiano. A partir de ahí surge una moral. Hay un conocimiento pero también hay una forma de vida. Creo que eso fue tomado por las facultades y la filosofía pasó a ser un conocimiento teorético, nada más. Los profesores serán extraordinarios pero son expertos en un pensador, van a congresos aburridísimos y nadie produce conceptos. Ese es un desafío que tengo: quizá sea ambicioso, pero me interesa pensar cosas e intentar poner a la filosofía cosas que vienen de afuera de la filosofía.
Yo siento que pertenezco a la tradición filosófica y mis referencias son hacia la tradición filosófica, pero me interesa cortar la tradición filosófica con pensadores que vienen del management, de la economía, del arte, de la política, de diversas tradiciones. Porque encuentro ideas que no encuentro en la filosofía actual.
TA: Retomo entonces por qué soy filósofo. No porque me caí en un pozo, eso seguro. A la primera persona que le molesta cuando me preguntan que soy y respondo soy filósofo es a mí. Soy la primera persona que se siente molesta y sin embargo lo digo siempre porque es así.
Sí, soy filósofo. Es medio absurdo porque en realidad es una virtud. Es como decir “soy virtuoso”. A uno no le están preguntando si es virtuoso, le están preguntando a qué se dedica. “Soy filósofo”: da pudor. Sin embargo el que estudia ingeniera es ingeniero y el que estudia filosofía es filósofo. A nadie se le ocurre que puede ser un pésimo filósofo. Ese es un problema. “Soy filósofo, pero bastante malo”: Eso sería desconcertante. Entendemos que haya un mal abogado, pero ¿ser un mal filósofo? Si todo el mundo entendiera que un filósofo puede ser malo sería más fácil decir “soy filósofo”. Se le podría preguntar “qué publicaste, o cuál es tu concepto (como decías vos, Luis), o qué ideas introdujiste al mundo”. Yo soy escritor y profesor de filosofía: muy largo, no da para una tarjeta, no sirve. En realidad yo estudié en Francia y en Francia se decía de una persona il est philosophe. No tenía que ser famosa ni nada: il est philosophe. Claro que no era una virtud. Si los franceses decían así, en castellano también se podía decir así. Pero de todas maneras es algo forzado. En ningún hotel donde dice profesión pongo filósofo, aunque me podrían hacer un descuento… [Risas]
LDF: ¿Qué ponés?
TA: Cambio. Generalmente pongo profesor, me cuesta poner escritor.
Con respecto a este asunto de la vida del filósofo y de lo que enseña. Los filósofos no son gente buena. Si uno cree que un filósofo es alguien bueno, inmaculado, una gran persona, valiente, corajudo, con sex appeal… No es así. El sabio de la tribu tampoco tenía todas estas cualidades. Se suponía que el sabio tenía una especial relación con el destino o con lo invisible y que por lo tanto podía guiar a otra gente, porque veía lo que los otros no ven. Pero podía ser un híper millonario como Séneca. No tenía que ser una gran persona. Heidegger era un gran filósofo y era un cobarde. Ni siquiera era nazi: era cobarde. Foucault no tenía para nada una vida ejemplar. En realidad hay que huir de las vidas ejemplares: son todas mentirosas.
En el siglo XIX se instituye la profesión del filósofo que es la de profesor. Antes no existía el profesor de filosofía, Descartes era de geografía, de lo que viniere. El profesor de filosofía es de los tiempos de Berlín, de Hegel. Es un profesor de historia de la filosofía. Antes no se enseñaba. Descartes no enseñaba historia de la filosofía, era un científico. En el siglo XIX tenemos al profesor de filosofía que habla de historia de la filosofía y en ese tiempo aparecen estos filósofos a la manera de los antiguos sabios como Kierkegaad, Schopenhauer, Nietzsche. Ellos son especiales: no son de la Academia, son de fuera. Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaad son de fuera de la Universidad. Pero son maestros tullidos. Schopenhauer era una porquería humana: avaro y misógino. Nietzsche estaba medio pirado, especialmente en la última etapa de su vida. Kierkegaad: hay que preguntarle a su novia Regine que huyó al Caribe con el mejor amigo de Kierkegaad porque era un espanto de persona. Quiero decir: no busquemos en los filósofos gente proba. ¿Qué somos, justos?
Un filósofo hace un ejercicio de pensamiento como puede y lo transmite vía escrito y vía oral. Los discípulos de hoy inventan a su maestro. Foucault es mi maestro, pero él ni se enteró. Deleuze es mi maestro, pero ni se enteró. El discípulo crea a su propio maestro. No es un gurú. No se trata de salvación, no se trata de iluminación, no se trata de pureza. Es la transmisión de lo que un filósofo hace con su propia tradición. Cuando yo doy una clase de filosofía, cuando doy una charla, lo que se ve y lo que se escucha es lo que yo hago con el pensamiento. Eso puede tener un efecto en el que escucha para lo que él haga con su pensamiento, es una transmisión.
No se enseña la filosofía como se enseña el abecé: no se repiten las ideas de un filósofo. Por eso no sirven los manuales, porque ahí condensan ideas de un filósofo. No existen esas ideas. ¡Nunca existieron! Un filósofo es un laboratorio de ideas, está en proceso de producción permanente. Un manual es la confección del producto terminado y tergiversado, no sirve. Lo que se transmite por la filosofía es lo que se hace con el propio saber: cómo lo pone en tela de juicio, cómo ama lo que hace, cómo se preocupa por lo que hace, cómo interroga aquello que hace.
¿Qué le aporta la filosofía a la política?
LDF: Hay una larga tradición. En la historia de la filosofía siempre hubo filósofos asesores de políticos. En Roma estaba el consejero político como una figura importante. Yo creo que el vínculo de la filosofía tanto con la política es central. A grosso modo, hay dos líneas: una es la del filósofo muy seducido por el poder –el filósofo cerca del político, asesor, Feinmann con Kirchner, por ejemplo–, y otra es la del filósofo en frente del poder –como Sartre–.
TA: Yo creo el aporte es de la política al filósofo. Es un aporte muy importante: el tema de la actualidad, pensar el día a día. Los políticos se bañan en el día a día. Se supone que el filósofo habla del milenio, del fin de siglo, de épocas. El día a día es sumamente importante. Es el gran desafío del pensamiento. Si uno no confronta o entra en ese desafío generalmente dice barbaridades. La coyuntura es muy importante. No es que uno la piense como un pajarito picoteando el alpiste, viviendo del instante: nadie vive del instante. Pero lo más difícil de pensar es la actualidad. ¿Hay algo más difícil que pensar qué pasa en la Argentina? ¿Hay algo más complicado que pensar sobre nuestro presente? ¿Hay algo más estimulante, más incitante que pensar aquello que está pasando en nuestro territorio, con nuestra generación, eso que está pasando, el devenir? ¿Hay algo más estimulante que el devenir? Eso es lo que aporta la política.
Generalmente el llamado de los políticos a los filósofos es un llamado más bien cosmético. Hay una idea –me gusta hablar de ideas porque las ideas las encuentro en todas partes, los conceptos los encuentro únicamente en algunos filósofos– de la escritora norteamericana Mary McCarthy que a mí me nutre todo el tiempo. Ella habla de espiritualidad, que también la usó mucho Foucault. Al político, como al empresario o cualquier miembro de una institución que tiene que ver con cuestiones sociales, le viene bien el filósofo tanto como le viene bien un rabino o alguien de otra religión, porque lo espiritualiza. Espiritualiza su propio quehacer. El filósofo tiene con qué espiritualizar: habla un poco de Aristóteles, le habla un poco de Kant, le habla del bien, del justo medio, le habla de la ética, tema por excelencia.
