lunes, 13 de agosto de 2012

Daniel Pennac: “El 99% de la literatura industrial es basura”

Las relaciones entre literatura y escuela han sido siempre complejas y el francés Daniel Pennac las aborda con notable oficio narrativo. En “Señores niños” le da una nueva vuelta de tuerca al tema. Aquí, habla de estas y otras obsesiones.

Por Hector Pavon


El inicio de Señores niños , de Daniel Pennac, está destinado a convertirse en un clásico universal. Un grupo de alumnos es reprendido por haberse burlado de su profesor, quien les impone el “castigo” de escribir una redacción a partir de esta consigna: “Despierta usted cierta mañana y comprueba que, por la noche, se ha transformado en adulto. Enloquecido, corre a la habitación de sus padres. Se han transformado en niños”. Es posible que el viejo profesor (también de Pennac) haya elaborado esta sanción creativa pensando en La metamorfosis de Kafka: el despertar monstruoso los ha convertido en adultos. Pennac estuvo en Buenos Aires, habló de su libro y, claro, de la educación.
Usted acostumbra a incluir en sus novelas a personas del mundo de la escuela real. ¿Se reencontró con alguno de ellos?
La mayoría ya ha muerto. Un profesor de filosofía, del cual hablo en este libro, me escribió diciendo “estoy muy halagado de haberlo marcado tanto en su vida, me impresionó mucho, sobre todo porque no tengo ningún recuerdo de usted”. Un profesor ve a ciento veinte alumnos por cada año de los cuarenta que trabaja como tal, lo que resulta cuatro mil ochocientos alumnos. El no se acordaba de mí, y es cierto que yo era un alumno bastante tapado, ocupaba mi lugar en el fondo de la clase.

¿Y cómo quedaron retratados los demás profesores?
El de francés era un hombre que transformó a muy malos alumnos. Y como yo era muy mal alumno, inventaba excusas por no haber hecho la tarea, decía mentiras. Y ese profesor, en lugar de enfrentar mis mentiras desde el ángulo moral, lo hacía desde la producción de una ficción, y me pidió que escribiera una novela. Es decir, él explotó mi aptitud y eso fue pedagógicamente genial.

¿Y esta ficción lo lleva a ver diferencias entre la escuela a la que usted asistió y la de hoy?
Sí. En mis tiempos, los niños no eran los clientes de la sociedad de consumo. Es decir, yo usaba la ropa que dejaban mis hermanos, comía lo mismo que mis padres, a la misma hora, íbamos de vacaciones al mismo lugar, todos juntos. Es decir, solamente los adultos eran clientes de la sociedad de consumo Hoy, los niños son clientes completos, como los adultos, de la sociedad comercial. Tienen teléfonos, ropas, alimentos, distracciones en particular. Desde niños tienen la tv en el cuarto que los bombardea con publicidades que se dirigen a sus deseos. Deseos, deseos, deseos, que entran en conflicto con sus necesidades que se vuelven elementales, esenciales. Y no lo son, son deseos superficiales. Las necesidades esenciales son de otra naturaleza: aprender a leer, a escribir, a comprender, a contar. Lo que caracteriza a la escuela contemporánea es ese conflicto entre necesidades y deseos.

Usted ha hablado del papel de la tv. ¿La tv educativa existe o es un oxímoron?
Eso depende de lo que uno pone en el adjetivo “educativo”. ¿Una tv informativa, es educativa? ¿Una tv cuyo rol es informarte únicamente que existe un nuevo IPod es educativa? No, es informativa. Ni siquiera. Es publicidad. Cuando mi hija era pequeña, no teníamos tv en casa y todo el mundo nos decía “ustedes están locos, no se va a integrar en la escuela porque allí todos hablan de eso…”. No me importa. Hoy ella tiene 30 años y es un ser de una independencia intelectual que me maravilla. No va a suicidarse si su tv se descompone –tampoco tiene–, no se va a suicidar si no cambia su teléfono. No tiene IPod. Estoy muy contento como padre de haber logrado eso.

¿Y la pedagogía, es un territorio de maestros, o los padres también deben ser pedagogos?
Los padres hacen lo que pueden en materia de pedagogía. Ya Freud le decía a los padres: “Hagan lo que quieran, siempre lo harán mal”. Porque la relación entre padre e hijo, entre madre e hijo, es demasiado implicada, empática para ser pedagógicamente eficaz. En pedagogía, es necesaria cierta indiferencia. Para que yo sea un buen profesor para vos, es casi necesario que no seas mi hijo, que yo no sea tu padre.

¿Es usted un buen lector?
¿Qué es un buen lector?

Alguien que puede reflexionar sobre lo que lee, que obtiene algo, que lo puede transmitir…
Había un crítico literario francés, Albert Thibaudet, que decía que había “lectores” y “leedores”. Entonces, Héctor, yo sería uno de los “leedores”, el que mantiene una relación intelectual con lo que lee, que puede cuestionar. Por supuesto, el libro me acompaña intelectualmente, es decir, que mi lectura no está estrictamente limitada a lo emocional. Sería eso, el lector limita su lectura a un conjunto de emociones: la comisión, la distracción, la risa...

Sólo en la Argentina se editan cerca de doscientos títulos mensuales. ¿No le genera cierta angustia saber que se edita tanto y que se puede leer tan poco?
No hay que tener miedo, porque eso sólo produce malos reflejos. Hay que categorizar. Hay muchos libros, sí, pero muchos no lo son. Habría que ver cuántos o cuáles de esos doscientos son “libros”. Excluís todos los que son artículos de diarios inflados; biografías de imbéciles, los que consideran que su vida es importante porque la televisión les dio el carnet de Andy Warhol. No los leés. Luego, están los libros de circunstancias, sobre un acontecimiento particular. Y eso suma el 80% de lo publicado. Quedarán una veintena de libros que serán novelas, ensayos importantes que permitan aclarar la actualidad, etcétera. El resto es basura.

¿Usted tira libros?
¿Si los tiro? ¡Claro!

