viernes, 10 de agosto de 2012

El dogma del desendeudamiento - por Marcelo Zlotogwiazda

Muy buena nota.



Por Marcelo Zlotogwiazda

El desendeudamiento ha sido, sin duda alguna, uno de los grandes cambios estructurales de los últimos años. Un logro del gobierno que es reconocido, con algunos matices, por casi toda la oposición. Fue un cambio drástico: la deuda pública pasó del 166 por ciento del Producto Bruto en 2002 al 42 por ciento ahora, y si se considera sólo la deuda pública con el sector privado en moneda extranjera equivale a menos del 10 por ciento del PBI y es inferior a las reservas del Banco Central.
Desde la cancelación del Boden 2012 la semana pasada, la página web del ministerio de Economía luce un cartel que dice
“Terminamos de pagar el corralito. Sin deuda somos más libres”. ¿Pero ese mayor grado de libertad no debería servir para, precisamente, aprovechar un contexto internacional de enorme liquidez y bajísimas tasas de interés, y tomar deuda para financiar el desarrollo?
El endeudamiento público en la Argentina de los años
‘90 fue nefasto porque alcanzó niveles desproporcionados y porque se lo utilizó para cubrir déficits corrientes. Pero en tanto el crédito se tome en cantidades razonables, en condiciones convenientes, y para ampliar el capital reproductivo y mejorar la competitividad de mediano y largo plazo, resulta una herramienta imprescindible para el desarrollo.
Esto último suena elemental y básico; como una obviedad. Pero vale recordarlo porque a veces pareciera que el desendeudamiento fuera un fin en sí mismo. Que de ser una política acertada para corregir la herencia se transforme en un dogma que impida utilizar un instrumento clave.
A menos que un Estado cuente con una notable capacidad de ahorro o superávit fiscal, que no es el caso en la Argentina desde hace varios años, no es económicamente lógico ni justo en términos intergeneracionales que obras de infraestructura que van a rendir sus frutos en mucho tiempo sean financiadas con recursos corrientes.
El kirchnerismo ha recurrido mucho a la figura del fideicomiso. Por ejemplo, en el caso de varias obras energéticas, se armaba un fondo que tomaba prestado del sector privado y de la Anses con la garantía del flujo de fondos que prometía la obra. También hubo algo parecido para la compra de aviones contra la garantía de la venta de pasajes con tarjeta. Y da la impresión que el anuncio que hizo Julio De Vido la semana pasada para la ampliación de la Av. General Paz tendría ese formato. (Donde la pifió el ministro fue en caracterizar a ese esquema como contracíclico: no lo es, en tanto la obra se financia con aumento de peajes)
Claro que para acceder a crédito internacional de gran volumen no sólo se requiere dejar de lado dogmas y querer hacerlo, sino también poder hacerlo.
Habiendo cancelado en tiempo y forma el Boden 2012 y con el riesgo país en tendencia decreciente y apuntando a perforar los 1.000 puntos, se puede suponer que el gobierno podría colocar un bono soberano a una tasa de un dígito. En marzo de este año el riesgo país estaba debajo de 800 puntos y hace un año en torno a los 500. Por supuesto que muy lejos de los niveles de 2007, cuando a principios de ese año tocó un mínimo de 185, que es un número del orden que hoy tienen Brasil, México y Uruguay. ¿No valdría la pena, al menos, testear el mercado? El último que lo intentó tibiamente fue Amado Boudou, pero hay algunos economistas del oficialismo que hoy creen posible tomar 10.000 millones de dólares en el mercado internacional a menos del 10 por ciento. Alcanzaría para aumentar la inversión pública en 2,5 puntos porcentuales del PBI.
Pero para eso tendrían que superar otras restricciones. Una es el congelamiento de la relación con el FMI, por la negativa de la Argentina a aceptar la revisión contemplada en el art. IV del estatuto del organismo, para así evitar el ruido político de un eventual informe crítico a ciertos aspectos de la política económica y, puntualmente, a la manipulación del índice de precios. ¿Vale la pena mantener el actual status quo con una institución que puede criticar pero no condicionar, por la sencilla razón de que no se le debe nada?
La deuda con el Club de París es otro de los obstáculos que en su momento enfrentó Boudou cuando propiciaba un giro market friendly. El asunto está en permanente negociación, y un acuerdo no sólo despejaría el flanco financiero sino que además destrabaría crédito comercial para el sector privado.
Una tercera restricción es que la Argentina está catalogada como
“mercado de frontera” por Morgan Stanley Capital International (MSCI), una firma en la que participa el banco de inversión Morgan Stanley y que provee herramientas para la toma de decisiones de inversión. Que la Argentina figure en la categoría de “mercado de frontera” (la peor de las tres, debajo de “mercados desarrollados” y de “mercados emergentes”) junto a países como Bangladesh, Jordania, Líbano, Kenia y Kazajistán, inhabilita a muchos fondos y bancos de inversión a tomar deuda del país. Hace un par de años el titular de la Bolsa de Comercio, Adelmo Gabbi, estimó que si la Argentina recuperara el status de “mercado emergente” podría aspirar a recibir 10.000 millones de dólares. MSCI rebajó al país como fronterizo en 2009 cuando se impusieron condiciones al ingreso de divisas para la compra de acciones, aunque en esa consideración negativa ahora pesan más las barreras a la salida de divisas. Es razonable que no recomienden prestar a un país que no deja salir lo que entra.
Pero antes de evaluar si conviene o no superar las restricciones técnicas al endeudamiento externo, lo que hay que definir políticamente es si el desendeudamiento es un dogma inalterable o una etapa superada con gran éxito.

Pensando con Foucault, otra vez - Gustavo Varela

Las condiciones en las que el sujeto elabora un discurso de verdad sobre sí mismo protagonizan el último curso dictado por Michel Foucault en el Collège de France, publicado ahora en castellano. Además, un libro de conversaciones.

