martes, 14 de febrero de 2012

Testaferros y domesticados - Por Jorge Lanata

Editorial de Jorge Lanata para Perfil el 11 de febrero.


Cómo un monotributista “socio” de Boudou se convierte en millonario. El silencio del vice, del Gobierno, de la propaganda K y de la Justicia.

Por Jorge Lanata

Primero, los hechos. El lunes 6, en el mediodía de radio Mitre, Nicolás Wiñazki dio a conocer el resultado de una investigación que le había llevado varios meses: Alejandro Paul Vanderbroele, un monotributista categoría B (con ingresos de poco mas de $ 1.000 al mes declarados a la AFIP) se había quedado con Ciccone Calcográfica, la única empresa privada de la Argentina autorizada para imprimir papel moneda, cheques, patentes de automóviles, etc.
Pero esta no era solamente una historia de evasión impositiva. Vanderbroele estaba vinculado al vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, lo que explicaba la sucesión de hechos irregulares que permitieron que el monotributista emprendedor se quedara con una empresa quebrada que facturaba 200 millones de dólares al año.
El desembarco de Vanderbroele en Ciccone estuvo rodeado de un constante aire de impunidad y fue posible gracias a una cadena de hechos irregulares que trasciende la casualidad:
El juez de la quiebra de Ciccone, pedida por la AFIP, Javier Cosentino, decidió que la planta podía ser alquilada y abrió la posibilidad de ofertas: la empresa Boldt (una compañía con antecedentes en el mercado gráfico y en el juego) se impuso sobre la Casa de la Moneda y la propia AFIP.
La AFIP decidió, entonces, pedir que se levantara la misma quiebra que antes había solicitado.
Al secretario Guillermo Moreno le tocó cerrar la pinza: Comercio Interior decretó que Boldt ya tenía una imprenta, por lo que el alquiler de Ciccone “producía una concentración empresaria” del sector gráfico.
La Cámara de Apelaciones en lo Penal Económico hizo lugar a la medida de Moreno.
Varios acreedores de Ciccone recibieron, en medio del proceso judicial, la visita de un representante de Boudou y, en nombre del entonces ministro de Economía, quien les sugirió que aceptaran en Ciccone al fondo de inversión manejado por Vanderbroele: The Old Fund.
El 3 de septiembre de 2010, Vanderbroele hizo rendir como nadie sus $ 1.000 mensuales declarados al fisco: pagó en la sucursal Tribunales del Banco Ciudad $ 567 mil en efectivo para levantar la quiebra de Ciccone.
Vanderbroele no llegó con una sola mano a hacerse de la empresa. Lo permitieron varias manos: Ricardo Echegaray, titular de la AFIP, arrepentida de la quiebra que ella misma había pedido; el secretario de Comercio, que vio allí otra amenaza de monopolio; los jueces que hicieron la venia sin chistar y la influencia del vicepresidente de la Nación.
“Yo soy un hombre de Amado Boudou, represento al Gobierno y ustedes no se tienen que preocupar por el futuro de la empresa”, le dijo Vanderbroele a los empleados de Ciccone y a los delegados del sindicato gráfico en una de sus primeras visitas a la empresa. “Tenemos garantizado que después de las elecciones vamos a imprimir papel moneda”, abundó.
Llegaba pisando terreno seguro: antes de las elecciones había tercerizado la impresión de las boletas del Frente para la Victoria.
“Me dijo que estaba haciendo negocios con él, que se iba a quedar con buen dinero, que se trataba de coimas”, me dijo aquel lunes en la radio Laura Muñoz, la esposa de Vanderbroele, separada de hecho, enfrentados por la tenencia de su pequeña hija.
Ante el micrófono, Laura Muñoz sonaba segura y valiente: contó que había recibido amenazas, que intentaron comprarla, que quisieron hacerla pasar por loca y que hablaba como su única salida para defenderse. “Ahora que esto es público, no se van a animar a matarme”, dijo.
En paralelo, Andrea Rodríguez, productora de Lanata sin filtro, intentaba comunicarse con el celular de Vanderbroele. El amigo de Boudou atendió en persona y cortó la comunicación. El vocero del vicepresidente también había enmudecido.
—¿Estás convencida de que tu esposo es un testaferro de Boudou? –le pregunté.
—No tengo ninguna duda –dijo.
Otro funcionario cercano al vicepresidente entró en escena para favorecer al monotributista entrepreneur. Katya Daura, titular de la Casa de la Moneda, le recomendó al Banco Central que Ciccone imprima la mitad de los billetes de 100 pesos que se pondrán en circulación este año: 600 millones de billetes a un costo de unos 50 millones de dólares.
Los días posteriores. El aparato oficial de propaganda ignoró el hecho por completo, aunque la mayoría de los diarios y radios del país se ocuparon del asunto.
El vicepresidente evitó cuidadosamente al periodismo y ningún funcionario del Gobierno, incluidos los opinadores profesionales, mencionaron la denuncia, ni siquiera para desacreditarla.
El martes 7, a las 14.12, mi interés en el asunto ya era casi antropológico. Le pregunté al ex fiscal anticorrupción Manuel Garrido si le encontraba explicación al silencio judicial: ¿ningún fiscal actuaba porque recibían llamados oficiales? ¿Por miedo? ¿Por abulia?
“Obviamente, tienen que actuar, pero no lo van a hacer porque los órganos de investigación están desmantelados. Esto se va a ir diluyendo con el tiempo”, dijo Garrido, quien abandonó su carrera judicial harto de la misma enfermedad.
Y siguió: “Todo el mundo sabe que quien hace una investigación que afecta al Gobierno va a tener problemas en su carrera. Están todos domesticados. Los fiscales saben que si investigan esto van a tener consecuencias negativas. Los casos graves de corrupción terminan en la nada porque hay intereses que hacen que los jueces no avancen en las causas; ni siquiera pueden abrir investigaciones de oficio porque se arriesgan a sanciones de la Procuraduría o de otro organismo”.
La verdad es, a veces, luminosa y cruel. Pero conocerla nos vuelve responsables.
“Están todos domesticados”, dijo Garrido. Domesticar significa amansar y hacer dócil a un animal o a una población entera. No es lo mismo que “domar”, es peor que eso: en la doma, el animal sigue siendo salvaje, en la domesticación se vuelve genéticamente dócil.
Todos recordarán aquella historia de los elefantes en los circos: desde pequeños, los atan a una estaca; en los primeros meses, la estaca tiene más fuerza que el elefante bebé, pero a medida que el animal crece la tensión de la madera es cada vez más insignificante. A los pocos meses, el elefante bien podría, de un tirón, liberarse de la estaca. Pero no lo hace. Está domesticado. Ni siquiera hace falta algo que lo retenga. Es él mismo quien no quiere salir o quien cree que no puede hacerlo.