Ese tema se vende bastante caro en los lugares a los que voy a veces, lugares de productores de soja. En muchos lugares siempre me invitan una sola vez. [Risas]
Aquí ya vino dos.
En general es una sola. Quieren espiritualidad, que se hable de las cuestiones fundamentalmente morales. Los espiritualiza. Yo creo que la política es el modo en que se confrontan los poderes en el presente y realmente es una de las cosas más complicadas de entender. En la historia de la filosofía todos los filósofos se vieron confrontados con esta misma dificultad: pensar la política de su tiempo. Por supuesto que no es lo único, la metafísica es un asunto que me parece propio de la filosofía. Eso también es propio de la filosofía, no solamente el asombro aristotélico. Es la pregunta “qué es esto”.
¿Por qué lo invitan una sola vez a cada lugar?
Porque yo veo dónde está el muerto. Tengo olfato. Qué quieren que no diga y por qué no quieren que lo diga. Pensemos por qué no hablamos de algo. Pensemos el problema, pensemos la dificultad. El pensamiento edificante es el pensamiento que está adaptado a las circunstancias. El pensamiento sísmico, decía Gilles Deleuze, es el que mueve los cimientos, pero no es por soberbia que yo mueva los cimientos, si no que yo no pienso donde pasa algo, no pasa nada. Lo mejor que puede pasar es que pase algo. Que la gente sienta que hay una fricción. Que hay algo que no esperaba, que le ha provocado alguna reacción. Hablemos sobre lo que no siempre hablamos, sobre lo que no siempre sabemos. No es lo que se espera de un conferenciante.
¿Se sienten llamados a definirse políticamente?
LDF: Uno siempre hace algún tipo de expresión política con sus textos, con sus actitudes, con un artículo, con un post en un blog. Siempre hay una idea política por detrás.
Igual quiero decir que están apareciendo muchas cosas, es una charla muy nutritiva. Una idea que surgió es cómo es visto un filósofo por gente que no es filósofa, como acaba de contar Tomás, qué sucede cuando lo invitan a una conferencia. O que un político suele sumar a un filósofo por un tema de prestigio, por un tema de espiritualidad. Razones que son sumamente interesantes para pensar. Sumo a un filósofo para prestigiarme o para darme algún tipo de legitimidad. Lo que implica que minan la filosofía de santidad: que un filósofo tiene más que ver con un santo, que te meten con un rabino o un cura para darle un poco más de nivel a la charla. Es interesante porque es una idea platónica, en definitiva todavía están viendo al pensador como alguien que está fuera del pueblo, alguien que no está interactuando con el día a día. Uno también trabaja, se toma un colectivo o un subte, uno está interactuando con el mundo siempre.
Después hay otra idea: cómo pensar un país que no tiene tradición filosófica. Francia tiene una tradición filosófica clara, al igual que Alemania. Pero cómo es hacer filosofía en un país como Argentina que no tiene filósofos. Tiene muchos pensadores que no responden a una tradición filosófica. Hay grandes escritores, grandes poetas, grandes intelectuales, pero no hay una tradición filosófica. Uno que se define como filósofo hace filosofía sin tradición. Es como un huérfano; está respondiendo a otras tradiciones.
TA: Bueno, retomando, porque vos preguntabas…
Sí, porque se me escapó Luis Diego. [Risas]
TA: Ya lo vamos a atrapar. Vos preguntabas sobre la elección política, sobre una identidad política. La tarea que uno hace es la de pensar, decía Oscar Masotta, con el mayor rigor posible. Y ser honesto: la honestidad reside en decir lo que uno piensa si piensa. Si no piensa nada no se dice nada. Por otro lado, hay que ser capaz de nutrir la curiosidad de poder a llegar a pensar algo que nunca hubiera creído que podría hacerlo, estar abierto a cualquier tipo de pensamiento que vaya a contracorriente de lo ya sabido. Eso es un poco la honestidad. No hay una moral del compromiso político. No se “tiene” que tener: la vida se vive, no se tiene que. En realidad, la ética tiene que ver con la libertad, no con la imposición. Si hacés algo por el otro es porque elegiste hacerlo, por eso vale, porque fuiste libre de no hacerlo. Ni el compromiso ni la militancia.
Hace años percibí que era inevitable pensar a la Argentina. Pensar a Foucault tenía que ser pensando también a la Argentina. Lo que no significa un compromiso con alguna tendencia política, porque las decisiones políticas que uno toma son permanentes. Uno decide permanentemente cuando piensa. Uno decide, toma posición, toma partido. No es una regresión infinita para ver las causas ni los orígenes. Uno piensa porque hay una necesidad, porque hay un obstáculo, porque eso incentiva tu voracidad mental. Porque sos un caníbal intelectual, porque necesitás comer seso y que tu seso tenga alimento. Dewey decía que pensar es algo físico: lo necesitamos. Si no pienso sobre algo me voy a volver loco, porque la cabeza después se va y se va y se repite a sí misma como una úlcera del aparato digestivo. ¡Necesito comer! Entonces pensar es físico, es voraz y uno toma decisiones.
Uno puede adherir, decir “yo adhiero a este político, a esta línea política”. Esta adhesión se hace desde el lugar de la voracidad y la necesidad del obstáculo. Si domestico mi pensamiento para hacerlo funcional a la estrategia del político ya dejé de ser filósofo. Porque el filósofo no puede parar de pensar con libertad. Si hago cálculos de receptividad del mensaje, del modo en que se constituye la audiencia, en la conveniencia que le puede hacer este político al que adhiero, no va. El político que me interesa es el que me banca en mi libertad de pensamiento y que está dispuesto a que yo ponga en tela de juicio lo que dice su partido y su movimiento. Si no, para qué me quiere. Si está rodeado de chupamedias, de gente que todo el tiempo lo homenajea y le dice que es el mejor del mundo. ¿Para qué me quiere a mí si no es para que piense en las dificultades?
Yo lo he hecho, lo hago. Puedo adherir, pero siempre y cuando esta adhesión me haga sentir que el debate es bienvenido y la apertura mental del político no está totalmente jugada a una línea. Porque si está jugado a una línea, si es un sectario, si ya tiene su doctrina y lo único que le interesa es pescar fieles a mí no me interesa porque ya sé que eso no le hace bien ni al país ni a mí ni a nadie.
¿Qué político lo banca a usted hoy?
TA: El único que me banca es Binner.
Sigue en el socialismo de Binner.
TA: No, yo nunca estuve en el socialismo. Jamás. Me parece que es de muy baja categoría. Pero él me interesa. Me parece distinto a los otros políticos. Limitado como cualquier personaje político que tiene un partido chico tradicional y bastante esclerosado. Además, con responsabilidades tremendas para poder salir a flote. Pero me parece un hombre distinto. Yo busco en la Argentina algo que sea distinto a lo que ya sabemos. A veces yo veo la actualidad como el eterno retorno de lo mismo, como si no tuviéramos historia. Siempre lo mismo. Siempre lo mismo. Siempre está Rosas, siempre están los caudillos, los unitarios. Siempre lo mismo. Pero no es siempre lo mismo como si se dijera la oligarquía contra el pueblo, la lucha. No: ¡Siempre la misma pelotudez! No es una ética.
