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jueves, 13 de septiembre de 2012

Qué le cuenta la política a Dios

Por Héctor D'Amico | LA NACION


Carlos Menem temía a Dios y a nadie más. Lo repitió durante sus diez años como presidente toda vez que tuvo que explicitar públicamente cuál era su verdadera jerarquía en el justicialismo, su papel protagónico como macho alfa de la sociedad argentina en momentos de desobediencia o conspiración. En su caso, la convivencia de política y religión nunca logró liberarse de un manto de misterio. Gobernó como católico practicante y la Iglesia lo aceptó como tal, uno más en el rebaño. Fue su esposa, Zulema Yoma, poco antes de asumir como primera dama, quien puso, en palabras comprensibles, ese interrogante nunca resuelto.
La escena ocurrió algunas semanas antes de la elección presidencial, en el departamento que el matrimonio ocupaba en la calle Posadas. Yo había terminado de entrevistar a Menem, para LA NACION, cuando Zulema se acercó y dijo: "Esperá, no te vayas, te preparo un café turco, vas a ver lo bien que lo hago". En la cocina, sin rodeos ni testigos, hizo la pregunta. "¿Entendí mal o Carlos te dijo que es católico practicante?" Respondí que sí. "¿Y lo vas a publicar?" Volví a decir que sí. Zulema entonces cambió el tono. Habló como alguien que se desentiende de su propio relato y de sus consecuencias. Dijo: "Es raro, porque hasta hace unos días era musulmán".
Dos meses más tarde, Raúl Alfonsín le colocaba la banda presidencial a Menem. A su modo, política y religión habían alcanzado un entendimiento cuyos términos jamás se hicieron públicos, y que perseguía un solo propósito: no violentar la Biblia, tampoco la Constitución, que todavía no contemplaba la posibilidad de un presidente no católico.
El reciente desliz freudiano de Cristina Kirchner ("hay que temerle a Dios. y un poquito a mí") es un episodio de características muy diferentes, pero en donde política y religión vuelven a encontrarse.
Enrique Krauze, el intelectual mexicano que desarrolló el Decálogo del Populismo Iberoamericano y uno de los que más estudió las estrategias con las que esa forma de hacer política se camufla en la democracia hasta envilecerla, describiría la frase como un caso típico de sobreactuación. El ejemplo que confirma la teoría. La Presidenta no ha hecho otra cosa que apelar a la mística para exaltar su poder carismático. Como dice Krauze, el populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella para fabricar su verdad. La mención del temor a Dios, con el agregado implícito de que ella también puede ejercer su cuota de castigo, apunta a revalidar su autoridad ante los gobernados. La palabra "temor" es el sujeto de un relato que entusiasma a los militantes porque descuentan, con razón, que no son los destinatarios del mensaje. Quien se tome el trabajo de volver sobre los discursos de la Presidenta -tarea nada fácil ya que la página oficial registra al día de hoy más de 1200- podrá comprobar otro apotegma del kirchnerismo. El blanco de la represalia, la descalificación y el castigo es siempre el "enemigo exterior". El enemigo es el abecé del relato, el combustible que alimenta el clima de epopeya, de restauración, no sólo del presente sino también del pasado.
La mención de la palabra temor llegó precedida por otros relatos oficiales en los que el límite entre el mundo terrenal y el "más allá" resulta imperceptible. Al asumir su segundo mandato, Cristina Kirchner impuso una enorme laxitud al protocolo al pronunciar "que Dios, la Patria y él me lo demanden". Creó así una trilogía única cuyos términos no son fácilmente conciliables. Los demandantes pasaron a ser, en ese orden, el Creador, el infinito y abarcador espacio de la Patria y la memoria de un ex presidente tan querido como resistido por la sociedad.
Cuando la Presidenta se inspira en la dura geografía del Alto Nilo y establece comparaciones de tipo personal con hombres que la habitaron hace miles de años, lo que consigue es convocar un pasado majestuoso al presente. De paso, le recuerda a la audiencia un concepto fundamental de la construcción política como es el destino. "Me siento como Keops frente a la pirámide terminada", confesó. Y retomó el hilo días más tarde con una precisión: "Amo tanto construir que debo de ser la reencarnación de un gran arquitecto egipcio". Nada como una pirámide para mentar el devenir y lo eterno.
El sociólogo Eduardo Fidanza escribió un lúcido ensayo sobre estos comportamientos al rescatar la expresión teodicea, clave de la sociología de la religión de Max Weber.
"Las teodiceas -explica Fidanza- son los discursos de las grandes religiones de salvación destinados a explicar la existencia del mal en el mundo, más allá de la promesa de salvación ¿Por qué existe el sufrimiento y la muerte? ¿Por qué, como recuerda Weber, con más frecuencia de la deseable a los malos les va bien y a los justos les va mal? ¿Por qué, en definitiva, subsiste el mal, a pesar de la promesa de salvación y redención? Éstos son los interrogantes que deben responder las teodiceas para cerrar la brecha escandalosa entre mérito y destino. Ellas deben proveerle al conjunto de los creyentes una versión consistente del mundo y de Dios que disipe la incertidumbre generada por las arbitrariedades del acontecer histórico."
Juan Domingo Perón, en cuyo derrocamiento tuvo un papel no menor la Iglesia, nunca se alejó del todo de la religión en sus años de destierro, aunque no se privó de compartir su formación cristiana con los tenebrosos propósitos de la logia Propaganda Due. Pragmático a ultranza, Perón tampoco se privaba de invocar a Dios cuando lo que estaba en juego era el poder. Un episodio insólito, que si no estuviese debidamente documentado pasaría como una ficción o una invención gorila, revela cuáles eran sus límites.
Alertado en Madrid de que ya estaba en marcha la conspiración que derrocaría al presidente Illia, Perón convocó de urgencia a Puerta de Hierro al periodista y escritor Tomás Eloy Martínez, enviado de la revista Primera Plana. En la edición siguiente del semanario, con el país todavía convulsionado por el golpe militar, Perón afirmó: "Quiera Dios iluminar a Onganía y sus muchachos, y que estos muchachos acierten en tomar la mano que la fortuna les viene tendiendo". Fue su saludo de bienvenida a la llamada Revolución Argentina.
Cinco años antes, tomado por sorpresa, Perón había vivido en carne propia el rigor con el que Franco y sectores conservadores de la Iglesia española imponían sus criterios en cuestiones dogmáticas. La historia oficial cuenta que Perón y su secretaria, Isabel Martínez, se casaron el 15 de noviembre de 1961, en una ceremonia celebrada en el domicilio del médico Francisco Flores Tascón, amigo de la familia. Pero ésa es sólo la mitad de la verdad. La otra mitad me la contó Pilar Franco en su departamento madrileño de la calle Marqués de la Concha, cuyas paredes estaban extrañamente decoradas con decenas de pequeños peces de cerámica que le daban al ambiente el aspecto de un enorme acuario inmóvil. Hermana del caudillo, Doña Pilar no ocupaba ningún cargo oficial, sin embargo, era una de las personas que más secretos conocía del régimen.
Confirmó la boda por el civil, también la existencia de una curiosa cláusula en el documento que decía "matrimonio por conveniencia". Pero la ceremonia no logró calmar las presiones de las jerarquías militares y eclesiásticas: había que pasar por el altar. La solución de las dos bodas, según ella, fue una iniciativa del mismísimo "caudillo de España por la gracias de Dios", como se lo llamaba en los documentos públicos, incluidas las pesetas.
"Aunque rara vez se hablaban y sólo una vez se vieron, Paco lo llamó a Perón un sábado temprano -contó Doña Pilar- para recordarle que la hospitalidad y el afecto de España por él no tenían límite y que la forma de corresponder a esa amistad era poner en orden su situación familiar. El tema era extremadamente delicado. Más tarde supe que había sido Paco en persona quien hizo los arreglos para que la boda fuera en la iglesia de La Paloma." Para confirmar el relato, Doña Pilar anotó un nombre y un teléfono y me lo entregó. A la mañana siguiente, con la ayuda de un cura joven, que parecía preocupado y sostenía con dificultad un enorme libro abierto en el atrio de La Paloma, tomé la primera foto del acta de casamiento de Isabel Martínez Cartas y Juan Domingo Perón Sosa.
Al hablar de tenerle temor a Dios y un poquito a ella, la Presidenta, tal vez sin saberlo, se colocó en una posición muy distante de la que mantuvo Eva Perón en su agonía. Quienes la acompañaron en su larga enfermedad dejaron testimonios de su rebeldía ante una muerte injusta, demasiado temprana y, por momentos, también de su enojo con Dios. Tal vez sea José Pablo Feinmann, filósofo, escritor, ensayista, quien más lejos llegó a la hora de interpretar una cuestión tan íntima como puede ser el vínculo que unía a una figura como Eva Perón con Dios. Feinmann, en la película Eva Perón, de cuyo guión es autor, recrea lo que, se supone, fue uno de los últimos diálogos de ella con su confesor. Eva le pregunta si cree que Dios la va a dejar morir y si va a ocuparse también de los pobres. Pero es ella misma la que responde: "Si Dios me deja morir es porque es un contrera".

Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1507883-que-le-cuenta-la-politica-a-dios

El mito de la gloriosa juventud en marcha

Excelenteo nota de opinión de Beatriz Sarlo. Hace un análisis del día de los Montoneros, desde el concepto de mitologías utilizado por el gran Roland Barthes.

El mito de la gloriosa juventud en marcha
Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

Abundan los libros periodísticos y académicos sobre los años setenta. Sin embargo, el uso kirchnerista del pasado transcurre como si no supiéramos lo que hoy sabemos. No se termina de entender una historia o, sencillamente, no se la quiere entender. Para evitar malentendidos: no hubo "dos demonios". Pero la inexistencia de esa tramposa simetría no obliga a pasar por alto lo que sucedió en la Argentina en los años setenta, con ese estreno espectacular que fue el secuestro y ajusticiamiento de Aramburu, acto fundador de los Montoneros. En diciembre de 1970, un semanario titulaba: "El terrorismo fue el personaje del año". La política militarizada del peronismo revolucionario organizaba su serie: asesinato, enfrentamiento, autodefensa, inmolación y ofrenda.
La violencia que ejerció Montoneros no se distingue sin más de sus "ideales", tal como los presentaban en los periódicos de la época (en Cristianismo y Revolución, por ejemplo).
Es difícil sostener que estaban equivocados tácticamente, pero acertaban en sus deseos y utopías. Así todo sería demasiado sencillo y elemental. Equivaldría a pensar que el terrorismo de Estado puede separarse de las ideologías de los jefes militares que lo practicaron como plan sistemático.
No es posible separar el contenido "ideal" de los instrumentos que se emplean para alcanzar los fines deseados. Esto es todavía más evidente en el caso de organizaciones políticas centralistas y verticalistas, como Montoneros. El peronismo revolucionario era tan absoluto como sus métodos. Remo Bodei afirmó que los jacobinos de la Revolución Francesa ejercían las "virtudes extremas", propias de épocas revolucionarias. Por eso, la cultura montonera de los setenta, si no se la diluye en la nebulosa de los "ideales", es fuertemente anacrónica. El anacronismo mezcla tiempos que se conocen y épocas que se desconocen, sujetos convertidos de víctimas a héroes, de responsables a mártires. Borra las inclinaciones más autoritarias, cuenta una historia de guerreros y no una aventura que ya había sido criticada en su época por otras fracciones de la izquierda y, dentro del peronismo, por la Juventud Peronista Lealtad.
En la práctica política real, todo diferencia al gélido secretario de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, de su tío Fernando, que en 1970 liquidó a Aramburu a balazos después de secuestrarlo y someterlo a un juicio sin jueces ni tribunales ni defensor. Nada es obstáculo para que un imaginario romántico haya instituido el 7 de septiembre Día del Militante Montonero. La fecha elegida es la de la "caída en combate" con la policía de Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus. Está bien que todos los hechos pretéritos tengan su conmemoración. Ciertamente hay allí algo más que la manía kirchnerista por las efemérides. Montoneros es una denominación que conserva alto potencial: trae imágenes de juventudes en marcha y se ofrece como un activador de identidades. Funciona como mito.
En realidad, esto sucede porque el peronismo no revisó su historia. Perón tuvo relaciones tan sometidas a la oportunidad de la coyuntura que llamó a los montoneros "formaciones especiales" adecuadas a la táctica de aquel momento, y luego permitió que la Triple A cumpliera su misión de asesinarlos, después de que el líder los echara de la Plaza de Mayo, y ellos probaran su destreza matando a Rucci.
¿Qué quiere decir "montonero" hoy? Joven, movilizado, cristinista (¿funcionario?). Síntesis del "nunca menos" y el "vamos por más". No quiere decir lo que quiso decir en los setenta: partidario de la lucha armada terrorista o partícipe en ella. Se impuso la resignificación. Y a ningún kirchnerista eminente le parece oportuno una revisión crítica.
Fueron individuos aislados, no representantes de un colectivo organizado los que hicieron la autocrítica del militarismo terrorista de los años setenta. El peronismo político enterró la cuestión, primero ocupado en renovarse; luego, reconvirtiéndose al neoliberalismo; finalmente, bajo el blindaje de Madres y Abuelas, y autorizado por sus propios actos, los más legítimos de esta última década. Fueron tres etapas bien distintas. En los años ochenta, tanto Cafiero, Menem, Duhalde y los más jóvenes como "Chacho" Álvarez aceptaron el desafío de una reconversión del peronismo, exigidos por la victoria presidencial de Raúl Alfonsín. En los noventa, Menem, surgido de esa reconversión por elecciones internas, se dio otros objetivos y a los Montoneros se los tiraba como lastre o reconocían la ganancia de un cambio súbito en sus persuasiones.
Con la llegada de Kirchner, las Madres y las Abuelas fueron el pivote de una nueva "lectura" de los años setenta. Durante la dictadura, las Madres y luego las Abuelas reivindicaron los ideales de sus hijos. Esto le daba una positividad a la lucha de aquellos años: no buscaban sólo desaparecidos, reclamaban por los portadores de ideales. Era el impulso de su movilización. De ellas no podía salir una consideración crítica de aquel pasado.
Pero la Presidenta, a quien le gusta la narración histórica, que cita una biografía de Dorrego y recuerda a "El Gaucho" Rivero en las Malvinas, podría dar mejores pruebas de conocer algo de lo que se ha escrito en los últimos veinte años sobre los "ideales" de los años setenta y su concepción de la política. En cambio, reafirmó el mito que tiene un poder de identificación inigualable, sobre todo si se piensa en bases juveniles.
Los "ideales" montoneros eran extraños a cualquier concepto de república. A decir verdad, toda la nueva izquierda era antiinstitucional y consideraba al Parlamento y a la Justicia como máscaras de la dictadura de la burguesía. La libertad de prensa era una argucia del capitalismo y de los dueños de medios para engañar y adormecer al pueblo.
Los que pertenecimos a esa izquierda de los años setenta sabemos que fue difícil la crítica a la violencia terrorista, al inevitable horizonte de guerra popular prolongada o al foquismo rural. En condiciones de dictadura o de exilio, hubo que estudiar la dinámica de esos procesos, leer y debatir, encontrar las bases filosóficas e ideológicas de la violencia, reconocer las deformaciones del militarismo. Se nos acusó de culpable reformismo o de hablar demasiado pronto (¿cuándo no era pronto?). Fue una tarea larga y llena de complejidades. Héctor Schmucler (padre de un desaparecido) la inició en el exilio de México cuando, en la revista Controversia, preguntó: "¿Acaso Rucci no tenía derechos humanos?". Hoy, el blog Los Trabajos Prácticos ha publicado un extenso ensayo de Héctor Leis, síntesis vital y filosófica de su experiencia en Montoneros. Treinta años de pensamiento crítico.
Pues bien, en William Morris, las organizaciones peronistas kirchneristas y no kirchneristas (repartidas a lo largo del día) le bajan la cortina una vez más a la discusión sobre el ejercicio de la violencia política y de su extremo terrorista. Quizá se piense que los argentinos tienen otras cosas que hacer. Sin embargo, una consideración crítica de la violencia revolucionaria tal como aconteció en los setenta sería un camino para rediscutir la democracia, la movilización de los jóvenes, los frentes políticos y territoriales, el caudillismo. Reiterar que los "ideales" eran los de una "juventud maravillosa" (el adjetivo es de Perón) cierra esa posibilidad. El heroísmo de muchos montoneros no puede esfumar sus errores. Es posible ser heroico y estar equivocado. Desarmar el "mito" es considerar, al mismo tiempo, esos dos calificativos contrapuestos.
Pero sobre la separación de heroísmo e ideal no se puede fundar una mitología política. Los kirchneristas, que gobiernan con burócratas, como cualquier gobierno, y con sombras corruptas o sospechosas, necesitan de ese himno juvenil. Extrañan aquel impulso romántico que creen encontrar en los setenta. Por otra parte, las vetas autoritarias y antidemocráticas de los Montoneros los liberan de tributar a dos ideales progresistas: democracia y autonomía. La memoria del Militante Montonero no obliga a firmar esos compromisos. Como mito, hoy exige bastante poco.
Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1506915-contel-mito-de-la-gloriosa-juventud-en-marcha