POR Gustavo Varela


A pesar de su continua reflexión sobre la finitud humana, la filosofía soporta poco la muerte de sus hacedores más decisivos. Es vivida como un destierro vital, como una privación injustificada. Esta flaqueza ante lo único inevitable, lejos de producir nostalgia, provoca apertura, condiciones nuevas del pensar, sucesiones, continuidades o rupturas. Está en el origen mismo del pensamiento filosófico: toda la escritura de Platón acaso no sea sino el envés de su dolor por la muerte de Sócrates, lo insoportable de esa muerte. El sufrimiento de Platón, el vacío que lo recorre, se vuelve escritura de denuncia y reflexión, voluntad de verdad dialogada puesta en palabras, una historia que comienza con la cicuta y cuyos efectos posteriores no son sino una buena parte de la historia de la filosofía de Occidente.
Michel Foucault murió en junio de 1984. Entre febrero y marzo de ese año dictó su último curso en el Collège de France dedicado al gobierno de sí y de los otros. Su muerte, como la de otros, también resulta insoportable. La publicación de sus clases dictadas desde comienzos de los años setenta es una ilusión retroactiva que conjura los efectos de ese fastidio. Porque su voz vuelve a sonar, porque es nuevamente su pensamiento puesto en acción, porque de algún modo lo que allí está escrito es novedad. Es Foucault pensando, diciendo, respirando otra vez delante de sus alumnos, inagotable a pesar de su ausencia.
En El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros II (FCE, 2010), el último de sus cursos que acaba de publicarse en español, Foucault continúa con su investigación en torno a la relación entre la verdad y las formas de subjetivación que había iniciado en años anteriores. Aunque tal vez corresponda decir que este es el tema que ha tratado a lo largo de toda su obra. Así lo dice en un reportaje en enero de 1984, unos días antes de comenzar con su curso: “Siempre he pretendido saber cómo el sujeto humano entraba en los juegos de verdad (…) Yo lo había enfocado entonces bien en las prácticas coercitivas –tales como la psiquiatría y el sistema disciplinario–, bien bajo las formas de juegos teóricos o científicos –tales como el análisis de las riquezas, del lenguaje o del ser viviente”.
En esta última etapa de su producción, Foucault se interesa por esta misma relación ahora enfocada a pensar cuáles son las condiciones en las que el sujeto elabora un discurso de verdad sobre sí mismo. La confesión, el examen de conciencia, las reglas monásticas, la parrhesía , el ocuparse de sí, el conocimiento de uno mismo, todas ellas son formas de relación entre sujeto y verdad que atraviesan la historia del pensamiento occidental y que abren a más de un interrogante: ¿De qué modo el sujeto se ocupa de sí?; ¿qué palabra se dice, cuáles son las verdades que fundan su hacer y su pensamiento?; ¿desde cuándo y por qué necesita de esa palabra? ¿qué secuelas tiene el trabajo sobre uno mismo en el vínculo con los otros? En definitiva, ¿cómo se edifica un discurso veraz sobre sí mismo y cuáles son sus efectos? Foucault se desplaza de la modernidad y va hasta los orígenes mismos del pensamiento filosófico, a la nutriente grecorromana, donde verdad, poder y sujeto se entrelazan, se requieren de una manera esencial. La palabra filosófica teje estas tres dimensiones de un modo irreductible, porque a la vez que pregunta por un orden de verdad, también interroga sobre “la organización de las relaciones de poder” y sobre la forma en cómo “el individuo se constituye en sujeto moral de su conducta”. Es decir, Alétheia, politeia y ethos reunidos, especificidad del discurso filosófico que lo diferencia de la ciencia, de la política y de la moral en tanto estas sitúan su interés en uno solo de estos aspectos. El filósofo, en su práctica, reúne necesariamente los tres planos, lo que significa que la filosofía no es un saber autónomo ni de la práctica política ni de las consecuencias éticas de su hacer. Ni verdad ascética, ni ingenuidad política, ni moral edificante; la filosofía compone una sola melodía en la que operan tres dimensiones que se superponen, sin que pueda ser posible reducir una a otra.
La figura del parrhesiatés , aquel que ejerce un hablar franco y sin miedo, aquel que guía a sus discípulos bajo una verdad incómoda dicha con coraje, es la expresión más acabada de esta unidad. Foucault ya había dedicado parte de sus cursos a la investigación de esta figura y comienza éste de 1984 retomando algunos de sus conceptos para derivarlos en dirección al análisis del pensamiento de Sócrates y de los filósofos cínicos. En ambos casos, la construcción de una “verdadera vida” aparece como interpelación a un orden político y como expresión de una ética singular. Porque no son discursos de la verdad sino veridicciones, enunciados que el mismo sujeto dice sobre sí mismo y que exponen a la vez una ética que se extiende a los otros y una crítica a las relaciones de poder.
Dos modos de ser de la parrhesía filosófica, dos expresiones diferentes para una misma actitud: en Sócrates, en su práctica de vida, como afirmación moral; en el cinismo antiguo, como osadía convertida en “intolerable insolencia”.Foucault muestra que la parrhesía socrática no es de tribuna sino de plaza, no tiene oyentes sino interlocutores. Como la democracia no tolera su palabra, el discurso veraz se vuelve impotente. Si la política pública requiere de la mentira y la adulación, si se sostiene sobre una práctica de discursos empalagosos destinados a una mayoría, si en la democracia no hay lugar para el decir veraz, el que no tiene lugar es Sócrates. El efecto complementario de esta imposibilidad es la fundación de la parrhesía en el campo de la ética. Es decir, ya no una veridicción que interpele a las instituciones de la ciudad, sino un trabajo sobre el alma individual, sobre el príncipe, sobre el ciudadano con prestigio, sobre el joven valeroso. Esto no significa el desprecio de los destinos de la ciudad y la reclusión de la verdad en el orden privado. Lejos de esto, Foucault ve en la actitud socrática el despliegue de una instancia política que hace pie en una metafísica del alma y que conduce a un modo de existencia (una estética de la existencia) que anuncia a los hombres el coraje que necesitan y los riesgos que afrontan en su decir veraz. Foucault analiza entonces la muerte de Sócrates, su parrhesía final, donde lejos de ser el desprecio a su propia existencia y a las leyes de la ciudad, es la afirmación de su modo de vida. El coraje no es por aceptar la muerte sin lamentaciones sino por sostener una práctica ética en la que se “combinaron el objetivo de una belleza de la existencia y la tarea de rendir cuentas de sí mismo en el juego de la verdad”.
Sócrates no es ejemplo ni modelo sino insistencia, el tábano que produce ardor en los otros porque antes, ese ardor, estuvo en él mismo. A partir de la lectura de Foucault, el idealismo tantas veces atribuido al pensamiento político de Platón se vuelve una instancia concreta en la ética singular socrática: el “conócete a ti mismo” se despliega, entonces, como la premisa de una política vinculante.
La práctica de los cínicos es uno de los efectos de esta articulación entre modo de vida y veridicción, para Foucault la forma más rudimentaria y radical de una vida filosófica: “El cinismo –afirma– hace de la vida, de la existencia, del bíos , lo que podríamos llamar una aleturgia , una manifestación de la verdad”. No hay en ellos un sistema teórico ordenado ni una doctrina elaborada de un modo preciso. La forma de acceso es a través de anécdotas, gestos, actitudes, situaciones que interpelan de un modo insolente y desvergonzado y que dan cuenta del comienzo de una tradición en la que el modo de vida aparece como consecuencia del escándalo de la verdad. Por ello Foucault hace referencia a las formas que adquiere el cinismo antiguo en tiempos posteriores, como una categoría transhistórica que permite evaluar su presencia: así, los esquemas de conducta de los cínicos aparecen en ciertas prácticas de ascetismo religioso cristiano; o en la singularidad de la vida de los artistas modernos donde la obra surge como uno de los efectos de esa existencia impar; o en la práctica política revolucionaria de los siglos XIX y XX donde la militancia se presenta como un “testimonio por la vida, bajo la forma de un estilo de existencia”.
Sabemos del cínico Diógenes de Sínope, de su actitud ante Alejandro, de su austeridad y su barril. Su enseñanza es de combate, de resistencia, no porque los cínicos ofrezcan un sistema ordenado de ideas sino a través de situaciones y anécdotas que, para Foucault, constituyen una verdadera doctrina. Y en una de esas anécdotas se detiene, en aquella que dice de Diógenes el haber alterado el valor de la moneda. Para Foucault esta anécdota es un signo de un cambio de valores, una necesidad de alteración de las costumbres, más un principio de vida que un suceso delictivo. Entonces se pregunta, si para los cínicos, la vida no debe ser “una vida otra”. Y aquí Sócrates vuelve a encontrar su lugar como alfa y omega del pensamiento de Occidente: porque en la lectura platónica de su pensamiento lo que surge es la cuestión del “otro mundo” y en la sucesión cínica es el de la “vida otra” en este mundo. Y remata: “El otro mundo y la vida otra fueron en esencia, creo, los dos grandes temas, las dos grandes formas, los dos grandes límites entre los cuales la filosofía occidental no dejó de desarrollarse”.
No es posible pensar este último curso de Foucault como la conclusión apretada y sintética de su pensamiento filosófico. Sus ideas no se condensan en un solo frasco teórico y los efectos de su obra son más expansivos que unificadores. Sus desplazamientos temáticos son un signo de esta polífonía que es Foucault, de su necesidad de incomodidad para pensar, de su ritmo sostenido y de su coraje para hacer filosofía.