LD: Es una farsa, una comedia.
TA: Es un estancamiento, un país estancado en el debate de ideas. Por eso siempre saca del cofre lo viejo, porque no tiene nuevo vocabulario, nuevo lenguaje. No cambia de tema. Cuando digo que me banca Binner, no el socialismo porque justamente no funciona como orgánico, me banca porque me invita a decir cosas contrarias a su partido. Yo voy a decir cosas que pienso. Y él hasta ahora en estos años me ha dado un lugar para que piense en voz alta frente a sus compañeros.
Luis Diego, ¿tenés algún político o línea política que te interese?
LDF: En Argentina es medio complicado porque tengo la impresión de que está todo muy a la derecha. Yo soy liberal, estoy identificado con cierta idea del liberalismo. Pero cuando uno dice ser un liberal en la Argentina te dicen que estás con Alsogaray y un tipo que se defina como liberal y que haya apoyado todos los golpes de Estado es un contrasentido absoluto. Creo que estoy en el Centro, hay cosas que me interesan tanto de la izquierda como de la derecha, pero no soy un dogmático.
Vayamos a la idea que recién rescataba Luis Diego de pensar a la Argentina sin una tradición filosófica. Una tradición se construye en la práctica: ¿desde qué filosofía se podría construir la tradición argentina?
LDF: Ese es un problema muy fuerte, porque no hay filósofos en la Argentina. Hay muchos pensadores. Es interesante la distinción que propone Tomás del intelectual, el pensador y el filósofo. Acá hay muchos pensadores pero no hay filósofos porque no hay gente que busque en esa tradición filosófica. Hay grandes intelectuales tanto en el siglo XIX como en el siglo XX, pero si uno se está autorreivindicando como filósofo, a quién responde. Se está huérfano en ese sentido. Es el desafío de generar una filosofía argentina. Hay una gran tradición en Francia, Alemania. Estados Unidos tiene su tradición filosófica y no es un país europeo. Hay chance de pensar eso. Es gran desafío para mí que lo pienso desde hace 4 o 5 años. Además viajo bastante a Estados Unidos, me parece un país para pensar, lleno de contrastes, lleno de contradicciones. Con muchas paradojas que me interesan. Argentina tiene características similares, hay una cantidad contrastes, hay una cantidad de paradojas. Pero es algo pendiente, es una cuenta pendiente que no hayamos podido generar un pensamiento propio.
TA: Yo estudié en Francia y ahí encontré a mis maestros, me los apropié. Michel Foucault me dio la letra. Gilles Deleuze me dio la música. Sartre me dio la vocación. Y Grombowicz me dio la visión. Estos son mis maestros, ya están incorporados, no necesito hablar de ellos. Ninguno es argentino. Grombowicz vivió acá muchos años, pero es polaco.
Argentinos admirables en lo que a mí me interesa hay tres: Sarmiento, Martínez Estrada y Borges. No quiere decir que yo sepa mucho de ninguno, pero son mis maestros. Una vez le preguntaron a Grombowicz si había leído no sé qué de Borges, él respondió “con la pobre impresión que tengo de ese hombre qué voy a leerle”. Bueno, yo con la extraordinaria impresión que tengo de Borges, leí muy poco de él. No es que no me haga falta leerlo, pero lo admiro igual. A Sarmiento lo estoy estudiando ahora, lo estoy leyendo. Hablamos de un político: Sarmiento. Hablamos de un escritor: Sarmiento. Hablamos de un periodista: Sarmiento. Hablamos de un guerrero: Sarmiento. No hay muchos así. Que sean argentinos o que no lo sean, la verdad, mucho no me importa. Yo no soy argentino, yo soy rumano. Me hice argentino, me fabriqué. Podría no haberme hecho argentino. Yo sé que ser rumano no es lo mejor del mundo y que una vez me fui del país porque me iban a repatriar a Rumania que para mí era la silla eléctrica, pero también tiene sus ventajas ser un inmigrante. Soy un inmigrante, muy chico pero inmigrante.
Mi lengua materna no es el castellano, es el húngaro. Yo aprendí el castellano. Yo escribía como un semianalfabeto. Escribo en castellano, hablo en castellano. Me ciudadanicé argentino y esa es mi elección. Yo no soy argentino: yo me hice argentino. Yo escribo en castellano. Como diría Deleuze es mi lengua minoritaria, mi lengua menor.
LDF: Claro, lo decía de Kafka.
TA: Un judío checo que escribe en alemán. Yo soy un judío rumano que escribe en argentino. No tengo correligionarios. La bandera, salvo en el fútbol, no me interesa para nada. No me interesa el Oscar: yo quería que ganara la peruana. Pero soy un apasionado de la Argentina: la odio, la amo, la detesto, la quiero, tengo emociones. Por eso vivo acá.
¿Qué es la Argentina para usted? ¿A qué se refiere cuando dice que la ama?
TA: Es mi lugar. Para el que leyó Las enseñanzas de Don Juan: Don Juan y Castaneda van dando vueltas, no paran hasta que en un momento dado se cae Castaneda –lo recuerdo hace tantas décadas– y él se da cuenta que cayó en su lugar. Este es mi lugar. Con mi lugar yo no soy turista. Puede ser que no tengamos un lugar: el judío errante, ¿no? Yo siento que este es mi lugar. ¿Siempre va a ser mi lugar? No tengo la menor idea ni me interesa. A lo mejor voy a tener otro, a lo mejor no voy a tener ninguno. Pero hace bastante tiempo que lo elegí como mi lugar porque me importa: cuando voy a otro país me interesa, pero no me importa. Puedo ir a Estados Unidos, puedo ir a Francia, puedo ir a tantos lugares. Muy interesantes, pero que no me importa. Argentina me importa. Acá tengo mis hijos: no tengo mis raíces, pero sí mis ramificaciones.
La pregunta que cae, Luis Diego, es cuál es tu lugar.
LDF: No sé. Todavía estoy buscándolo. Son dos historias muy diferentes: Tomás tiene una historia de vida impresionante, yo tengo 34 años, estoy recién empezando en esto. Estoy buscando mi lugar. Es fundamental la diferencia que hizo Tomás entre un lugar que te interese y otro que te importe. Es una sensación física en un punto, que es el tema del pensamiento. Cuando uno está en Estados Unidos, o paseando por Europa, uno tiene una displicencia, siempre tiene ojos de alguien que es ajeno. En un punto es claro que no te importa. Te interesa, hay cosas que te seducen, pero no hay una importancia real por lo que te rodea, no hay algo concreto sobre tu cuerpo. Hoy, mi lugar es este.
Hago una pregunta más y luego invito al público a enriquecer la charla con sus preguntas. La pregunta es la que está pendiente desde el comienzo: ¿existe una intención pedagógica en la filosofía? Sobre todo en el habitual desempeño de ustedes.
LDF: Sí, eso está siempre. Hay un vínculo en tanto uno profesor. En nuevo para mí, porque hace poco que doy clases. Hace tres o cuatro años que estoy abriéndome a dar clases de filosofía. Había en mí una fuerte resistencia a dar clases de filosofía.
¿Por qué te resistías?