lunes, 13 de agosto de 2012

Usted miente, señora Presidenta - Por Jorge Fontevecchia

Interensante nota editorial de Fontecchia.



Por Jorge Fontevecchia

Usted miente, señora Presidenta. Usted no quiere mejorar el periodismo, usted quiere destruirlo. Y en eso, aunque no en otras cosas, va a fracasar.
Miente cuando pide una ley de ética pública para los periodistas que obligue a los medios a “publicar qué empresas reciben dinero” (le aclaro que me encantaría que así fuera). Sus deseos no son sinceros, porque si eso se implementara todo su aparato de propaganda oficial quedaría al descubierto.
Usted dice que encontraron en YPF facturas de 11 millones de pesos por año de periodistas y medios por publicidad que se pagaba pero no se emitía: “Publicidad no convencional, la pagás y no aparece” (sic). Pero mencionó solamente el millón de pesos que dice que cobraron el socio y la esposa de Marcelo Bonelli desde 2008.
Los 240 mil pesos anuales que durante cuatro años recibieron los allegados de Bonelli, según usted, representan sólo el dos por ciento de esos 11 millones de pesos anuales, lo que permite deducir que hay, en promedio, otros 46 periodistas o medios que también recibieron sistemáticamente dinero por publicidad que, como usted dice, “la pagás y no aparece”.
Urge que usted difunda esa lista, así la opinión pública se entera de quiénes son esos medios y periodistas que cobran por servicios no prestados. Imagino que habrá varios simpatizantes de su Gobierno en ella. Pero lo importante es que se sepa quiénes son porque, más allá de los intereses que defiendan, cobrar por un servicio que no se presta es una estafa o un acto de corrupción.
El tema no es sólo Bonelli. El tema es ese sistema de corrupción de periodistas y medios. Pero lo curioso es que, si ustedes no lo inventaron, señora, ustedes lo engrandecieron a niveles inconmensurables. Y de lo que no cabe duda es de que ustedes lo institucionalizaron como una práctica normal. Usted se escandaliza de su propio espejo y encima cree que refleja la imagen de otro.
Algo comparable les pasa con el tema de la dictadura: ustedes acusan a algunos de sus críticos de acciones negativas que no existieron, se agregan en su propia biografía acciones positivas que nunca realizaron y terminan creyéndose héroes de la ética.
Mire, señora, hace siete años el diario PERFIL publicó en El Observador del 18 de septiembre de 2005 una larga investigación titulada “Caja negra”. Allí se informaba que “el propio Estado utiliza cajas negras para promocionar su gestión”, y desarrollaba en detalle el caso de 27 periodistas que por orden del vocero de De Vido, Alfredo Scoccimarro, debían estar en la pauta publicitaria.
La lista la encabezaba Marcelo Bonelli y, mire lo que son las vueltas de la vida, señora, nueve de los 27 periodistas de esa lista trabajaban en alguna de las empresas del Grupo Clarín. Y hoy Scoccimarro ya no es el vocero de De Vido sino que es su vocero y, además, es el secretario de Comunicación Pública, cargo en el que reemplazó nada menos que a Abal Medina cuando asumió como jefe de Gabinete.
Son ustedes, señora, los que inventaron lo que usted denuncia. Hace siete años era PERFIL quien denunciaba la relación entre Scoccimarro y Bonelli cuando Clarín era aliado del Gobierno. En aquella oportunidad, Bonelli pidió derecho a réplica explicando que él no trabajaba en la radio FM Palermo que aparecía en la planilla publicada en la nota de PERFIL, lo que justificó una contrarréplica de los periodistas de El Observador para demostrar que era la hija de Bonelli quien trabajaba en ese programa, y la publicidad había sido gestionada por una productora de A dos voces, el programa de Bonelli.
Siguiendo el mismo manual, ayer PERFIL pidió a Bonelli precisiones sobre los montos que cobraron su socio y su esposa de YPF, ya que en los descargos que realizó en Clarín y Telenoche no se refirió a ellos. Bonelli dijo que su esposa sólo cobró 6 mil pesos por mes de julio de 2007 a marzo de 2008, 54 mil pesos en total, por traducciones de inglés (tiene el título del Lenguas Vivas), y que él no tiene ningún socio porque la publicidad de los programas que realiza en los distintos medios del Grupo Clarín es vendida directamente por la empresa, de la que él es un empleado. Quedará por ver si existe una contrarréplica, como en el caso anterior de Bonelli ante la denuncia de PERFIL en 2005.
En Clarín y en Telenoche Bonelli sí explicó que todos sus ingresos están en blanco y que lo que publicó sobre que Galuccio estuvo por renunciar es totalmente cierto. Ese no era el núcleo de la acusación, porque podría haber cobrado un millón de pesos en blanco, nunca la Presidenta dijo que fuera en negro. Y es obvio que la crítica que recibió por cadena nacional no es por su nota del 3 de agosto último sobre Galuccio, porque ya el 10 de julio Perfil.com y el diario La Nación habían informado que Galuccio analizaba renunciar.
Lo que a la Presidenta le molesta de Bonelli es su prédica contra la restricción a la venta de dólares, que realiza todos los días, a la mañana, a la tarde y a la noche (hay que reconocer que Bonelli es un trabajador esforzado) en TN, Radio Mitre y Telenoche, desde hace nueve meses con notable efecto. Y aprovechó las pagos de YPF a la esposa de Bonelli y su supuesto socio para –en el contexto de la i-nauguración de una planta de refinado– pegarle un palazo.
Pero a buena hora su enojo, señora, la lleva a proponer debatir ética periodística e ilumina con la llegada de su cadena nacional la problemática sobre de dónde viene el dinero que financia a los medios de comunicación y a los periodistas, y se debate ese método degenerativo del periodismo que además el kirchnerismo promovió. Y es también deformante de la publicidad porque, debo informarle, señora, que su ejemplo cunde: programas de radio y de TV con audiencias no muy grandes vienen quejándose de que anunciantes que antes tenían bien clara la “separación de Iglesia y Estado”, es decir que poner publicidad no les daba derecho a solicitar no ser criticados si eran sujeto noticioso de algún hecho negativo, han cambiado y ahora amenazan abiertamente con retirar la publicidad si sus empresas son criticadas. Eso no se animan a hacer con medios más importantes, pero el flagelo superó una frontera.
El problema es cualitativo y cuantitativo. Siempre hubo departamentos de relaciones públicas en las empresas que compraban publicidad con criterios no comerciales, pero el deterioro institucional, que comenzó con Menem, explotó en 2002 y el kirchnerismo elevó y cristalizó, hizo que aquello que antes permitía a un periodista de radio tener su pequeña productora para su programa se convirtiera en empresa, teniendo a Hadad como el precursor más aventajado a la hora de vender silencio y protección en forma de “publicidad que pagás y no aparece”, dicho en sus propias palabras.
No es que usted mienta sobre Bonelli. PERFIL criticó cuestiones relacionadas con la que usted difundió por cadena nacional. Usted mintió sobre su propio Gobierno, al que mostró sólo como víctima de lo que mayoritariamente fue victimario.
No olvide que los últimos cuatro años de YPF, donde se gastaron esos 11 millones de pesos por año en periodistas y medios de forma tan irregular, a los que usted se refirió, coinciden con el desembarco del management nacional y la retirada de la dirección de YPF de los principales ejecutivos españoles. Es en 2008 que ingresa Eskenazi de la mano del propio Gobierno.
La buena memoria es a veces un obstáculo para la política.

