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martes, 8 de octubre de 2013

Un fanático de la moderación

Por  |  Para LA NACION


Binner no parece un político argentino. No es cuestión de apellido (porque este país tiene políticos con todos los gentilicios de la inmigración) ni de que sea rubio, alto, de ojos azules, no un galán sino un gringo de Rafaela. Diferente del típico político argentino porque no lo tocaron las tradiciones populistas del peronismo ni las tradiciones de elocuencia tribunera del radicalismo, que también sabe ser populista.
Tampoco tiene el estilo campechano, inteligente y zorro del fundador de su partido, Guillermo Estévez Boero, el único socialista con cualidades oratorias y gestos que lo revelaban sensible al populismo. Binner no es un buen orador espontáneo. Cauteloso hasta la parsimonia, cuida cada uno de sus dichos. Difícil que se deje arrastrar por el fervor de un acto de masas. En agosto de 2011, cerró la campaña del FAP en el Luna Park con un discurso tan contenido que parecía la intervención en un panel universitario. Si los periodistas buscan un título, no será de Binner de quien lo obtengan.
Es un nacionalista convencido. Se emociona con la celeste y blanca; se enorgullece de que en Santa Fe se haya cosido la bandera más larga del país, un récord patriótico; es un malvinero para quien las islas son un territorio nacional tan histórico como las provincias unidas por los "pactos preexistentes" de los que habla el Preámbulo de la Constitución. Es también un político de quien jamás se ha tenido una sospecha de corrupción; un reformista moderado que cree en la buena administración. Su ideal es una burocracia de Estado honesta, técnicamente hábil, laboriosa y transparente.
El pasado agosto ganó las PASO con el 47% de los votos. Fue dos veces intendente de Rosario y una vez gobernador de Santa Fe (donde no hay reelección). Construyó un frente con radicales, demócratas progresistas, ARI y otras fuerzas que se mantiene desde hace años. En 2007, ese frente realizó una hazaña, llevando como candidato al radical Mario Barletta: ganarle por primera vez al peronismo en la ciudad de Santa Fe. El día de aquellas elecciones, la provincia se movía con centenares de fiscales dispuestos a garantizar el resultado, jóvenes que viajaban de una ciudad a otra, terminales de ómnibus repletas. El Frente Progresista construido por Binner puede reclamar los laureles de esa victoria.
Cuentan que maneja con mano muy firme el Partido Socialista, del que es presidente; en Santa Fe, su liderazgo partidario es indiscutido y le va mal a quien se le ocurre cuestionarlo. En elecciones internas de su partido, Binner le hizo sentir la derrota a quien se le puso enfrente. Esto no es incompatible con el diálogo hacia afuera de los límites de la propia casa política. A diferencia de los peronistas y de los radicales, feligreses en iglesias donde abundan las herejías y se recibe a los réprobos y a los traicioneros como si hubieran pasado por las aguas del Jordán y salido de allí nuevitos, es difícil que los socialistas de Santa Fe reciban a quienes, en la provincia de Buenos Aires, se hicieron kirchneristas. Esto les pone límites a las tentaciones de aventuras personales y también alambra con cinco hilos los espacios partidarios.
Pese a su nacionalismo, Binner no es un político criollo. No puede serlo: desde fines del siglo XIX, los socialistas fueron los primeros en denunciar ese folklore del negocio, el fraude y el toma y daca. Sin embargo, algunos socialistas, como Alfredo Palacios o Estévez Boero, tuvieron estilos más folklóricos. Binner nada, ni un rastro. Ésta puede ser su mayor virtud, y también su mayor límite. Hay modos del guiño, la exageración, el trato confianzudo, la proximidad del cuerpo a cuerpo, de los que Binner carece y, además, no desea aprender.
Su prudencia es extrema. Nunca da la impresión de ser un hombre políticamente audaz ni arriesgado, sino la de alguien que se esmera por ser calmo, respetuoso, correcto y ecuánime. Construcción planificada y a largo plazo, sumar y sumar, evitar el peligro del salto, pero perder al mismo tiempo la vibración carismática de quien juega su destino, alguna vez, en una sola movida (Raúl Alfonsín, lejos de ser un aventurero, supo hacerlo, ganó y perdió). En esta campaña electoral, procuró no cruzar demasiadas veces los límites de su provincia; no ofreció su buena imagen, con mano abierta, para apoyar a Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín, los candidatos del Frente Progresista en Buenos Aires. Administró su capital político. Binner quiere ser candidato a presidente de la Argentina. La generosidad política lo ayudaría sin ponerlo en demasiado riesgo.
No busca fascinar con destellos. Cumple un ceremonial que puede volverse solemne y aburrido. Nadie lo imagina en "Bailando por un voto" ni cualquier otro engendro de la teleingeniería audiovisual. Por eso solamente Binner, incluso cuando no es generoso con sus aliados, incluso cuando dice menos de lo que debería decir, sólo por eso es mejor que los símiles políticos construidos por asesores de medios y encuestadores. Prefiere hablar con técnicos y él mismo, médico sanitarista y anestesiólogo, es un técnico.

Quien busque emociones fuertes que ponga el rumbo hacia otra parte. Binner no busca apasionar, sino convencer. Por eso, la palabra "programa" es tan frecuente en sus intervenciones y dedicó todo el pasado verano a una construcción nacional, donde las reuniones con dirigentes y los documentos escritos fueron una prueba más de su modo poco espectacular de hacer política. Ignoro si los ciudadanos quedan fascinados con quien les asegura que tiene "programas". Pero al menos los santafecinos siguen votando a un hombre que ofreció "programas" cada vez que fue elegido. Hay un riesgo que no puede eliminarse: la moderación puede ser tan peligrosa como el desborde.

viernes, 23 de agosto de 2013

El peronismo busca un nuevo jefe - Por Luis Alberto Romero

El peronismo busca un nuevo jefe

Tras la derrota electoral que sepultó el objetivo de la re-reelección, se presenta una oportunidad única de observar, desnuda y sin poesía, la estructura política del segundo peronismo
Por   | Para LA NACION