¿Por qué?
¡Porque son malos! La edición se convirtió en una industria. Antes era un artesanado. Esa industria produce literatura industrial. El 99% de lo que produce la literatura industrial es basura. No son productos manufacturados, es literatura y asuntos sentimentales, estereotipados. Eso se tira.

¿Son necesarios los rituales para leer?
Creo en la fisiología del lector. En el acto de leer hay algo físicamente delicioso. El momento en que uno toma un libro y va al sillón: asociado al placer del texto, está la posición del cuerpo en un sillón. Creemos que nos sentimos solos con la lectura, pero en realidad, nos metemos en la escena. Es una especie de acto teatral íntimo. Uno pone la lectura en escena y nadie lo sabe, sólo nosotros. Los demás ven leer, sólo eso. Pero si hacemos el esfuerzo de descomponer ese acto, percibimos que hay una puesta en escena de la intimidad del lector con el libro.


Link: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/Daniel_Pennac_0_728327184.html

La orden de Cristina es desguazar Cablevisión

Por Carlos Pagni | LA NACION

 
Es imposible que Cristina Kirch- ner se refiera a los medios de comunicación sin despotricar por las dificultades que encuentra frente a su principal objetivo: la reducción del Grupo Clarín. Por esa razón, hace tres semanas impartió una instrucción para terminar con lo que, para ella, son dilaciones derivadas de una conspiración mediática y judicial. A partir del 7 de diciembre la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca) no sólo deberá revocar al holding de Héctor Magnetto las licencias que excedan el cupo establecido por la nueva ley de servicios audiovisuales. También deberá entregar a competidores de Clarín la infraestructura de las empresas de las que ese grupo deba desprenderse. En el caso de Cablevisión, la transferencia incluye a los abonados. Para justificar esta cirugía se dirá que, por los artículos 85 y 113 de la norma, el Estado debe garantizar la regularidad y continuidad de las emisiones.
También en Clarín se sienten víctimas de un complot mediático y judicial. Es el que llevarían adelante los mendocinos José Luis Manzano y Daniel Vila para terminar de instalar en Cablevisión a un interventor afín, que conduzca la jibarización de la empresa según las pautas del Gobierno. Manzano y Vila aspiran a quedarse con algunos de los activos a los que tenga que renunciar Clarín.
El 7 de diciembre es el límite que fijó la Corte Suprema para el amparo que el juez Eduardo Carbone concedió a Clarín hasta que se defina si el artículo 161 de la ley, que obliga a la desinversión, es constitucional. Si la Justicia no se expide antes de esa fecha, la medida cautelar quedará anulada. Como Carbone se jubiló, el concurso del que surgirá su reemplazante se ha convertido en una batalla crucial para esta guerra.
Los expertos en radiodifusión coinciden en que, si no hay un pronunciamiento judicial de fondo, el 7 de diciembre se activarán los plazos para adecuar el número de licencias, que tomarían otro año. La Presidenta, en cambio, instruyó a la Afsca para que revoque las licencias y transfiera los activos ese mismo día.
Cristina Kirchner se ufanará de estar brindando un homenaje a la democracia. Está convencida de que Magnetto es el cerebro de una operación destituyente. (Incógnita: ¿a qué va a atribuir sus desventuras cuando ese genio maligno sea reducido?)
Sin embargo, la imagen de una administración que arrasa con las garantías de la prensa terminará de consolidarse. El debate se plagará de referencias a Hugo Chávez, que también retiró la licencia e incautó los activos de la cadena Radio Caracas Televisión, bajo acusaciones de golpismo. Aunque el peronismo no necesita de la experiencia bolivariana para encontrar antecedentes. Dispone de ellos en su propia tradición.
Los funcionarios que venían negociando con los medios las pautas de la desinversión suspendieron las conversaciones. El 19 de julio pasado intimaron a las empresas a informar su composición accionaria y el número de permisos para operar. Fue un requerimiento muy tardío, ya que sólo Clarín consiguió un amparo judicial. Los demás deberían haberse adecuado a la ley el último 28 de diciembre. La demora demuestra lo obvio: la única desinversión con la que sueña el Gobierno es la de ese grupo. Esta arbitrariedad es un regalo que acaso Magnetto no esperaba. La propia señora de Kirchner alimenta la tesis según la cual ella no pretende garantizar la pluralidad de voces, sino desguazar una empresa "enemiga".
Licencias
Para doblegar a Clarín el kirchnerismo puso en la mira a Cablevisión, que representa el 60% de los ingresos de ese emporio. La empresa controla 158 licencias de TV por cable, 134 más de las permitidas. La Presidenta quiere que se deshaga de ellas cuanto antes. Pero pretende evitar un apagón que la enemiste con la audiencia. No quiere que se repita lo que sucedió a Julio De Vido en agosto de 2010, cuando anunció que "Fibertel no existe" y que, por lo tanto, los usuarios debían buscarse otro proveedor. Como esa alternativa tampoco existía, sólo consiguió la antipatía de los internautas.
Santiago Aragón, el titular de la Afsca, tiene instrucciones de entregar infraestructura y abonados de Cablevisión a los competidores de cada zona. Aunque los convierta en monopólicos. Ejemplos: Telecentro, de Alberto Pierri, en el área metropolitana; Tele Imagen, de Néstor Ick, en Santiago del Estero; Supercanal, de Vila y Manzano, en Santa Fe. A esos recipiendarios se les exigirá, claro, dejar de emitir Todo Noticias.
