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viernes, 23 de agosto de 2013

El peronismo busca un nuevo jefe - Por Luis Alberto Romero

El peronismo busca un nuevo jefe

Tras la derrota electoral que sepultó el objetivo de la re-reelección, se presenta una oportunidad única de observar, desnuda y sin poesía, la estructura política del segundo peronismo
Por   | Para LA NACION



Comienzan tiempos interesantes, un poco riesgosos pero apasionantes. Frente a nuestros ojos, durante los próximos dos años se desplegará un espectáculo digno de L' a comedia humana , de Balzac: el establecimiento de una nueva jefatura en el peronismo.
Muchos se preguntan si el peronismo todavía existe. La cuestión es demasiado compleja para clausurarla con un simple "sí" o "no", pues, como la Santísima Trinidad, el peronismo encierra el misterio de ser uno y muchos a la vez. No existe un programa, una "idea" o siquiera un sentimiento. Tampoco hay una organización, sino muchas, que compiten y acuerdan. Lo que sin dudas existe es un espacio común, más cultural que político, donde propuestas y liderazgos comparten valores, lenguajes, eslóganes, guiños y sobreentendidos que eventualmente facilitan la articulación. Ese espacio común es el peronismo.
El primer sobreentendido común es que se trata de ganar y de conservar el poder, y que para eso se necesita un jefe con carisma y autoridad , que articule el conjunto y le asegure un plus a cada jefe subordinado, expresado en una foto compartida. A diferencia del PRI mexicano, el peronismo no adoptó la saludable práctica de la renovación sexenal automática del gran jefe, y no hay mecanismos previstos cuando se debe renovar. Momentos como el actual tienen la dimensión dramática de un documental de National Geographic, cuando por ejemplo una manada de leones consagra a un nuevo jefe.
El espectáculo ya comenzó. No por la derrota electoral del Gobierno -de la que eventualmente podría recuperarse-, sino por la evidencia de que no habrá reelección. Se abre la competencia, con varios aspirantes de posibilidades parejas, y comienza un reacomodamiento de las estructuras del peronismo. Podremos ver al desnudo su forma de posicionarse, en un momento en que la pasión no enturbia el cálculo.
El peronismo clásico nunca debió afrontar este problema. Apareció en 1983, cuando estaba en el llano, y se dirimió en 1988, en la competencia entre Menem y Cafiero, quizás el momento más democrático e institucional del movimiento. Pero a partir de la vuelta al poder en 1989, la puja se maneja desde allí. El peronismo hace política con los recursos del Estado, con los que se mantiene la estructura política y se reparten beneficios, que a la larga retornan como votos. Lo hacen desde el presidente hasta el último intendente. Es un peronismo donde la política y la administración del Estado son la misma cosa.
Entre el Estado y los votantes, los administradores conforman una estructura política compleja y diversa. No se limita a la "Liga de Gobernadores" o a los "Barones del conurbano", en diálogo con el presidente. Ésta es sólo la parte externa de un juego que llega hasta los niveles más bajos, donde sus integrantes mantienen un contacto con los votantes que pone en juego todos los sentidos: pues para operar hay que hablar, oír, ver, oler y tocar a la gente.
El término "barones" es sorprendentemente adecuado, pues remite a una organización muy similar: la del feudalismo clásico, cuya compleja pirámide se asentó en quienes podían controlar directa y personalmente a una porción tangible y audible de los campesinos. Sobre esa base se construyó una jerarquía de autoridades, que llegaba hasta el príncipe o el rey, basada en lealtades y reciprocidades, pero sostenidas por la conveniencia o el temor. Las lealtades eran variadas, cruzaban lo territorial, lo familiar y lo político, y dieron resultados crónicamente inestables. El poder feudal, como el del conurbano, debe construirse y reconstruirse permanentemente, controlando las deserciones o quitándole subordinados al otro, pues entonces y ahora "nada es para siempre".