Acá el link: http://www.perfil.com.ar/ediciones/2012/2/edicion_650/contenidos/noticia_0012.html

Spinetta, el músico que nos salvó la vida - Por Martín Zariello

 

Spinetta, el músico que nos salvó la vida

Algunas semanas antes de que la enfermedad del Flaco se filtrara en un diario sensacionalista, alguien, sabiéndome spinetteano, me confirmó que mi ídolo tenía cáncer. Días después, no me sorprendió que en la tapa de la revista Caras Spinetta siguiera brillando entre la mediocridad. La verdad es que no lo vi desmejorado: su figura, aun en los peores momentos, siempre estará asociada a la belleza, a algo refinado y difícil de sujetar. A ese golpe bajo, tan agresivo e indignante, prefiero elegir la discreción que hizo que miles de fans alrededor del país se pasaran la peor noticia con el cuidado que usarían al referirse a un gran amigo. Es que probablemente, Spinetta ha incidido en nuestras vidas tanto como aquellos a los que más amamos. Escucharlo jamás fue el acto mundano de apretar PLAY: significó, literalmente, encontrar un lugar en el mundo. Ahora entiendo que, de alguna manera, quienes escuchamos su obra hemos transitado la vida cobijados por una sensibilidad que, como la de todo gran artista, perdurará más allá de su permanencia en la Tierra. Borges siempre repetía que cuando murió William Morris, Bernard Shaw escribió "Y ahora basta de lamentaciones por el hombre que hemos perdido con Morris. A un hombre como Morris no podemos perderlo sino con nuestra propia muerte". La frase me parece totalmente adaptable a esta situación.