Link: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/filosofia/titulo_0_406159544.html

Adiós Nonino

De pié. Luego de caminar por cuarto día consecutivo de casa al trabajo, me hizo bien escuchar al maestro. Una obra genial.

Competitividad y Educación - Por Tomas Abraham


(Disertación en el Quinto Coloquio de la Unión Industrial de Córdoba)

Filosofía y Mercado

Hace un par de semanas la Universidad de Tres de Febrero, una de las tantas creadas en el Conurbano Bonaerense en momentos en que el partido Justicialista arremetía en la década del noventa contra el adversario político radical que con la Franja Morada administraba la UBA, me invita por primera vez vía telefónica y por correo electrónico a ser partícipe de un evento por considerarme Líder de Opinión. Halagado por tal designación algo impúdica, me piden mi dirección para informarme de los detalles de la convocatoria. Como profesor de filosofía de la UBA desde el año 1984, ensayista, y columnista, jamás considerado por las universidades creadas y favorecidas por la llamada hasta por sus mismos rectores `segunda década infame`, y menos aún en tiempos de kirchnerismo militante, reconvertí mis viejos pruritos y rencores y dispuse no sólo curiosidad sino una buena  disposición para participar o protagonizar – quien podía saber si esta novedad aperturista no correspondía a estos momentos en que el peronismo oficial comienza a reagruparse y divide sus aguas por si Daniel Scioli se lanza al llano político con posibilidades de adueñarse de un futuro en el que varios se quieren anotar – y esperé el correo prometido.
Con la sigla MERCO, se me hace llegar un cuestionario de parte de una institución que se ocupa de lo que llama con cierta pomposidad Monitor Empresarial de Reputación Corporativa, y me invita en tanto Líder de Opinión a marcar en un tablero de Multiple Choice una calificación de uno a cien los méritos de otros tantos cien Líderes Empresarios de nuestro país.
No estimé que se trataba de un malentendido ya que ser columnista y aparecer en programas periodísticos de la televisión nos convierten por virtudes de la sociedad del espectáculo en líderes de algo. Son títulos de nobleza posmodernos al igual que el de “notable” – más patricio y anticuado – con el que se me distinguió en algún otro evento que ahora no recuerdo, que nos invitan a confirmar con nuestro nombre la investidura otorgada tras cumplimentar el crucigrama encomendado.
No pude responder por dos motivos que son tres. Uno por orgullo, otro por desconocimiento, y el tercero, porque no me pagaban.
Dejo de lado dos para quedarme con un tercero, y no me refiero al dinero, sino al hecho de que no pertenezco al mundo empresarial, por lo que las figuras del listado sólo me eran familiares por su presencia en las páginas de los suplementos de espectáculos o por las que hojeo de los eventos sociales por lo que jamás me crucé con Eurnekian, Madanes, Pérez Companc, ni con Tinelli o Alan Faena. Sólo cuento en mi curriculum haber sido novio a los diez años de la señora de Pescarmona, cuyo poderoso marido sabrá comprender la inocencia de la relación en tiempos en los que no podía sospechar que aquella niña sería una dama prominente de la sociedad mendocina.
Invitado aquí a disertar sobre el grave tema de la Competitividad y su relación con la educación, a ofrecer mi punto de vista en un Coloquio que reúne a las principales figuras del empresariado industrial de la provincia de Córdoba, acepté complacido el convite, no en este caso en tanto líder de opinión, ni para satisfacer mi orgullo siempre a punto de ser herido, sino por una tercera razón no considerada en el anterior acápite y que en este caso cuenta.
El mercado nos engloba a todos. Espero que mis colegas no consideren que me entrometo en temas que no son de mi incumbencia, se equivocarían de pensarlo así, ya que la competitividad también involucra a quienes se dedican a la filosofía.
Estamos obligados a ser filósofos productivos. Cada vez que aspiramos a algo, a una beca, a un viajecito, se toma nota de nuestros antecedentes laborales y se los mide. El reino de la cantidad nos es insoslayable, organismos de control ponderan el cúmulo de publicaciones que hacemos con referato, la asiduidad de nuestra presencia en congresos es determinante, el sistema de puntajes se aplica con frialdad kafkiana. Pertenecemos a un universo competitivo que se define por ofrecer menos plazas que candidatos deseosos de ocuparlas.
El mercado se define por la escasez, hay más bocas que comida. Por eso la producción es necesaria, si no fuera así, viviríamos en el Paraíso, en el mundo de la recolección. Pero desde que la sociedad de consumo se hace imperante, aquella carencia que definía el mundo natural para obligar al hombre a producir bienes a fin de sobrevivir, nos aleja del reino de la necesidad, y cambia el rumbo de las determinaciones hacia lo que podemos llamar la creación artificial de escasez, o, para llamarlo en términos sociológicos: la creación de necesidades.

