jueves, 25 de julio de 2013
The Black Crowes - Thorn in my Pride
Gran versión de una gran canción. The Black Crowes interpretando Thorn in my Pride.
Alfredo Casero en TEDx
Una charla genial de Alfredo Casero, muy estimulante. Con conceptos muy claros, que los opera de manera magistral. Para escuchar y tomar apuntes.
martes, 11 de junio de 2013
Beatriz Sarlo recibió la Pluma de Honor
Con tono intimista, Sarlo recibió la Pluma de Honor
Sociedad
Por su trayectoria profesional, la escritora y ensayista fue distinguida por la Academia Nacional de Periodismo
La Academia Nacional de Periodismo celebró ayer el Día del Periodista con la entrega de la Pluma de Honor a la escritora y ensayista Beatriz Sarlo.
La distinción, que se entrega por sexta vez, procura "celebrar y destacar anualmente el esfuerzo y la creatividad de quienes contribuyen a dignificar y consolidar la misión de la prensa independiente como institución social y cultural, que complementa el sistema republicano y democrático, y fortalece el clima de convivencia necesario para la completa y efectiva vigencia del Estado de Derecho".
Beatriz Sarlo recibió la talla del orfebre Juan Carlos Pallarols de manos del presidente de la Academia Nacional de Periodismo, Lauro Laíño, que hizo un encendido discurso sobre el papel de la prensa y de las instituciones.
En su discurso de agradecimiento, Sarlo sorprendió a sus seguidores con un mensaje intimista, en el que desgranó su vínculo con el periodismo desde su infancia y su trayectoria profesional. Sarlo dirigió la revista Punto de Vista durante 30 años, es colaboradora de LA NACION y escribió numerosos libros, entre los que se cuentan La audacia y el cálculo. Kirchner 2003-2010 y Ficciones argentinas .
"Quisiera separar esos motivos (que llevaron a la Pluma de Honor) de la coyuntura en la cual la defensa de la libertad para informar u opinar está en el orden del día. O, parafrasearlo de otro modo, la libertad de expresión es definida de maneras diferentes y contrapuestas. En muchos casos esa definición implica justamente lo contrario; usando en falso el concepto democrático y popular puede propiciarse el recorte de un principio básico de la democracia, como es la libertad de prensa", dijo Sarlo.
Con atención, seguían su relato el arzobispo de Mercedes-Luján, Agustín Radrizzani; los directores de LA NACION, Bartolomé Mitre, y de Perfil, Jorge Fontevecchia; el secretario general de Redacción de LA NACION, Héctor D'Amico, y los periodistas Nelson Castro, Ricardo Kirchbaum, Jaime López Recalde, Fernando Sánchez Zinny, Ricardo Pipino, Osvaldo Granados, Juan María Coria, Alberto Munin y Antonio Requeni.
También participaron del acto en la Biblioteca Nacional la senadora Norma Morandini; Graciela Fernández Meijide; el ex gobernador Hermes Binner; la diputada Victoria Donda (Libres del Sur); el secretario general de Libres del Sur, Humberto Tumini, y el diputado Ricardo Gil Lavedra (UCR).
El acto fue encabezado por Laíño y por los vicepresidentes primero y segundo, Hermenegildo Sábat y Magdalena Ruiz Guiñazú, y el secretario de la Academia, José Ignacio López.
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1590727-con-tono-intimista-sarlo-recibio-la-pluma-de-honor
miércoles, 29 de mayo de 2013
La decadencia argentina - Por Luis Alberto Romero
Publicado hoy en el diario La Nación. Excelente artículo. Claro, sencillo y contundente en el análisis.
¿Qué lugar ocupa el kirchnerismo en la historia argentina? En muchas cosas, parece una repetición del peronismo de 1946, pero la similitud es sólo superficial. Más allá del código genético común, el país ha cambiado mucho. El de entonces era vital y conflictivo. El de hoy es exangüe, sumiso y explotado. La brecha que los separa se encuentra en la década del 70, en su turbulento comienzo y en su terrible final. Desde entonces, la Argentina se desangra en una larga crisis, y el kirchnerismo se ubica en su tramo más reciente.
Hasta los años 70, la Argentina supo tener un Estado potente, capaz de ejecutar y sostener proyectos como el de la enseñanza pública. Tuvo una sociedad móvil, integrada y democrática, y una economía medianamente eficiente, capaz de dar empleo y razonables posibilidades de mejorar a casi todos. También fue una sociedad áspera y conflictiva, especialmente en los momentos de rápida democratización, como en 1945. Tuvo además corporaciones organizadas, que asediaron de manera creciente al Estado. Cada una obtuvo sus franquicias y privilegios, y todas juntas lo colonizaron y debilitaron. En ese punto se articula el inicio de la larga crisis argentina. Al comienzo de los años 70, el Estado fue desbordado por una sociedad movilizada y militante. Perón fracasó en su último intento de contenerla -el Pacto Social-, y los militares ofrecieron su receta para cortar de cuajo la crisis, con una aquiescencia lamentablemente grande. El terrorismo estatal clandestino se dirigió contra las organizaciones armadas, pero, sobre todo, contra los voceros de una sociedad politizada y demandante.
También fue emblemática del régimen militar la consigna del ministro José Alfredo Martínez de Hoz: "Achicar el Estado es agrandar la nación". Podría entenderse que se trataba de reducir el crecimiento parasitario generado por los gobiernos populistas anteriores. No fue eso, sino algo mucho peor.