Cuando me enteré de su muerte no pensé en los discos de las bandas eternas (la parte de su carrera que me obsesiona) sino en que nunca más iré al Auditorium a sacar las entradas para su concierto, en que nunca más preguntaré en AGB si salió "lo nuevo de Spinetta", en que nunca más escucharé en vivo "La herida de París". Su frase emblemática es elocuente: "Mañana es mejor" y su música nunca dejó de sonar en el futuro.

Durante décadas, la música de Spinetta se erigió como núcleo de resistencia ante el avance de la estupidez como forma de vida. Spinetta actuó como antónimo de “frivolidad”, “banalidad”, etc. Durante los 90, incluso, estuvo varios años sin grabar porque no le ofrecían un contrato discográfico a la altura de sus expectativas. "Leer basura daña la salud, lea libros" fue el mensaje del cartel con el que Spinetta salió en la tapa de la revista Gente durante su romance con Carolina Peleritti. Sin embargo, esa postura, pasada de rosca, muchas veces desembocaba en un hermetismo que en algunos casos se confundía con el elitismo, la solemnidad o la pose intelectual. Como si la carga simbólica de Spinetta se hubiese desplazado de su extraordinaria música a su estereotipo (el Artista Complejo, el defensor de la Cultura, el Poeta, es decir, Luis Almirante Brown). En ese sentido, el recital de las Bandas Eternas fue un acto de justicia y una revelación. Spinetta reunió a 40.000 personas en una cancha de fútbol y se reconcilió con su veta popular, aquella que hace que hoy todos lloremos, intentando escribir o decir o recordar esa frase de ese tema que sintetice todo lo que sentimos y no podemos expresar. Tal vez Spinetta podría hacerlo: llegado el punto, hacía cualquiera cosa con el lenguaje. "Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca" y "Todas las cosas que se pierden las tiene en un bolso Dios" son versos que se pueden escuchar en dos de sus canciones. Entre una (1976) y otra (2006) hay 30 años. Siempre nos preguntaremos cómo hizo para introducirlos en canciones pop de pocos minutos. En un texto muy reciente, Fabián Casas dice que lloró cuando en el comunicado de diciembre pasado Spinetta le dio vida a un sustantivo y nos dijo, mágicamente: "no paniqueen". En esa imprudencia verbal también advertía toda la esencia de la lírica spinetteana.

Spinetta escribía “Te hallaré en mí como un jarrón” o “Curvas del aire son puertas del blanco barco lento de las horas desvelo”. Se trata de composiciones polisémicas que funcionan en base a su sonoridad, a la forma en que se cantan y al novedoso modo en que están diseminadas en el marco de una canción de rock-pop. Pero Spinetta también era capaz de conmover otorgándole un sentido mayor a frases creadas a través de palabras simples y directas: “Muchacha, te haga reír hasta llorar”; “Oh, mi amor, qué hermosa estás”; “No hagas que me pierda yo en tu corazón”; “Y hoy que enloquecido vuelvo buscando tu querer, no queda más que viento, ¿cómo no queda más que viento?”; “Alguien me hirió y algo más me hirió y luego otro también y me quedé súper herido”. Estas dos vertientes (la que flirtea con el surrealismo, la que se vale de un lenguaje más llano) conforman el universo semántico de un autor totalmente extraterrestre. Musicalmente se valió de distintos géneros en boga (el hard rock, el jazz, el blues, la balada beatle), pero siempre metabolizando la información desde su inédita perspectiva.