La señora de Kirchner eligió como socio a Manzano para esta batalla decisiva. Quedó demostrado el 20 de diciembre pasado, cuando la Gendarmería irrumpió en la sede porteña de Cablevisión para hacer cumplir una orden del juez mendocino Walter Bento. A pedido de Supercanal, y por un conflicto que se desarrolla en Salta, Bento intervino la compañía y le dio un plazo de 60 días para que divida sus activos. La justicia federal porteña y la de Salta lo declararon incompetente. El 5 de julio pasado, los representantes del Gobierno en el Consejo de la Magistratura debieron salvar a Bento del juicio político.
Pero Bento consiguió designar en Cablevisión a un coadministrador. Es Enrique Anzoize, a quien en Clarín vinculan con Manzano. Ayer la empresa denunció que el juez mendocino, con la colaboración de un colega porteño, estaría por remover a su directorio. De verificarse esa profecía, el avance sobre Cablevisión, el 7 de diciembre, no encontraría resistencia. Al contrario: Anzoize sería el dócil y solitario ejecutor del plan del Gobierno. Y de Vila y Manzano.
Juan Manuel Abal Medina es el nexo entre la Presidenta y Manzano. Las vueltas de la vida: Abal fue discípulo de Carlos "Chacho" Alvarez, quien acusó a Manzano de "robar para la corona", cuando "la corona" era Carlos Menem. La frase tituló un libro del periodista Horacio Verbitsky, quien meses atrás recordó sus reproches a Néstor Kirchner por aliarse con Manzano en la guerra contra Magnetto. A la luz de estos datos, la Presidenta debería descartar el tribunal de ética para la prensa. No vaya a suceder que los que vayan a la hoguera sean los propios. Aunque ya lo aclaró aquel colaborador de Ramón Saadi: "En política la ética es un procedimiento para aplicar al adversario".
Dificultades
Supercanal tiene dificultades para quedarse con los negocios de Clarín. Cuenta con 90 licencias, 66 más de las permitidas. En cambio Advsps no tiene ese límite: es la sociedad que constituyeron el 12 de abril del año pasado el hijo de Vila, Agustín, con el abogado de Supercanal, Eduardo Vila. Advsps está gestionando, con bastante éxito, permisos en la Capital Federal, Lomas de Zamora, Tigre, Paraná, Rosario y Santa Fe, ciudades en las que opera Cablevisión.
Carlos Zannini diría que el conflicto con Clarín es la "contradicción principal" del kirchnerismo. Pero la tormenta que se prepara en Olivos siembra miedo entre los funcionarios de la Afsca. Allí rige una conducción bicéfala, como en casi todo el organigrama oficial: Aragón es controlado por su segundo, Ignacio Saavedra, un delegado de La Cámpora. Saavedra ganó notoriedad como productor de contenidos de TV -Telefé ha sido casi su único cliente- en sociedad con Fernando Pérez, el responsable de conducir los procesos de desinversión.
Los talibanes del Gobierno tienen con Aragón los mismos reparos que les provocaba su padrino y antecesor, Gabriel Mariotto: lo acusan de tibio. A Mariotto se le reprocha haberse marchado a La Plata dejando inconcluso el expediente de suspensión de la licencia de Cablevisión. Saavedra sostiene esa tesis.
Aragón y Saavedra amenizan las conversaciones con sus ocasionales visitantes hablando mal del otro. Todo en voz bien alta, para que el vituperado se entere. El dúo está separado apenas por un tabique en un gran salón en "L".
Sería superficial, sin embargo, atribuir el enredo de la política de medios a que la Afsca se ha convertido en un conventillo. El problema central es que la norma diseñada por Mariotto resulta inaplicable. De hecho, todavía no se ha otorgado ninguna frecuencia bajo el nuevo régimen. Tampoco se conoce el censo de radiodifusores, que debía estar listo para marzo de 2010. En esta nueva etapa se realizó un solo concurso, el de la televisión digital, que debió declararse desierto. Como en YPF, en Aerolíneas o en la guerra contra Boldt, también en esta reforma el kirchnerismo se arriesga a quedar empantanado. Hasta ahora sólo ha sido eficaz en demorar la constitución de la comisión bicameral que debe designar a los representantes de la oposición en la Afsca.
Las dificultades del Gobierno se deben a que tampoco en el campo mediático comprende cómo funcionan los mercados. Las compañías de comunicación no son sustentables por debajo de determinada escala. Sobre todo porque la publicidad no es infinita. Ni siquiera la oficial. Basta ver cómo Gerardo Luis Ferreyra, Sergio Szpolski, y muchos otros empresarios alineados con el Gobierno, hacen malabares para pagar los sueldos, debido a que la agencia Télam les abona las facturas con una demora de 200 días. La crisis fiscal también llegó a esos medios.
RECHAZAN UNA EVENTUAL INTERVENCIÓN JUDICIAL
Diputados nacionales de fuerzas políticas opositoras coincidieron ayer en rechazar una posible intervención a la empresa Cablevisión, del Grupo Clarín, y advirtieron sobre el "intento de hegemonía" del Gobierno sobre los medios de comunicación.
Los legisladores Ricardo Gil Lavedra (UCR), Federico Pinedo (Pro), Oscar Aguad (UCR) y Patricia Bullrich (Unión por Todos) criticaron, además, al juez mendocino Walter Bento, quien promovería una nueva orden para intervenir Cablevisión, según publicó ayer el diario Clarín.
"Causa alarma que un juez federal de provincia, fuertemente sospechado de responder a un grupo económico afín al Gobierno, que ha tenido comportamientos judiciales inaceptables, pero que goza de protección oficial en el Consejo de la Magistratura, pretenda ahora ejecutar una medida contra Cablevisión", dijo Gil Lavedra.
En tanto, Pinedo opinó que el posible avance del juez mendocino sobre la empresa Cablevisión significaría un "abuso de poder" y sostuvo que el magistrado "actúa con el aval del oficialismo"..

Usted miente, señora Presidenta - Por Jorge Fontevecchia

Interensante nota editorial de Fontecchia.