El stand-up de la Presidenta - Por Beatriz Sarlo

Excelente nota. Muy Barthesiana.



Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

La Presidenta ha cambiado notablemente su oratoria. Todos los observadores coinciden en que está "más suelta". Yo diría que muchas veces se muestra sencillamente pintoresca.
Antes de esta transformación, desde la muerte de Néstor Kirchner en sus discursos incrustaba bloques de alto dramatismo, cuando mentaba, con la voz estrangulada por la emoción, su soledad y su voluntad de sobreponerse. La intensidad, aunque no ha desaparecido, hoy dura menos. En su lugar, están las ocurrencias de una espontaneidad libre de ataduras, que trae anécdotas, gustos, recuerdos, diálogos con la platea, bromas, sonrisas, miradas de costado, revoloteo de manos y pasos de baile tan expresivos que no sería justo citar sólo por escrito, sin los gestos. No voy a citar, me voy a privar de esa prueba que puede verse en www.presidencia.gov.ar/discursos .
El stand-up comedy presidencial, es decir el momento en que Cristina Kirchner improvisa en primerísima persona, tiene un público que parece disfrutar de esa fórmula escénica. Hace dos días, detuve el cuadro de video sobre una panorámica que mostraba a ese público en un salón de la Casa de Gobierno. Lo vi a Filmus riéndose ante un intercambio de datos sobre el origen étnico del comandante Chávez; quien los proporcionaba a la Presidenta era el secretario de Comercio, que se tocó la cabeza e hizo el gesto de enrularse el pelo. Rápida, la Presidenta captó que los gestos de Moreno sugerían que Chávez tenía mota. Y fue ésa la palabra que empleó. Me imaginé a un Filmus políticamente correcto, en alguna otra vida pasada, predicando ante unos niños que con esas cosas no debía bromearse. Hasta que festejó ese momento del stand-up presidencial, Filmus era un señor correcto, serio, con cara de aburrido, convencional. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Qué creen que se les pide? ¿Qué temen si no se ríen con obsecuencia?
Lo que le pase a Filmus, en realidad, tiene poca importancia. Dejará de reír y seguramente se sentirá más cómodo con un cambio en el estilo presidencial. Las salidas de tono de la Presidenta, cuando incursiona en el stand-up, son la incógnita para analizar. En el pasado, el registro más usual de Cristina Kirchner (mientras fue diputada y senadora) era tecnocrático. Hablaba de corrido una jerga de informe socioeconómico. Era evidente que se aplicaba a preparar esas intervenciones que luego hacía "de memoria". Después de presidentes que improvisaban mal y no aprendían de memoria, como Menem, ganaba de punta a punta. Kirchner era un orador directo, pasional y desgalichado; por el contrario, su esposa parecía la universitaria del tándem. Le faltaba algo para ser una oradora tan buena como se creía: no tenía temperatura escénica (a lo Lula) ni parecía una académica destacada (a lo Fernando Henrique Cardoso o Ricardo Lagos).
Se dirá que estas cuestiones carecen de importancia política. Creo, en cambio, que son importantes, porque no muestran simplemente modos de hablar, sino la relación que alguien mantiene con su propia imagen pública. Cada uno habla del modo en que se siente autorizado a hablar por sus antecedentes o su poder.
Cristina, en esta nueva forma de su oratoria, habla como alguien que piensa que sus más triviales ocurrencias pesan y, por lo tanto, deben ser comunicadas a la ciudadanía. Mientras su oratoria fue tecnocrática y populista (una buena mezcla), era unánime la opinión de que se adecuaba a las necesidades de su lugar político. Se toleraban sus sarcasmos, porque se los consideraba una manifestación de su inteligencia. Después, cuando atravesó el capítulo dramático de poner en escena el dolor y el duelo, recibió la paciente solidaridad de sus oyentes. Ahora, en este giro hacia el stand-up, corre un riesgo que antes no corría: ¿es graciosa cuando canta un jingle o revolea los ojos? Si la parodia falla, el stand-up se desmorona.
Hay una sombra de omnipotencia en este nuevo estilo oratorio de la Presidenta. Los buenos oradores políticos conocen perfectamente cuál es su género y, sobre todo, saben que no todos los géneros les quedan bien. La Presidenta parece haber perdido esta capacidad de distinguir.
A esto podría responderse con dos objeciones. La primera es que sus discursos son exitosos. Tal afirmación es incomprobable, salvo que las plateas cautivas de la Presidenta sean tomadas como adecuada muestra sociológica (como si las risas grabadas de la televisión sirvieran para probar el alto rating de un programa). La segunda objeción es que todo mi argumento carece de importancia y que lo que importa en los políticos es lo que hacen, no lo que dicen.
Es un error separar la acción política del discurso que la acompaña. El estilo de la explicación indica mucho sobre la idea que un político tiene acerca de sí mismo. El profundo autocentramiento de la Presidenta es tan visible en sus discursos como en el verticalismo que es el sello de su gobierno. La forma de sus teleconferencias enfatiza su concentrado personalismo para dirigirse a gobernadores, intendentes o (peor aún) gente de lugares alejados donde se inaugura o reinaugura una obra. Parece una señora que habla con subordinados, a los que trata con una confianza condescendiente que ellos jamás podrían devolver: bromas, preguntas, comentarios van en dirección única, de arriba para abajo. Es paternalista un discurso que coloca a su interlocutor en un lugar desde donde no puede responder sino celebrando a quien le habla. En la primera mitad del siglo XX, se llamó a este estilo populismo oligárquico, de patrón de estancia. Hoy es populismo de burguesa próspera, convencida de que todos sus actos son para beneficiar a esa pobre gente que la escucha.
Sintonizo con frecuencia el canal Unasur. Allí puede escucharse a Chávez, un colorido orador antiimperialista, seguro dentro de esa cultura, y con sensibilidad verbal para diferentes registros: de la maldición a la amenaza, de la promesa a la confianza. Independientemente del juicio que se tenga sobre su política, Chávez tiene estilo. Los discursos de la Presidenta no pertenecen a esa tradición, como si no los hubiera practicado antes. Esto es particularmente evidente cuando se mete en la historia del siglo XIX y primera mitad del XX, con la insegura brevedad de alguien que no avanza por campo conocido.
Todo esto conforma una personalidad política (no hablo de inabordable psicología, sino de rasgos ideológicos). Todos los grandes dirigentes han sido juzgados no sólo por sus obras, sino también por sus discursos, desde Sarmiento hasta Perón. Los discursos son una de las materias en que se expresa y se define un estilo de gobierno y una concepción del poder. El centralismo verticalista produce una atmósfera de encierro, en la que Cristina Kirchner se mueve como si fuera el medio más favorable a su espontaneidad. Si un dirigente cree que está autorizado a decir cualquier cosa en cualquier momento, incluso malos chistes, ha perdido una conciencia de los límites dentro de los que se ejerce siempre, en todas partes, un poder que sea legítimo no sólo por los fines perseguidos, sobre los que puede disentirse, no sólo por los medios utilizados, que pueden discutirse, sino por las formas de comunicarlos.
Cristina Kirchner dijo que, en caso de usar un poco menos la cadena nacional, los opositores malévolos ya estarían preguntándose dónde está la Presidenta. Probablemente tenga razón. Ella es responsable de haber elegido esa incesante estrategia mediática. Si la deja de lado, es obvio que deberá reemplazarla por otra para evitar la pregunta que supone inminente, ya que la oposición en todas sus variantes le parece un ejército cuyo único impulso son las malas intenciones.