Desde los años 70, la Argentina recorre un camino decadente. No fue lineal: en su decurso hubo rupturas catastróficas, como en 1989 o 2001, e inicios esperanzadores, con la democracia de 1983 o con la prosperidad en este siglo. En esta historia compleja y quebrada, hay un "hilo rojo" que marca la continuidad: la decadencia del Estado. Desde 1976 y hasta hoy mismo, su erosión y destrucción ha sido sostenida y sistemática. Cada gobierno usó argumentos diferentes y contradictorios, pero tras las diferencias es posible seguir el rastro de un largo y sistemático desmonte del aparato estatal, su legalidad y su legitimidad. Cada uno a su manera destruyó agencias estatales y paralizó organismos de control. La "emergencia permanente", fruto de las crisis de 1989 y 2001, corroyó las rutinas burocráticas y dio patente a la arbitrariedad. La inflación y la penuria fiscal, impulsadas por el fuerte endeudamiento externo, se resolvieron a costa de los grandes servicios estatales, como la educación y la salud.
Sobre todo, el Estado se hizo mucho más permeable a la acción de los saqueadores y depredadores. Antes de 1976, las grandes corporaciones -empresariales, sindicales, militares- operaban de manera más institucional. Desde los setenta, el expolio estatal se concentró en grupos más pequeños, casi personales, no sólo tolerados, sino promovidos por los gobernantes: la "patria financiera", la "contratista", la "privatizadora" fueron sus nombres populares. Ellos sorbieron recursos del Estado y de la sociedad toda.
Esa succión de recursos es una de las razones del empobrecimiento y la polarización social. Pero lo más importante fue el giro, iniciado en 1976 y completado en los noventa, de una economía cerrada -posiblemente ya agotada- a una economía abierta. Fue un giro brusco, imprevisto y sin redes de contención. Inicialmente se conocieron sus fuertes efectos devastadores, como la desocupación, antes de que aparecieran algunas alternativas nuevas. Hoy un tercio de los argentinos es pobre, y conforma un mundo de la pobreza estable y denso, desconocido antes de los setenta. La antigua sociedad continua y móvil se convirtió en otra, segmentada y escindida.
Hubo dos momentos en que se vislumbró un cambio de rumbo, una reversión de la decadencia. El primero fue político: la construcción democrática de 1983. Una gran mayoría emprendió entonces con gran optimismo el camino de la democracia republicana, el Estado de Derecho, el pluralismo y los derechos humanos. Treinta años después, quienes permanecen en la lucha están librando un combate de retaguardia, para salvar lo mínimo de esa idea. Aquella democracia fue reemplazada por otra, autoritaria, antirrepublicana, y desdeñosa de la ley y del pluralismo. Una democracia de jefatura y de mayoría, que ha encontrado una manera de aprovechar los frutos más amargos de la Argentina en crisis. La presidencia utiliza los recursos de un Estado desarmado y sin controles para construirse una sólida base de poder. También se aprovecha del mundo de la pobreza, para hacerlo producir los sufragios necesarios. Poco queda de la democracia de 1983. Apenas un Poder Judicial de solidez dudosa y unos partidos políticos que no logran afirmarse en una sociedad en la que cada vez hay menos ciudadanos.
Luego de 2001 hubo un segundo momento de esperanza. Después de tres décadas signadas por el endeudamiento y la penuria financiera, el boom de las exportaciones trajo una sorpresiva abundancia en el mercado y en el fisco. Una gestión eficaz -la de Roberto Lavagna- supo salir de la crisis, renegociar la deuda externa y dejar consolidados los dos superávits básicos de la economía: el fiscal y el de la balanza de pagos. La Argentina parecía poder salir del largo ahogo económico y comenzar a reconstruir lo destruido.
Aquí llegaron Néstor Kirchner y su esposa, para volver a hundir al país en la normalidad de la larga crisis. Bajo su conducción, la democracia extremó el camino decisionista iniciado por Menem. Se le agregó un componente unanimista y excluyente, de raigambre peronista y consignas de los setenta. El decisionismo se tradujo en políticas coyunturales, arbitrarias y cambiantes. Muchos empresarios lograron grandes beneficios a corto plazo, pero hubo poca inversión y mucha huida de capitales. El regalo de la soja apenas se tradujo en una reactivación interna de escaso sustento.
Hoy sabemos que ese estilo de decisiones era parte de un grosero proyecto de acumulación de recursos en manos del reducido grupo gobernante. Surgió una nueva "patria", la "kirchnerista", o quizá la "patria Santa Cruz", en la que se testeó el modelo, integrada apenas por dos personas y una docena de socios. En sus propios dichos, acumular dinero y acumular poder eran dos caras de lo mismo.
Los grandes rasgos de la Argentina de la larga crisis confluyen en este modelo de gobierno. Un Estado desarticulado en su estructura legal e instrumental, que ha sido copado por un grupo político. Un uso de las herramientas del Estado para hacer negocios particulares, que unen el dolo con la destrucción sistemática de todo aquello alcanzado por su larga mano, como es el caso del transporte público. Un estilo de gobierno de base democrática, pero radicalmente antirrepublicano, cuyo horizonte es la dictadura personal. Finalmente, un mundo de la pobreza que ha recibido migajas del festín, y sobre el que se ha instalado un aparato político sólido e íntimo, que llega hasta sus últimos intersticios.