Por Jorge Fontevecchia

Usted miente, señora Presidenta. Usted no quiere mejorar el periodismo, usted quiere destruirlo. Y en eso, aunque no en otras cosas, va a fracasar.
Miente cuando pide una ley de ética pública para los periodistas que obligue a los medios a “publicar qué empresas reciben dinero” (le aclaro que me encantaría que así fuera). Sus deseos no son sinceros, porque si eso se implementara todo su aparato de propaganda oficial quedaría al descubierto.
Usted dice que encontraron en YPF facturas de 11 millones de pesos por año de periodistas y medios por publicidad que se pagaba pero no se emitía: “Publicidad no convencional, la pagás y no aparece” (sic). Pero mencionó solamente el millón de pesos que dice que cobraron el socio y la esposa de Marcelo Bonelli desde 2008.
Los 240 mil pesos anuales que durante cuatro años recibieron los allegados de Bonelli, según usted, representan sólo el dos por ciento de esos 11 millones de pesos anuales, lo que permite deducir que hay, en promedio, otros 46 periodistas o medios que también recibieron sistemáticamente dinero por publicidad que, como usted dice, “la pagás y no aparece”.
Urge que usted difunda esa lista, así la opinión pública se entera de quiénes son esos medios y periodistas que cobran por servicios no prestados. Imagino que habrá varios simpatizantes de su Gobierno en ella. Pero lo importante es que se sepa quiénes son porque, más allá de los intereses que defiendan, cobrar por un servicio que no se presta es una estafa o un acto de corrupción.
El tema no es sólo Bonelli. El tema es ese sistema de corrupción de periodistas y medios. Pero lo curioso es que, si ustedes no lo inventaron, señora, ustedes lo engrandecieron a niveles inconmensurables. Y de lo que no cabe duda es de que ustedes lo institucionalizaron como una práctica normal. Usted se escandaliza de su propio espejo y encima cree que refleja la imagen de otro.
Algo comparable les pasa con el tema de la dictadura: ustedes acusan a algunos de sus críticos de acciones negativas que no existieron, se agregan en su propia biografía acciones positivas que nunca realizaron y terminan creyéndose héroes de la ética.
Mire, señora, hace siete años el diario PERFIL publicó en El Observador del 18 de septiembre de 2005 una larga investigación titulada “Caja negra”. Allí se informaba que “el propio Estado utiliza cajas negras para promocionar su gestión”, y desarrollaba en detalle el caso de 27 periodistas que por orden del vocero de De Vido, Alfredo Scoccimarro, debían estar en la pauta publicitaria.
La lista la encabezaba Marcelo Bonelli y, mire lo que son las vueltas de la vida, señora, nueve de los 27 periodistas de esa lista trabajaban en alguna de las empresas del Grupo Clarín. Y hoy Scoccimarro ya no es el vocero de De Vido sino que es su vocero y, además, es el secretario de Comunicación Pública, cargo en el que reemplazó nada menos que a Abal Medina cuando asumió como jefe de Gabinete.
Son ustedes, señora, los que inventaron lo que usted denuncia. Hace siete años era PERFIL quien denunciaba la relación entre Scoccimarro y Bonelli cuando Clarín era aliado del Gobierno. En aquella oportunidad, Bonelli pidió derecho a réplica explicando que él no trabajaba en la radio FM Palermo que aparecía en la planilla publicada en la nota de PERFIL, lo que justificó una contrarréplica de los periodistas de El Observador para demostrar que era la hija de Bonelli quien trabajaba en ese programa, y la publicidad había sido gestionada por una productora de A dos voces, el programa de Bonelli.
Siguiendo el mismo manual, ayer PERFIL pidió a Bonelli precisiones sobre los montos que cobraron su socio y su esposa de YPF, ya que en los descargos que realizó en Clarín y Telenoche no se refirió a ellos. Bonelli dijo que su esposa sólo cobró 6 mil pesos por mes de julio de 2007 a marzo de 2008, 54 mil pesos en total, por traducciones de inglés (tiene el título del Lenguas Vivas), y que él no tiene ningún socio porque la publicidad de los programas que realiza en los distintos medios del Grupo Clarín es vendida directamente por la empresa, de la que él es un empleado. Quedará por ver si existe una contrarréplica, como en el caso anterior de Bonelli ante la denuncia de PERFIL en 2005.
En Clarín y en Telenoche Bonelli sí explicó que todos sus ingresos están en blanco y que lo que publicó sobre que Galuccio estuvo por renunciar es totalmente cierto. Ese no era el núcleo de la acusación, porque podría haber cobrado un millón de pesos en blanco, nunca la Presidenta dijo que fuera en negro. Y es obvio que la crítica que recibió por cadena nacional no es por su nota del 3 de agosto último sobre Galuccio, porque ya el 10 de julio Perfil.com y el diario La Nación habían informado que Galuccio analizaba renunciar.
Lo que a la Presidenta le molesta de Bonelli es su prédica contra la restricción a la venta de dólares, que realiza todos los días, a la mañana, a la tarde y a la noche (hay que reconocer que Bonelli es un trabajador esforzado) en TN, Radio Mitre y Telenoche, desde hace nueve meses con notable efecto. Y aprovechó las pagos de YPF a la esposa de Bonelli y su supuesto socio para –en el contexto de la i-nauguración de una planta de refinado– pegarle un palazo.
Pero a buena hora su enojo, señora, la lleva a proponer debatir ética periodística e ilumina con la llegada de su cadena nacional la problemática sobre de dónde viene el dinero que financia a los medios de comunicación y a los periodistas, y se debate ese método degenerativo del periodismo que además el kirchnerismo promovió. Y es también deformante de la publicidad porque, debo informarle, señora, que su ejemplo cunde: programas de radio y de TV con audiencias no muy grandes vienen quejándose de que anunciantes que antes tenían bien clara la “separación de Iglesia y Estado”, es decir que poner publicidad no les daba derecho a solicitar no ser criticados si eran sujeto noticioso de algún hecho negativo, han cambiado y ahora amenazan abiertamente con retirar la publicidad si sus empresas son criticadas. Eso no se animan a hacer con medios más importantes, pero el flagelo superó una frontera.
El problema es cualitativo y cuantitativo. Siempre hubo departamentos de relaciones públicas en las empresas que compraban publicidad con criterios no comerciales, pero el deterioro institucional, que comenzó con Menem, explotó en 2002 y el kirchnerismo elevó y cristalizó, hizo que aquello que antes permitía a un periodista de radio tener su pequeña productora para su programa se convirtiera en empresa, teniendo a Hadad como el precursor más aventajado a la hora de vender silencio y protección en forma de “publicidad que pagás y no aparece”, dicho en sus propias palabras.
No es que usted mienta sobre Bonelli. PERFIL criticó cuestiones relacionadas con la que usted difundió por cadena nacional. Usted mintió sobre su propio Gobierno, al que mostró sólo como víctima de lo que mayoritariamente fue victimario.
No olvide que los últimos cuatro años de YPF, donde se gastaron esos 11 millones de pesos por año en periodistas y medios de forma tan irregular, a los que usted se refirió, coinciden con el desembarco del management nacional y la retirada de la dirección de YPF de los principales ejecutivos españoles. Es en 2008 que ingresa Eskenazi de la mano del propio Gobierno.
La buena memoria es a veces un obstáculo para la política.