Comienzan tiempos interesantes, un poco riesgosos pero apasionantes. Frente a nuestros ojos, durante los próximos dos años se desplegará un espectáculo digno de L' a comedia humana , de Balzac: el establecimiento de una nueva jefatura en el peronismo.
Muchos se preguntan si el peronismo todavía existe. La cuestión es demasiado compleja para clausurarla con un simple "sí" o "no", pues, como la Santísima Trinidad, el peronismo encierra el misterio de ser uno y muchos a la vez. No existe un programa, una "idea" o siquiera un sentimiento. Tampoco hay una organización, sino muchas, que compiten y acuerdan. Lo que sin dudas existe es un espacio común, más cultural que político, donde propuestas y liderazgos comparten valores, lenguajes, eslóganes, guiños y sobreentendidos que eventualmente facilitan la articulación. Ese espacio común es el peronismo.
El primer sobreentendido común es que se trata de ganar y de conservar el poder, y que para eso se necesita un jefe con carisma y autoridad , que articule el conjunto y le asegure un plus a cada jefe subordinado, expresado en una foto compartida. A diferencia del PRI mexicano, el peronismo no adoptó la saludable práctica de la renovación sexenal automática del gran jefe, y no hay mecanismos previstos cuando se debe renovar. Momentos como el actual tienen la dimensión dramática de un documental de National Geographic, cuando por ejemplo una manada de leones consagra a un nuevo jefe.
El espectáculo ya comenzó. No por la derrota electoral del Gobierno -de la que eventualmente podría recuperarse-, sino por la evidencia de que no habrá reelección. Se abre la competencia, con varios aspirantes de posibilidades parejas, y comienza un reacomodamiento de las estructuras del peronismo. Podremos ver al desnudo su forma de posicionarse, en un momento en que la pasión no enturbia el cálculo.
El peronismo clásico nunca debió afrontar este problema. Apareció en 1983, cuando estaba en el llano, y se dirimió en 1988, en la competencia entre Menem y Cafiero, quizás el momento más democrático e institucional del movimiento. Pero a partir de la vuelta al poder en 1989, la puja se maneja desde allí. El peronismo hace política con los recursos del Estado, con los que se mantiene la estructura política y se reparten beneficios, que a la larga retornan como votos. Lo hacen desde el presidente hasta el último intendente. Es un peronismo donde la política y la administración del Estado son la misma cosa.
Entre el Estado y los votantes, los administradores conforman una estructura política compleja y diversa. No se limita a la "Liga de Gobernadores" o a los "Barones del conurbano", en diálogo con el presidente. Ésta es sólo la parte externa de un juego que llega hasta los niveles más bajos, donde sus integrantes mantienen un contacto con los votantes que pone en juego todos los sentidos: pues para operar hay que hablar, oír, ver, oler y tocar a la gente.
El término "barones" es sorprendentemente adecuado, pues remite a una organización muy similar: la del feudalismo clásico, cuya compleja pirámide se asentó en quienes podían controlar directa y personalmente a una porción tangible y audible de los campesinos. Sobre esa base se construyó una jerarquía de autoridades, que llegaba hasta el príncipe o el rey, basada en lealtades y reciprocidades, pero sostenidas por la conveniencia o el temor. Las lealtades eran variadas, cruzaban lo territorial, lo familiar y lo político, y dieron resultados crónicamente inestables. El poder feudal, como el del conurbano, debe construirse y reconstruirse permanentemente, controlando las deserciones o quitándole subordinados al otro, pues entonces y ahora "nada es para siempre".
Aplicado a un municipio, por debajo del intendente de la eterna reelección, hay un presidente del Concejo Deliberante, quien en algún momento aspirará a sustituirlo. Quizás una oportunidad -un cambio en el gobierno provincial o nacional- estimule a alguno de quienes están por debajo -concejales, ministros, directores generales- a desplazar sus lealtades y comenzar a construir una nueva jefatura. En cualquier caso, estos cambios requieren realineamientos en los segmentos inferiores de la estructura. Allí, quienes han iniciado su carrera autoproclamándose "conducción" evalúan si su futuro está en la lealtad o en la traición. Cada uno está convencido de llevar en su mochila el bastón de mariscal; es sabido que muchos de sus mariscales sacrificaron y "entregaron" a Napoleón.
Esta inestabilidad permanente en el poder del peronismo estatal -ajeno a cualquier regla del Estado o del partido- explica el papel decisivo del jefe. Sin jefatura no habría peronismo. Y no basta un "liderazgo" como el que satisfaría, por ejemplo, a los radicales. Debe ser un jefe con autoridad y eficacia. Debe ser capaz de conducir al conjunto a la victoria. Debe poder manejar en orden el reparto de los recursos, del botín, eso que los estadounidenses llaman spoils. Finalmente, tiene que ser capaz de mantener la disciplina del conjunto, la unidad, con el palo y la zanahoria. Tony Soprano es un ejemplo didáctico adecuado para quienes no estén familiarizados con las antiguas prácticas de los reyes visigodos o francos.
Lo original del momento actual está, precisamente, en el final a término de la actual cúpula del poder, que además lo ha centralizado al punto de hacer notable su vacío. Sin cúpula, comienza el proceso de disgregación de quienes hasta hoy juraron fidelidad al modelo. Los que no tienen otra alternativa quizá la mantendrán hasta el final. Quien tiene algo que cuidar o vislumbra que en la ocasión puede aumentarlo abandonará el viejo redil y entrará en el juego. En la gran competencia hay varios competidores naturales: por lo menos diez. Los electores serán los otros, jefes, oficiales o suboficiales que controlan algún fragmento de poder. Todos pesan, cada uno en su medida. Dependerá de cómo se orienten, con quién sigan, a quién abandonen. Para cada uno de ellos el momento también es crucial y su elección será decisiva para su futuro.
Éstos son los protagonistas y el libreto básico de este episodio de la comedia humana. Los primeros ejemplos son deliciosos: el del intendente Ishii, quien hace apenas dos años proponía una cruzada contra los traidores, o el del sindicalista taxista Viviani, que sobriamente asegura estar "con los que ganen". Tras estos episodios, hay una oportunidad única de observar, desnuda y sin poesía, la estructura política del segundo peronismo.
¿Qué lugar ocupan en este juego las "bases peronistas"? Hay un papel para ellos, no a título individual, sino a través de los diversos colectivos que organizan la vida social popular. Quienes están vinculados con las estructuras son sus jefes: referentes, líderes sociales, "porongas". Ellos harán pesar el humor de sus dirigidos e indicarán si la gente "acompaña" con entusiasmo o a regañadientes, y hasta harán saber que no pueden encauzarlos a todos. Esto forma parte de su propio posicionamiento. Se abre una competencia en este nivel más bajo, donde la invocación a Perón o Evita parece pesar poco, y la de Cristina menos aún. Dependerá en parte de los discursos y de los acentos: más seguridad, menos corrupción, más lucha contra las corporaciones. Pero sobre todo jugará la posibilidad de mantener lo logrado, de acrecentarlo o de perderlo.
De todo esto saldrá un nuevo liderazgo peronista. Quienes no lo son se preguntarán cómo los afectará el resultado. Una posibilidad es que se consagre un "peronista manso", como se decía de algunos caudillos rosistas: tolerantes con los opositores, con mejoras en las prácticas y menos abuso del discurso. Otra alternativa es que la lucha no se zanje y que con un peronismo dividido se abra la posibilidad de alianzas transversales. En cualquiera de los dos casos, lo importante será apreciar la importancia de una brecha que permita a una fuerza política no peronista tomar forma. Un espacio alternativo y competitivo, con proyecto, política y liderazgo. Algo que por ahora parece lejano.

La ilusión del simplismo - Martín Lousteau

La ilusión del simplismo



martes, 20 de agosto de 2013

El peligro de la demagogia - Por Beatriz Sarlo

Publicado hoy en el diario La Nación. Un artículo con la lucidez de Sarlo.