Ya todo fue dicho pero nunca viene mal aclarar que su voz era como un instrumento. No sólo a la hora de cantar, sino también en la conversación: la voz de Spinetta es un emblema de la cultura argentina. ¿Quién no lo recuerda preguntando "¿Estamos todos locos o pasó una hormiga, Cacho?" o diciéndole a Mercedes Sosa que estaba saliendo con Britney Spears? En una de esas valijas que entierran para que las las generaciones futuras sepan cómo era la civilización actual, deberían poner una grabación de Spinetta hablando: nunca jamás habrá un tipo con ese tono. No hará falta guardar discos, perdurarán por siempre. Me alegra, en este momento tan triste, tener la seguridad de que dentro de cientos de años van seguir existiendo adolescentes que van a descubrir a Spinetta. De alguna manera es la prueba de que el mundo no es tan horrible.

Todos los días tengo un disco favorito de Spinetta distinto. Hoy no me voy a hacer el original. Elijo Artaud. Es el instante en el que el rock argentino deja de ser un género para convertirse en una cultura. Spinetta asimila influencias literarias y las vuelca a su obra expandiendo ese interés a todos sus seguidores. El rock ya no servía sólo para tener un look atípico y espantar a los padres sino también para elaborar una cosmovisión que contradecía las normas estructurales de la sociedad.

Recuerdo una vieja nota sobre Los Ramones en la que Joey decía que el rock le había salvado la vida. En los últimos años, casi todas las apariciones públicas de Spinetta se relacionaban con su labor en Conduciendo a Conciencia. Alertaba sobre el flagelo de los accidentes de tráfico para que no se siguieran provocando muertes evitables. El Flaco no lo sabía: sin necesidad de ninguna campaña, su música nos había salvado la vida mucho tiempo atrás.

Feliz dia de los enamorados mi amor

Feliz día esposa de mi vida. Te amo.

viernes, 10 de febrero de 2012

El Flaco - por Tito Vázquez

Canta
Pájaro eléctrico canta
Llegas en la sombra de tu espera
Enciende el cielo tu efímera presencia
Obra magnética de luz
Eterno espejo
Dónde el alma crece
Habla con los ojos del allá
Gato negro, piedra blanca
Simple luz
Canta
Pájaro eléctrico canta
Tu presencia invadirá el espacio
Inusitada libertad
Loco diamante
Así como palabras sueltas
La verdadera obra es etérea
El tiempo de mañana es hoy
Tu piel azul presencia
Canta
Pájaro eléctrico canta
El artista es un canal
Un rayo misterioso transparente
El llanto es del color del agua
Tus manos la sustancia de tu fuego
Tu alma la poesía de los mares
La nada la deriva de los vientos
Tu sonrisa permanece ante la duda
El eterno sin fin de los silencios
Canta
Pájaro eléctrico canta
No me dejes solo