Mensaje de Lanata para CFK

El stand-up de la Presidenta - Por Beatriz Sarlo

Excelente nota. Muy Barthesiana.



Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

La Presidenta ha cambiado notablemente su oratoria. Todos los observadores coinciden en que está "más suelta". Yo diría que muchas veces se muestra sencillamente pintoresca.
Antes de esta transformación, desde la muerte de Néstor Kirchner en sus discursos incrustaba bloques de alto dramatismo, cuando mentaba, con la voz estrangulada por la emoción, su soledad y su voluntad de sobreponerse. La intensidad, aunque no ha desaparecido, hoy dura menos. En su lugar, están las ocurrencias de una espontaneidad libre de ataduras, que trae anécdotas, gustos, recuerdos, diálogos con la platea, bromas, sonrisas, miradas de costado, revoloteo de manos y pasos de baile tan expresivos que no sería justo citar sólo por escrito, sin los gestos. No voy a citar, me voy a privar de esa prueba que puede verse en www.presidencia.gov.ar/discursos .
El stand-up comedy presidencial, es decir el momento en que Cristina Kirchner improvisa en primerísima persona, tiene un público que parece disfrutar de esa fórmula escénica. Hace dos días, detuve el cuadro de video sobre una panorámica que mostraba a ese público en un salón de la Casa de Gobierno. Lo vi a Filmus riéndose ante un intercambio de datos sobre el origen étnico del comandante Chávez; quien los proporcionaba a la Presidenta era el secretario de Comercio, que se tocó la cabeza e hizo el gesto de enrularse el pelo. Rápida, la Presidenta captó que los gestos de Moreno sugerían que Chávez tenía mota. Y fue ésa la palabra que empleó. Me imaginé a un Filmus políticamente correcto, en alguna otra vida pasada, predicando ante unos niños que con esas cosas no debía bromearse. Hasta que festejó ese momento del stand-up presidencial, Filmus era un señor correcto, serio, con cara de aburrido, convencional. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Qué creen que se les pide? ¿Qué temen si no se ríen con obsecuencia?
Lo que le pase a Filmus, en realidad, tiene poca importancia. Dejará de reír y seguramente se sentirá más cómodo con un cambio en el estilo presidencial. Las salidas de tono de la Presidenta, cuando incursiona en el stand-up, son la incógnita para analizar. En el pasado, el registro más usual de Cristina Kirchner (mientras fue diputada y senadora) era tecnocrático. Hablaba de corrido una jerga de informe socioeconómico. Era evidente que se aplicaba a preparar esas intervenciones que luego hacía "de memoria". Después de presidentes que improvisaban mal y no aprendían de memoria, como Menem, ganaba de punta a punta. Kirchner era un orador directo, pasional y desgalichado; por el contrario, su esposa parecía la universitaria del tándem. Le faltaba algo para ser una oradora tan buena como se creía: no tenía temperatura escénica (a lo Lula) ni parecía una académica destacada (a lo Fernando Henrique Cardoso o Ricardo Lagos).
Se dirá que estas cuestiones carecen de importancia política. Creo, en cambio, que son importantes, porque no muestran simplemente modos de hablar, sino la relación que alguien mantiene con su propia imagen pública. Cada uno habla del modo en que se siente autorizado a hablar por sus antecedentes o su poder.
Cristina, en esta nueva forma de su oratoria, habla como alguien que piensa que sus más triviales ocurrencias pesan y, por lo tanto, deben ser comunicadas a la ciudadanía. Mientras su oratoria fue tecnocrática y populista (una buena mezcla), era unánime la opinión de que se adecuaba a las necesidades de su lugar político. Se toleraban sus sarcasmos, porque se los consideraba una manifestación de su inteligencia. Después, cuando atravesó el capítulo dramático de poner en escena el dolor y el duelo, recibió la paciente solidaridad de sus oyentes. Ahora, en este giro hacia el stand-up, corre un riesgo que antes no corría: ¿es graciosa cuando canta un jingle o revolea los ojos? Si la parodia falla, el stand-up se desmorona.
Hay una sombra de omnipotencia en este nuevo estilo oratorio de la Presidenta. Los buenos oradores políticos conocen perfectamente cuál es su género y, sobre todo, saben que no todos los géneros les quedan bien. La Presidenta parece haber perdido esta capacidad de distinguir.
A esto podría responderse con dos objeciones. La primera es que sus discursos son exitosos. Tal afirmación es incomprobable, salvo que las plateas cautivas de la Presidenta sean tomadas como adecuada muestra sociológica (como si las risas grabadas de la televisión sirvieran para probar el alto rating de un programa). La segunda objeción es que todo mi argumento carece de importancia y que lo que importa en los políticos es lo que hacen, no lo que dicen.
Es un error separar la acción política del discurso que la acompaña. El estilo de la explicación indica mucho sobre la idea que un político tiene acerca de sí mismo. El profundo autocentramiento de la Presidenta es tan visible en sus discursos como en el verticalismo que es el sello de su gobierno. La forma de sus teleconferencias enfatiza su concentrado personalismo para dirigirse a gobernadores, intendentes o (peor aún) gente de lugares alejados donde se inaugura o reinaugura una obra. Parece una señora que habla con subordinados, a los que trata con una confianza condescendiente que ellos jamás podrían devolver: bromas, preguntas, comentarios van en dirección única, de arriba para abajo. Es paternalista un discurso que coloca a su interlocutor en un lugar desde donde no puede responder sino celebrando a quien le habla. En la primera mitad del siglo XX, se llamó a este estilo populismo oligárquico, de patrón de estancia. Hoy es populismo de burguesa próspera, convencida de que todos sus actos son para beneficiar a esa pobre gente que la escucha.
Sintonizo con frecuencia el canal Unasur. Allí puede escucharse a Chávez, un colorido orador antiimperialista, seguro dentro de esa cultura, y con sensibilidad verbal para diferentes registros: de la maldición a la amenaza, de la promesa a la confianza. Independientemente del juicio que se tenga sobre su política, Chávez tiene estilo. Los discursos de la Presidenta no pertenecen a esa tradición, como si no los hubiera practicado antes. Esto es particularmente evidente cuando se mete en la historia del siglo XIX y primera mitad del XX, con la insegura brevedad de alguien que no avanza por campo conocido.
Todo esto conforma una personalidad política (no hablo de inabordable psicología, sino de rasgos ideológicos). Todos los grandes dirigentes han sido juzgados no sólo por sus obras, sino también por sus discursos, desde Sarmiento hasta Perón. Los discursos son una de las materias en que se expresa y se define un estilo de gobierno y una concepción del poder. El centralismo verticalista produce una atmósfera de encierro, en la que Cristina Kirchner se mueve como si fuera el medio más favorable a su espontaneidad. Si un dirigente cree que está autorizado a decir cualquier cosa en cualquier momento, incluso malos chistes, ha perdido una conciencia de los límites dentro de los que se ejerce siempre, en todas partes, un poder que sea legítimo no sólo por los fines perseguidos, sobre los que puede disentirse, no sólo por los medios utilizados, que pueden discutirse, sino por las formas de comunicarlos.
Cristina Kirchner dijo que, en caso de usar un poco menos la cadena nacional, los opositores malévolos ya estarían preguntándose dónde está la Presidenta. Probablemente tenga razón. Ella es responsable de haber elegido esa incesante estrategia mediática. Si la deja de lado, es obvio que deberá reemplazarla por otra para evitar la pregunta que supone inminente, ya que la oposición en todas sus variantes le parece un ejército cuyo único impulso son las malas intenciones.