El peligro de la demagogia

Massa estuvo en condiciones de elegir un camino relativamente autónomo, por sus propios méritos, por la expectativa que creó su equipo de imagen y por la desesperación de conocidos dirigentes que temieron quedar guachos, ya que no podían ni querían volver reculando a las tiendas kirchneristas. No ha mostrado entre sus enseres de campaña armas agresivas (no cuentan los insultos proferidos por la señora Malena Galmarini de Massa en los pasillos de un canal, porque después se disculpó por televisión). Su estilo es completamente no cristinista. Se limita a embolsar intendentes y políticos que fueron oficialistas hasta ayer o que, hasta ayer, andaban de casa en casa. Ahora lo esperan trabajos más difíciles, pero que requieren viveza y conocimiento del paño, no grandes concepciones.
Massa tiene una mirada fija y dura mientras pronuncia palabras sencillas. La cara partida en dos: frente lisa y ojos sin expresión, arriba; boca laxa, siempre dispuesta a la sonrisa, abajo. Como si lo hubiera modelado un retratista psicólogo, Massa muestra dos rostros. La cara que pondrá frente a Mario Ishii, ex intendente kirchnerista de José C. Paz, cuando un día de éstos toque a su puerta, debe parecerse más a la seriedad de Duhalde que a la afabilidad de un protector de las familias. Usará sus ojos o su boca, según corresponda. No se llega tan rápido si no se tiene esa habilidad.
El político que ha ganado una elección primaria al kirchnerismo debe esconder mucho más de lo que muestra. No en vano lo siguen Alberto Fernández, jefe de Gabinete de 2003 a 2009, y Felipe Solá, veterano de todas las guerras justicialistas, que aprenderá a moderar el tono irónico (parece que se lo comunicaron en plena campaña). Ambos confían en que el armado político, que a ellos les falló, se lo construya Massa. No hay que llamar a esto necesariamente oportunismo, sino criterio realista.
Verbitsky juzga que Massa encarna el duhaldismo residual. No hay que olvidar que, antes, Kirchner fue el heredero de ese duhaldismo sin Duhalde, que después se transfirió a su esposa. Con Massa (para usar las metáforas que últimamente selecciona la Presidenta) se abrió el libro de pases. Lindo ejemplo el del veloz De Mendiguren, un dirigente empresario que aplaudió a la Presidenta y, antes, a Duhalde. Lo acompaña Lavagna, el ministro que le dio a Kirchner varias soluciones a los embrollos de la deuda, un hombre a quien no le tiembla el pulso para anotarse bien alto en cualquier tabla de posiciones. Y una corte de empresarios y banqueros, hasta ayer frecuentadores asiduos de las inauguraciones, teleconferencias y actos presidenciales. El friso de los poderes fácticos.
O sea que Massa es un peronista pura cepa, no por sus ideas (que, hasta que los técnicos no vayan entregándole sus papers , son tan generales como una lista de buenos deseos), sino por la forma de juntar apoyos y, sobre todo, olvidar los currículums de quienes se le acercan. Éstos, a su vez, olvidan la parte incómoda de su pasado reciente, cuando, como el mismo Massa o el entusiasta Cariglino, trotaban detrás de Kirchner en la campaña de 2009.
Una prueba adicional, si fuera necesaria, de que el peronismo puede reorganizarse bajo las consignas más diversas. Massa no habla sólo para esta elección, sino que además se presenta como un hombre capaz de poner en orden el reino peronista por venir: el nuevo príncipe, cuyos electores (además de los ciudadanos) son antes y principalmente los intendentes y los empresarios. El paso dado por Eduardo Amadeo y Lavagna (que son más cuidadosos con su imagen que las líneas de técnicos ya fichados) sugiere buenas oportunidades de progreso en ese portaaviones. Hay pista de aterrizaje para todos los colores: radicales, macristas, incluso alguno que llegó a la política con Carrió. "No pregunto de ande salen, sino que vayan viniendo", podría cantar Massa, inspirado en un par de versos del Martín Fierro .
Para organizar el pan-peronismo no hay que hablar claro, sino que es necesario hacer gestos verbales. El primero de Massa fue una cinta de lugares comunes, encabezados por el mantra "la seguridad". A la gente que le duele la cabeza le asegura: "Por supuesto, a usted la cabeza le duele un montón; déjeme que lo mire con esta camarita y que les demos perpetua a algunos delitos". Quiero creer que Massa sabe que ésta no es una solución para el dolor de cabeza. Pero el demagogo no diagnostica. Repite la palabra que escucha. Palabra gemela a la del votante que, a diferencia del político, no tiene la responsabilidad de diagnosticar aquello que le duele.
El demagogo clásico es mimético. Le dice a su audiencia lo que ella quiere escuchar: "El mayor problema de la provincia de Buenos Aires es la inseguridad" (textual a Joaquín Morales Solá). Si dijera el mayor problema de la provincia de Buenos Aires es la indigencia, el hacinamiento, el desempleo juvenil, el narcotráfico y las policías corruptas, estaría definiendo un diagnóstico. Si machaca "la inseguridad" como un conjuro, sus audiencias escuchan exactamente lo que ellas dicen todos los días. Se ajusta a las encuestas.
En esas fórmulas sucintas Massa es igual a Scioli. Ambos tienen un discurso que no está organizado por argumentos, sino por repeticiones y cadenas de temas. Dicen cosas con las que no se puede estar ni a favor ni en contra. Hay que ser muy desalmado o muy cínico para anunciar que se gobernará sin escuchar a la gente y sin atender a sus necesidades. Hay que ser muy indiferente al "cariño" para dejar un momento de reproducir el sentido común y eludir el peligro de la demagogia. Massa quiere triunfar y, a falta de otra cosa, tiene que demostrar incansablemente que entre su pensamiento y el de "la gente" no hay ninguna incómoda diferencia. La demagogia es una de las formas retóricas del populismo.