El kirchnerismo expresa hoy la fase superior de la larga crisis argentina. Es tan duro y resistente como la crisis misma. No será fácil revertir todo esto, pero hay una posibilidad. La Argentina es manejada por un grupo poderoso y débil a la vez, pues su fuerza, ciertamente fundada en los votos, reside en el control férreo del poder político por una sola mano. Su primera línea de defensa es a la vez la última. Cambiar el rumbo de la larga crisis argentina es una tarea prolongada y compleja. Pero constituir en 2015 un gobierno que inicie ese camino está en el orden de lo posible.
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1586369-la-decadencia-argentina
La decadencia argentina
OpiniónHasta los años 70, la Argentina supo tener un Estado potente, capaz de ejecutar y sostener proyectos como el de la enseñanza pública. Tuvo una sociedad móvil, integrada y democrática, y una economía medianamente eficiente, capaz de dar empleo y razonables posibilidades de mejorar a casi todos. También fue una sociedad áspera y conflictiva, especialmente en los momentos de rápida democratización, como en 1945. Tuvo además corporaciones organizadas, que asediaron de manera creciente al Estado. Cada una obtuvo sus franquicias y privilegios, y todas juntas lo colonizaron y debilitaron. En ese punto se articula el inicio de la larga crisis argentina. Al comienzo de los años 70, el Estado fue desbordado por una sociedad movilizada y militante. Perón fracasó en su último intento de contenerla -el Pacto Social-, y los militares ofrecieron su receta para cortar de cuajo la crisis, con una aquiescencia lamentablemente grande. El terrorismo estatal clandestino se dirigió contra las organizaciones armadas, pero, sobre todo, contra los voceros de una sociedad politizada y demandante.
También fue emblemática del régimen militar la consigna del ministro José Alfredo Martínez de Hoz: "Achicar el Estado es agrandar la nación". Podría entenderse que se trataba de reducir el crecimiento parasitario generado por los gobiernos populistas anteriores. No fue eso, sino algo mucho peor.
Desde los años 70, la Argentina recorre un camino decadente. No fue lineal: en su decurso hubo rupturas catastróficas, como en 1989 o 2001, e inicios esperanzadores, con la democracia de 1983 o con la prosperidad en este siglo. En esta historia compleja y quebrada, hay un "hilo rojo" que marca la continuidad: la decadencia del Estado. Desde 1976 y hasta hoy mismo, su erosión y destrucción ha sido sostenida y sistemática. Cada gobierno usó argumentos diferentes y contradictorios, pero tras las diferencias es posible seguir el rastro de un largo y sistemático desmonte del aparato estatal, su legalidad y su legitimidad. Cada uno a su manera destruyó agencias estatales y paralizó organismos de control. La "emergencia permanente", fruto de las crisis de 1989 y 2001, corroyó las rutinas burocráticas y dio patente a la arbitrariedad. La inflación y la penuria fiscal, impulsadas por el fuerte endeudamiento externo, se resolvieron a costa de los grandes servicios estatales, como la educación y la salud.
Sobre todo, el Estado se hizo mucho más permeable a la acción de los saqueadores y depredadores. Antes de 1976, las grandes corporaciones -empresariales, sindicales, militares- operaban de manera más institucional. Desde los setenta, el expolio estatal se concentró en grupos más pequeños, casi personales, no sólo tolerados, sino promovidos por los gobernantes: la "patria financiera", la "contratista", la "privatizadora" fueron sus nombres populares. Ellos sorbieron recursos del Estado y de la sociedad toda.
Esa succión de recursos es una de las razones del empobrecimiento y la polarización social. Pero lo más importante fue el giro, iniciado en 1976 y completado en los noventa, de una economía cerrada -posiblemente ya agotada- a una economía abierta. Fue un giro brusco, imprevisto y sin redes de contención. Inicialmente se conocieron sus fuertes efectos devastadores, como la desocupación, antes de que aparecieran algunas alternativas nuevas. Hoy un tercio de los argentinos es pobre, y conforma un mundo de la pobreza estable y denso, desconocido antes de los setenta. La antigua sociedad continua y móvil se convirtió en otra, segmentada y escindida.
Hubo dos momentos en que se vislumbró un cambio de rumbo, una reversión de la decadencia. El primero fue político: la construcción democrática de 1983. Una gran mayoría emprendió entonces con gran optimismo el camino de la democracia republicana, el Estado de Derecho, el pluralismo y los derechos humanos. Treinta años después, quienes permanecen en la lucha están librando un combate de retaguardia, para salvar lo mínimo de esa idea. Aquella democracia fue reemplazada por otra, autoritaria, antirrepublicana, y desdeñosa de la ley y del pluralismo. Una democracia de jefatura y de mayoría, que ha encontrado una manera de aprovechar los frutos más amargos de la Argentina en crisis. La presidencia utiliza los recursos de un Estado desarmado y sin controles para construirse una sólida base de poder. También se aprovecha del mundo de la pobreza, para hacerlo producir los sufragios necesarios. Poco queda de la democracia de 1983. Apenas un Poder Judicial de solidez dudosa y unos partidos políticos que no logran afirmarse en una sociedad en la que cada vez hay menos ciudadanos.