viernes, 10 de agosto de 2012

El dogma del desendeudamiento - por Marcelo Zlotogwiazda

Muy buena nota.



Por Marcelo Zlotogwiazda

El desendeudamiento ha sido, sin duda alguna, uno de los grandes cambios estructurales de los últimos años. Un logro del gobierno que es reconocido, con algunos matices, por casi toda la oposición. Fue un cambio drástico: la deuda pública pasó del 166 por ciento del Producto Bruto en 2002 al 42 por ciento ahora, y si se considera sólo la deuda pública con el sector privado en moneda extranjera equivale a menos del 10 por ciento del PBI y es inferior a las reservas del Banco Central.
Desde la cancelación del Boden 2012 la semana pasada, la página web del ministerio de Economía luce un cartel que dice
“Terminamos de pagar el corralito. Sin deuda somos más libres”. ¿Pero ese mayor grado de libertad no debería servir para, precisamente, aprovechar un contexto internacional de enorme liquidez y bajísimas tasas de interés, y tomar deuda para financiar el desarrollo?
El endeudamiento público en la Argentina de los años
‘90 fue nefasto porque alcanzó niveles desproporcionados y porque se lo utilizó para cubrir déficits corrientes. Pero en tanto el crédito se tome en cantidades razonables, en condiciones convenientes, y para ampliar el capital reproductivo y mejorar la competitividad de mediano y largo plazo, resulta una herramienta imprescindible para el desarrollo.
Esto último suena elemental y básico; como una obviedad. Pero vale recordarlo porque a veces pareciera que el desendeudamiento fuera un fin en sí mismo. Que de ser una política acertada para corregir la herencia se transforme en un dogma que impida utilizar un instrumento clave.
A menos que un Estado cuente con una notable capacidad de ahorro o superávit fiscal, que no es el caso en la Argentina desde hace varios años, no es económicamente lógico ni justo en términos intergeneracionales que obras de infraestructura que van a rendir sus frutos en mucho tiempo sean financiadas con recursos corrientes.
El kirchnerismo ha recurrido mucho a la figura del fideicomiso. Por ejemplo, en el caso de varias obras energéticas, se armaba un fondo que tomaba prestado del sector privado y de la Anses con la garantía del flujo de fondos que prometía la obra. También hubo algo parecido para la compra de aviones contra la garantía de la venta de pasajes con tarjeta. Y da la impresión que el anuncio que hizo Julio De Vido la semana pasada para la ampliación de la Av. General Paz tendría ese formato. (Donde la pifió el ministro fue en caracterizar a ese esquema como contracíclico: no lo es, en tanto la obra se financia con aumento de peajes)
Claro que para acceder a crédito internacional de gran volumen no sólo se requiere dejar de lado dogmas y querer hacerlo, sino también poder hacerlo.
Habiendo cancelado en tiempo y forma el Boden 2012 y con el riesgo país en tendencia decreciente y apuntando a perforar los 1.000 puntos, se puede suponer que el gobierno podría colocar un bono soberano a una tasa de un dígito. En marzo de este año el riesgo país estaba debajo de 800 puntos y hace un año en torno a los 500. Por supuesto que muy lejos de los niveles de 2007, cuando a principios de ese año tocó un mínimo de 185, que es un número del orden que hoy tienen Brasil, México y Uruguay. ¿No valdría la pena, al menos, testear el mercado? El último que lo intentó tibiamente fue Amado Boudou, pero hay algunos economistas del oficialismo que hoy creen posible tomar 10.000 millones de dólares en el mercado internacional a menos del 10 por ciento. Alcanzaría para aumentar la inversión pública en 2,5 puntos porcentuales del PBI.
Pero para eso tendrían que superar otras restricciones. Una es el congelamiento de la relación con el FMI, por la negativa de la Argentina a aceptar la revisión contemplada en el art. IV del estatuto del organismo, para así evitar el ruido político de un eventual informe crítico a ciertos aspectos de la política económica y, puntualmente, a la manipulación del índice de precios. ¿Vale la pena mantener el actual status quo con una institución que puede criticar pero no condicionar, por la sencilla razón de que no se le debe nada?
La deuda con el Club de París es otro de los obstáculos que en su momento enfrentó Boudou cuando propiciaba un giro market friendly. El asunto está en permanente negociación, y un acuerdo no sólo despejaría el flanco financiero sino que además destrabaría crédito comercial para el sector privado.
Una tercera restricción es que la Argentina está catalogada como
“mercado de frontera” por Morgan Stanley Capital International (MSCI), una firma en la que participa el banco de inversión Morgan Stanley y que provee herramientas para la toma de decisiones de inversión. Que la Argentina figure en la categoría de “mercado de frontera” (la peor de las tres, debajo de “mercados desarrollados” y de “mercados emergentes”) junto a países como Bangladesh, Jordania, Líbano, Kenia y Kazajistán, inhabilita a muchos fondos y bancos de inversión a tomar deuda del país. Hace un par de años el titular de la Bolsa de Comercio, Adelmo Gabbi, estimó que si la Argentina recuperara el status de “mercado emergente” podría aspirar a recibir 10.000 millones de dólares. MSCI rebajó al país como fronterizo en 2009 cuando se impusieron condiciones al ingreso de divisas para la compra de acciones, aunque en esa consideración negativa ahora pesan más las barreras a la salida de divisas. Es razonable que no recomienden prestar a un país que no deja salir lo que entra.
Pero antes de evaluar si conviene o no superar las restricciones técnicas al endeudamiento externo, lo que hay que definir políticamente es si el desendeudamiento es un dogma inalterable o una etapa superada con gran éxito.