LDF: Era un proceso interno mío, pero también era una búsqueda de sentido. Yo entré a estudiar filosofía por un tema de sentido. Entré a la Facultad a los 20 años porque pasé por una crisis tremenda que incluyó ataques de pánico. Cuando entré a la Facultad de Filosofía y vi una demostración del sistema platónico y Aristóteles y empecé a estudiar filosofía antigua, me dije “es esto”. Ahí encontré sentidos: no uno sino muchos. Este es del Platón, este es el de Aristóteles, este es el de Nietzsche, este es el de Adorno. Esa fue mi búsqueda. Entré a la filosofía por una necesidad psicológica y física, porque estaba realmente mal hasta que vi eso. Cuando uno lee la historia de filosofía lee muchos caminos de sentido. Eso es lo fascinante que existe para mí. Hoy es al revés: hoy es una vuelta de tuerca porque hoy todo tiene sentido para mí. Si hace quince años estaba absolutamente perdido, hoy cuando salgo a la calle veo que todo tiene sentido por esa inmensidad de problemas. Todo me resulta apasionante de vivir. Recién ahora veo que necesito exponer sobre filosofía y entrar en contacto con gente que le interesa la filosofía. Recién ahora estoy viendo qué es esto de enseñar filosofía.
TA: La labor filosófica es una labor comunitaria. El prójimo es fundamental. No se puede hacer filosofía si no hay otra persona. Otros. No es el profeta del desierto, no es el santo brahmánico que se retira a los 50 años a la jungla. La filosofía nace en la ciudad, nace en la comunidad, necesita al otro. Pero el otro no siempre es un alumno. Hace muchos años que enseño filosofía pero me las arreglé como para no dar clase. Lo que más me interesa es trabajar filosóficamente. Desde hace 27 años coordino un seminario de filosofía donde producimos filosofía, producimos escritos, con un alto grado de compromiso semanal. Todos los jueves de todo el año desde 1984. Son colegas. Cineastas, psicoanalistas, profesores de filosofía, pintores… son 50 personas, no voy a decir qué hace cada uno. Todos con un fortísimo compromiso de investigación, de discusión y de estudio. Eso es lo que me gusta hacer: trabajar temas con otros. Puedo coordinar, puedo ayudar, pero no mucho, no soy director. No hay dinero, entonces el compromiso es el doble. Asistencia, puntualidad. Eso es lo que me gusta hacer a mí.
Con respecto a lo que decía Luis de la vocación cuando tuvo ese dolor psíquico y finalmente en la Facultad de Filosofía hubo algo que le llamó la atención. Que no nos sorprenda esto. Es muy raro que alguien se decida a estudiar filosofía para ganar guita. En mi caso, también fue así. A los quince años yo tenía una dolencia que era la tartamudez crónica. Desde muy chico no podía hablar. Prácticamente no hablaba, trataba de encontrar las circunstancias de no hablar nunca. Es muy difícil porque hay que ir al colegio, hay que tomar un colectivo, a veces hay que atender un teléfono. Todo eso era terrible porque no me salían las palabras. Hablaba para adentro que es pensar: yo pensaba todo el tiempo. En un momento dado, mi profesor de inglés –cuando yo tenía 12 años mis padres querían que estudiara inglés particular– era un señor grande –tenía como 24 años– y era culto. Yo nunca había conocido a una persona culta. En mi casa se decía que era culto y era importante ser culto. Era culto porque sabía de libros, sabía de música, etc. Este hombre me tomó cariño y de poco a poco empecé a leer con él. Yo me di cuenta que había algo que tenía que ver con el pensamiento que tenía jerarquía social. Una vez, a los quince años, me dio un diálogo de Platón. Para mí fue como las espinacas de Popeye. Eran diálogos y réplicas permanentes. La réplica permanente en donde estaba Sócrates con los otros en donde se discutía todo el tiempo, en donde no se aceptaban las cosas.
Un pariente me regaló un pariente un libro, La historia de la filosofía, que tenía grabados de Gustave Doré. Estaba Sócrates con la cicuta en la celda que le tocó en Atenas y el epígrafe del grabado decía “aquí un mártir del pensamiento”. ¡La puta! [Risas] ¡Un mártir del pensamiento! Nunca había escuchado eso: yo creía que los mártires eran religiosos y yo con la religión ya sabía cómo venía la mano. Había que mirar para arriba, era un asunto de Dios, yo con Dios ya había tenido mis problemas porque me había abandonado igual que a Jesús y a Job. Y ahí había un mártir del pensamiento.
Esta especie de vigor de la lectura me hizo ver que si yo leía, a mí alrededor me respetaban. Me respetaban por leer: entonces empecé a leer. Siempre tenía un libro al lado porque me daba autoridad. Mis padres decían “está leyendo” y no entraban a mi habitación como siempre que me invadían. Empecé a intentar ser un replicante a la manera de los personajes de Platón. Y a contestar cada vez que había algo que no me gustaba. Cosa que para un tartamudo es muy difícil hacer: contestar. La filosofía me daba recursos para hablar para afuera, no para adentro. Me llevó bastantes años hasta que alcancé la fluidez que tengo hoy, pero cada palabra que les digo a ustedes es un triunfo. Disfruto mucho lo que les estoy diciendo. Sé lo que no es hablar. Yo me siento el rey de mi propia boca.
(…)
Un profesor mío solía decir que si uno quiere leer filosofía tiene que empezar con cualquier menos por Nietzsche, porque después de Nietzsche no hay nada. ¿Sienten ustedes que tienen un filósofo que después de él non plus ultra?
LDF: Yo tuve muchas etapas. Cuando uno estudia filosofía se enamora de muchos pensadores. Ahora estoy bastante con Michel Onfray pero también con muchos italianos. Estoy leyendo mucho a Agamben que es un filósofo que me interesa mucho. Tuve etapas: cuando enfrenté a Heidegger dije “esto es lo máximo”. Es bastante complicado el post-heidegger, porque es complejo cómo escribe, cómo inventa palabras. Después entró Foucault y tuve algo muy fuerte, porque el pensamiento de Foucault te cambia muchas coordenadas sobre la subjetividad. Hay mucha gente que dice que Foucault es el pensador de la muerte del sujeto. Para mí lo más interesante de Foucault es pensar la posibilidad de una nueva subjetivación que está construida por redes de poder y saber. El sujeto de Foucault es una consecuencia que viene de ese vínculo de una cantidad de entramados que están ahí. Cuando entro a Foucault digo “esto es lo máximo”. ¿Qué hay después de Foucault? Hay otros pensadores. Deleuze. Onfray tiene cosas que me interesa.
Creo que el antes y después fue Nietzsche. Nietzsche era un pensador bastante marginal en la Facultad, se lo estudia en algún seminario, pero creo que no forma parte de ninguna cátedra concreta. Uno llega a Nietzsche por un seminario. Igual Foucault. Nietzsche no solamente por los textos sino por cómo los escribe. Eso es lo interesante: rompe con la estructura del tratado filosófico. Eso fue como una revolución. Dije “esto me interesa mucho más que lo otro que leí”. Venía de años de leer a Hegel y Husserl. Fue un mazazo en esa tradición hegeliana-husserliana. Fue algo súper liberador. Pensé que después de Nietzsche era difícil que encontrara algo, pero siempre encontrás algo. Yo creo que hoy está más viva que nunca la filosofía: siempre hay alguien que me interesa.