El Flaco 

jueves, 9 de febrero de 2012

Un ser especial que veía más allá



Por Pipo Lernoud  | Para LA NACION

Desde chiquito era un creativo: pintaba, dibujaba, escribía y hablaba de esa manera tan particular. Lo conocí cuando tendría 17 o 18 años, por 1967, y, de entrada, te dabas cuenta de que era un ser especial. Cuando cantaba tenía esa vibración muy poderosa, muy artística que trascendía la canción, la música. Nosotros, los de la Cueva y La Perla, abrimos el fuego con temas como "La balsa" y empezaron a buscarnos chicos más jóvenes de barrio como Spinetta. Estaban en su mundo, pero ellos encontraron en nosotros algo así como maestros... ¡No puedo creer que alguien de la estatura de Spinetta nos admirara!
Desde el principio notabas que Luis estaba en la búsqueda. "Muchacha ojos de papel" viene de "Mariposas de madera", como él explicó, y ésa era su forma de probar sonidos con colores, de confundir los sentidos para llegar a un nivel de expresión profundo. En el camino de Arthur Rimbaud fue combinando vibraciones como si fuera su mayor responsabilidad en el mundo.
De chiquito, cuando lo visitaba en la casa, cuando tocaba una canción, mucho antes de que grabara algo, me di cuenta de que era un monstruo; un iluminado. Luego tanto Almendra como Manal se transformaron en una expresión muy fuerte de arte; profundos y en dos extremos, pero hondos. Spinetta después encontró su propio camino. Muy pocas veces fue narrativo, sino más bien expresivo: conservó la visión de que el arte debe tener misterio, que tiene que pegar, antes que volverse algo comprensible. Es el que mantuvo ese fuego hasta al fin.
Las tapas de sus discos. ¡Uff!, fueron una expresión de arte aparte que con el tiempo lo alejó, muy a su placer, de las modas pasajeras y lo mantuvo en su mundo propio, que fue creciendo. El siempre estuvo buscando hasta ayer, hasta hoy. Que las letras se entendiesen o no, no tenía la menor importancia. Lo importante para él era sentir. El F laco era un vidente; quería comprender a un nivel profundo la conciencia que rige el mundo.
Tuvo letras a la altura de los mejores poetas del mundo. Se zambulló de cabeza a buscar en Artaud, con su Teatro de la Crueldad, llegar al límite, o después, en Invisible, buceó en El Secreto de la Flor Dorada , un libro antiguo y poco frecuentado para un músico de rock... Creo que su muerte no significa nada, porque seguiremos por siempre intentando comprender a través de su música algo que él siempre supo.

Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1447263-un-ser-especial-que-veia-mas-alla