Bondad y felicidad

Daré un ejemplo concreto. Nadie puede decir que el mundo del siglo XXI necesita de filosofía. Hace mucho tiempo que se vive sin ella. Desde que el Muro se cayó, no hay una filosofía que se haya apoderado de los aparatos institucionales, tanto culturales como educativos, como lo hizo el marxismo durante setenta y dos años en medio planeta.  Los anteriores intentos si bien no tuvieron un peso semejante, no por eso nos permiten ignorar  que Platón y Aristóteles guiaron la labor pensante durante dos milenios desde el estoicismo romano a la escolástica medieval y el sufismo arábigo, y que la filosofía ilustrada tanto en su contractualismo liberal sajón como en el democrático popular francés, incidieron en la era moderna. Por supuesto que el fascismo también tuvo sus musas filosóficas, pero todos estos casos, fueron de inspiración indirecta, más un relato de legitimación de elites gobernantes y círculos restringidos, y no la ideología de masas que caracterizó el pensamiento planetario de Carlos Marx convertido en doctrina oficial de Estado.
En nuestros días nada de esto ocurre a pesar del relato criollo que pretende convertirse en himno patrio de liberación y que no es más que un chavismo devaluado. La filosofía que vive en el mercado circula por el espacio del saber académico, y el saber académico circula al interior de sí mismo. Claro que hay una filosofía que se vende fuera del ámbito de especialistas y que gracias a los medios de comunicación – entre ellos los libros – tiene dos canales por los que la tradición desagua sus eternas vertientes: una es el de la felicidad, y el otro el de la bondad. Por uno compramos un sistema inmunológico que nos garantiza seguridad y protección contra la vejez, el fracaso, la fealdad, la enfermedad, la muerte, la soledad. Cuando este tipo de oferta filosófica llega a umbrales en los que ejerce su mayor crueldad,  nos comunica que todos estos desaires de la existencia se deben a que no sabemos vivir, que tenemos un yo enfermizo, que somos seres contaminantes, que no controlamos nuestra mente, que comemos carne, que envenenamos con nuestra frustración a los semejantes,  y que debemos comprar con urgencia un manual de autoestima o asistir a una charla de Claudio María Dominguez.
Por el otro, por el lado de la bondad, la filosofia ofrece su recetario de ética a satisfacción del poder económico, que nos permiten llamar al empleado cliente interno; al jefe, coach; a la mercancía servicio; al enemigo de la cuadra, vecino; al jefe de personal, directivo de recursos humanos, y al empresario, creativo.
De esta situación resulta que quien no ofrece en el mercado filosofías de la felicidad o de la bondad, está fuera de circuito, salvo que invente un nuevo nicho, y ése nicho está, y a él le dediqué una parte  de mis energías intelectuales: se llama política, y con más precisión: actualidad nacional. A diferencia de los anteriores, no destaca la promesa de felicidad ni la justificación por la bondad, y, por lo general, se dedica a generar malestares, indigestiones, aquello que hoy resumimos con el nombre de crispaciones.
Mi presencia en este foro en tanto filósofo que ha hecho de la extensión universitaria una vocación pertinaz, concierne entonces al rubro actualidad nacional del que también me ocupo sin ánimo esta vez de ser irritante, cuyo subtema es la competitividad en su relación a la educación, y que constituye un peldaño sobre el cual los invito a ingresar de a poco y sin prisa con el fin de disfrutar el universo socrático que inauguró la filosofía occidental.