Aplicado a un municipio, por debajo del intendente de la eterna reelección, hay un presidente del Concejo Deliberante, quien en algún momento aspirará a sustituirlo. Quizás una oportunidad -un cambio en el gobierno provincial o nacional- estimule a alguno de quienes están por debajo -concejales, ministros, directores generales- a desplazar sus lealtades y comenzar a construir una nueva jefatura. En cualquier caso, estos cambios requieren realineamientos en los segmentos inferiores de la estructura. Allí, quienes han iniciado su carrera autoproclamándose "conducción" evalúan si su futuro está en la lealtad o en la traición. Cada uno está convencido de llevar en su mochila el bastón de mariscal; es sabido que muchos de sus mariscales sacrificaron y "entregaron" a Napoleón.
Esta inestabilidad permanente en el poder del peronismo estatal -ajeno a cualquier regla del Estado o del partido- explica el papel decisivo del jefe. Sin jefatura no habría peronismo. Y no basta un "liderazgo" como el que satisfaría, por ejemplo, a los radicales. Debe ser un jefe con autoridad y eficacia. Debe ser capaz de conducir al conjunto a la victoria. Debe poder manejar en orden el reparto de los recursos, del botín, eso que los estadounidenses llaman spoils. Finalmente, tiene que ser capaz de mantener la disciplina del conjunto, la unidad, con el palo y la zanahoria. Tony Soprano es un ejemplo didáctico adecuado para quienes no estén familiarizados con las antiguas prácticas de los reyes visigodos o francos.
Lo original del momento actual está, precisamente, en el final a término de la actual cúpula del poder, que además lo ha centralizado al punto de hacer notable su vacío. Sin cúpula, comienza el proceso de disgregación de quienes hasta hoy juraron fidelidad al modelo. Los que no tienen otra alternativa quizá la mantendrán hasta el final. Quien tiene algo que cuidar o vislumbra que en la ocasión puede aumentarlo abandonará el viejo redil y entrará en el juego. En la gran competencia hay varios competidores naturales: por lo menos diez. Los electores serán los otros, jefes, oficiales o suboficiales que controlan algún fragmento de poder. Todos pesan, cada uno en su medida. Dependerá de cómo se orienten, con quién sigan, a quién abandonen. Para cada uno de ellos el momento también es crucial y su elección será decisiva para su futuro.
Éstos son los protagonistas y el libreto básico de este episodio de la comedia humana. Los primeros ejemplos son deliciosos: el del intendente Ishii, quien hace apenas dos años proponía una cruzada contra los traidores, o el del sindicalista taxista Viviani, que sobriamente asegura estar "con los que ganen". Tras estos episodios, hay una oportunidad única de observar, desnuda y sin poesía, la estructura política del segundo peronismo.
¿Qué lugar ocupan en este juego las "bases peronistas"? Hay un papel para ellos, no a título individual, sino a través de los diversos colectivos que organizan la vida social popular. Quienes están vinculados con las estructuras son sus jefes: referentes, líderes sociales, "porongas". Ellos harán pesar el humor de sus dirigidos e indicarán si la gente "acompaña" con entusiasmo o a regañadientes, y hasta harán saber que no pueden encauzarlos a todos. Esto forma parte de su propio posicionamiento. Se abre una competencia en este nivel más bajo, donde la invocación a Perón o Evita parece pesar poco, y la de Cristina menos aún. Dependerá en parte de los discursos y de los acentos: más seguridad, menos corrupción, más lucha contra las corporaciones. Pero sobre todo jugará la posibilidad de mantener lo logrado, de acrecentarlo o de perderlo.
De todo esto saldrá un nuevo liderazgo peronista. Quienes no lo son se preguntarán cómo los afectará el resultado. Una posibilidad es que se consagre un "peronista manso", como se decía de algunos caudillos rosistas: tolerantes con los opositores, con mejoras en las prácticas y menos abuso del discurso. Otra alternativa es que la lucha no se zanje y que con un peronismo dividido se abra la posibilidad de alianzas transversales. En cualquiera de los dos casos, lo importante será apreciar la importancia de una brecha que permita a una fuerza política no peronista tomar forma. Un espacio alternativo y competitivo, con proyecto, política y liderazgo. Algo que por ahora parece lejano.

miércoles, 29 de mayo de 2013

La decadencia argentina - Por Luis Alberto Romero

Publicado hoy en el diario La Nación. Excelente artículo. Claro, sencillo y contundente en el análisis.