viernes, 23 de marzo de 2012

La "filosofía del lenguaje" K - Por Beatriz Sarlo

Excelente nota.

Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION



Hace pocos días, un amigo (joven, pero no kirchnerista) me envió el enlace a un fragmento de discurso presidencial. Lo acompañaba sólo con un adjetivo entre irónico y escandalizado: "Dantesco". Quiero compartir ese enlace:


Son tres minutos sobre los subtes. Tiene razón la Presidenta cuando afirma que el traspaso de los subtes no hubiera debido ser judicializado por Macri. Tiene razón al señalar que otras medidas cautelares se interpusieron ante resoluciones de gobierno y leyes votadas en el Congreso, como si la Argentina tuviera en su horizonte una república de jueces. Es diferente recurrir a la Corte por la inconstitucionalidad de un fallo que atiborrar los tribunales de medidas cautelares.
Además de estas observaciones, la Presidenta no puede evitar las notas de color, que usa cada vez con más desparpajo, con la creencia de que nadie está a su altura para discutirle y que nadie tiene legitimidad para hacerlo. Salvo los medios, pero ya se sabe qué son los medios: una fachada de negocios mal habidos, tan distintos de los empresarios amigos, esos verdaderos capitalistas de riesgo que juegan sus fortunas en las empresas para dinamizar el mercado de trabajo. Y, para peor, ahora han aparecido, según la Presidenta acaba de revelarnos en un sagaz giro hermenéutico, un par de periodistas filonazis.
En el video que comento, la Presidenta recurrió a un hit del federalismo antiporteño: los argentinos no tienen que pagarle a Buenos Aires sus lujos. Lo que dice Cristina Kirchner instala una revulsiva simetría con las afirmaciones de Macri de que a los hospitales porteños viene a tratarse la gente del Gran Buenos Aires, o que el Indoamericano estaba lleno de extranjeros. Por un lado, federalismo trucho; por el otro, bajo tenor social. Que Macri sea espontáneamente poco sensible a los pobres no habilita a la Presidenta para salir a dar patadas.
Después de la doctrina antiporteña, la Presidenta, por teleconferencia, se dirige a una mujer en La Quiaca (a la que tutea sin conocer, como lo hacen las señoras acomodadas con los pobres de provincia): "Decime, Salustriana, ¿subiste alguna vez a algún subte?". "Hasta ahora no", responde Salustriana, entre risas y aplausos de los funcionarios de la platea porteña. La Presidenta sigue: "Yo voy a ir a La Quiaca y después te venís conmigo en el Tango 01 y vamos a dar una vuelta en subte". Salustriana: "A nosotros nos hacen falta otras cosas". A la Presidenta también: por ejemplo, dar una vuelta en subte a las nueve de la mañana, con De Vido de acompañante. No tiene la obligación de hacerlo. Pero, entonces, que no diga bravuconadas.
Si se le preguntara a Salustriana: ¿necesita Aerolíneas Argentinas?, también diría que antes precisa otras cosas, por ejemplo un tren eficiente que permita que sus familiares la visiten pagando un pasaje razonable. ¿Por qué Cristina Kirchner no viaja en tren con Salustriana desde La Quiaca, si tal expedición es posible? Interrogada libremente, Salustriana también diría que no necesita que se gaste plata en ese avión presidencial, ni en las visitas de la Presidenta al G20 ni en armar un museo de efemérides en la Casa de Gobierno ni en Artépolis, que Cristina acaba de anunciar. Usar a Salustriana como argumento de cómo debe diseñarse un sistema de transporte (o un proyecto cultural) es un golpe bajo, de populismo demagógico.
Desde la extrema necesidad, todo es prescindible. Por eso, la política tiene en la asignación de recursos una función principal. Sin embargo, nadie discute la asignación de recursos de la Presidenta. Para ella sólo hay vía libre. Y ha encontrado, en estos días, a un inesperado émulo: el gobernador Bonfatti, de Santa Fe, asignó más de cuatrocientos mil pesos para un recital en su provincia. ¿Qué diría la Salustriana del norte santafecino si algún periodista del oficialismo la interrogara?
Salustriana no es libre cuando le contesta a la Presidenta. Su autonomía está sujeta por la necesidad material y por la inconmensurable distancia que la separa de esa señora emperifollada que la interpela por teleconferencia. Claramente, Salustriana necesita servicios diferentes de los de un subte, que sería un artefacto de otro planeta en La Quiaca o en cualquier otra ciudad del mundo de esas dimensiones.
Pero la autonomía de Salustriana está afectada porque no tiene libertad para contestar a la Presidenta de un modo diferente. Ni aunque quisiera hacerlo, ni aunque quisiera decirle que ella tampoco necesita que el Gobierno invierta millones en decorar el edificio de Obras Públicas con un póster gigantesco de Eva Perón, cuya maqueta está detrás de la Presidenta. Salustriana no podría decirlo. Muy pocas personas están en condiciones de refutarle algo, cara a cara, a un presidente. Por eso, un presidente abusa de su poder cuando disimula el lugar del irrefutable. Como Cristina frente a Salustriana, hace un gesto del más tradicional paternalismo.
La Presidenta tiene dos estrategias discursivas: el silencio y el monopolio. Lo que se llama "el relato" depende de estas estrategias y no al revés.
Los acontecimientos que se consideran desfavorables y sobre los que no se tiene preparada una argumentación merecen el silencio. Cristina Kirchner atribuye al lenguaje el poder de producir los acontecimientos. Lo que se nombra, automáticamente, pasa a existir: abracadabra. La palabra "inflación" hace subir los precios. A la inversa, lo que no se nombra no existe. El lenguaje produce la realidad, que puede ser narrada, descripta, aludida, metaforizada. Es decir que no se trata sólo de "relato", como se insiste habitualmente. Hay algo anterior a cualquier relato, una fuerza que funda o destituye la realidad.
Según la filosofía del lenguaje K, la lengua es mágica. Por lo tanto, tiene que ser sólo propiedad de la Presidenta, ya que los poderes de enunciar o silenciar tendrían siempre efectos materiales. El unicato cristinista es, en primer lugar, un unicato de enunciación. Muchas veces me he preguntado por qué razón, ya que ella no habla con el periodismo, no existen emisores del tipo de Alberto Fernández, que cumplían esa función de amistoso off the record hasta 2008. Mi pregunta es irrelevante porque Cristina trajo una novedad: todos los lugares desde donde se habla han colapsado menos uno, el que ella ocupa todos los días, porque esa realidad fundada en el lenguaje corre riesgos en ausencia de su discurso, que es el único que garantiza la existencia. Hasta sacó del Gabinete al chistoso Aníbal Fernández, que reproducía en carbónico los humores presidenciales, porque, al emitir esas reproducciones, no se respetaba el unicato de la enunciación. ¿Quién le conoce la voz a Abal Medina? ¿Quién escuchó alguna vez al taciturno Máximo?
Estas cuestiones discursivas son directamente políticas. La "filosofía del lenguaje" K arma sistema con una concepción del poder unificado; es antipluralista y discrecional. Se puede acordar con muchas medidas tomadas por la Presidenta. Es posible, incluso, coincidir con muchos de sus motivos o diagnósticos. Pero no es posible disentir: toda contradicción es un ataque y todo ataque se personaliza.
Cada vez que alguien recuerda la forma secreta en que Boudou fue elegido vicepresidente, las consecuencias del unicato podrían convertirse en lección práctica sobre las conveniencias de un juego más abierto. Nadie pide que Cristina Kirchner se convierta en una demócrata a la uruguaya. Eso va contra sus reflejos y probablemente también contra un estilo argentino, dado a atropellar, que los votantes no han rechazado últimamente. El unicato lo ejerce una personalidad política autocentrada, desconfiada de cualquier pluralismo, hipersensible a las críticas, renuente al diálogo salvo con sujetos ausentes o en estado de dependencia. Los diferentes relatos pueden cambiar, lo que se mantiene estable es el lugar desde donde Cristina los enuncia. Ese es el núcleo duro e inabordable del poder. Todo lo que queda por hacer es desear que no se equivoque.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Síntomas de un hombre acorralado -Por Joaquin Morales Solá