TA: Bueno, dentro de un mes y medio va a salir un libro mío que se llama Historia de una biblioteca y es la historia de mi biblioteca filosófica. Es la historia de mis lecturas de mis libros. De mi biblioteca desde Platón a Nietzsche. Es mi homenaje a los filósofos, es mi admiración por ellos. Un filósofo grande, si quieren, el más grande, no es aquel del cual no se puede ir más allá. Por el contrario: es aquel con el que nacemos en la filosofía. Con cada gran filósofo que nos enamora comienza la filosofía. Los grandes están para eso. Para sentir que la filosofía nace con ellos, nunca termina. Puede ser Nietzsche, puede ser Kant, puede ser Foucault, puede ser cualquiera. Que uno nace con ellos. Si es grande es porque nace con ellos. Decía el filósofo John Dewey que un proyecto educativo tiene por finalidad que la gente siga educándose. Un libro de filosofía, si es grande, tiene el proyecto que yo siga leyendo libros de filosofía. Así que no existe el último filósofo. Si queremos hacer una escala, existe el primero. Y si es grande va a ser siempre el primero y una invitación a, como dice Richard Rorty, a que continuemos esta conversación filosófica sin límites. Por eso siempre hay un más allá, es la invitación que nos hacen los maestros.

lunes, 22 de octubre de 2012

Democracia armada

Nadie va a resolver de una buena vez por todas el problema de qué es un régimen democrático y cuáles son sus características definitivas. Dos mil quinientos años de filosofía no cerraron el bucle y el debate prosigue. Hay quienes prefieren – como Laclau – hacer uso de esquemas abstractos y remiten sus afirmaciones a los autores clásicos para discutir acerca de qué es una representación política, interrogarse acerca de cuáles son los modos en que se establecen las relaciones entre representantes y representados, elaborar esquemas sobre la conformación de una voluntad popular, llevar a cabo una lectura política sobre el funcionamiento de las instituciones y reflexionar sobre las relaciones entre el estado y la sociedad.
Estos manuales breves o farrogosos sobre teoría política eluden la historia concreta de las formaciones sociales y disimulan el aspecto oportunista de sus presentaciones. No digo estratégico sino oportunista. Lejos de aspirar a un análisis de la situación política argentina, Ernesto Laclau intenta una vez más – en el texto desgrabado de una conferencia publicado en este diario la semana pasada – dar letra a las ambiciones del personal gubernamental kirchnerista que indudablemente aspira a perpetuarse en el poder, colonizar el Estado y unirse a quienes se preparan para celebrar el 7D.
La preocupación que lo desvela es que el kirchnerismo no se deje arrinconar por dos enemigos políticos: uno es el liberal constitucionalista, y el otro es el libertario izquierdista. El primero representa para él el orden conservador que detrás de su prédica a favor de la consolidación de las instituciones no hace más que defender los intereses del capital. El otro, el paleoizquierdista, como lo llama Verbitski, plantea un nuevo riesgo ya que en nombre de variadas formas de democracia directa, no consolida las demandas populares en aparato estatal alguno y termina por disolverse en la inorganicidad.
En medio de ambos el populismo kirchnerista que lo llena de optimismo. Reconoce que se corre el peligro de que el líder de las masas se “autonomice” como lo dice con ternura, y se convierta en algo que no se atreve a llamar por su nombre: un dictador. Pero quien se compromete en la lucha política sabe que, así lo recuerda Laclau, citando a un ídolo legendario que describía ciertos gajes del oficio, Lenín: “hacer política es siempre caminar entre precipicios”.
Como cita es extraña, entre precipicios, por lo general, uno cae en el abismo, seguramente que se trata en este caso del borde de los mismos. Y así fue, Lenín tenía razón, mientras él caminaba por los bordes, Stalin decidió arrojar al pueblo ruso al foso de uno de los mayores genocidios del siglo XX que fue coronado con gloria morir por los cantos de la izquierda.
Laclau dice que los representantes del pueblo no sólo deben cumplir con el mandato delegado por los ciudadanos, sino que tienen por misión modelar la voluntad popular. Sostiene que a veces el pueblo es débil y no sabe ni puede tener la fuerza política suficiente para luchar por sus intereses, y que por eso, desde la cúspide, la tarea del Jefe o Jefa junto a sus adláteres es la de crear las condiciones para lograr el triunfo popular. Y esto se hace sin consulta previa, se hace porque se debe hacer, porque la historia lo pide, porque la vanguardia revolucionaria así lo establece, y porque la masa de pobres estará agradecida de por vida a la conducción que desde Tecnópolis a la Biblioteca Nacional marca el camino de la liberación.
Linda música. Ya la escuchamos. Es el canto de la lucha armada del sistema de los 70. Su guión no ha variado, sus palabras dicen: el sistema representativo está en crisis, el parlamentarismo es un teatro de comedias, las instituciones, como insiste Laclau, no son “neutrales”, por lo que el poder judicial responde a intereses reaccionarios y sólo valen las sentencias del tribunal popular, los medios de comunicación están al servicio de las corporaciones, el capitalismo hace agua, etc.
La conclusión es obvia. El Líder y las masas llevan a cabo la revuelta popular, y en nuestro país la conducción de Cristina Fernández junto a Julio de Vido, Guillermo Moreno, Florencio Randazzo, Sergio Berti, Jorge Capitanich, Héctor Timerman, Carlos Zanini, Axel Kiciloff y Amado Boudou, guiarán a los batallones de Emilio Pérsico, Luis D´Elía y Milagro Sala, hacia la gesta nacional y popular, les guste o no a los millones de argentinos que no se han convencido de la naturaleza liberadora de la cruzada populista.
Tiene razón Laclau, el parlamentarismo no es garantía de democracia. Pero lo que olvida es que la ausencia de parlamentarismo lo es menos. Los parlamentos se crearon en el siglo XVII para destronar el absolutismo y frenar las guerras civiles que ensangrentaron un continente. La actividad parlamentaria volvió a recrearse a fines de la década del cuarenta del siglo pasado en los países europeos para evitar la aparición de un nuevo Führer. Por supuesto que el sistema representativo está en crisis, hace rato que lo está, por eso debe reforzarse con nuevos organismos de control ciudadano. Los distintos sectores de la sociedad deben estar representados en los mismos. Son diversos porque en la Argentina vive gente diversa, no sólo el palco de aplaudidores de conferencistas itinerantes. Hay católicos que van por millones a Luján, una clase media que quiere ir a veranear, millones que separan una parte de sus ingresos para enviar a sus hijos a colegios privados, trabajadores agremiados que ya son clase media y tienen su auto en una cochera, mucha gente que quiere ahorrar con una moneda que no se desprecie cada mes para comprarse una casa, tantos consumidores que le hacen caso a un gobierno que los manda a comprar un plasma cada mes y les pide que gasten más de lo que tienen para sostener el modelo. Hay de todo, además de quienes sólo viven de la asistencia del estado marginados en villas y en suburbios, asalariados con un sueldo de pobreza por falta de un trabajo remunerado en blanco.
Sólo los que pregonan vandalismos de cartón desde sus despachos, salas de redacción y cátedras pueden soñar con una especie de limpieza étnica que elimina de la escena social a los denostados “rubios”. El resentimiento pequeño burgués siempre fue antiburgués.
Y existe la libertad. Y la libertad no la regala el poder, por el contrario, el poder quiere arrebatarla. La libertad sólo puede ser garantizada por la ley y la autoridad. Claro que las instituciones no son neutrales, en ellas hay luchas por los espacios de poder, pero no son un juguete del capital.