Luego de 2001 hubo un segundo momento de esperanza. Después de tres décadas signadas por el endeudamiento y la penuria financiera, el boom de las exportaciones trajo una sorpresiva abundancia en el mercado y en el fisco. Una gestión eficaz -la de Roberto Lavagna- supo salir de la crisis, renegociar la deuda externa y dejar consolidados los dos superávits básicos de la economía: el fiscal y el de la balanza de pagos. La Argentina parecía poder salir del largo ahogo económico y comenzar a reconstruir lo destruido.
Aquí llegaron Néstor Kirchner y su esposa, para volver a hundir al país en la normalidad de la larga crisis. Bajo su conducción, la democracia extremó el camino decisionista iniciado por Menem. Se le agregó un componente unanimista y excluyente, de raigambre peronista y consignas de los setenta. El decisionismo se tradujo en políticas coyunturales, arbitrarias y cambiantes. Muchos empresarios lograron grandes beneficios a corto plazo, pero hubo poca inversión y mucha huida de capitales. El regalo de la soja apenas se tradujo en una reactivación interna de escaso sustento.
Hoy sabemos que ese estilo de decisiones era parte de un grosero proyecto de acumulación de recursos en manos del reducido grupo gobernante. Surgió una nueva "patria", la "kirchnerista", o quizá la "patria Santa Cruz", en la que se testeó el modelo, integrada apenas por dos personas y una docena de socios. En sus propios dichos, acumular dinero y acumular poder eran dos caras de lo mismo.
Los grandes rasgos de la Argentina de la larga crisis confluyen en este modelo de gobierno. Un Estado desarticulado en su estructura legal e instrumental, que ha sido copado por un grupo político. Un uso de las herramientas del Estado para hacer negocios particulares, que unen el dolo con la destrucción sistemática de todo aquello alcanzado por su larga mano, como es el caso del transporte público. Un estilo de gobierno de base democrática, pero radicalmente antirrepublicano, cuyo horizonte es la dictadura personal. Finalmente, un mundo de la pobreza que ha recibido migajas del festín, y sobre el que se ha instalado un aparato político sólido e íntimo, que llega hasta sus últimos intersticios.
El kirchnerismo expresa hoy la fase superior de la larga crisis argentina. Es tan duro y resistente como la crisis misma. No será fácil revertir todo esto, pero hay una posibilidad. La Argentina es manejada por un grupo poderoso y débil a la vez, pues su fuerza, ciertamente fundada en los votos, reside en el control férreo del poder político por una sola mano. Su primera línea de defensa es a la vez la última. Cambiar el rumbo de la larga crisis argentina es una tarea prolongada y compleja. Pero constituir en 2015 un gobierno que inicie ese camino está en el orden de lo posible.
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1586369-la-decadencia-argentina
viernes, 24 de mayo de 2013
Elogio de la dificultad - Tomas Abraham
Dejo la entrevista que hoy publicó Clarin en su sección de educación. Para mí es brillante.
El valor del esfuerzo, la importancia de que el docente sea un investigador y la decadencia cultural de la clase media son algunos de los temas que recorre el filósofo argentino Tomás Abraham en este diálogo con Clarín Educación.
Elogio de la dificultad
Por Alfredo Dillon
El valor del esfuerzo, la importancia de que el docente sea un investigador y la decadencia cultural de la clase media son algunos de los temas que recorre el filósofo argentino Tomás Abraham en este diálogo con Clarín Educación.
Suele decirse que Tomás Abraham es un filósofo provocador. Su mayor provocación, probablemente, sea que se anima a pensar con libertad, y no teme pagar por eso el precio de quedarse solo. Responsable de haber introducido el pensamiento de Michel Foucault en nuestro país, director del Colegio Argentino de Filosofía y autor de numerosos libros (el último, El no y las sombras, fue publicado este año por Eudeba), Abraham es, además de filósofo, docente. Desde hace casi 30 años enseña Filosofía en el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, además de dar clases en varias universidades argentinas y extranjeras. En esta entrevista con Clarín Educación, luego de dar una charla en el ciclo Ser Director de la Universidad Di Tella, Abraham reivindica el valor del esfuerzo, asegura que estudiar es un oficio y que el argumento de la “inclusión” no debería encubrir lo que él llama “la mediocridad cultural de la clase media”.
–¿Por qué prefiere hablar de “estudio” antes que de “educación”?
–Me parece que cuando se habla de educación, se simula. Todo el mundo habla de educación: dirigentes empresariales, fundaciones, periodistas... Es como hablar de ética: todo el mundo habla de ética, y todos están a favor. A mí me gusta hablar de enseñar, es decir, de lo que pasa entre maestros y alumnos. ¿Qué es enseñar, aprender, estudiar? Eso es lo interesante y es un tema del que nadie habla. Hay una indiferencia social y cultural hacia el profesor de biología. No hacia el que contiene al chico, a la educación sexual, al arte de vivir, al gabinete psicopedagógico, a los derechos humanos. Para eso hacen cola. Pero el profesor de biología está solo. El tipo al que le gusta enseñar, que lo siente, que le importa, no tiene director de colegio, ni periodismo, ni los elementos ni los recursos para desarrollar sus ganas. Lo mismo el alumno: da lo mismo si se copó o no se copó con la materia. No hay cosa más frustrante que un tipo que tiene ganas y no le dan lugar para sus ganas.
–¿O sea que el gran problema educativo sería la falta de estímulos para esforzarse?