Columna interesante sobre el caso Boudou.



Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

La situación judicial -y política- del vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, podría decidirse en los próximos 30 o 60 días, dijeron fuentes judiciales con conocimiento de la causa sobre la ex Ciccone. En ese plazo, breve para los tiempos políticos, el juez Daniel Rafecas deberá recabar las pruebas, evaluarlas y decidir si llamará al vicepresidente a declaración indagatoria. Esta clase de citación judicial significa también que, luego de concretada la declaración, el juez está en condiciones de dictar el procesamiento del sospechoso. Si eso ocurriera, el vicepresidente tendrá en adelante dos opciones: renunciar o someterse al juicio político del Congreso.
Sobre Boudou confluyen la sospecha judicial y la indiferencia política. El peor de los mundos. La Justicia necesita acreditar todavía la vinculación entre el vicepresidente y los nuevos dueños de la vieja Ciccone Calcográfica o de parte de ella. La decisión judicial de avanzar en la investigación pudo constatarse con un hecho que pasó casi inadvertido: el allanamiento en Mendoza de la casa donde vive la ex esposa de Alejandro Vandenbroele, Laura Muñoz, quien acusó a su ex marido de ser testaferro de Boudou. De esa manera, fue la Justicia la que accedió de manera directa a eventuales documentos probatorios contra Vandenbroele y Boudou.
Por el tono y el contenido de las cosas que dice Muñoz, ella misma hubiera llevado esos documentos a la Justicia. Pero el juez y el fiscal prefirieron limpiar la investigación de eventuales impurezas procesales. Si Muñoz hubiera aportado esas pruebas, los defensores de Boudou y de Vandenbroele hubieran pedido la nulidad de las pruebas aportadas por una esposa contra su marido.
El Código Procesal Penal es muy claro cuando les impide a los cónyuges denunciarse penalmente entre ellos. Ahora, es la Justicia la que se hizo directamente de esos documentos; no fue la esposa la que incriminó a su marido. Vandenbroele y Muñoz siguen siendo un matrimonio, porque la separación de hecho no se consumó todavía en un divorcio.
El otro elemento nuevo fue la noticia que dio cuenta de quiénes serían, en verdad, los dueños de una parte de la ex Ciccone, que LA NACION adelantó ayer. Son dos uruguayos, Fernando Castagno Schikendantz y Janine Gómez Suárez, con un largo historial de sospechas sobre Lavado de dinero en varios países, España entre ellos. Ambos aparecen como los titulares de una empresa, Dusbel SA, radicada en Montevideo.
"Montevideo está llena de empresas fantasmas que son de argentinos que quieren esconder su identidad", dijo un conocido político uruguayo. Por lo general, la sede de esas empresas son pequeñas oficinas, que se usan a la vez como sedes de otras numerosas empresas, como es en este caso.
Dos conclusiones
De ese dato se desprenden dos conclusiones que pegan muy cerca de Boudou. En primer lugar, la frivolidad política, por lo menos. La única prueba concreta y clara de una intervención personal de Boudou en el escándalo de la ex Ciccone es una carta del entonces ministro de Economía al jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray, recomendando que éste aceptara un plan de pagos de viejas deudas impositivas de la empresa. La impresora ya estaba en manos de The Old Fund SA, una parte de cuya propiedad es de aquellos uruguayos con fama de lavadores de dinero.
Boudou dijo públicamente que se interesó por el destino de la ex Ciccone para defender los puestos de trabajo. ¿Defender los puestos de trabajo de una empresa en condiciones de imprimir dinero y que entre sus propietarios tiene a personas sospechadas de lavar dinero?
El dinero lavado es siempre dinero de origen espurio. Venga de la corrupción, del tráfico de drogas o del contrabando. Castagno Schikendantz y Gómez Suárez no era recién llegados al mundo del lavado; sus nombres figuraron hace más de diez años en el célebre "informe Carrió" sobre la trama oculta del lavado de dinero.
La segunda conclusión es menos benévola que la primera. Las casualidades existen, pero no abundan. El caso Ciccone fue la segunda vez en la historia de la AFIP en la que este ente aceptó que se levantara un pedido de quiebra, hecho por la misma AFIP, sin que antes se hubiera saldado la deuda o se hubiera acordado un plan de pagos.
El plan de pagos vino después de que el juez decidió levantar la quiebra. Por primera vez en la historia, el jefe de la AFIP pidió por carta la opinión del ministro de Economía para acordar un plan de pagos con un moroso. Existió un interés desmesurado, inédito y llamativo de funcionarios del gobierno nacional (sobre todo del área económica, entonces bajo la jefatura de Amado Boudou) en la vieja Ciccone Calcográfica.
El infatigable trasiego de funcionarios para resolver la quiebra y la propiedad de Ciccone sucedió en las mismas semanas en que Néstor Kirchner mostraba signos evidentes de una definitiva fatiga de su salud.
Los aparentes nuevos dueños de Ciccone, Castagno Schikendantz y Gómez Suárez, accedieron a la propiedad de la empresa siete días después de la muerte del ex presidente. ¿Qué pensarán ahora la viuda y los hijos de aquella insensibilidad de los funcionarios frente a la enfermedad y la muerte?
Esa pregunta conduce a otro escenario, tampoco propicio para el vicepresidente. Boudou es un extraño para el peronismo. Sus raíces políticas están en otro partido y en otra ideología. El único legislador que se pronunció sobre el tema, el senador Miguel Angel Pichetto, elogió la posición del radical Ricardo Gil Lavedra, que propuso que el Congreso siguiera los pasos de la Justicia y no al revés. Gil Lavedra no dijo nunca que Boudou es inocente.
Sin defensa
Ningún otro legislador peronista salió en defensa del vicepresidente. El resto de la oposición comienza a adoptar como propia la posición de Gil Lavedra: actuar después que haya decisiones concretas de la Justicia.
Incluso, Elisa Carrió ordenó a los suyos congelar el prematuro pedido de juicio político contra Boudou, ya hecho por legisladores de distintas fuerzas políticas, seguramente a la espera de entrever la reacción del peronismo, que controla la mayoría en ambas cámaras del Congreso.
El propio Boudou dio otro síntoma de su evidente debilidad. Acusó públicamente a la Justicia de haber sido comprada por intereses diversos y contradictorios, entre ellos los medios periodísticos. La versión es tan inexacta como inverosímil, porque muchos jueces responden sólo al Gobierno y a nadie más. Podría ser, sin embargo, la incipiente estrategia de un hombre acorralado.