El Modelo Chino

Y, así, casi sin querer, dije la palabra divisoria de aguas a la que remite el problema de la competitividad en nuestros días: Occidente, es decir la China.
El capitalismo chino ha puesto a Occidente en un brete. Por un lado en lo económico, pero también en lo político. El optimismo que destilaba lo que se denominó `pensamiento único´ en la década del noventa, se ha desmoronado radicalmente en poco tiempo. La China establece en el mundo actual los parámetros de la competitividad.  No sólo se trata de la productividad que depende de la ciencia aplicada a la producción, sino de los marcos institucionales, las tradiciones culturales, y las jerarquías sociales en los que se desarrollan los sistemas económicos.
La competitividad China no sólo se fundamenta en los bajos salarios, en la incorporación del know how corporativo de las multinacionales, la presencia de decenas de miles de estudiantes chinos en las mejores universidades del mundo, un mercado interno que ya es gigante y está en expansión, un mercado mundial que consume sus productos, por ser un cliente primerísimo en alimentos y energía, por poseer las reservas en moneda fuerte más importantes del mundo, en ser el mayor acreedor de la primera potencia hasta ahora conocida, de albergar a casi un cuarto de la población del planeta, sino a que es una sociedad de Partido Único, sin libertad de prensa, con censura, persecución política, y un sistema de castigo implacable para quien transgreda las normas de lo que bien podemos llamar una dictadura.
Occidente vive con temor, y llamo Occidente a los EE.UU de Norteamérica y la Unión Europea, ya que nosotros, los del sur occidental, somos parte de una economía subsidiaria hoy denominada mercado emergente, que combina subdesarrollo con períodos de  crecimiento, una presencia incierta y ciclotímica en la economía internacional en caso de ser proveedora de materias primas, y que apenas puede modificar el estancamiento, o el deterioro, en educación, salud, vivienda, que son muestras de altos índices de desigualdad social, lo que los organismos internacionales definen como un muy bajo coeficiente de desarrollo humano.
De todos modos desde el punto de vista político nos reinvindicamos de la tradición democrática que generó la revolución inglesa de 1688 que limita el poder absoluto con el parlamentarismo, la revolución francesa de 1789 que en nombre de la igualdad elimina los títulos de nobleza, y de la revolución norteamericana de 1778, que hace del individuo una entidad protegida en su palabra y en su cuerpo del poder del Estado.
Pluralismo, igualdad, individuo, son los tres símbolos con los que la tradición política llamada occidental, esculpió la estatua de la Libertad. Y ninguno de ellos aparece en quien lidera el futuro de la competitividad en el  mundo económico. Más aún, se ha explicitado – aún con desazón si no espanto – que la competitividad que hoy el mundo exige para no quedar atrás en la carrera productiva que asegura crecimiento, se muestra incompatible con sociedades en las que la pluralidad divide, la igualdad nivela para abajo, y el individualismo es un estímulo a la disidencia y a la anarquía.
A pesar de las afirmaciones que sostienen que en la sociedad de conocimiento la generación de contenidos requiere creatividad, que la nuevas tecnologías no son controlables por poderes centrales que pretenden limitar las libertades, y que todo mercado competitivo no puede ser regulado totalmente, el hecho es que los topes de eficiencia, aquello que se considera excelencia, productividad y liderazgo, está determinado por valores cada vez más estrictos, implacables, con exigencias de dedicación exclusiva, y un modo de producción en el que la vida humana es sólo una variable más y no siempre la más importante.
Me disculpo si mi exposición comienza a tener el color y la melodía alarmista de los clásicos congresos de mi especialidad, en donde siempre gana el espíritu más catastrofista y el disertante más favorecido es quien denuncia las calamidades de nuestro tiempo y el que más desalienta a los oyentes. Créanme que lejos de ser interesantes, esas muestras de temor y temblor en boca de conferencistas itinerantes, peregrinos de malas nuevas y seguidores locales,  son penosas, autocomplacientes, puritanas, y chatas a rabiar. Poco tienen que ver con lo que la gente vive, con el mundo tal cual es, y con posibilidades ciertas de cambio. Más tienen que ver con lo que dije en un principio sobre la exigencia de competitividad de parte de los filósofos que se mide por la corrección política, la banalidad ética, el mal envejecimiento y el sometimiento nativo a autoridades académicas y bibliografías de prestigio internacional.
Espero no reactivar ese tipo de ceremonias. Pero que hay problemas, los hay, y que hay dilemas, también. Para ilustrar esta nueva decadencia de Occidente y el entorno de la crisis económica y financiera del primer mundo, me remito un estudioso del capitalismo moderno ya comentado hace unos años en mi libro la Empresa de Vivir, Robert Reich, ex secretario de trabajo de Bill Clinton y consejero de Barack Obama en su primera campaña presidencial que lo ungió a la primera magistratura, además de profesor en la Universidad de Berkeley en Políticas Públicas.

El platonismo mercantil

Reich hace veinte años escribe The Work of Nations  (El trabajo de las naciones) en el que describe los cambios que a su entender se perciben en la sociedad norteamericana y que anuncian la tendencia mundial en lo concerniente a formas inéditas de estratificación social determinada por las nuevas tecnologías aplicadas al mundo del trabajo. Diagrama así una sociedad que se divide en tres grupos que llama analistas simbólicos, los encargados de los servicios rutinarios de producción, y quienes ofrecen lo que denomina servicios personales. Ése era el mundo que visualizaba en los años noventa en momentos en que la revolución informática y la caída de los sistemas soviéticos ponían en escena a una superpotencia que no sólo había salido victoriosa de la carrera espacial sino que generaba una mutación en los sistemas productivos con efectos impredecibles.
El servicio llamado rutinario es un residuo del capitalismo fordista basado en la manufactura, la industria del acero, y un sistema laboral en el que la puntualidad, la lealtad, la repetición, y la visibilidad, eran predominantes. Las nuevas tecnologías a cargo de los analistas simbólicos son transprofesionales ya que comprenden  a expertos en intermediación estratégica que bien pueden ser investigadores científicos, ingenieros de sistemas, biotecnólogos, especialistas en recursos humanos, planificadores de bienes raíces, consultores de variada gama –  de finanzas, de management, impuestos -, buscadores de talento, asesores de imagen, arquitectos especializados en estructuras inteligentes más altas que Babel, estrategas de marketing, neurólogos y `headhunters`, etc.
Los analistas simbólicos en la cúspide de esta nueva sociedad punto com, están atendidos por el pelotón de los servicios personales cuya principal virtud es la sonrisibilidad y la preocupación ritualizada por el prójimo, y que agrupa a un personal extendido entre custodia privada, servicio de catering, conserjes, masajistas, camareros, azafatas, fisioterapeutas, personal trainers, niñeras, choferes, psicoanalistas, profesores de yoga, dietólogos y pastores de espíritus santos. Todos ellos le harán la vida agradable a los analistas simbólicos mientras van cayendo hacia la base de la pirámide social no sólo los que se dedican a las tareas de la manufactura clásica, sino todos aquellos que trabajan – como lo señala Reich – al amparo del sistema de la competencias, es decir los empleados públicos ya sean maestros, médicos,  todos los profesionales pagados por los gobiernos.
Reich, un hombre progresista, del partido demócrata, no nos decía que este mundo que se avecinaba era el mejor de los mundos posibles, sino que era el que se venía y el único real.
Veinte años después, ya transitada las sucesivas crisis del punto com y de la burbuja inmobiliaria, Reich publica un  nuevo libro, After Shock, en que pretende investigar las causas del derrumbe financiero que se ha bautizado con el nombre de la Gran Recesión que sólo se distingue de la crisis del 29 por una sola letra – aclaro que es la R por la D- , y ofrecernos una serie de medidas para volver a instalar a la sociedad norteamericana en el camino iniciado desde el fin de la segunda guerra mundial hasta la década del setenta.
Aquellos treinta años de la Gran Sociedad fueron los de un Estado de Bienestar que tuvo como protagonista a la clase media en su ascenso social y en su ingreso a la sociedad de consumo.
Reich en los tiempos en que gobernaba Bill Clinton asistía a una revolución en la gestión que se manifestaba en un aumento acelerado de la productividad, en cambios radicales en los sistemas de trabajo, y profundas transformaciones en la sociedad. La visión que tenía del rumbo de las sociedades que llegaron a llamarse poscapitalistas, se parecía a la de una sociedad de castas dividida en los tres niveles designados por Reich, de acuerdo al acceso y uso por parte de la población económicamente activa, de las nuevas tecnologías. Poco se hablaba de movilidad social por el encantamiento que producía la nueva configuración cuyo progreso parecía irrefrenable.
Denominé a este paradigma social una nueva forma de platonismo mercantil, una  república global en la que el analista simbólico es el rey.
La crisis del punto com, el 11 de setiembre, y la burbuja inmobiliaria del 2008,  cambiaron el panorama mundial con la rapidez con la que parecen mutarse los escenarios políticos contemporáneos.
Nadie los anticipa, todos los especialistas son profetas del pasado, y las tendencias que se anuncian tienen el recorrido de un rizoma. Pueden ir para cualquier lado.