La decadencia argentina

Opinión
Por   | Para LA NACION

¿Qué lugar ocupa el kirchnerismo en la historia argentina? En muchas cosas, parece una repetición del peronismo de 1946, pero la similitud es sólo superficial. Más allá del código genético común, el país ha cambiado mucho. El de entonces era vital y conflictivo. El de hoy es exangüe, sumiso y explotado. La brecha que los separa se encuentra en la década del 70, en su turbulento comienzo y en su terrible final. Desde entonces, la Argentina se desangra en una larga crisis, y el kirchnerismo se ubica en su tramo más reciente.
Hasta los años 70, la Argentina supo tener un Estado potente, capaz de ejecutar y sostener proyectos como el de la enseñanza pública. Tuvo una sociedad móvil, integrada y democrática, y una economía medianamente eficiente, capaz de dar empleo y razonables posibilidades de mejorar a casi todos. También fue una sociedad áspera y conflictiva, especialmente en los momentos de rápida democratización, como en 1945. Tuvo además corporaciones organizadas, que asediaron de manera creciente al Estado. Cada una obtuvo sus franquicias y privilegios, y todas juntas lo colonizaron y debilitaron. En ese punto se articula el inicio de la larga crisis argentina. Al comienzo de los años 70, el Estado fue desbordado por una sociedad movilizada y militante. Perón fracasó en su último intento de contenerla -el Pacto Social-, y los militares ofrecieron su receta para cortar de cuajo la crisis, con una aquiescencia lamentablemente grande. El terrorismo estatal clandestino se dirigió contra las organizaciones armadas, pero, sobre todo, contra los voceros de una sociedad politizada y demandante.
También fue emblemática del régimen militar la consigna del ministro José Alfredo Martínez de Hoz: "Achicar el Estado es agrandar la nación". Podría entenderse que se trataba de reducir el crecimiento parasitario generado por los gobiernos populistas anteriores. No fue eso, sino algo mucho peor.
Desde los años 70, la Argentina recorre un camino decadente. No fue lineal: en su decurso hubo rupturas catastróficas, como en 1989 o 2001, e inicios esperanzadores, con la democracia de 1983 o con la prosperidad en este siglo. En esta historia compleja y quebrada, hay un "hilo rojo" que marca la continuidad: la decadencia del Estado. Desde 1976 y hasta hoy mismo, su erosión y destrucción ha sido sostenida y sistemática. Cada gobierno usó argumentos diferentes y contradictorios, pero tras las diferencias es posible seguir el rastro de un largo y sistemático desmonte del aparato estatal, su legalidad y su legitimidad. Cada uno a su manera destruyó agencias estatales y paralizó organismos de control. La "emergencia permanente", fruto de las crisis de 1989 y 2001, corroyó las rutinas burocráticas y dio patente a la arbitrariedad. La inflación y la penuria fiscal, impulsadas por el fuerte endeudamiento externo, se resolvieron a costa de los grandes servicios estatales, como la educación y la salud.
Sobre todo, el Estado se hizo mucho más permeable a la acción de los saqueadores y depredadores. Antes de 1976, las grandes corporaciones -empresariales, sindicales, militares- operaban de manera más institucional. Desde los setenta, el expolio estatal se concentró en grupos más pequeños, casi personales, no sólo tolerados, sino promovidos por los gobernantes: la "patria financiera", la "contratista", la "privatizadora" fueron sus nombres populares. Ellos sorbieron recursos del Estado y de la sociedad toda.
Esa succión de recursos es una de las razones del empobrecimiento y la polarización social. Pero lo más importante fue el giro, iniciado en 1976 y completado en los noventa, de una economía cerrada -posiblemente ya agotada- a una economía abierta. Fue un giro brusco, imprevisto y sin redes de contención. Inicialmente se conocieron sus fuertes efectos devastadores, como la desocupación, antes de que aparecieran algunas alternativas nuevas. Hoy un tercio de los argentinos es pobre, y conforma un mundo de la pobreza estable y denso, desconocido antes de los setenta. La antigua sociedad continua y móvil se convirtió en otra, segmentada y escindida.