lunes, 5 de marzo de 2012

Se cayó el sistema - Por Tomas Abraham

Excelente columna.



Por Tomas Abraham

Quisiera plantear una dificultad sobre los modos de la organización política en la Argentina. Hemos tenido casi veintiocho años de democracia sin interrupciones. En toda la historia de nuestro país nunca hubo una época con alternancia en el poder por vías electorales sin proscripciones, sin fraude, sin extorsión militar, como las de estas últimas décadas. Ha sido un período ejemplar. Creo que uno de sus resultados ha sido la destrucción del sistema de los partidos políticos. ¿Una ironía de la historia? No, no es una ironía de una entelequia abstracta sino el resultado de un proceso difícil de comprender pero aparentemente irreversible.
Un partido político consta de un aparato, de una disciplina interna, de jerarquías, reglas de juego, inserción en una estructura consensuada por dirigentes, ramas internas, continuidad en el tiempo, héroes epónimos y una simbología. De todo esto lo único que han quedado son los dos últimos elementos: un mítico padre fundador, y los cantos, las banderas, los gorros y algún gesto o bravuconada como muestra de fidelidad sobreactuada, es decir, los ornamentos.
No hay más partidos nacionales. El partido radical y el Partido Justicialista son estructuras nominales con momentos esporádicos y circunstanciales de regeneración. Estos dos partidos, junto a las Fuerzas Armadas, fueron los protagonistas del sistema de partidos en la Argentina. Hoy son puntos de reunión de quienes se encuentran por un momento en la intemperie y pasan por casa para recoger algún trasto viejo antes de partir nuevamente.
En este momento político sólo hay dos fuerzas políticas protagónicas que no son partidos: el Frente para la Victoria, y el PRO. Son organizaciones formadas alrededor de un jefe o jefa que de llegar a retirarse de la escena, por cualquier motivo que fuere, disuelven su punto de apoyo militante con la ineludible fragmentación del espacio que se dispersa en microemprendimientos capitaneados por adláteres sin destino.
No es sólo un delirio de una voluntad totalitaria la discusión de la reforma constitucional que autorizaría la reelección indefinida de la Presidenta; por el contrario, es una expresión de que al no haber más sistema de partidos que se alternen en el poder sólo quedan en el escenario político asociaciones con o sin fines de lucro que dependen de un líder. Si el conductor o conductora se llegaran a ausentar sobrevendría el temor de una anarquía de consecuencias peores que la tutela de un despotismo plebiscitado.
La crisis de lo que se llamaba con desprecio “partidocracia” no es un problema argentino. Ocurre en casi todo el mundo en el que los fundamentos de la democracia liberal están cuestionados. El régimen republicano de la democracia representativa tiene corto tiempo, para no decir que tuvo corta vida. Creación del siglo XX con el voto universal y la igualdad de derechos de la ciudadanía, a la que debió sumar los recursos fiscales para implementar políticas sociales gracias al Estado Benefactor, se encuentra hoy en crisis.
Son pocos los países en los que este sistema persiste. La existencia de partidos consolidados rige en nuestra región, en el vecino Uruguay, en Chile, en Brasil, pero aun en ellos pareciera que la excepción confirma la regla de la crisis del sistema.
De seguir el proceso de desplazamiento del eje del poder mundial del Atlántico al Pacífico, sin hablar de los Balcanes y los Urales, el modelo de organización política lejos está de seguir el modelo liberal.
Pero lo que ha ocurrido en nuestro país tiene su especificidad. La seguidilla de cinco presidentes en el mes de diciembre de 2001 fue el desencadenamiento de la última fase de un sistema que ni siquiera pudo crecer ni desarrollarse. No son pocos los que creen que este derrumbe institucional es un signo de una aurora promisoria en la que las formas de la participación e intervención de las multitudes profundizará la democracia al derribar un sistema arcaico y corrupto.
Dos presidentes expulsados antes de su mandato, uno que gobernó dos períodos hoy convertido hasta por sus mismos partidarios en el maldito de la política argentina por “desguazador” del Estado y cipayo del neoliberalismo, y una sucesión conyugal que pretende ser indefinida, hablan a las claras de que la democracia republicana en nuestro país no es precisamente joven, ni precoz, sino deforme, mal nacida, como el bebé de Rosemary.
Esta truculencia no debería clausurar el problema, por el contrario, habilita su debate. Si esta crisis es terminal: ¿de qué modo puede organizarse políticamente la sociedad argentina para vivir en democracia? ¿O no interesa que haya formas republicanas o delegadas por vía electoral para vivir en sociedad ?
Depende de las opciones. Si se equipara democracia con igualdad, las formas políticas interesan en la medida en que se instale un proceso justificado en nombre de la homogeneidad social con la burocracia y las jefaturas correspondientes cuya legitimidad es clientelar y vigilada con censura previa. Si se define a la democracia por la diversidad cultural, ideológica, política, es necesario construir un sistema que garantice la pluralidad.
El sistema de los partidos políticos tenía la función de asegurar el recambio de equipos dirigentes, de alternativas políticas, de respetar los cambios en la voluntad ciudadana, y de cuidar que el espacio de poder tenga ocupantes transitorios para que el sistema proteja las libertades cívicas.
¿Cómo se asegura entonces que la alternancia y el pluralismo sigan vigentes sin partidos políticos consolidados? ¿Cómo puede funcionar un Parlamento que dice representar a los ciudadanos en nombre de partidos cuando las estructuras de las que se sirven implosionan, o cuando los propios congresales al verlas débiles las usan una vez elegidos con fines personales?
¿Cómo hacerlo cuando el Estado y su personal, que deberían garantizar la legalidad y la resolución pacífica de los conflictos, se aprovechan de la impunidad para negocios propios y no pueden controlar los focos de violencia en el territorio que tienen la tarea de administrar?
La conformación de frentes, alianzas, encuentros, no hace más que postergar el problema. Tampoco el panorama político cambia debido a que en el agitado calendario eleccionario y en el ritmo bianual de ofertas de nuevos o viejos candidatos modifiquen transitoriamente las mayorías. De no encontrar nuevos cauces institucionales para organizar la vida en democracia, la política está en manos de las corporaciones que no tienen frenos para decidir sobre cuestiones colectivas, y que sólo encontrarán resistencias en las movilizaciones que, una vez desencadenadas, al no tener organización ni ideas ni programas para instalarse en el tiempo, desaparecen o se fracturan por debilitamiento.
Corporación estatal, empresarial, financiera, policial, sindical, mediática, luchas sectoriales sin tregua ni marco jurídico con fuerza de ley, una situación así creada pareciera no tener otra salida que buscar al César masculino o femenino para imponer el orden.
El mundo cambia aceleradamente. Es posible que instituciones políticas de hace un siglo no representen estos cambios. Este asunto de la reforma constitucional, sin suponer de hecho la mala fe en quienes la defienden, aunque muchos se escudan detrás de ella para salvarse a sí mismos, parece sostenerse en una realidad concluida en cuya resurrección pocos creen y no sólo –para repetir lo que dicen sus propiciadores– en el talento extraordinario de una mandataria.