Pensando con Foucault, otra vez - Gustavo Varela

Las condiciones en las que el sujeto elabora un discurso de verdad sobre sí mismo protagonizan el último curso dictado por Michel Foucault en el Collège de France, publicado ahora en castellano. Además, un libro de conversaciones.

POR Gustavo Varela


A pesar de su continua reflexión sobre la finitud humana, la filosofía soporta poco la muerte de sus hacedores más decisivos. Es vivida como un destierro vital, como una privación injustificada. Esta flaqueza ante lo único inevitable, lejos de producir nostalgia, provoca apertura, condiciones nuevas del pensar, sucesiones, continuidades o rupturas. Está en el origen mismo del pensamiento filosófico: toda la escritura de Platón acaso no sea sino el envés de su dolor por la muerte de Sócrates, lo insoportable de esa muerte. El sufrimiento de Platón, el vacío que lo recorre, se vuelve escritura de denuncia y reflexión, voluntad de verdad dialogada puesta en palabras, una historia que comienza con la cicuta y cuyos efectos posteriores no son sino una buena parte de la historia de la filosofía de Occidente.
Michel Foucault murió en junio de 1984. Entre febrero y marzo de ese año dictó su último curso en el Collège de France dedicado al gobierno de sí y de los otros. Su muerte, como la de otros, también resulta insoportable. La publicación de sus clases dictadas desde comienzos de los años setenta es una ilusión retroactiva que conjura los efectos de ese fastidio. Porque su voz vuelve a sonar, porque es nuevamente su pensamiento puesto en acción, porque de algún modo lo que allí está escrito es novedad. Es Foucault pensando, diciendo, respirando otra vez delante de sus alumnos, inagotable a pesar de su ausencia.
En El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros II (FCE, 2010), el último de sus cursos que acaba de publicarse en español, Foucault continúa con su investigación en torno a la relación entre la verdad y las formas de subjetivación que había iniciado en años anteriores. Aunque tal vez corresponda decir que este es el tema que ha tratado a lo largo de toda su obra. Así lo dice en un reportaje en enero de 1984, unos días antes de comenzar con su curso: “Siempre he pretendido saber cómo el sujeto humano entraba en los juegos de verdad (…) Yo lo había enfocado entonces bien en las prácticas coercitivas –tales como la psiquiatría y el sistema disciplinario–, bien bajo las formas de juegos teóricos o científicos –tales como el análisis de las riquezas, del lenguaje o del ser viviente”.
En esta última etapa de su producción, Foucault se interesa por esta misma relación ahora enfocada a pensar cuáles son las condiciones en las que el sujeto elabora un discurso de verdad sobre sí mismo. La confesión, el examen de conciencia, las reglas monásticas, la parrhesía , el ocuparse de sí, el conocimiento de uno mismo, todas ellas son formas de relación entre sujeto y verdad que atraviesan la historia del pensamiento occidental y que abren a más de un interrogante: ¿De qué modo el sujeto se ocupa de sí?; ¿qué palabra se dice, cuáles son las verdades que fundan su hacer y su pensamiento?; ¿desde cuándo y por qué necesita de esa palabra? ¿qué secuelas tiene el trabajo sobre uno mismo en el vínculo con los otros? En definitiva, ¿cómo se edifica un discurso veraz sobre sí mismo y cuáles son sus efectos? Foucault se desplaza de la modernidad y va hasta los orígenes mismos del pensamiento filosófico, a la nutriente grecorromana, donde verdad, poder y sujeto se entrelazan, se requieren de una manera esencial. La palabra filosófica teje estas tres dimensiones de un modo irreductible, porque a la vez que pregunta por un orden de verdad, también interroga sobre “la organización de las relaciones de poder” y sobre la forma en cómo “el individuo se constituye en sujeto moral de su conducta”. Es decir, Alétheia, politeia y ethos reunidos, especificidad del discurso filosófico que lo diferencia de la ciencia, de la política y de la moral en tanto estas sitúan su interés en uno solo de estos aspectos. El filósofo, en su práctica, reúne necesariamente los tres planos, lo que significa que la filosofía no es un saber autónomo ni de la práctica política ni de las consecuencias éticas de su hacer. Ni verdad ascética, ni ingenuidad política, ni moral edificante; la filosofía compone una sola melodía en la que operan tres dimensiones que se superponen, sin que pueda ser posible reducir una a otra.
La figura del parrhesiatés , aquel que ejerce un hablar franco y sin miedo, aquel que guía a sus discípulos bajo una verdad incómoda dicha con coraje, es la expresión más acabada de esta unidad. Foucault ya había dedicado parte de sus cursos a la investigación de esta figura y comienza éste de 1984 retomando algunos de sus conceptos para derivarlos en dirección al análisis del pensamiento de Sócrates y de los filósofos cínicos. En ambos casos, la construcción de una “verdadera vida” aparece como interpelación a un orden político y como expresión de una ética singular. Porque no son discursos de la verdad sino veridicciones, enunciados que el mismo sujeto dice sobre sí mismo y que exponen a la vez una ética que se extiende a los otros y una crítica a las relaciones de poder.