Competitividad y Democracia

En su nuevo libro Reich cambia su ángulo de mira y se deshace de esas antiparras con lentes rosa que le teñían de ese color la revolución de la productividad digital en el mundo globalizado. Ahora su problema es la distribución de la riqueza, la extrema concentración de la misma, la destrucción de la clase media, la polarización y la desigualdad social, y la brecha que se creó entre pobres y ricos desde la década del ochenta hasta hoy.
Desde su punto de vista la sociedad norteamericana puede derivar hacia nuevas formas fascistas de gobierno si no revierte este proceso de consolidación de oligarquías que remueve los cimientos de sus fundamentos democráticos.
Y no lo dice desde un punto de vista moral que no aporta medidas prácticas que permitan revertir la situación, sino desde un punto de vista económico. Señala que los EE.UU producen más que lo que consumen y que no tiene otra alternativa que revitalizar su mercado interno mediante el acceso de las clases medias a los bienes públicos y privados. Para ellos recomienda – asesorado por su grupo de trabajo – una serie de medidas fiscales que estimulan la demanda y crean empleo.
El diagnóstico de Reich sobre una sociedad que es la más avanzada de acuerdo a los índices de productividad, y que, evidentemente tiene problemas en términos de competitividad, nos instruye acerca de que hoy el tema de la competitividad es indisociable de los modos en que se distribuye el producto social. Si los parámetros de la competitividad lo establece la China, el modelo de sociedad al que tendemos es el de esa sociedad, que a pesar de su peso milenario en términos filosóficos, artísticos, o científicos, ha decidido reconvertir la dictadura del proletariado en una dictadura capitalista de Partido único.
Esta China de la que hablo no es el Japón de los años setenta, su incorporación al mundo es distinta. Para comenzar, el proceso de globalización no tenía las características que  hoy tiene; las crisis de estos últimos años eran desconocidas hace décadas, y tiene diez veces más habitantes. Además la forma de participación de los EE.UU en la reconstrucción de Japón después de la guerra mundial poco tiene que ver con el Imperio del Sol Naciente que ni formó parte del Eje, ni fue destruida por dos bombas atómicas, nada le debe a los norteamericanos en términos de bienestar económico sino que por el contrario mantiene el valor de su divisa a la vez que refuerza el poder de compra de sus consumidores, y reinvindica una tradición revolucionaria de origen campesino que aunque poco tiene que ver con su actual realidad, la aleja, ya sea por su confucianismo patriarcal como por el dogma del materialismo histórico, de los valores democráticos de Occidente.
Tengo la sensación de que puede entenderse de que hablo de un peligro amarillo, espero que no se entienda de ese modo. Los miedos de Occidente son peligrosos, ya sea el miedo al musulmán, el miedo al latino, el miedo al asiático, el miedo a la mezcla. No pocos alientan formas extremas de la paranoia en distintas regiones del mundo.
Nada será como fue. La historia no se repite, a lo sumo rima, como dicen algunos. No podemos preveer qué dinámica tendrá en los países asiáticos – la China en particular – el sistema político de control total en un mercado competitivo de variación continua. Las contradicciones – para usar ese término tan mentado por Mao – aflorarán. En Occidente – nombre que dejó de usarse durante siglos que hoy vuelve al vocabulario político con connotaciones diferentes pero aún difusas – los problemas son complejos. Desempleo en los jóvenes, extensión de la vida biológica y envejecimiento poblacional en los países desarrollados, incremento del costo de mantenimiento de una población inactiva por ser joven o vieja – una por imposibilidad de acceso, la otra por improductividad – , y por una tecnología que ahorra mano de obra, a lo que se agrega la debilidad de los Estados nacionales, migración de millones que huyen del hambre, sombras sobre las consecuencias en la especie humana del uso irrestricto de la ingeniería genética …
El listado de problemas es deprimente como todo listado que suma peligros y desconoce paliativos o soluciones. No sigo. Imagino que no fui invitado para decir que la competitividad en nuestro país se arregla con una devaluación del veinte por ciento, una reducción del costo laboral, una mayor predisposición al diálogo de parte del gobierno, la necesidad de planes de largo plazo, mayor seguridad jurídica, menor gasto público, y, por supuesto,  más inversión en educación. Si así fuera, si es eso lo que se deseaba oir, espero no haber infringido la norma ni defraudado las expectativas ya que también lo acabo de decir. Gracias por la escucha.

Otra vez es ayer

Por Martín Lousteau | Para LA NACION


Si ponemos una rana en una olla hirviente, inmediatamente intenta salir. Pero si ponemos la rana en agua a temperatura ambiente, y no la asustamos, se queda tranquila. Cuando la temperatura se eleva...a 26 grados...incluso parece pasarla bien. A medida que la temperatura aumenta, la rana está cada vez más aturdida...se queda ahí y hierve. Su aparato interno para detectar amenazas...está preparado para cambios repentinos en el medio ambiente, no para cambios lentos y graduales.
Peter Senge, "La Quinta Disciplina"
La Presidenta suele recordar que el tiempo de las dos administraciones K ya completas se corresponde con el período de mayor crecimiento que la economía argentina ha registrado en los últimos doscientos años. Los datos disponibles, que parten de 1885, muestran algo parecido: 2003-2011 se lleva un impresionante tercer puesto. Con tan exitoso desempeño económico cuesta realmente comprender por qué siguen ocurriendo ciertas cosas en nuestro país, a punto tal que las vamos aceptando como naturales.
La inseguridad dista de mejorar, y transitar ciertas zonas es una travesía llena de acechanzas, digna de Ulises y La Odisea. Pero mientras el héroe heleno debió enfrentar al cíclope Polifemo, la hechicera Circe, las Arpías y las Sirenas en un periplo que duró diez años, muchos argentinos se ven obligados a lidiar con el temor a ser víctimas de un hecho violento casi diariamente.