Acá el link: http://www.perfil.com.ar/ediciones/2012/3/edicion_656/contenidos/noticia_0037.html

martes, 14 de febrero de 2012

Testaferros y domesticados - Por Jorge Lanata

Editorial de Jorge Lanata para Perfil el 11 de febrero.


Cómo un monotributista “socio” de Boudou se convierte en millonario. El silencio del vice, del Gobierno, de la propaganda K y de la Justicia.

Por Jorge Lanata

Primero, los hechos. El lunes 6, en el mediodía de radio Mitre, Nicolás Wiñazki dio a conocer el resultado de una investigación que le había llevado varios meses: Alejandro Paul Vanderbroele, un monotributista categoría B (con ingresos de poco mas de $ 1.000 al mes declarados a la AFIP) se había quedado con Ciccone Calcográfica, la única empresa privada de la Argentina autorizada para imprimir papel moneda, cheques, patentes de automóviles, etc.
Pero esta no era solamente una historia de evasión impositiva. Vanderbroele estaba vinculado al vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, lo que explicaba la sucesión de hechos irregulares que permitieron que el monotributista emprendedor se quedara con una empresa quebrada que facturaba 200 millones de dólares al año.
El desembarco de Vanderbroele en Ciccone estuvo rodeado de un constante aire de impunidad y fue posible gracias a una cadena de hechos irregulares que trasciende la casualidad:
El juez de la quiebra de Ciccone, pedida por la AFIP, Javier Cosentino, decidió que la planta podía ser alquilada y abrió la posibilidad de ofertas: la empresa Boldt (una compañía con antecedentes en el mercado gráfico y en el juego) se impuso sobre la Casa de la Moneda y la propia AFIP.
La AFIP decidió, entonces, pedir que se levantara la misma quiebra que antes había solicitado.
Al secretario Guillermo Moreno le tocó cerrar la pinza: Comercio Interior decretó que Boldt ya tenía una imprenta, por lo que el alquiler de Ciccone “producía una concentración empresaria” del sector gráfico.
La Cámara de Apelaciones en lo Penal Económico hizo lugar a la medida de Moreno.
Varios acreedores de Ciccone recibieron, en medio del proceso judicial, la visita de un representante de Boudou y, en nombre del entonces ministro de Economía, quien les sugirió que aceptaran en Ciccone al fondo de inversión manejado por Vanderbroele: The Old Fund.
El 3 de septiembre de 2010, Vanderbroele hizo rendir como nadie sus $ 1.000 mensuales declarados al fisco: pagó en la sucursal Tribunales del Banco Ciudad $ 567 mil en efectivo para levantar la quiebra de Ciccone.
Vanderbroele no llegó con una sola mano a hacerse de la empresa. Lo permitieron varias manos: Ricardo Echegaray, titular de la AFIP, arrepentida de la quiebra que ella misma había pedido; el secretario de Comercio, que vio allí otra amenaza de monopolio; los jueces que hicieron la venia sin chistar y la influencia del vicepresidente de la Nación.
“Yo soy un hombre de Amado Boudou, represento al Gobierno y ustedes no se tienen que preocupar por el futuro de la empresa”, le dijo Vanderbroele a los empleados de Ciccone y a los delegados del sindicato gráfico en una de sus primeras visitas a la empresa. “Tenemos garantizado que después de las elecciones vamos a imprimir papel moneda”, abundó.
Llegaba pisando terreno seguro: antes de las elecciones había tercerizado la impresión de las boletas del Frente para la Victoria.
“Me dijo que estaba haciendo negocios con él, que se iba a quedar con buen dinero, que se trataba de coimas”, me dijo aquel lunes en la radio Laura Muñoz, la esposa de Vanderbroele, separada de hecho, enfrentados por la tenencia de su pequeña hija.
Ante el micrófono, Laura Muñoz sonaba segura y valiente: contó que había recibido amenazas, que intentaron comprarla, que quisieron hacerla pasar por loca y que hablaba como su única salida para defenderse. “Ahora que esto es público, no se van a animar a matarme”, dijo.
En paralelo, Andrea Rodríguez, productora de Lanata sin filtro, intentaba comunicarse con el celular de Vanderbroele. El amigo de Boudou atendió en persona y cortó la comunicación. El vocero del vicepresidente también había enmudecido.
—¿Estás convencida de que tu esposo es un testaferro de Boudou? –le pregunté.
—No tengo ninguna duda –dijo.
Otro funcionario cercano al vicepresidente entró en escena para favorecer al monotributista entrepreneur. Katya Daura, titular de la Casa de la Moneda, le recomendó al Banco Central que Ciccone imprima la mitad de los billetes de 100 pesos que se pondrán en circulación este año: 600 millones de billetes a un costo de unos 50 millones de dólares.
Los días posteriores. El aparato oficial de propaganda ignoró el hecho por completo, aunque la mayoría de los diarios y radios del país se ocuparon del asunto.
El vicepresidente evitó cuidadosamente al periodismo y ningún funcionario del Gobierno, incluidos los opinadores profesionales, mencionaron la denuncia, ni siquiera para desacreditarla.
El martes 7, a las 14.12, mi interés en el asunto ya era casi antropológico. Le pregunté al ex fiscal anticorrupción Manuel Garrido si le encontraba explicación al silencio judicial: ¿ningún fiscal actuaba porque recibían llamados oficiales? ¿Por miedo? ¿Por abulia?
“Obviamente, tienen que actuar, pero no lo van a hacer porque los órganos de investigación están desmantelados. Esto se va a ir diluyendo con el tiempo”, dijo Garrido, quien abandonó su carrera judicial harto de la misma enfermedad.
Y siguió: “Todo el mundo sabe que quien hace una investigación que afecta al Gobierno va a tener problemas en su carrera. Están todos domesticados. Los fiscales saben que si investigan esto van a tener consecuencias negativas. Los casos graves de corrupción terminan en la nada porque hay intereses que hacen que los jueces no avancen en las causas; ni siquiera pueden abrir investigaciones de oficio porque se arriesgan a sanciones de la Procuraduría o de otro organismo”.
La verdad es, a veces, luminosa y cruel. Pero conocerla nos vuelve responsables.
“Están todos domesticados”, dijo Garrido. Domesticar significa amansar y hacer dócil a un animal o a una población entera. No es lo mismo que “domar”, es peor que eso: en la doma, el animal sigue siendo salvaje, en la domesticación se vuelve genéticamente dócil.
Todos recordarán aquella historia de los elefantes en los circos: desde pequeños, los atan a una estaca; en los primeros meses, la estaca tiene más fuerza que el elefante bebé, pero a medida que el animal crece la tensión de la madera es cada vez más insignificante. A los pocos meses, el elefante bien podría, de un tirón, liberarse de la estaca. Pero no lo hace. Está domesticado. Ni siquiera hace falta algo que lo retenga. Es él mismo quien no quiere salir o quien cree que no puede hacerlo.

Acá el link: http://www.perfil.com.ar/ediciones/2012/2/edicion_650/contenidos/noticia_0012.html