martes, 13 de agosto de 2013

Cuestión de mentalidad - Por Beatriz Sarlo


Por Beatriz Sarlo para el diario La Nación.
La lista encabezada por Daniel Filmus no quedó segunda en la ciudad, sino tercera, detrás de UNEN y de Pro. Y él, como candidato con el 19,8% de los votos, no duplicó el 11,6% obtenido por Carlos Heller en 2009. Pero, en fin, son detalles en un largo y sacrificado camino. Tales deslices en cifras y conceptos pueden admitirse y la prensa a veces los publica sin la odiosa aclaración.
Más raro es que un mismo currículum se escriba de muchos modos diferentes, salvo que algunos datos sean muy piantavotos.
En declaraciones a Página/12, pocos días antes de estas elecciones, Filmus les examinó los papeles a Carrió, Solanas y De Narváez. Esa misma memoria no debería bloquearse cuando se trata de él mismo. De su currículum en la página del Senado de la Nación, Filmus excluye muchos datos valiosos. Por ejemplo, su propia historia política. Entre 1989 y 1992, fue director general de Educación de la ciudad de Buenos Aires; el intendente era Carlos Grosso, quien, en esa época anterior a la Constitución nacional de 1994 y la porteña de 1996, fue nombrado por Menem. También durante el mandato de Menem, fue asesor de la ministra Susana Decibe. Éstos fueron cargos políticos, no intervenciones de un experto. Por eso Filmus los suprime.
Su página web www.danielfilmus.com ar , en el apartado Vida política, menciona únicamente el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, que ocupó bajo la presidencia de Néstor Kirchner; también figuran las leyes que propuso o acompañó. Pero los años noventa se hunden en la amnesia: hoy nadie quiere recordar que trabajó bajo los estandartes del menemismo. Nacido en 1955, ya era grande cuando vistió esos colores. Tampoco recuerda que estuvo en el gabinete de Aníbal Ibarra, en 2000. Esto último parece más cábala que olvido. Cuando compitió con Macri, en 2007, por la Jefatura de Gobierno de la ciudad, una de las consignas de campaña era: "Si lo conocés, lo elegís". Ni el propio Filmus cree en ella. Cree, más bien, que es mejor que no lo conozcan del todo.
Si algo queda claro en su biografía actual, después de la cirugía, y en las biografías anteriores, es que Filmus tiene buena formación académica. Argumenta como un experto. Dice: "La columna vertebral del kirchnerismo es el peronismo. Y el peronismo siempre ha tenido grandes mayorías basadas en los sectores populares. Las grandes ciudades, donde habitan sectores medios, tienen dificultades para comprender y acompañar al peronismo". Este breve párrafo expone una tesis que los estudios sobre el peronismo vienen sosteniendo desde hace décadas. Fue el gran problema de las izquierdas con el peronismo, que impulsó a agrupaciones, partidos y militantes a hacer "entrismo", es decir, a incorporarse a ese movimiento que parece no tener fin en el tiempo ni fronteras ideológicas muy precisas; fundirse allí con las masas y, poco a poco, cambiarlo. A muchos no les fue bien. Sin embargo, desde la hoy remota "célula ferroviaria" con la que el intelectual Rodolfo Puiggrós se alejó del Partido Comunista hasta los dirigentes, también de origen comunista, como Roberto Quieto y Marcos Osatinsky, que fundaron las FAR y finalmente se unieron con Montoneros, las izquierdas más diversas suscribieron la idea que expone Filmus: las masas populares son peronistas y, si se quiere acompañar su experiencia, hay que confluir allí donde están las ilusiones y, sobre todo, el motor de la historia. Debe ser por eso que se empeña en conquistar Buenos Aires, elección tras elección.
En la ciudad de Buenos Aires predominan las capas medias y el peronismo no es fácilmente primera minoría. Ganó elecciones con Erman González en 2003 y con Cristina Kirchner en 2011, dos momentos en que esas capas medias estaban más interesadas en cuestiones económicas que en desinteligencias institucionales o culturales. Pero en cuanto la economía promete menos satisfacciones, otros temas recuperan su valor para establecer un voto que, una vez más en la larga historia, separa a los peronistas más pobres de los no peronistas a quienes le va mejor en la vida. Cuando Filmus hace su diagnóstico, tiene en cuenta la larga duración de esa desinteligencia entre capas medias y peronismo que acompaña la larga duración de un apoyo popular.
En las palabras de Filmus suena la versión que llevó a Diana Conti, a Martín Sabbatella, a Carlos Heller y al propio candidato Filmus al justicialismo. Todos pasaron antes por el Partido Comunista. Sería demasiado injusto cargar a Filmus con una historia de la que no es responsable y en la que participó muy joven. Sin embargo, la Juventud Comunista adiestra. "Comerse sapos" es una costumbre peronista. Los que llegan de la izquierda la aprenden muy rápido. Por eso es interesante preguntarse sobre qué bases culturales se realiza esa asimilación.
En los partidos marxistas (lo dice quien ha militado en uno de ellos), se recibe entrenamiento para acatar los virajes de línea que impulse el comité central. Nadie conoce la obediencia si no ha militado allí. Cuando la dirección del partido establece que ha cambiado una etapa, casi automáticamente cambian los aliados y los enemigos. El militante aprende los razonamientos difíciles que acompañan el "cambio de línea" y tiene que aceptarlos si quiere permanecer allí. En ese tipo de partidos no hay entropía ideológica y eso es lo primero que se inculca, antes que la línea política misma.
Eso expresa Filmus sin saberlo, como se expresa en cada uno de nosotros algo aprendido hace mucho tiempo. El kirchnerismo es el horizonte posible en la "presente etapa". Por eso, las idas y venidas de Filmus por los variados recovecos del peronismo no son un efecto de la ambición o, peor aún, de la hipocresía. Es una forma de la perseverancia. Cristina Kirchner hasta ahora ha sido el Partido.