Con tan exitoso desempeño económico cuesta realmente comprender por qué siguen ocurriendo ciertas cosas en nuestro país

Los trenes descarrilan o tienen accidentes de una manera pavorosamente habitual, en un año en el cual una tragedia ferroviaria se cobró 51 víctimas mortales. La indignación por esas irreparables pérdidas ha pasado a un segundo plano frente a la que genera la imposibilidad de adquirir dólares, lo cual es una patética manifestación de nuestros valores como sociedad. No se trata de defender los controles, que son torpes, innecesarios y han agravado las dificultades en las que estaba entrando la economía. Pero llama la atención que se proteste más porque el banco no nos vende un billete de otro país que por las condiciones del transporte público -y el peligroso estado de muchísimas rutas- que utilizan diariamente millones de argentinos.
Una década después del colapso de la convertibilidad, los piquetes siguen siendo el método de protesta. Viejos conflictos, como el de Kraft, permanecen sin solución y resurgen. Hasta los alumnos más privilegiados de la Argentina, pertenecientes a los dos secundarios estatales y gratuitos de mayor prestigio, toman los colegios y suspenden las clases por problemas de índole menor. Nos hemos ido transformando en una sociedad que reniega del diálogo como instancia para resolver conflictos, y que rechaza cualquier tipo de autoridad.
La Capital Federal no tuvo servicio de subterráneos durante toda la semana, lo cual provoca incomodidades, retrasos y colapsos en la circulación de la ciudad con mayor actividad de todo el país. Mientras tanto, los gobiernos nacional y porteño solamente atinan a deslindar sus respectivas responsabilidades. También los hospitales de la CABA pararon por la falta de seguridad, que también puede considerarse como un resultado más de la misma pugna. Los conflictos con las jurisdicciones subnacionales no terminan allí: las tres principales provincias, Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, están padeciendo -y las últimas dos reclamando en la Corte Suprema- el retaceo de fondos que les corresponden.

Llama la atención que se proteste más porque el banco no nos vende un billete de otro país que por las condiciones del transporte público

En estos días el Congreso está ocupado por dos temas centrales. El primero es la reasignación de depósitos judiciales que hoy se efectúan en el Banco Ciudad y que recibió media sanción. Más allá de la discutible cuestión de fondo, la misma fue lograda por el oficialismo de manera irregular, en franco desprecio por lo que establece el reglamento de la Cámara.
El segundo es la expropiación de Ciccone. A estas alturas, se trata ya de una zaga surrealista. La sesión será presidida por el vicepresidente, sospechado de estar estrechamente vinculado a los accionistas de la empresa, y de haberla favorecido de manera extraordinaria desde su anterior cargo. Aún con este marco general, a los que deben sumarse los antecedentes de la firma (que incluyen cheques mellizos, bonos apócrifos y billetes duplicados), el Estado nacional procedió a su contratación por un monto millonario. Para tomar esa decisión no le importó que, a pesar de los reclamos de la Justicia, sus accionistas no procedieran a identificarse. Serán los mismos dueños anónimos a los que -de una u otra manera- ahora compensará. Y encima antes tuvieron tiempo de hacer al menos una serie de billetes con defectos tan severos que la gente piensa que son falsos.

Una consigna como Vamos por todo termina sonando habitual o aceptable

La Presidenta, en una degradación de su investidura, puede emular un remate televisivo de productos en Angola,llamar "pelado ese" a un ministro de otro país o sostener que la mayoría de los europeos son xenófobos. Y todo sin que ello nos llame la atención o nos sonroje como argentinos. Además, brindamos lecciones de economía a los países desarrollados, cerrando los ojos ante nuestro inaceptable nivel de pobreza, el estancamiento de la actividad o el hecho de padecer la inflación más elevada del mundo.
El respeto de las normas más básicas parece haber devenido una cuestión irrelevante. Quizás por ello es que una consigna como "Vamos por todo" termina sonando habitual o aceptable. O que se esté sugiriendo la necesidad de una nueva reforma de la Constitución Nacional cuando todo lo antedicho demuestra que no hemos aprendido a cumplir con la que hoy tenemos. Es que en la Argentina, como en aquella brillante comedia con Bill Murray llamada "Hechizo del Tiempo", nos despertamos cada día para descubrir que otra vez es ayer. Aunque la temperatura del agua haya inadvertidamente subido unas décimas..

El monopolio de la palabra

Posteo la columna de hoy de Carlos Pagni. Es brillante. No hay que dejar pasar por alto esta intesionces fachas de la presidenta para matar la polifonía de la comunicación.

Por Carlos Pagni | LA NACION

Cristina Kirchner volvió a hacer ayer profesión de fe en un dogma curioso: la idea de que la realidad se explica a través de una sola causa. Todo lo malo que sucede en el país se debe al periodismo. La inflación, la "sensación" de inseguridad, la fuga de capitales, la corrupción de los funcionarios, y, desde anoche, las desventuras de Miguel Galuccio en YPF.
Para corregir este mal, propuso el remedio que aplica en otras actividades en las que advierte inconsistencias: una mayor regulación del Estado. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual sería insuficiente. Ahora hace falta una "ley de ética pública" para encuadrar a los periodistas.
La estrategia no debe sorprender. La señora de Kirchner quiere proyectar sobre la sociedad las reglas que rigen en su gobierno. Ella supone que su administración funciona mejor en la medida en que se restringe la comunicación. Por esa razón no se ofrecen conferencias de prensa, se penaliza a los funcionarios que hablan con periodistas sin autorización superior, y se prohíben las entrevistas, salvo que se publiquen en órganos de propaganda. La ley de acceso a la información pública, perdió estado parlamentario por una orden de la Casa Rosada. Y una contribución de Néstor Kirchner como el decreto de Acceso a la Información dejó de cumplirse porque "viola la intimidad de los funcionarios" (Aníbal Fernández).
También están contraindicadas las reuniones de gabinete, para evitar el intercambio entre los miembros de la administración. Y eso ocurre porque para la concepción del poder que cultiva la Presidenta el mal no es el periodismo sino la comunicación. Salvo una: la del líder que habla al pueblo. El uso de la cadena nacional para difundir, día tras día, semana tras semana, una sola voz, es la versión defectuosa de ese sueño inalcanzable: el del monopolio presidencial de la palabra política. Este abordaje del problema complejo y crucial que constituye la comunicación para la democracia es ingenuo, es incoherente, y es autoritario.
La ingenuidad está a la vista. Amordazados y todo, los funcionarios se las ingenian para trasladar informaciones a la prensa. El caso que inquieta a Cristina Kirchner es un ejemplo: quienes filtran los problemas de Galuccio son integrantes del Gobierno afectados por Galuccio. Para contrarrestar esas operaciones, el ingeniero está privado del recurso elemental de expresarse ante la prensa. Esa primitiva interdicción es la agresión más grave a la imagen de YPF.
La Presidenta denunció una campaña negativa a su juicio motivada por un supuesto conflicto de intereses del periodista Marcelo Bonelli. Pero, ¿por qué la información que publica Bonelli aparece también en otras coberturas? La Presidenta también hablaba de campañas contra YPF cuando se consignaban irregularidades de la gestión Brufau-Eskenazi; las mismas irregularidades en las que más tarde justificó la estatización.
La ortopedia que se propuso ayer también es incoherente. La Presidenta reclamó a los medios transparencia sobre las cuentas publicitarias. La demanda es redundante porque la publicidad, por definición, es evidente. Además, expresó un prejuicio: que los avisos determinan la cobertura de los medios. De nuevo: si indagara en la gestión Brufau-Eskenazi podría encontrar alguna demostración en contrario. Pero está tan atada a esa creencia, que ella misma manipula la publicidad del Estado pensando en preservar su imagen. ¿A qué periodistas condicionan los avisos oficiales? Imposible saberlo. Información no disponible. Salvo en el caso de Daniel Scioli, que debe informar a La Cámpora los fondos que deriva a Clarín.