Por el contrario, si no fuera por las instituciones y sus normas, la sociedad estaría a merced de las armas y del dinero, las dos fuentes de la dominación. Al poder político se lo controla, no sólo el parlamento, sino el periodismo también, sea del color que sea, lo hacen las iglesias, las asociaciones profesionales, las oenegés, la gente en la calle con cacerolas o con bombos, las corporaciones que con sus intereses fragmentan y diseminan las energías en una sociedad competitiva globalizada. Sólo un paranoico de mala fe con aspiraciones de despotismo ilustrado cree y desea que el poder sea uno solo, ya sea en manos de un Jefe o Jefa, o zarandeado por una entelequia fantasmal que poscomunistas cesantes llaman “multitud”. Por eso es tan difícil la práctica política, por eso no le sirven los intelectuales que no entienden de diversidad, complejidad, y que venden jacobinismo barato.
Que en Bolivia se vive un proceso democratizador como festeja Laclau, es posible, se trata de un país en el que al fin las mayorías tienen voz y recuperan sus símbolos de antaño. Pero no es para regodearse en la felicidad precolombina. Más de uno me decía en La Paz que quería estudiar chino, y no era para leer a Lao Tsé, y menos a Mao.
Que en Venezuela hay un ejemplo a seguir, Dios nos libre y guarde de vivir bajo el paraguas militar de una oligarquía petrolera que distribuye sí, es cierto, recursos en escuelas y clínicas, y mucho más entre generales, coroneles y asociados. ¿Tan mal estamos que ése es nuestro mejor ejemplo para una Argentina posible?
¿Qué hubiera pasado en Venezuela si ganaba Capriles? Aquellos que piensan como Laclau habrían denunciado un fraude electoral, o en caso de no poder demostrarlo, habrían consultado el manual del politólogo marxiano para explicar que el pueblo fue alienado y su conciencia manipulada. Pero al ganar Chávez festejan la democracia y hablan del éxito de la construcción de la voluntad popular.
El pueblo es una muñeca de trapo para uso de teoricistas.
La democracia no se define por sacar a gente de la pobreza. De ser así los jerarcas de Tiananmen que imperan en la China serían los héroes de la historia mundial, para no hablar de Hitler que entre 1933 y 1937 llevó a cabo el primer “milagro alemán”.
La construcción de la democracia no es una tarea a resolver con citas bravas de Gramsci ni tampoco con buenas intenciones republicanas en el continente más desigual del mundo; al menos podríamos reconocer la dificultad de componer en una misma frase libertad y necesidad, libertad e igualdad, o, como hoy se agrega, libertad y seguridad, que nos obliga a pensar de nuevo sin remitirnos a aventuras amortizadas que terminaron en una tragedia, o de contribuir una vez más a una incitación a la violencia de acuerdo al paradigma que interpreta a la política como una de las formas de la guerra, y con una forma de pensar sectaria que sin enemigos internos muere de inanición.

viernes, 17 de agosto de 2012

Libros sin fronteras - Por Tomas Abraham

Libros sin fronteras (Disertación de apertura Feria del Libro Pcia Corrientes)



La importancia de ser lector
Pertenezco a una generación para la que la lectura era un símbolo de prestigio cultural y de respeto individual. Recordemos que el presidente Arturo Frondizi se jactaba de leer un libro día por medio, y que sus hermanos tenían la talla intelectual de Silvio Frondizi y del académico Risieri Frondizi.
Quien leía trasmitía sin duda un tipo autoridad basada en alguna leyenda indescifrable, parecía el guardían de un arcano secreto que imponía silencio a su alrededor y lograba el reconocimiento de haber ascendido a un sitio envidiable por lo codiciado.
Se decía que una persona era leída – un modo pasivo de definir a quien se presentaba como depositario de un recurso importante – y cuando se elogiaba a un joven se comentaba que leía. Tener un libro en la mano más aún cuando esa mano era la de una persona joven no dejaba de ser una señal de un ser especial. Hasta tal punto que en épocas de dictadura como por ejemplo aquella tan preocupada por los efectos perniciosos que la cultura podía tener en la sociedad como fue la del General  Onganía, leer, tener barba y estudiar filosofía, eran certificados de peligrosidad y de sospecha permanente.
Por supuesto que no todo el mundo pretendía entrar a una librería o a una biblioteca  cuando la vida o el ocio así se lo permitían, no era un horizonte de atracción masiva, pero sí una meta y un ambición elitista y selectiva que ponderaba algunas virtudes, se hacía eco de determinadas necesidades y soñaba con supuestas glorias.
La virtud consistía en tener acceso al conocimiento, y el conocimiento era un valor destacable. Quien más sabía, más podía y más era. Saber, poder, y ser. Por otra parte, la necesidad se fundamentaba en la constatación de que las autoridades legítimas nos mentían y que trataban de domesticarnos. Los padres, los pastores religiosos, los profesores, los militares, los abogados, los médicos, la policía, los representantes de la investidura que componía el entramado reticular de los discursos del poder, engañaba, y la salida liberadora consistía en la apropiación del saber para demistificar esas palabras astutas, en apariencia terminantes, que nos dejaba, a nosotros, a aquellos jóvenes, sin palabras.
Por último, la gloria soñada era inocente, ingenua, aunque pudo con el paso del tiempo convertirse en un elemento delicado por su grado de inflamabilidad, porque de ser un faro que guía a una humanidad de naúfragos de acuerdo a la idea de Genio que legó el romanticismo, el hombre de las letras se hace depositario de una verdad por la que exige entregar la vida, no sólo la suya sino la de todos, adeptos y disidentes.
Cuando hablamos de Modernidad y cuando pronunciamos la palabra  Ilustración no hacemos más que referirnos a este compuesto de ideales que luchó por hacerse un lugar en un cosmos ordenado en base a una jerarquía trascendente, invisible, y sólo ella verdadera, representada por castas que aunaban el símbolo mítico-religioso y el poder militar. Este orden indestructible por dos milenios, desde la cultura antigua hasta las habilidades de la escolástica medieval, se fisurará en tres pedazos que provocan la gran dispersión que sella el final de los tiempos eternos de aquel Dios.
Cristóbal Colón y los grandes navegantes, Lutero y las sectas puritanas,  Galileo Galilei  con el ingreso del nuevo ojo mecánico que acerca a los sentidos lo que antes era sólo imaginable, producen esa grieta llamada modernidad cuyas sucesivas transformaciones no dejarán por eso de evocar ese primer gesto que modifica de raíz la concepción del tiempo y del espacio que se tenía de lo que se conocía por civilización.
El mundo ensanchado y vuelto sobre sí, el Cristo dividido y la Luna auscultada, hacen mella en el Uno de la Verdad, y la multiplicidad infinita no tendrá otro cancerbero que la aventura del conocimiento.
Conocemos la leyenda del Fausto que desde Christopher Marlowe a Goethe nos habla de la insaciabilidad de quien aspira al saber y de quien no quiere morir, ambos conjugados en el amor absoluto por la mujer ideal.
Fue fundacional de una civilización el mito de Prometeo que cuenta la historia de la humanidad como resultado del acto de un traidor a la causa divina que roba el fuego y se lo da a esa especie de seres inferiores llamados hombres para que cuezan el barro, cocinen la carne animal, y templen el metal.
Estos dos personajes de la literatura de todos los tiempos, nos dicen que quien aspira al conocimiento es un transgresor. Los mitos mesopotámicos lo ilustran. Quien quiere saber peca de soberbia, se iguala a los dioses, y sucumbe por su desmesura. La tragedia griega lo narra en Edipo como en Antígona.