Hubo dos momentos en que se vislumbró un cambio de rumbo, una reversión de la decadencia. El primero fue político: la construcción democrática de 1983. Una gran mayoría emprendió entonces con gran optimismo el camino de la democracia republicana, el Estado de Derecho, el pluralismo y los derechos humanos. Treinta años después, quienes permanecen en la lucha están librando un combate de retaguardia, para salvar lo mínimo de esa idea. Aquella democracia fue reemplazada por otra, autoritaria, antirrepublicana, y desdeñosa de la ley y del pluralismo. Una democracia de jefatura y de mayoría, que ha encontrado una manera de aprovechar los frutos más amargos de la Argentina en crisis. La presidencia utiliza los recursos de un Estado desarmado y sin controles para construirse una sólida base de poder. También se aprovecha del mundo de la pobreza, para hacerlo producir los sufragios necesarios. Poco queda de la democracia de 1983. Apenas un Poder Judicial de solidez dudosa y unos partidos políticos que no logran afirmarse en una sociedad en la que cada vez hay menos ciudadanos.
Luego de 2001 hubo un segundo momento de esperanza. Después de tres décadas signadas por el endeudamiento y la penuria financiera, el boom de las exportaciones trajo una sorpresiva abundancia en el mercado y en el fisco. Una gestión eficaz -la de Roberto Lavagna- supo salir de la crisis, renegociar la deuda externa y dejar consolidados los dos superávits básicos de la economía: el fiscal y el de la balanza de pagos. La Argentina parecía poder salir del largo ahogo económico y comenzar a reconstruir lo destruido.
Aquí llegaron Néstor Kirchner y su esposa, para volver a hundir al país en la normalidad de la larga crisis. Bajo su conducción, la democracia extremó el camino decisionista iniciado por Menem. Se le agregó un componente unanimista y excluyente, de raigambre peronista y consignas de los setenta. El decisionismo se tradujo en políticas coyunturales, arbitrarias y cambiantes. Muchos empresarios lograron grandes beneficios a corto plazo, pero hubo poca inversión y mucha huida de capitales. El regalo de la soja apenas se tradujo en una reactivación interna de escaso sustento.
Hoy sabemos que ese estilo de decisiones era parte de un grosero proyecto de acumulación de recursos en manos del reducido grupo gobernante. Surgió una nueva "patria", la "kirchnerista", o quizá la "patria Santa Cruz", en la que se testeó el modelo, integrada apenas por dos personas y una docena de socios. En sus propios dichos, acumular dinero y acumular poder eran dos caras de lo mismo.
Los grandes rasgos de la Argentina de la larga crisis confluyen en este modelo de gobierno. Un Estado desarticulado en su estructura legal e instrumental, que ha sido copado por un grupo político. Un uso de las herramientas del Estado para hacer negocios particulares, que unen el dolo con la destrucción sistemática de todo aquello alcanzado por su larga mano, como es el caso del transporte público. Un estilo de gobierno de base democrática, pero radicalmente antirrepublicano, cuyo horizonte es la dictadura personal. Finalmente, un mundo de la pobreza que ha recibido migajas del festín, y sobre el que se ha instalado un aparato político sólido e íntimo, que llega hasta sus últimos intersticios.
El kirchnerismo expresa hoy la fase superior de la larga crisis argentina. Es tan duro y resistente como la crisis misma. No será fácil revertir todo esto, pero hay una posibilidad. La Argentina es manejada por un grupo poderoso y débil a la vez, pues su fuerza, ciertamente fundada en los votos, reside en el control férreo del poder político por una sola mano. Su primera línea de defensa es a la vez la última. Cambiar el rumbo de la larga crisis argentina es una tarea prolongada y compleja. Pero constituir en 2015 un gobierno que inicie ese camino está en el orden de lo posible.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1586369-la-decadencia-argentina