–Todo el tiempo los ojos están puestos en el necesitado, el que no puede, el que “no lo dejaron”. Y ese sector de la sociedad al que todos apuntan no tiene un problema educativo, tiene un problema vital: de hambre, de alimentación, de salud, de cuidado, de vivienda, de urbanización. El discurso de la inclusión es el discurso compasivo, cristiano, para apiadarse de los que menos tienen. Y ese es un sector de la sociedad que no tiene un problema educativo. ¿Qué pasa con los que comen 60 kilos de carne por año? El problema educativo es de la clase media. La misma clase media es indiferente al estudio y lo degrada. Se nota en el periodismo, en el lenguaje de la televisión, en lo que la gente lee. La clase media vive de las revistas y de chimentos de diarios, vive de lo que se llama “la política”, es decir, la farándula, que es más o menos lo mismo.
–Entonces, ¿el problema de la desigualdad debería quedar excluido del debate educativo?
–El tema es aprender, la mística del aprendizaje. Aprender es algo extraordinario. Lo saben los bebés, el bebé no da abasto del asombro. ¿Qué es aprender? Descubrir el mundo en el que uno vive. El mundo es muy grande y, mientras estamos en él, aprender es vital. Si no aprendés, te morís. Aprender biología, física, química, filosofía, cine, arte te va abriendo el panorama del mundo. Es viajar con la mente y el cuerpo. Eso pasa en una escuela: es lo que te da el profesor, que además está él mismo en pleno proceso de aprendizaje. Hablamos de educación, pero nunca hablamos del oficio, del trabajo de estudiar. Estudiar es trabajar, y trabajar implica esfuerzo, dificultad, frustración, goce. Y además te cambia. Uno no es el mismo: hay una especie de conversión.
–¿Cuál es el valor de la dificultad y de la frustración?
–Todo eso es desafío, es lucha. Esto no es Darwin, no estoy hablando de la supervivencia del más fuerte. Estoy hablando de que todo proceso de trabajo implica vencer un obstáculo, una dificultad. Esto ya lo decía John Dewey, el gran filósofo pedagogo norteamericano; lo decía Nietzsche. Es como hacer bien una nota: vos para eso tenés que laburar. No te “salió así”, es mentira, no existe el don. Incluso si tenés “el don”, lo tenés que trabajar muchísimo. Como Van Gogh: Van Gogh no estaba loco, era un artesano. Las cosas que valen son difíciles, en todos los órdenes de la vida.
–¿En esta capacidad para vencer los obstáculos se va construyendo la “autonomía” de la que hablan algunas pedagogías?
–Nadie se enseña a sí mismo, uno aprende de otros. Un libro es un maestro, los profesores son maestros. Un alumno tiene que hacer su propio camino: eso es un discípulo, alguien que hace su propio camino, que no lo podría haber hecho sin el maestro. El tema está en cómo te separás. El maestro se va a quedar solo, todo buen maestro se queda solo. El maestro que está todo el tiempo con las ovejas dentro del corral no es un maestro, es un tirano. Pero la autonomía siempre tiene que ver con una relación. Hay maestros que te guían hacia tu autonomía. Hay otros que no: les preocupa que no seas desobediente y no te apartes de la línea.
–¿Se puede definir al buen maestro como aquel que guía al alumno hacia su autonomía?
–Yo creo que un docente tiene que hacer una cosa básica, que es enseñar. Él sabe cosas que el alumno no sabe. Él enseña eso, no hay una paridad entre alumno y maestro. No, el maestro está arriba, porque en el aula se enseña y se aprende, y el alumno tiene que estar a disposición del aprendizaje. Y el profesor, enseñar. Como el buen profesor también es estudiante, lo que transmite es su propio proceso de aprendizaje, que es lo que mejor puede entender el alumno, porque va a transmitir su búsqueda, la pasión de estudiar. Por parte del alumno, lo primero que tiene que hacer es obedecer, ser humilde, trabajar, aprender. Y el docente lo que enseña no es a “ser autonómo”, lo que enseña es bio-lo-gí-a. ¡Terminémosla con las grandes palabras morales y psicológicas!
–¿La docencia, entonces, es inseparable de la investigación?
–Un profe tiene una profesión extraordinaria. ¿Por qué quisiste ser profesor de filosofía? Porque te gusta. Y porque encontraste ahí un sentido que no podés darle a ninguna otra actividad. Poder hacer lo que te gusta es la felicidad. Y se supone que entre muchos profesores, algunos eligieron. A esos les hablo. Al que está porque está, que podría ser verdulero, profesor, comerciante, empleado... a ese le da lo mismo. Pero aquel que eligió, que no se olvide de por qué eligió. Eso es lo primero. No se trata de repetir lo que dijo ni Foucault ni Marx ni nadie. Para eso están los libros: leés los libros y ya está. Uno transmite una información pero pasada por el tamiz de sus pensamientos. Es decir, permanentemente en estado de pensamiento. Por eso hay que investigar.
–Si bien no hay recetas generales, ¿por dónde se puede empezar a mejorar la educación?