lunes, 11 de marzo de 2013

Manda la identidad, pero también la necesidad - Por -Beatriz Sarlo

Manda la identidad, pero también la necesidad

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION
PUERTO ARGENTINO.- Neville Hayward, gerente de supermercado, viste un traje hecho con la bandera británica. También la mujer que lo acompaña. En el frío de la mañana, saltando y riéndose, esperan su turno para votar. Es domingo. El referéndum ha comenzado.
En vez de encarar directamente hacia el Town Hall, donde está la urna, voy a la catedral anglicana. En la puerta, el reverendo Richard Hines estrecha la mano de quienes van entrando. Me dice: "Quizás hoy seamos pocos". Luego, en castellano, porque fue misionero en el Chaco, me da nuevamente la bienvenida.
Me siento bajo la alta nave de madera oscura, una invertida quilla de barco, y espero el sermón. Seguramente, el reverendo Hines sospecha que he venido a su iglesia por esa causa. Pregunta: "¿Qué día es hoy? Un día muy importante porque es el comienzo de nuestro referéndum". Ésa fue su única mención. Afuera, en cambio, todos los que andan por la calle giran alrededor del referéndum.
Un inmigrante de Santa Helena acompaña a su mujer isleña a votar. Harán una cola que da vuelta la esquina: gente que se conoce y responde a la prensa como si supiera qué quieren escuchar los periodistas. Informan cuándo llegaron a las islas o a qué generación de isleños pertenecen. Una mujer de Gales se define "isleña británica"; otra, "isleña que vino de Escocia". A algunos es innecesario preguntarles: la remera blanca tiene un mapa de América latina donde la superficie de la Argentina está ocupada por el Atlántico (país hundido en el mar), con la leyenda "Británico hasta la médula". Equivalente del cartel "Falk U Argentina" que, debidamente ilustrado, adorna algunos autos.
Un hombre de cincuenta años me explica la política argentina: "Si la Presidenta se ocupara de la inflación y de los verdaderos problemas, no nos estaría molestando a nosotros". También tiene su opinión sobre Timerman: "Leí el libro de su padre, fue un preso de los militares y un gran periodista. Su corazón debe estar retorciéndose en la tumba. Además, ¿qué le parece a usted que un judío use la expresión «solución final»?". Yo callo y el hombre, como si hubiera pensado que fue demasiado cortante, abre la bandeja que estuvo sosteniendo todo este rato, y me dice: "En señal de amistad, quiero convidarle un arrollado de salchicha; hace demasiado frío para usted". Después, recupera el aire severo: "Hable con aquel de barba gris y camisa celeste".
Obedezco. Apunto a mi anterior interlocutor y le digo al de barba: "Aquel hombre me aconsejó que hablara con usted". Me pasa su tarjeta: Barry Elsby, miembro de la Asamblea Legislativa (llegado a las islas en la década de 1990). "Lo importante es mostrar esta asistencia masiva. Seguiremos siendo territorio británico de ultramar." "¿Y con el tiempo?", pregunto. Hace un gesto, descarta la pregunta. Otro votante me responde: "No podemos independizarnos de Gran Bretaña porque no nos alcanzaría la plata para pagar nuestra propia defensa. No podríamos pagarles, por ejemplo, a los rusos, ni a ningún otro. Y la Argentina se nos echaría encima". "¿Entonces seguir siendo territorio británico es la única manera de no volverse territorio argentino?", le pregunto. "Exactamente." Para este hombre, el Reino Unido es una necesidad geopolítica. Para la mayoría, en cambio, hay algo identitario en juego: una mezcla de dos islas en hemisferios diferentes.
En números contantes y sonantes, ¿cómo vive esta gente? Más del sesenta por ciento es dueño de su casa, y si no lo es, puede acceder a un crédito a 25 años con cuotas fijas, que alcanza a cubrir el setenta por ciento de una vivienda; la casi totalidad considera que su alojamiento se ajusta a las necesidades. Hay un uno por ciento de desempleados. El 20 por ciento tiene dos trabajos. Todos acuerdan en que falta mano de obra y que son necesarias leyes inmigratorias más flexibles. El ingreso anual per cápita es de 32.213 dólares. Las dos escuelas y la medicina son públicas. Los adolescentes que terminan el primer tramo del secundario, por lo general, viajan becados a Gran Bretaña.
El 59 por ciento de los que hoy y mañana están votando se autodefinen como "isleños de las Falklands". El 29 por ciento se considera británico. Casi el 10 por ciento ha nacido en la isla de Santa Helena; poco más del 5 por ciento es chileno. Como las leyes inmigratorias son absolutamente rígidas, comenzar el trámite para alcanzar el estatus de isleño implica poner 800 libras en la ventanilla.
Pero estos números del censo de 2012, publicado por Penguin News, tienen su más alto grado de problemática elocuencia en lo que concierne a la autodefinición de los censados. Entre los votantes casi un 60 por ciento ha definido una identidad: isleños de las Falkland (si se lo quiere traducir a una denominación argentina: malvinenses).
Éste es el corazón de lo que está en juego, la discusión, que los antropólogos conocen bien, sobre la cultura en el sentido de forma de vida. Es difícil discutir la pertenencia a una cultura, que constituye también una fuente de derechos ciudadanos. Se equivoquen o no, los isleños piensan que se autogobiernan en todas las cuestiones esenciales y que están, precisamente, relacionadas con la vida de comunidad. Y creen que les conviene delegar las relaciones exteriores y la defensa. Ellos prefieren equivocarse de ese modo, y vivir así.
Estos isleños, a las dos y media de la tarde, conducen más de trescientos autos por el camino rural que va del puerto a las alturas de Moody Valley, flanqueadas por los sitios de dos emblemáticas batallas: Mount Longdon y Twin Sisters. A tres ocupantes por auto, se han movilizado 900 personas, un tercio de la población. Desde las bardas, siete jinetes y un camión cargado de ovejas encabezan la bajada hasta el puerto. Muy lentamente, los autos embanderados recorren la aldea. Quien no está en la caravana, está fotografiándola. El gobernador, vestido con remera amarilla, la mira sonriendo tranquilo en la entrada de su casa.

Aca el Link: http://www.lanacion.com.ar/1562012-tapa-manda-la-identidad-pero-tambien-la-necesidad