Para saber es necesario tener coraje, no es un gesto gratuito ni una iniciativa ligera de tomar. Sócrates pertenecía a un mundo – el primero en la historia de la humanidad – en el que los hombres de una sociedad que se autodefinía como “política”, se arroga el derecho de darse a sí misma sus propias leyes. Fue la primera separación entre el cielo y la tierra, entre el eje vertical de los sistemas palatinos y la circularidad de la palabra pública ejercida en las asambleas.
Emmanuel Kant en su texto “¿Qué es la Ilustración?” anuncia a fines del siglo XVIII, hace poco más de doscientos años, que ha llegado la época en que la humanidad debe tener el coraje de saber, y que para tenerlo es necesario que se despoje de las tutelas en las que depositaba esa tarea.
El filósofo alemán afirma que la madurez es una actitud que se consigue por un gesto liberador de la custodia de los que se dicen autorizados por el saber: médicos, pastores, hasta llegar a mencionar a los libros como almohadones para el reposo de quien pide que otros piensen por él. Pero no se trata de despreciar el conocimiento sino de usarlo luego de un trabajo personal, de un desafío a las certezas inducidas y a las verdades sagradas que imponen la obediencia debida y la lealtad a los mandamaces encumbrados en el poder.
La gramática cuestionada
¿Se acuerdan de la palabra `autodidacta´? Educarse a sí mismo. Este propósito no implica desprecio alguno hacia los maestros – todo lo contrario – sino el hecho de que el estudio es un trabajo personal ineludible bajo la conducción sutil de un maestro.
Lo que el docente trasmite no es tanto un cúmulo de conocimientos clasificados y una nomenclatura de sostén para expresarse con propiedad, sino su modo de aprender que incluye sus equivocaciones. La enseñanza es el puente que se construye entre aprendices y estudiosos de generaciones sucesivas en el que se instruye a aceptar el error de quien ensaya y experimenta incansablemente.
Hoy se dice que la era de la gramática ha fenecido. Se sostiene que los modos de acceso al conocimiento ya no necesitan del lenguaje verbal ni de sus expresiones escritas. Nos anuncian un cambio civilizatorio. Bienvenido sea, si tal presagio tiene contenido. El temor al cambio y la conservación de lo adquirido no siempre resguardan valores imperecederos. Todas las culturas tienen fecha de vencimiento.
Filósofos de hoy, uno de los más interesantes, Peter Sloterdijk, dice que el humanismo de las letras ya no es el ideal comunicacional de nuestros días. Nos pide que dejemos de lamentarnos por esa pérdida. Escribir, o leer, no son actos naturales. No por eso llama al analfabetismo sino a una nueva concepción del saber con sus novedosas herramientas.
Lo que el filósofo alemán parece evocar es una nueva revolución galileana como aquella que descabezó las artes liberales de su trono humanista mediante la sustitución de la retórica, la gramática y la lógica de su sitial escolástico por la nueva verdad de la ciencia físico-matemática inscrita en las leyes naturales.
La novedad del día ya no reside en la conformación de un mundo estructurado según el paradigma clásico del siglo XVII, la mathesis universalis, es decir una clasificación del orden de los seres desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande de acuerdo a sus diferencias y semejanzas, esa idea de que el todo podía ser visible y calculable para la mente humana con el fin de la transformación de la naturaleza para la felicidad en esta tierra, sino en la revolución de las ciencias biológicas que ya no hablan del mundo sino de la vida.
Para Sloterdijk hay un nuevo lenguaje que se inaugura a contracorriente del humanismo de las letras y de las artes y que dará cuenta de lo que llama Parque Humano.
De todos modos no nos hagamos tantas ilusiones, o, mejor dicho, podemos hacérnoslas por algún tiempo más. Mientras la ética, la política, la economía, no sean calculables y los intentos por elevar su perfil epistemológico para hacerlas disciplinas “duras” padezcan un fracaso tras otro – sabemos lo que valen las predicciones y los predicadores en nuestro mundo en crisis – el discurso verbal o escrito de acuerdo a la arcaica sintaxis seguirán siendo vigentes, y los “relatos” necesarios, al menos para engañar a la gente.
Recordemos que para los fundadores de la filosofía, como Platón, la escritura desnaturalizaba el conocimiento. Poner a disposición de cualquiera un saber delicado, conocimientos que requieren de parte del receptor virtudes comprobadas, se vuelve una apuesta arriesgada si el texto circula en el espacio público en manos anónimas para fines desconocidos.
Platón era muy cauto en cuestiones de democracia. Pero una vez que el mundo de la antigüedad se abre y deja de ser aquella polis griega en donde los asuntos políticos se dirimían de un modo directo en el ágora y en las asambleas, una vez que la figura del sabio pierde lo que Nietzsche llamaba su majestad sacerdotal que hacía de la Voz la emisión oracular de una verdad sólo mostrada de sesgo por el temor que producía, una vez que la ciudad griega se hace metrópolis y los espacios de confluencia se diagraman de acuerdo a dimensiones imperiales, puntos alejados, sin contacto directo, entonces el texto se hace epístola, carta para aproximar a los lejanos, preceptivas para acercar a maestros y discípulos. El escrito es un envío de amistad, una señal de aproximación, un llamado a la escucha que se hace lectura.
Leer, entonces,  es recibir un  mensaje de un amigo. Esta concepción del texto es una remisión muy antigua sobre el escenario en el que nace la filosofía, palabra que en su composición reúne el saber con la amistad, el amor con el maestro.
Leer no es lo mismo que estudiar
Pero no se trata sólo de una forma de la afección. Un texto no es un abrazo. Tampoco es una forma de estar conectado. Un texto se compone. Es lo primero que me enseñaron en la facultad cuando ingresé creyendo que un  libro era una caja que al abrirla contenía un mensaje como si fuera una mariposa que se libera con la lectura.
Leer no es lo mismo que estudiar. Estudiar es leer de otro modo. Tiene etapas. Se estudia – me refiero al campo de las humanidades, aquel en el que el alfabeto aún tiene sus prerrogativas al menos hasta que la ingeniería genética, la farmacología y la biología avanzada no se apliquen al comportamiento y constituyan la primera ciencia social digna de ese nombre – con un lápiz, se escribe el texto que leemos, anotamos en los márgenes, subrayamos, destacamos las principales líneas de fuerza y las apartamos en hojas o fichas de lectura, organizamos los temas, prestamos atención a las fuentes bibliográficas del autor y a quienes señala como sus maestros, ponemos en una balanza sus preferencias como sus rechazos, sus remisiones a determinadas tradiciones, en qué y en quien se legitima, contra quién piensa y escribe.
En una palabra: conversamos con el autor. La palabra conversación es parte de la historia que relata las vicisitudes del arte interpretativo, que se conoce como hermenéutica, lo que no significa deponer arma alguna ni una permisibilidad blanda, ni la tolerancia como aceptación de la alteridad o del diferente.
Este modo de interacción necesita de la libertad del lector que una vez respetada la distancia que todo texto impone para poder leerlo, distancia que mitiga el apuro por  volcar sobre él nuestras ansiedades, no usarlo de espejo de nuestros deseos, evitar reducirlo para conformar nuestras certezas por no decir nuestros prejuicios, una vez hecho el trabajo de lectura, discutimos el texto, nos involucramos en él, vemos despertar en nuestra mente imágenes de pensamiento que nos descubren mundos nuevos, hacemos de la lectura y de nuestro vínculo con el autor, un desafío, un hilo cinchado por tensores.