–Creo que lo importante es señalar la indiferencia general hacia el estudio. De lo que se trata es de trabajo, y el trabajo del profesor es enseñar y aprender. Y el del alumno es estudiar. Entonces tenemos que ser muy exigentes en eso, como los coreanos y los chinos, los nuevos dueños del mundo. Darle importancia al estudio es darles importancia a los estudiosos, reconocerles el mérito, estimularlos. Sin ninguna finalidad externa; ni para hacerse más rico, ni para ascenso social: todo eso es por añadidura. Simplemente porque es algo vital: la gente se enriquece si estudia y si aprende. Y si no, se embrutece. No hay término medio. La famosa “autonomía” tiene que ver con la posibilidad de elegir, y de tener recursos para poder decir que no. La gente tiene mucho miedo de decir que no, porque se queda sola. Rebelarse no es ocupar un colegio. Rebelarse es tomar otro camino, y eso implica construir. Ocupar un colegio no es ningún laburo. Eso de que “tomás conciencia de tus derechos”… ¿y los deberes? El derecho se los da la Constitución: te pongo el aula, el colegio y el profe para que vos mañana le des algo a la sociedad. Y si no le das nada a la sociedad, estás en deuda.
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CICLO "SER DIRECTOR"
Tomás Abraham inauguró este año el ciclo Ser Director: Escenarios para la educación que viene, organizado por la Universidad Di Tella. Allí, una vez por mes los directores de colegios secundarios están invitados a encontrarse con intelectuales que abordan diversos temas de interés para la conducción de una escuela. La próxima conferencia será el martes 4 de junio, y estará a cargo de José Weinstein, especialista en liderazgo educativo y ex viceministro de Educación de Chile. El tema: “Los directores de escuela pueden hacer la diferencia”. La entrada es gratuita y requiere inscripción previa. Para más información, llamar al 5169-7232 o escribir a educacion@utdt.edu.
Fuente: http://www.clarin.com/educacion/Elogio-dificultad_0_922708089.html
jueves, 18 de abril de 2013
"Guardiola es el gran revolucionario de estos dias" - Jorge Valdano
Entrevista a Jorge Valdano, un tipo con mucha lucidez.
Jorge Valdano da la pelea. Busca esperanzas de fútbol. Ahora mismo tiene una: que el sello de España y del Barcelona deje de ser contracultural y se vuelva tendencia. “Sin la pelota no hay grandeza”, dice. Por eso, le preocupa el fútbol argentino. Por eso, reivindica a Bielsa.
Jorge Valdano dice que no sabe del todo qué es lo espiritual, pero que está en un momento de esos. Lo dice con risa, aunque su broma no resulta una locura. Pese a que ahora no tiene los pies dentro de la pelota, sus ojos nunca pierden las convicciones ni las ideologías. “Perdimos el amor a la pelota”, explica, como si sacara de adentro del alma eso que tanto el duele a su espíritu.
Y, cuando habla, lo único que bien vale es el silencio.
- Hace un tiempo dijiste que el fútbol argentino había perdido la pelota, ¿qué querías decir con eso?
- Según mi humilde opinión, lo que perdió Argentina es el amor a la pelota. Las hinchadas parecen más seducidas por el coraje que por la habilidad, los pibes les piden a los Reyes Magos una camiseta de su equipo antes que una pelota y en el proceso de formación, el deseo de ganar se ha impuesto claramente al deseo de enseñar. El imperio de la táctica y de la preparación física se ha impuesto al de la técnica y, como dijo Picasso y nos demostraron Maradona y Messi: “No hay genio sin técnica”. Hay un cuento del Negro Fontanarrosa que, en un pasaje, me sobresaltó. Con el perdón de “El Negro” lo contaré a mi modo. Un niño está sentado en un banco al lado de una pelota, de pronto se levanta y se va olvidándose, al parecer, de la pelota. Hasta que ocurre algo maravilloso. Al llegar a la esquina, el pibe gira la cabeza, silba y la pelota, obediente como un perro, se baja sola del banco y lo sigue. Ese es el sueño platónico de cualquier argentino desde que nace: que la pelota te obedezca hasta ese punto. Si queremos a Maradona no es tanto por lo bien que jugaba al fútbol sino por lo bien que jugaba a la pelota. Perder ese capital sentimental (el amor a la pelota) es muy grave a mi parecer. Mientras países como España (más que ninguno), Alemania (con esfuerzo pero con la tenacidad con la que hacen sus cosas), México y hasta Italia han entendido que tienen que volver a la pelota (a la técnica) como base de la formación, nosotros nos estamos alejando. Lo cierto es que yo veo en España cosas que veía en Argentina hace treinta años, y veo en Argentina cosas que veía en España hace treinta años. No lo digo para elogiar a Argentina precisamente.
- Cuando hay una referencia a eso, ¿se habla de la tenencia de la pelota por tenerla o de la convicción por la elaboración del juego?
- Cuando se habla de tener la pelota por tenerla, hay una crítica implícita. Queremos decir tener la pelota para boludear. Tenerla para nada. Conviene aclarar que si nosotros tenemos la pelota hay una primera consecuencia positiva: no la tienen ellos. España es un buen ejemplo. En el último Europeo, tuvo muchos problemas ante el gol por la lesión de Villa, el mal momento de Torres y dificultades con otras alternativas como Negredo y Llorente. Llegó a jugar sin delantero centro o con lo que pasó a llamarse un delantero centro mentiroso (generalmente Cesc Fábregas). Varios partidos los ganaron 1 a 0 a pesar de que monopolizaban la posesión de la pelota. El juego muchas veces resultaba repetitivo, retórico. No traducían ni siquiera en peligro de gol su largo dominio. Sin embargo, salieron campeones. Ante la admiración del mundo. Es tal la técnica colectiva del equipo que distraen, atacan y hasta defienden con el balón (no prestándolo). Es una opción que, desde la Selección, prolonga la extraordinaria hegemonía del Barcelona (como club) en el fútbol mundial. Es contracultural, pero empieza a marcar tendencia.