lunes, 22 de octubre de 2012

Democracia armada

Nadie va a resolver de una buena vez por todas el problema de qué es un régimen democrático y cuáles son sus características definitivas. Dos mil quinientos años de filosofía no cerraron el bucle y el debate prosigue. Hay quienes prefieren – como Laclau – hacer uso de esquemas abstractos y remiten sus afirmaciones a los autores clásicos para discutir acerca de qué es una representación política, interrogarse acerca de cuáles son los modos en que se establecen las relaciones entre representantes y representados, elaborar esquemas sobre la conformación de una voluntad popular, llevar a cabo una lectura política sobre el funcionamiento de las instituciones y reflexionar sobre las relaciones entre el estado y la sociedad.
Estos manuales breves o farrogosos sobre teoría política eluden la historia concreta de las formaciones sociales y disimulan el aspecto oportunista de sus presentaciones. No digo estratégico sino oportunista. Lejos de aspirar a un análisis de la situación política argentina, Ernesto Laclau intenta una vez más – en el texto desgrabado de una conferencia publicado en este diario la semana pasada – dar letra a las ambiciones del personal gubernamental kirchnerista que indudablemente aspira a perpetuarse en el poder, colonizar el Estado y unirse a quienes se preparan para celebrar el 7D.
La preocupación que lo desvela es que el kirchnerismo no se deje arrinconar por dos enemigos políticos: uno es el liberal constitucionalista, y el otro es el libertario izquierdista. El primero representa para él el orden conservador que detrás de su prédica a favor de la consolidación de las instituciones no hace más que defender los intereses del capital. El otro, el paleoizquierdista, como lo llama Verbitski, plantea un nuevo riesgo ya que en nombre de variadas formas de democracia directa, no consolida las demandas populares en aparato estatal alguno y termina por disolverse en la inorganicidad.
En medio de ambos el populismo kirchnerista que lo llena de optimismo. Reconoce que se corre el peligro de que el líder de las masas se “autonomice” como lo dice con ternura, y se convierta en algo que no se atreve a llamar por su nombre: un dictador. Pero quien se compromete en la lucha política sabe que, así lo recuerda Laclau, citando a un ídolo legendario que describía ciertos gajes del oficio, Lenín: “hacer política es siempre caminar entre precipicios”.
Como cita es extraña, entre precipicios, por lo general, uno cae en el abismo, seguramente que se trata en este caso del borde de los mismos. Y así fue, Lenín tenía razón, mientras él caminaba por los bordes, Stalin decidió arrojar al pueblo ruso al foso de uno de los mayores genocidios del siglo XX que fue coronado con gloria morir por los cantos de la izquierda.
Laclau dice que los representantes del pueblo no sólo deben cumplir con el mandato delegado por los ciudadanos, sino que tienen por misión modelar la voluntad popular. Sostiene que a veces el pueblo es débil y no sabe ni puede tener la fuerza política suficiente para luchar por sus intereses, y que por eso, desde la cúspide, la tarea del Jefe o Jefa junto a sus adláteres es la de crear las condiciones para lograr el triunfo popular. Y esto se hace sin consulta previa, se hace porque se debe hacer, porque la historia lo pide, porque la vanguardia revolucionaria así lo establece, y porque la masa de pobres estará agradecida de por vida a la conducción que desde Tecnópolis a la Biblioteca Nacional marca el camino de la liberación.
Linda música. Ya la escuchamos. Es el canto de la lucha armada del sistema de los 70. Su guión no ha variado, sus palabras dicen: el sistema representativo está en crisis, el parlamentarismo es un teatro de comedias, las instituciones, como insiste Laclau, no son “neutrales”, por lo que el poder judicial responde a intereses reaccionarios y sólo valen las sentencias del tribunal popular, los medios de comunicación están al servicio de las corporaciones, el capitalismo hace agua, etc.
La conclusión es obvia. El Líder y las masas llevan a cabo la revuelta popular, y en nuestro país la conducción de Cristina Fernández junto a Julio de Vido, Guillermo Moreno, Florencio Randazzo, Sergio Berti, Jorge Capitanich, Héctor Timerman, Carlos Zanini, Axel Kiciloff y Amado Boudou, guiarán a los batallones de Emilio Pérsico, Luis D´Elía y Milagro Sala, hacia la gesta nacional y popular, les guste o no a los millones de argentinos que no se han convencido de la naturaleza liberadora de la cruzada populista.
Tiene razón Laclau, el parlamentarismo no es garantía de democracia. Pero lo que olvida es que la ausencia de parlamentarismo lo es menos. Los parlamentos se crearon en el siglo XVII para destronar el absolutismo y frenar las guerras civiles que ensangrentaron un continente. La actividad parlamentaria volvió a recrearse a fines de la década del cuarenta del siglo pasado en los países europeos para evitar la aparición de un nuevo Führer. Por supuesto que el sistema representativo está en crisis, hace rato que lo está, por eso debe reforzarse con nuevos organismos de control ciudadano. Los distintos sectores de la sociedad deben estar representados en los mismos. Son diversos porque en la Argentina vive gente diversa, no sólo el palco de aplaudidores de conferencistas itinerantes. Hay católicos que van por millones a Luján, una clase media que quiere ir a veranear, millones que separan una parte de sus ingresos para enviar a sus hijos a colegios privados, trabajadores agremiados que ya son clase media y tienen su auto en una cochera, mucha gente que quiere ahorrar con una moneda que no se desprecie cada mes para comprarse una casa, tantos consumidores que le hacen caso a un gobierno que los manda a comprar un plasma cada mes y les pide que gasten más de lo que tienen para sostener el modelo. Hay de todo, además de quienes sólo viven de la asistencia del estado marginados en villas y en suburbios, asalariados con un sueldo de pobreza por falta de un trabajo remunerado en blanco.
Sólo los que pregonan vandalismos de cartón desde sus despachos, salas de redacción y cátedras pueden soñar con una especie de limpieza étnica que elimina de la escena social a los denostados “rubios”. El resentimiento pequeño burgués siempre fue antiburgués.
Y existe la libertad. Y la libertad no la regala el poder, por el contrario, el poder quiere arrebatarla. La libertad sólo puede ser garantizada por la ley y la autoridad. Claro que las instituciones no son neutrales, en ellas hay luchas por los espacios de poder, pero no son un juguete del capital.
Por el contrario, si no fuera por las instituciones y sus normas, la sociedad estaría a merced de las armas y del dinero, las dos fuentes de la dominación. Al poder político se lo controla, no sólo el parlamento, sino el periodismo también, sea del color que sea, lo hacen las iglesias, las asociaciones profesionales, las oenegés, la gente en la calle con cacerolas o con bombos, las corporaciones que con sus intereses fragmentan y diseminan las energías en una sociedad competitiva globalizada. Sólo un paranoico de mala fe con aspiraciones de despotismo ilustrado cree y desea que el poder sea uno solo, ya sea en manos de un Jefe o Jefa, o zarandeado por una entelequia fantasmal que poscomunistas cesantes llaman “multitud”. Por eso es tan difícil la práctica política, por eso no le sirven los intelectuales que no entienden de diversidad, complejidad, y que venden jacobinismo barato.
Que en Bolivia se vive un proceso democratizador como festeja Laclau, es posible, se trata de un país en el que al fin las mayorías tienen voz y recuperan sus símbolos de antaño. Pero no es para regodearse en la felicidad precolombina. Más de uno me decía en La Paz que quería estudiar chino, y no era para leer a Lao Tsé, y menos a Mao.
Que en Venezuela hay un ejemplo a seguir, Dios nos libre y guarde de vivir bajo el paraguas militar de una oligarquía petrolera que distribuye sí, es cierto, recursos en escuelas y clínicas, y mucho más entre generales, coroneles y asociados. ¿Tan mal estamos que ése es nuestro mejor ejemplo para una Argentina posible?
¿Qué hubiera pasado en Venezuela si ganaba Capriles? Aquellos que piensan como Laclau habrían denunciado un fraude electoral, o en caso de no poder demostrarlo, habrían consultado el manual del politólogo marxiano para explicar que el pueblo fue alienado y su conciencia manipulada. Pero al ganar Chávez festejan la democracia y hablan del éxito de la construcción de la voluntad popular.
El pueblo es una muñeca de trapo para uso de teoricistas.
La democracia no se define por sacar a gente de la pobreza. De ser así los jerarcas de Tiananmen que imperan en la China serían los héroes de la historia mundial, para no hablar de Hitler que entre 1933 y 1937 llevó a cabo el primer “milagro alemán”.
La construcción de la democracia no es una tarea a resolver con citas bravas de Gramsci ni tampoco con buenas intenciones republicanas en el continente más desigual del mundo; al menos podríamos reconocer la dificultad de componer en una misma frase libertad y necesidad, libertad e igualdad, o, como hoy se agrega, libertad y seguridad, que nos obliga a pensar de nuevo sin remitirnos a aventuras amortizadas que terminaron en una tragedia, o de contribuir una vez más a una incitación a la violencia de acuerdo al paradigma que interpreta a la política como una de las formas de la guerra, y con una forma de pensar sectaria que sin enemigos internos muere de inanición.