Palabras conocidas de la tradición como debate, disputa, polémica, controversia, diálogo, son manifestaciones variadas del ejercicio de la lectura.
Por eso la lectura requiere humildad, lo que no quiere decir modestia ni falta de atrevimiento, sino perseverancia, constancia, el día a día del trabajo que se mejora a sí mismo por su dedicación activa.
Leer es una tecnología muy antigua, poco tiene que ver con lo que se dice y festeja con las nuevas tecnologías. Hay quienes tienen una concepción algo frívola de las  nuevas tecnologías. Creen que lo principal es estar conectados, como si fuéramos aparatos domésticos que funcionan a corriente continua. La lectura es una labor solitaria. Se practica en el silencio. Requiere concentración. Estamos solos pero en nada aislados. Nos habla otro. Muchas veces nos habla un grande, un hombre superior, pero no en el sentido de que es un santo, ni un héroe, ni un hombre de algún poder, sino un ser de extrema sensibilidad que nos permite despegar nuestras propias ideas, construirlas, percibir el mundo con otros ojos.
Leer es una actividad antihipnótica sin conectividad. No se necesita del libro para llevarla a cabo, las pantallas también lo hacen, pero el libro nos ofrece la sensualidad del tacto, la rugosidad de la materia, el sabor terrestre de la manualidad, y la compañía mágica de un silencio sólido que no calla.
El tiempo de la lectura es un tiempo lento. La lectura en diagonal es para constipados que sólo quieren descargar cuantos antes su necia voluntad de creer que hay un final, o para incontinentes que no logran disfrutar la pausa que impone el placer del texto. No se hojea ni se solapean las páginas, salvo que se usen los libros para tareas de promoción personal y prestigios de sobremesa. Por eso hay que desconfiar de la mediocridad oculta en todo tipo de facilismos que nos hablan de la importancia de la creatividad, de la belleza de la espontaneidad, de la autenticidad del sentimiento, de las intensidades emotivas, y de otras formas de la pereza. Pensar es un trabajo, y es tan necesario como respirar y  para no ser un muerto viviente, como parece desearlo nuestro ministro de educación nacional.
Cuando un responsable de la educación quiere ser partícipe del jolgorio de ocupaciones de colegios y del reclamo de derechos que identifica con supuestos compromisos sociales, lo que en verdad programa es una juventud entregada  e ignorante.
Estudiar es un trabajo, quizás uno de los más maravillosos que se hayan inventado. Tiene que ver con uno de los rasgos que hacen de la especie humana un fenómeno vital interesante: la curiosidad.
Estudiar es una responsabilidad, porque insume recursos de alto costo social que se pagan con el esfuerzo colectivo. El estudiante hace uso de los mismos de un modo gratuito en la escuela pública. Por lo tanto su deber es principal respecto de un derecho que ya ejerce.
Estudiar es un placer. Hoy en día la tecnología le abre a la adolescencia el universo del conocimiento de un modo tal que puede multiplicar sus energías en el aprendizaje de los misterios de la vida y de las complejidades del mundo como mi generación jamás pudo haberlo sospechado.
Imaginemos clases de historia, geografía, biología o física con el arsenal digital y la enciclopedia audiovisual que ofrece la web. Sin embargo, mientras el ministro de educación hace demagogia impune, la deserción escolar en la escuela media llega en nuestro país al cuarenta por ciento. Es una garantía para la pobreza, el atraso, y el abandono de futuras generaciones.
Debemos reinstalar la idea de que estudiar es un oficio. El sociólogo norteamericano  Richard Sennett ha dedicado sus últimos libros ha comprender la idea que subyace en la labor artesanal. La antigua idea de “oficio” por la cual hacer las cosas bien nos hace bien, nos permite respetarnos a nosotros mismos. La idea de oficio bien hecho vinculada a la  de respeto por uno mismo, es la nueva y vieja pedagogía.
Leer sin anteojeras
Decir sin fronteras no quiere decir sin idiomas, sin estilos, sin tradiciones, sino sin anteojeras. Hoy la palabra militancia es la justificación de una actitud fanática, y de una combinación letal para la inteligencia: soberbia con estupidez.
La ideología – si se quiere conservar esa idea de ser depositario de un sistema de representaciones al que se adhiere –  se basa en convicciones mínimas que por lo general no se difunden por altavoz. Tiene que ver con los valores y se muestran en los actos.
Se ha difundido la idea de que todo el mundo aplica su ideología a lo que fuere, que todo es política, que la información y el periodismo son formas de la propaganda, que es lícito mentir si sirve a la causa, que todo vale por el modelo, y una estética de saldo en la adopción de la lamentable pose sobradora que siempre nos ha caracterizado, hoy nuevamente de moda, ante el aplauso de grupos cortesanos.
Se nos educa en el fascismo, que no es un régimen político, sino una cultura política.
Querer colaborar con la transformación del país para que no haya bolsones de miseria y un infradesarrollo humano en salud, educación y vivienda, lograr la plena expansión de las fuerzas productivas mediante la creación de tecnología que permita al país competir en el mercado mundial y ofrecer fuentes de trabajo bien remuneradas, hacerlo sin provocar conflictos internos paralizantes, guerras internas sangrantes, ciclos de avance y retroceso que desgastan a las generaciones y desaniman a las mayorías, construir un país en el que la distribución del poder por vías institucionales no permitan que aspirantes a la tiranía se eternicen en el ejecutivo con manejo de dineros e intimidación propios de sistemas policiales, hacer todo eso requiere de una población con ganas de estudiar, de trabajar, de formarse, de leer.
No hemos construido un sistema político en veintiocho años de democracia, es nuestra principal falencia, es lo que permite nuevas aventuras populistas y mecanismos que desde el Estado coartan libertades. El populismo se define por la acumulación de riquezas para quienes manejan el Estado, la impunidad para estos manejos por la corrupción del poder judicial, la compra de voluntades o la extorsión de las personas, y una masa de pobres asistidos y trabajadores precarizados, que sólo tienen por horizonte la perpetuación del asistencialismo que aseguran de un modo plebiscitario el poder de los jerarcas.
Sin embargo, construir una democracia política no es tarea sencilla en un país en el que el poder concentrado de la riqueza ejerce su peso político en la toma de decisiones gubernamentales.
El argumento a favor del populismo sostiene que en un país que tiene poderes corporativos fuertes y un Estado débil, un gobierno para sobrevivir no puede hacer otra cosa que acumular riquezas, lo que llamamos Caja, y asociarse con sectores del capitalismo vernáculo.
Cuando esta necesidad no pudo colmarse, los gobiernos cayeron o fueron expulsados, cuando el abastecimiento en divisas fue una realidad, como en la década del noventa con lo obtenido por las privatizaciones y las remesas de la deuda externa, o en la actualidad, con el superávit comercial por la explosión de los precios de las materias primas, los gobiernos ejercen hegemonía política.
Por un lado, entonces, riesgo de ingobernabilidad, por el otro opresión despótica. Este es uno de nuestros dilemas más urgentes que nos compelen a pensar una salida emancipadora y constructiva.
Y de pensar se trata para que la acción no se sostenga en sueños de salvación con las correspondientes pesadillas.  Pensar es multiplicar, buscar obstáculos, no huir de los dilemas, tener el coraje de decidir. Cuando así se lo hace, cuando se piensa con libertad, las fronteras, las aduanas, los inspectores, todo eso se evapora, como sucede con todo lo que se disuelve en el aire cuando un libro nos conquista.

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