- ¿Por qué el paso del tiempo hace que cada día se juegue menos con la pelota?
- Por la obsesión táctica. La táctica oculta la técnica. Y la táctica hace más importante al entrenador que al jugador. La otra causa es la desesperación por el resultado. Solo ataca el que va perdiendo. La mayoría de los entrenadores ama más el resultado que el juego. Por eso Guardiola es el gran revolucionario de estos días. Porque alcanzó el resultado desde el amor al estilo, al juego, al jugador.
- ¿Lo menos elaborado tiene una conexión directa con la modernidad?
- Se le llama modernidad a cualquier cosa que gane un partido.
- Aquí en Argentina, el entrenador de Racing, Luis Zubeldía, menciona constantemente que él prefiere jugar sin la tenencia de la pelota, ¿a qué se refiere con eso?
- No lo sé. Pero lo escuché muchas veces. Me parece legítimo. No discuto que puede ser pragmático, pero sin la pelota no hay grandeza. La grandeza es llevar las virtudes hasta el límite de sus posibilidades y un entrenador debe aspirar a eso. Yo siempre lo creí así. No quiero convencer a nadie, pero es mi opinión.
- ¿Cómo recibe el fútbol español al Cholo Simeone, que en reiteradas ocasiones ha dicho que no es importante tener la pelota?
- Muy bien. Al lado del Real Madrid y del Barcelona es muy difícil sobrevivir y el Cholo está haciendo un gran trabajo. Ha construido un equipo competitivo con un fuerte contenido táctico y una alta emotividad. Tiene mérito.
- En Argentina, muchas veces se compara al estilo de Simeone y al de Zubeldía con el de Marcelo Bielsa, ¿te parece que a Bielsa no le interesa la tenencia de la pelota?
- Bielsa es uno de los entrenadores más generosos que he conocido en mi vida. Cuando digo la palabra generoso la digo con respecto al juego. Ataca con mucha gente, saca la pelota jugada desde el fondo, renuncia a la picardía por su obsesión ética, cuando va ganado sigue atacando como si se acabara el mundo. ¿Donde ven la especulación? Con Marcelo se puede discutir por cuestiones de velocidad (de ritmo de juego), pero la intención es intachable. Si queremos volver a la grandeza (en las buenas y en las malas), miremos a Bielsa.
- ¿Qué importancia tiene el número diez en la tenencia de la pelota? ¿Por qué el fútbol argentino decidió abandonar ese puesto?
- Al 10 se lo fue comiendo la táctica. La obsesión por la presión. Arrigo Sacchi, que desde el Milan que revolucionó el fútbol sin la pelota (mediante la presión), ya decía que “el media punta era medio jugador”. Desde entonces todos se sintieron con autoridad para menospreciar al número “10″. Murió desplazado por el doble 5. Se exilió en la delantera, en el extremo o en el banco de suplentes. En Italia 90, Roberto Baggio miraba desde afuera la vulgaridad del juego de su equipo. Una auténtica aberración. Cuando a un equipo le sobra el mejor jugador, a ese entrenador le ocurre algo. Lo que le ocurre es que no le interesa el juego.
- Mirando a lo largo del tiempo, ¿no te resulta extraño ver a una Selección argentina -como la actual- que juegue sin enganche?
- Sí.
- Ramón Díaz volvió a dirigir a River, dijo que iba a jugar con la tenencia de la pelota y que iba a poner a enganches porque así lo determinaba la historia de River. Si habláramos en nombre de la historia, ¿cómo deberían jugar los equipos argentinos?
- Reclamando protagonismo con la pelota. Como jugaban los equipos de Menotti. Y los de Bielsa también.
- Volvió Juan Román Riquelme a Boca. Existe un grupo de seguidores de él que dice que él es “El Último Diez”, ¿lo ves así?
- No. Los buenos jugadores son más resistentes que las malas hierbas. En el Madrid están Ozil, Kaka, Modric; en el Barça basta con nombrar a Iniesta; en Alemania ya empezaron a salir… Basta con devolverle la pelota a los jugadores para que la tendencia cambie. De todos modos cuando hablamos del 10, no nos imaginemos a un tipo que camina la cancha y la toca una vez cada diez minutos. El 10 tiene que demostrar su importancia mostrándose con el mismo fanatismo que tienen los que salen a no dejar jugar.
lunes, 11 de marzo de 2013
Manda la identidad, pero también la necesidad - Por -Beatriz Sarlo
Manda la identidad, pero también la necesidad
PUERTO ARGENTINO.- Neville Hayward, gerente de supermercado, viste un traje hecho con la bandera británica. También la mujer que lo acompaña. En el frío de la mañana, saltando y riéndose, esperan su turno para votar. Es domingo. El referéndum ha comenzado.
En vez de encarar directamente hacia el Town Hall, donde está la urna, voy a la catedral anglicana. En la puerta, el reverendo Richard Hines estrecha la mano de quienes van entrando. Me dice: "Quizás hoy seamos pocos". Luego, en castellano, porque fue misionero en el Chaco, me da nuevamente la bienvenida.