viernes, 5 de octubre de 2012


Por Carlos Pagni | LA NACION
La protesta salarial de las Fuerzas Armadas y las de seguridad abrió para Cristina Kirchner una crisis compleja. Y ella no ha sabido dar todavía con una respuesta clara.
En principio, el problema es serio porque el brote de indisciplina alcanzó a una organización, la Gendarmería Nacional, que había sido adoptada por el Gobierno como el principal instrumento para combatir la inseguridad, que es el malestar social más agudo que registran las encuestas.
La Presidenta consideraba a la Gendarmería su fuerza favorita por un par de razones: no la veía identificada con la represión ilegal de los años 70 y, además, mantendría niveles de decencia contrastantes con la imagen convencional de las principales policías del país.
Cuando Nilda Garré inauguró el Ministerio de Seguridad y quiso abordar el problema de la delincuencia metropolitana, recurrió a los gendarmes, que fueron trasladados de a miles hacia el conurbano, en un gesto ofensivo para la policía bonaerense. Cuando fue designado para controlar a Garré, el teniente coronel Sergio Berni se estableció en el edificio Centinela. También se apeló a la Gendarmería para las controvertidas tareas de inteligencia del denominado Proyecto X. Y fue a los gendarmes a quienes el oficialismo confió un objetivo tan relevante como la ocupación de Cablevisión, la colina más valiosa de la guerra contra Clarín. La tormenta que se desató el martes quebró la confianza en esa organización predilecta. Fue, en este sentido, la rebelión de los propios.
La otra dimensión inquietante de este trance es la falta de una respuesta adecuada. El Gobierno todavía no consigue ofrecer una definición coherente del fenómeno. Garré dio por liquidado el levantamiento con el cambio de autoridades en la Gendarmería y la Prefectura, aunque la revuelta siguiera apareciendo por televisión. Berni reaccionó ante un reclamo gremial, aceptó un petitorio de los insubordinados y prometió resolverlo en seis días. Esa dilación podría ser una táctica interesante para desgastar a un grupo de huelguistas convencionales. Pero con los uniformados sólo logró extender la protesta. Ayer la desobediencia se había multiplicado en varias unidades militares. Nada que el Gobierno no pudiera prever: el ministro de Defensa, Arturo Puricelli, había sido informado el martes por la noche de que en varias dependencias del Ejército -en el 5º Cuerpo, por ejemplo- se registraban amotinamientos de suboficiales. Ayer se especulaba que el jefe de la policía bonaerense recibirá un pliego de condiciones salariales de sus subordinados. En su interés por cansar a los quejosos, Berni olvidó aquel aforismo de Perón: "Sacar a los hombres de armas de los cuarteles es difícil; pero más difícil es volverlos a meter adentro".
Es comprensible que Berni esté desorientado: confraternizó con las fuerzas como un oficial más, confiando en que así se libraría de estos contratiempos, atribuidos a la intemperancia de Garré. Pero la interna del teniente coronel con la ministra se ha vuelto despiadada. Es otro error incomprensible del Gobierno, que ya se verificó en el duelo Scioli-Mariotto: traslada a la política de seguridad las tensiones de su interna. Es decir, juega con fuego.
La falta de una interpretación de lo ocurrido aumentó la incertidumbre. Estela de Carlotto y Juan Cabandié, por ejemplo, denunciaron una amenaza para la democracia. Si fuera así, ¿por qué Juan Manuel Abal Medina suspendió los decretos del conflicto sin esperar a que se restablezca la disciplina? ¿Por qué Berni aceptó un petitorio formulado por supuestos sediciosos? Si el sistema institucional estuviera en peligro y, por lo tanto, se requiriera especial cohesión política, ¿había que agredir a la oposición defenestrando a Leandro Despouy de la AGN?
En rigor, el Gobierno ignora las raíces del fenómeno y no parece haber una cabeza coordinando los movimientos. La Presidenta, como ante otros grandes contratiempos, está desconcertada. Desde que se produjo el cacerolazo, la ganó la sensación de que todo el mundo se le anima. Los funcionarios admiten la espontaneidad del levantamiento, pero se intrigan ante la osadía de quienes lo lideran. Cabandié filtró una pista sobre las presunciones presidenciales cuando habló de que "detrás de esto hay manos negras", para referirse enseguida a "las banderas de Rico". Aldo Rico aceptó el papel que le asignaba Cabandié y aleccionó a los insubordinados: "No bajen la protesta porque los van a traicionar".
La crisis tiene también un costado fiscal que debe ser mirado con detenimiento. Los desajustes salariales alcanzan en todo el país a unos 400.000 efectivos. Además, los fallos de la Corte que obligan a incorporar al salario los suplementos no remunerativos valen tanto para las fuerzas de seguridad como para las Fuerzas Armadas. ¿Qué suma representa para el Tesoro ese blanqueo? ¿Qué repercusión tendrá en el resto del sector público? ¿Se admitirá alguna forma de sindicalización castrense, como la que existe, por ejemplo, en Italia?
Con la queja de los uniformados se ha vuelto escandaloso un dato conocido: el mayor empleador en negro del país es el Estado. La informalidad se extiende mucho más allá de los organismos policiales y castrenses. Llega al sistema universitario, al aparato de salud y hasta al Ministerio de Trabajo, que debe combatir la desviación.
Existe una última incógnita, acaso la más relevante: ¿ajustará el oficialismo, a partir de estos episodios, su discurso sobre las Fuerzas Armadas y de seguridad? La relación del Gobierno con esas instituciones ha sido una variable dependiente de su discurso sobre los derechos humanos. Las Fuerzas Armadas fueron identificadas, de manera más o menos directa, con la represión ilegal. Y las de seguridad, sospechadas de desbordes, corrupción, gatillo fácil. La falta de estímulo profesional para todo aquel que luzca una gorra excede en mucho el problema salarial. Remite a la narrativa central del kirchnerismo. Es ese núcleo de la política el que ha sido puesto a prueba.

Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1514468-en-la-armada-esperan-hoy-una-respuesta-oficial