Es verdad que muchos periodistas están influidos por el origen del dinero que perciben. Pero ese vicio no se supera con un tribunal. Lleva en sí mismo su límite: la pérdida de credibilidad. La Presidenta lo sabe. Vuelca millonadas de pesos en empresas que repiten su voz, pero ninguna la retribuyó con un éxito editorial. ¿No habrá llegado la hora de que se pregunte si no la están robando?
La vocación por el control de los mensajes expresa un proyecto social autoritario. Su premisa es que existe una verdad sustantiva, susceptible de ser administrada. Esa verdad es la versión oficial de los hechos. El poder se asienta sobre ella, y por eso toda crítica es destituyente. En consecuencia, la estabilidad del Gobierno requiere de una ortodoxia.
La democracia se asienta en otra gnoseología. La verdad no es un ente. Es una construcción colectiva y provisoria, derivada de una deliberación interminable. No está "en". Está "entre". Es imposible encontrarla en el Gobierno. Es imposible encontrarla en la prensa. Aun cuando no esté contaminado, como muchas veces está, por la corruptela, el relato periodístico es imperfecto por su propio modo de producción, signado por la urgencia.
Inaugurar una inquisición es el peor método para eliminar esos defectos. Son males que se corrigen con más controversia, con más diálogo, con mayor pluralidad. Jefferson, a quien el ejercicio de la presidencia dejó algún escepticismo sobre las capacidades de los diarios, sentenció: "La libertad de prensa es un mal para el que no hay remedio, porque nuestra libertad depende de ella".

Link: http://www.lanacion.com.ar/1497728-otra-vez-es-ayer

Fútbol para Todos cumple tres años: el Gobierno gastó $ 2.728 millones

Una gran nota de Alejandro Alfie (muy buen profesor que tuve en la facultad). Información precisa.


Por Alejandro Alfie

Además, en los partidos emitió publicidad oficial que no pagó, por tener los derechos de transmisión.
Se cumplen tres años del Fútbol para Todos y el Gobierno gastó en total $ 2.728 millones. Ya le giró a la AFA $ 2.050 millones por los derechos de emisión de los partidos, a lo cual se suman $ 678 millones en el rubro de producción.
El Gobierno casi duplicó las erogaciones iniciales. En el primer campeonato se usaron $ 325 millones, y en el último, fueron $ 612 millones. Este año gastó casi un 50% más que el año pasado.
El aumento principal de este año le correspondió a la AFA, a la cual le venían girando $ 50 millones mensuales y le reforzaron esa partida con $ 25 millones adicionales por mes, hasta agosto de 2012. Dicho acuerdo vence este mes. Por eso, Julio Grondona, que conduce la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), negocia con Juan Manuel Abal Medina, el jefe de Gabinete, para que le garantice la continuidad del aumento conseguido a fines del año pasado o que se lo incremente un poco más.
La Jefatura de Gabinete distribuyó los $ 678 millones de producción, emisión y comercialización de los partidos, que se emiten en Canal 7 , América TV , Canal 9 y varias señales de noticias y deportes de la TV paga. Se distribuyeron entre la productora La Corte , de los hermanos Monzoncillo, ligados al ex vocero presidencial Miguel Núñez, que emiten los actos en Casa de gobierno; los móviles de la empresa VTS ; y los relatos y comentarios de Farolito International Entertainment , de Luis Cella -el productor de Susana Giménez- y Víctor Tobi.
El primer campeonato que se transmitió, el Apertura 2009, tuvo ingresos por publicidad privada, que luego se prohibió, con la excepción de un anunciante, Iveco .
Más allá de la voluntad política del Gobierno para destacar el Fútbol para Todos como una herramienta de democratización, el investigador del CONICET, Martín Becerra, incluye todos los gastos de este programa dentro de la publicidad oficial, “ya que el mismo fue anunciado como una reorientación de la masa publicitaria del gobierno nacional y, de hecho, los anuncios de carácter proselitista del gobierno nacional representaron en su primera temporada, casi el 85% de la pauta en los partidos televisados”, explicó en un informe realizado para Poder Ciudadano .
El Gobierno hubiera gastado otros $1.044 millones más si hubiera tenido que pagar la publicidad oficial que emitió en los partidos que transmitió, como parte de la propaganda gubernamental. La consultora Search midió la cantidad de segundo emitidos y el costo de esos segundos para cualquier otro anunciante, según el tarifario que en su momento publicó el Fútbol para Todos .
El costo de esa publicidad genera cierta confusión, ya que algunos lo suman a los gastos del Gobierno, incrementando las erogaciones oficiales, pese a que no es un gasto, porque el Gobierno no le paga nada a nadie por emitir esos avisos publicitarios.
El 11 de agosto de 2009 la AFA anunció la cancelación del contrato con Televisión Satelital Codificada , una empresa de Grupo Clarín y Torneos y Competencias .
Pocos días después, el 20 de agosto Cristina Fernández de Kirchner anunció por cadena nacional: “No queremos una sociedad de secuestros. Ni de secuestros extorsivos, ni de secuestros de goles, ni ese país en donde desaparecieron 30 mil personas”.
Según adelantó en esa ocasión la Presidenta, el Fútbol para Todos se iba a autosustentar con la publicidad comercial e iba a generar ganancias. “De ese excedente, el 50% irá a las arcas de la AFA y la otra mitad se utilizará para fomentar el deporte olímpico”, anunció ahí, y nunca cumplió.

Link: http://www.clarin.com/sociedad/Futbol-cumple-Gobierno-gasto-millones_0_752924804.html