Me siento bajo la alta nave de madera oscura, una invertida quilla de barco, y espero el sermón. Seguramente, el reverendo Hines sospecha que he venido a su iglesia por esa causa. Pregunta: "¿Qué día es hoy? Un día muy importante porque es el comienzo de nuestro referéndum". Ésa fue su única mención. Afuera, en cambio, todos los que andan por la calle giran alrededor del referéndum.
Un inmigrante de Santa Helena acompaña a su mujer isleña a votar. Harán una cola que da vuelta la esquina: gente que se conoce y responde a la prensa como si supiera qué quieren escuchar los periodistas. Informan cuándo llegaron a las islas o a qué generación de isleños pertenecen. Una mujer de Gales se define "isleña británica"; otra, "isleña que vino de Escocia". A algunos es innecesario preguntarles: la remera blanca tiene un mapa de América latina donde la superficie de la Argentina está ocupada por el Atlántico (país hundido en el mar), con la leyenda "Británico hasta la médula". Equivalente del cartel "Falk U Argentina" que, debidamente ilustrado, adorna algunos autos.
Un hombre de cincuenta años me explica la política argentina: "Si la Presidenta se ocupara de la inflación y de los verdaderos problemas, no nos estaría molestando a nosotros". También tiene su opinión sobre Timerman: "Leí el libro de su padre, fue un preso de los militares y un gran periodista. Su corazón debe estar retorciéndose en la tumba. Además, ¿qué le parece a usted que un judío use la expresión «solución final»?". Yo callo y el hombre, como si hubiera pensado que fue demasiado cortante, abre la bandeja que estuvo sosteniendo todo este rato, y me dice: "En señal de amistad, quiero convidarle un arrollado de salchicha; hace demasiado frío para usted". Después, recupera el aire severo: "Hable con aquel de barba gris y camisa celeste".
Obedezco. Apunto a mi anterior interlocutor y le digo al de barba: "Aquel hombre me aconsejó que hablara con usted". Me pasa su tarjeta: Barry Elsby, miembro de la Asamblea Legislativa (llegado a las islas en la década de 1990). "Lo importante es mostrar esta asistencia masiva. Seguiremos siendo territorio británico de ultramar." "¿Y con el tiempo?", pregunto. Hace un gesto, descarta la pregunta. Otro votante me responde: "No podemos independizarnos de Gran Bretaña porque no nos alcanzaría la plata para pagar nuestra propia defensa. No podríamos pagarles, por ejemplo, a los rusos, ni a ningún otro. Y la Argentina se nos echaría encima". "¿Entonces seguir siendo territorio británico es la única manera de no volverse territorio argentino?", le pregunto. "Exactamente." Para este hombre, el Reino Unido es una necesidad geopolítica. Para la mayoría, en cambio, hay algo identitario en juego: una mezcla de dos islas en hemisferios diferentes.
En números contantes y sonantes, ¿cómo vive esta gente? Más del sesenta por ciento es dueño de su casa, y si no lo es, puede acceder a un crédito a 25 años con cuotas fijas, que alcanza a cubrir el setenta por ciento de una vivienda; la casi totalidad considera que su alojamiento se ajusta a las necesidades. Hay un uno por ciento de desempleados. El 20 por ciento tiene dos trabajos. Todos acuerdan en que falta mano de obra y que son necesarias leyes inmigratorias más flexibles. El ingreso anual per cápita es de 32.213 dólares. Las dos escuelas y la medicina son públicas. Los adolescentes que terminan el primer tramo del secundario, por lo general, viajan becados a Gran Bretaña.
El 59 por ciento de los que hoy y mañana están votando se autodefinen como "isleños de las Falklands". El 29 por ciento se considera británico. Casi el 10 por ciento ha nacido en la isla de Santa Helena; poco más del 5 por ciento es chileno. Como las leyes inmigratorias son absolutamente rígidas, comenzar el trámite para alcanzar el estatus de isleño implica poner 800 libras en la ventanilla.
Pero estos números del censo de 2012, publicado por Penguin News, tienen su más alto grado de problemática elocuencia en lo que concierne a la autodefinición de los censados. Entre los votantes casi un 60 por ciento ha definido una identidad: isleños de las Falkland (si se lo quiere traducir a una denominación argentina: malvinenses).
Éste es el corazón de lo que está en juego, la discusión, que los antropólogos conocen bien, sobre la cultura en el sentido de forma de vida. Es difícil discutir la pertenencia a una cultura, que constituye también una fuente de derechos ciudadanos. Se equivoquen o no, los isleños piensan que se autogobiernan en todas las cuestiones esenciales y que están, precisamente, relacionadas con la vida de comunidad. Y creen que les conviene delegar las relaciones exteriores y la defensa. Ellos prefieren equivocarse de ese modo, y vivir así.
Estos isleños, a las dos y media de la tarde, conducen más de trescientos autos por el camino rural que va del puerto a las alturas de Moody Valley, flanqueadas por los sitios de dos emblemáticas batallas: Mount Longdon y Twin Sisters. A tres ocupantes por auto, se han movilizado 900 personas, un tercio de la población. Desde las bardas, siete jinetes y un camión cargado de ovejas encabezan la bajada hasta el puerto. Muy lentamente, los autos embanderados recorren la aldea. Quien no está en la caravana, está fotografiándola. El gobernador, vestido con remera amarilla, la mira sonriendo tranquilo en la entrada de su casa.Aca el Link: http://www.lanacion.com.ar/1562012-tapa-manda-la-identidad-pero-tambien-la-necesidad
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