jueves, 13 de septiembre de 2012

Qué le cuenta la política a Dios

Por Héctor D'Amico | LA NACION


Carlos Menem temía a Dios y a nadie más. Lo repitió durante sus diez años como presidente toda vez que tuvo que explicitar públicamente cuál era su verdadera jerarquía en el justicialismo, su papel protagónico como macho alfa de la sociedad argentina en momentos de desobediencia o conspiración. En su caso, la convivencia de política y religión nunca logró liberarse de un manto de misterio. Gobernó como católico practicante y la Iglesia lo aceptó como tal, uno más en el rebaño. Fue su esposa, Zulema Yoma, poco antes de asumir como primera dama, quien puso, en palabras comprensibles, ese interrogante nunca resuelto.
La escena ocurrió algunas semanas antes de la elección presidencial, en el departamento que el matrimonio ocupaba en la calle Posadas. Yo había terminado de entrevistar a Menem, para LA NACION, cuando Zulema se acercó y dijo: "Esperá, no te vayas, te preparo un café turco, vas a ver lo bien que lo hago". En la cocina, sin rodeos ni testigos, hizo la pregunta. "¿Entendí mal o Carlos te dijo que es católico practicante?" Respondí que sí. "¿Y lo vas a publicar?" Volví a decir que sí. Zulema entonces cambió el tono. Habló como alguien que se desentiende de su propio relato y de sus consecuencias. Dijo: "Es raro, porque hasta hace unos días era musulmán".
Dos meses más tarde, Raúl Alfonsín le colocaba la banda presidencial a Menem. A su modo, política y religión habían alcanzado un entendimiento cuyos términos jamás se hicieron públicos, y que perseguía un solo propósito: no violentar la Biblia, tampoco la Constitución, que todavía no contemplaba la posibilidad de un presidente no católico.
El reciente desliz freudiano de Cristina Kirchner ("hay que temerle a Dios. y un poquito a mí") es un episodio de características muy diferentes, pero en donde política y religión vuelven a encontrarse.
Enrique Krauze, el intelectual mexicano que desarrolló el Decálogo del Populismo Iberoamericano y uno de los que más estudió las estrategias con las que esa forma de hacer política se camufla en la democracia hasta envilecerla, describiría la frase como un caso típico de sobreactuación. El ejemplo que confirma la teoría. La Presidenta no ha hecho otra cosa que apelar a la mística para exaltar su poder carismático. Como dice Krauze, el populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella para fabricar su verdad. La mención del temor a Dios, con el agregado implícito de que ella también puede ejercer su cuota de castigo, apunta a revalidar su autoridad ante los gobernados. La palabra "temor" es el sujeto de un relato que entusiasma a los militantes porque descuentan, con razón, que no son los destinatarios del mensaje. Quien se tome el trabajo de volver sobre los discursos de la Presidenta -tarea nada fácil ya que la página oficial registra al día de hoy más de 1200- podrá comprobar otro apotegma del kirchnerismo. El blanco de la represalia, la descalificación y el castigo es siempre el "enemigo exterior". El enemigo es el abecé del relato, el combustible que alimenta el clima de epopeya, de restauración, no sólo del presente sino también del pasado.
La mención de la palabra temor llegó precedida por otros relatos oficiales en los que el límite entre el mundo terrenal y el "más allá" resulta imperceptible. Al asumir su segundo mandato, Cristina Kirchner impuso una enorme laxitud al protocolo al pronunciar "que Dios, la Patria y él me lo demanden". Creó así una trilogía única cuyos términos no son fácilmente conciliables. Los demandantes pasaron a ser, en ese orden, el Creador, el infinito y abarcador espacio de la Patria y la memoria de un ex presidente tan querido como resistido por la sociedad.
Cuando la Presidenta se inspira en la dura geografía del Alto Nilo y establece comparaciones de tipo personal con hombres que la habitaron hace miles de años, lo que consigue es convocar un pasado majestuoso al presente. De paso, le recuerda a la audiencia un concepto fundamental de la construcción política como es el destino. "Me siento como Keops frente a la pirámide terminada", confesó. Y retomó el hilo días más tarde con una precisión: "Amo tanto construir que debo de ser la reencarnación de un gran arquitecto egipcio". Nada como una pirámide para mentar el devenir y lo eterno.
El sociólogo Eduardo Fidanza escribió un lúcido ensayo sobre estos comportamientos al rescatar la expresión teodicea, clave de la sociología de la religión de Max Weber.
"Las teodiceas -explica Fidanza- son los discursos de las grandes religiones de salvación destinados a explicar la existencia del mal en el mundo, más allá de la promesa de salvación ¿Por qué existe el sufrimiento y la muerte? ¿Por qué, como recuerda Weber, con más frecuencia de la deseable a los malos les va bien y a los justos les va mal? ¿Por qué, en definitiva, subsiste el mal, a pesar de la promesa de salvación y redención? Éstos son los interrogantes que deben responder las teodiceas para cerrar la brecha escandalosa entre mérito y destino. Ellas deben proveerle al conjunto de los creyentes una versión consistente del mundo y de Dios que disipe la incertidumbre generada por las arbitrariedades del acontecer histórico."
Juan Domingo Perón, en cuyo derrocamiento tuvo un papel no menor la Iglesia, nunca se alejó del todo de la religión en sus años de destierro, aunque no se privó de compartir su formación cristiana con los tenebrosos propósitos de la logia Propaganda Due. Pragmático a ultranza, Perón tampoco se privaba de invocar a Dios cuando lo que estaba en juego era el poder. Un episodio insólito, que si no estuviese debidamente documentado pasaría como una ficción o una invención gorila, revela cuáles eran sus límites.
Alertado en Madrid de que ya estaba en marcha la conspiración que derrocaría al presidente Illia, Perón convocó de urgencia a Puerta de Hierro al periodista y escritor Tomás Eloy Martínez, enviado de la revista Primera Plana. En la edición siguiente del semanario, con el país todavía convulsionado por el golpe militar, Perón afirmó: "Quiera Dios iluminar a Onganía y sus muchachos, y que estos muchachos acierten en tomar la mano que la fortuna les viene tendiendo". Fue su saludo de bienvenida a la llamada Revolución Argentina.
Cinco años antes, tomado por sorpresa, Perón había vivido en carne propia el rigor con el que Franco y sectores conservadores de la Iglesia española imponían sus criterios en cuestiones dogmáticas. La historia oficial cuenta que Perón y su secretaria, Isabel Martínez, se casaron el 15 de noviembre de 1961, en una ceremonia celebrada en el domicilio del médico Francisco Flores Tascón, amigo de la familia. Pero ésa es sólo la mitad de la verdad. La otra mitad me la contó Pilar Franco en su departamento madrileño de la calle Marqués de la Concha, cuyas paredes estaban extrañamente decoradas con decenas de pequeños peces de cerámica que le daban al ambiente el aspecto de un enorme acuario inmóvil. Hermana del caudillo, Doña Pilar no ocupaba ningún cargo oficial, sin embargo, era una de las personas que más secretos conocía del régimen.
Confirmó la boda por el civil, también la existencia de una curiosa cláusula en el documento que decía "matrimonio por conveniencia". Pero la ceremonia no logró calmar las presiones de las jerarquías militares y eclesiásticas: había que pasar por el altar. La solución de las dos bodas, según ella, fue una iniciativa del mismísimo "caudillo de España por la gracias de Dios", como se lo llamaba en los documentos públicos, incluidas las pesetas.
"Aunque rara vez se hablaban y sólo una vez se vieron, Paco lo llamó a Perón un sábado temprano -contó Doña Pilar- para recordarle que la hospitalidad y el afecto de España por él no tenían límite y que la forma de corresponder a esa amistad era poner en orden su situación familiar. El tema era extremadamente delicado. Más tarde supe que había sido Paco en persona quien hizo los arreglos para que la boda fuera en la iglesia de La Paloma." Para confirmar el relato, Doña Pilar anotó un nombre y un teléfono y me lo entregó. A la mañana siguiente, con la ayuda de un cura joven, que parecía preocupado y sostenía con dificultad un enorme libro abierto en el atrio de La Paloma, tomé la primera foto del acta de casamiento de Isabel Martínez Cartas y Juan Domingo Perón Sosa.
Al hablar de tenerle temor a Dios y un poquito a ella, la Presidenta, tal vez sin saberlo, se colocó en una posición muy distante de la que mantuvo Eva Perón en su agonía. Quienes la acompañaron en su larga enfermedad dejaron testimonios de su rebeldía ante una muerte injusta, demasiado temprana y, por momentos, también de su enojo con Dios. Tal vez sea José Pablo Feinmann, filósofo, escritor, ensayista, quien más lejos llegó a la hora de interpretar una cuestión tan íntima como puede ser el vínculo que unía a una figura como Eva Perón con Dios. Feinmann, en la película Eva Perón, de cuyo guión es autor, recrea lo que, se supone, fue uno de los últimos diálogos de ella con su confesor. Eva le pregunta si cree que Dios la va a dejar morir y si va a ocuparse también de los pobres. Pero es ella misma la que responde: "Si Dios me deja morir es porque es un contrera".

Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1507883-que-le-cuenta-la-politica-a-dios