Dos modos de ser de la parrhesía filosófica, dos expresiones diferentes para una misma actitud: en Sócrates, en su práctica de vida, como afirmación moral; en el cinismo antiguo, como osadía convertida en “intolerable insolencia”.Foucault muestra que la parrhesía socrática no es de tribuna sino de plaza, no tiene oyentes sino interlocutores. Como la democracia no tolera su palabra, el discurso veraz se vuelve impotente. Si la política pública requiere de la mentira y la adulación, si se sostiene sobre una práctica de discursos empalagosos destinados a una mayoría, si en la democracia no hay lugar para el decir veraz, el que no tiene lugar es Sócrates. El efecto complementario de esta imposibilidad es la fundación de la parrhesía en el campo de la ética. Es decir, ya no una veridicción que interpele a las instituciones de la ciudad, sino un trabajo sobre el alma individual, sobre el príncipe, sobre el ciudadano con prestigio, sobre el joven valeroso. Esto no significa el desprecio de los destinos de la ciudad y la reclusión de la verdad en el orden privado. Lejos de esto, Foucault ve en la actitud socrática el despliegue de una instancia política que hace pie en una metafísica del alma y que conduce a un modo de existencia (una estética de la existencia) que anuncia a los hombres el coraje que necesitan y los riesgos que afrontan en su decir veraz. Foucault analiza entonces la muerte de Sócrates, su parrhesía final, donde lejos de ser el desprecio a su propia existencia y a las leyes de la ciudad, es la afirmación de su modo de vida. El coraje no es por aceptar la muerte sin lamentaciones sino por sostener una práctica ética en la que se “combinaron el objetivo de una belleza de la existencia y la tarea de rendir cuentas de sí mismo en el juego de la verdad”.
Sócrates no es ejemplo ni modelo sino insistencia, el tábano que produce ardor en los otros porque antes, ese ardor, estuvo en él mismo. A partir de la lectura de Foucault, el idealismo tantas veces atribuido al pensamiento político de Platón se vuelve una instancia concreta en la ética singular socrática: el “conócete a ti mismo” se despliega, entonces, como la premisa de una política vinculante.
La práctica de los cínicos es uno de los efectos de esta articulación entre modo de vida y veridicción, para Foucault la forma más rudimentaria y radical de una vida filosófica: “El cinismo –afirma– hace de la vida, de la existencia, del bíos , lo que podríamos llamar una aleturgia , una manifestación de la verdad”. No hay en ellos un sistema teórico ordenado ni una doctrina elaborada de un modo preciso. La forma de acceso es a través de anécdotas, gestos, actitudes, situaciones que interpelan de un modo insolente y desvergonzado y que dan cuenta del comienzo de una tradición en la que el modo de vida aparece como consecuencia del escándalo de la verdad. Por ello Foucault hace referencia a las formas que adquiere el cinismo antiguo en tiempos posteriores, como una categoría transhistórica que permite evaluar su presencia: así, los esquemas de conducta de los cínicos aparecen en ciertas prácticas de ascetismo religioso cristiano; o en la singularidad de la vida de los artistas modernos donde la obra surge como uno de los efectos de esa existencia impar; o en la práctica política revolucionaria de los siglos XIX y XX donde la militancia se presenta como un “testimonio por la vida, bajo la forma de un estilo de existencia”.
Sabemos del cínico Diógenes de Sínope, de su actitud ante Alejandro, de su austeridad y su barril. Su enseñanza es de combate, de resistencia, no porque los cínicos ofrezcan un sistema ordenado de ideas sino a través de situaciones y anécdotas que, para Foucault, constituyen una verdadera doctrina. Y en una de esas anécdotas se detiene, en aquella que dice de Diógenes el haber alterado el valor de la moneda. Para Foucault esta anécdota es un signo de un cambio de valores, una necesidad de alteración de las costumbres, más un principio de vida que un suceso delictivo. Entonces se pregunta, si para los cínicos, la vida no debe ser “una vida otra”. Y aquí Sócrates vuelve a encontrar su lugar como alfa y omega del pensamiento de Occidente: porque en la lectura platónica de su pensamiento lo que surge es la cuestión del “otro mundo” y en la sucesión cínica es el de la “vida otra” en este mundo. Y remata: “El otro mundo y la vida otra fueron en esencia, creo, los dos grandes temas, las dos grandes formas, los dos grandes límites entre los cuales la filosofía occidental no dejó de desarrollarse”.
No es posible pensar este último curso de Foucault como la conclusión apretada y sintética de su pensamiento filosófico. Sus ideas no se condensan en un solo frasco teórico y los efectos de su obra son más expansivos que unificadores. Sus desplazamientos temáticos son un signo de esta polífonía que es Foucault, de su necesidad de incomodidad para pensar, de su ritmo sostenido y de su coraje para hacer filosofía.

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