La luz de un artista generoso


Por Eduardo Berti 

Corría 1988, yo trabajaba desde hacía un año en Página/12 y solía llegar temprano para encontrarme con el "viejo" Homero Alsina Thevenet, jefe de Espectáculos. Esa mañana, sin embargo, Homero no había llegado aún y -cosa inhabitual- el "señor director" Jorge Lanata estaba en su despacho, con la puerta abierta, y me contó que iban a armar una editorial y que aceptaban propuestas. Desde algún tiempo yo pensaba que era hora de que Luis Alberto Spinetta tuviera un libro. Así que sugerí en el acto: un larguísimo reportaje a la manera del célebre libro de Truffaut sobre Alfred Hitchcock. "Si Spinetta acepta, dalo por hecho", dijo Lanata.
Horas más tarde estaba hablando por teléfono con Spinetta, a quien ya había entrevistado por los menos cinco veces, pero cuyo teléfono personal no tenía en mi poder. Me acuerdo que llamé primero a Rodolfo García (ex baterista de Almendra) y él me dio el teléfono de los padres de Luis, es decir, de la vieja casa de la calle Arribeños, donde en 1970 ensayaba Almendra. Disqué en el acto (el verbo es justo, sí, todavía se "discaba") y me atendió Luis Santiago, padre de Luis Alberto. Con todo el candor del mundo, dije que buscaba a su hijo para hacer un libro acerca de él. Palabras más, palabras menos, me respondió que "un libro así hace falta", pero que, conociendo a Luis como lo conocía, iba a ser arduo persuadirlo. "No te des por vencido enseguida, pibe", fue el consejo de Luis Santiago antes de colgar. Y, pensándolo bien, no sé si alguna vez le conté esta anécdota a Luis Alberto. El caso es que cuando Spinetta me atendió, tan sólo minutos después (sí, el padre me dio el número, "pero no digas que te lo di"), no sólo no me ubicaba ("algo me dice tu nombre, pero no recuerdo tu cara y así me cuesta hablar"), sino que la propuesta lo pescó desprevenido. "Te zarpaste", atinó a decir. Y después, como quien piensa en voz alta: "Yo quiero que hagan un libro sobre mí sólo cuando haya muerto".
Pese a las dudas que le planteaba la idea, Spinetta me dio cita para tres días después, en una sala de ensayo del barrio de Flores que nunca más volví a ver, a tal punto que hoy me pregunto si la memoria no me engaña... Contra reloj, había armado una "presentación" que resultara convincente. Un recorrido cronológico, banda por banda, disco por disco, canción por canción, anteponiendo lo artístico al "cholulaje biográfico".
La inmediatez con que se entusiasmó me resultó (y me resulta todavía) completamente inexplicable. A veces la adjudico a mi inocencia de entonces. A veces a que en la famosa primera charla (al principio en la sala, más tarde viajando en coche) hablé de rastrear en sus letras las influencias de Castaneda, de Jung y de las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Theo y él me miró como a un loco. A veces pienso que Luis, nada amigo de analizar o celebrar el pasado (su "mañana es mejor" es pura verdad) estaba confrontándose con su obra previa porque a sus hijos, sobre todo a Dante, que rondaba los 12, se les daba por poner los viejos discos. En cualquier caso, adjudico la realización del libro a la inmensa generosidad de Luis.
Trabajamos más de seis meses. Trabajamos, la verdad, como animales. Yo iba a su casa de entonces (en plena avenida Elcano) con un grabador portátil y una lista de preguntas que él espiaba, estirando el cuello, mitad desconfiado, mitad benevolente. La primera y la última charla fueron en el luminoso balcón terraza donde había una parrilla (sospecho que nunca usada) y unas pocas sillas de jardín. Hubo muchas otras charlas en el living, casi siempre por la tarde. También una en la calle, e incluso un par en la casa de Arribeños. Conservo dos cajas llenas de casetes: "Luis 1", "Luis 2", "Luis 3"... hasta veintipico.
A veces, mientras conversábamos, aparecía Patricia o alguno de los tres hijos (Vera no había nacido aún) o sonaba el teléfono y era "Dylan" Martí o sonaba el timbre y era Gustavo, el hermano menor.
Hubo un momento, en el medio, en que Spinetta pareció aburrirse o más bien cansarse. Dos veces fui a su casa y Patricia debió murmurar: "No... Luis no está. ¿Habían quedado para hoy?" Tras el segundo plantón, Luis llamó para disculparse. Yo me dije que el encuentro siguiente sería decisivo. Ya habíamos terminado de hablar sobre Invisible, se venían los últimos once años (1977/88) y este segundo tramo no tendría que decaer. Con esto en mente, toqué el timbre y me topé con Gustavo, serio, casi compungido. "No... Luis se acaba de ir... Lo siento". No alcancé a reaccionar cuando del dorso de la puerta llegó la risa contenida de Luis. Y su voz aguda: "Qué julepe, ¿eh?"

Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1447264-la-luz-de-un-artista-generoso

"Adiós, mensajero del infinito", la carta de Pedro Aznar al Flaco

"Hoy todas las guitarras están de luto. La mía, que tendría que haberse puesto a repasar zambas sólo puede pensar en la tuya, tal vez porque el barro, tal vez porque este balcón donde te vi casi por última vez mira una nube de la forma y el color de esas eléctricas con las que soñábamos de chicos.
"Este balcón que se quedó esperando una charla, unas palabras o un abrazo más que yá no llegará.
"Luto también en las palabras, habituadas como estaban a que les pusieras cascabeles, guirnaldas asonantes o ruedas de tren apocalíptico. Caleidoscópicos ojos de fertil papel de tu prolífica pluma que suma y resta sílabas del metro patrón de las esferas, apenas solas, a solas penas.
"Adiós, que sea A-Dios, a sus brazos, a ese rincón de magia que seguramente Él guardará para los que se animan a jugar con los bloques con los que ha construido el mundo, haciendo pequeños nuevos mundos de cuatro minutos donde el corazón se muestra y baila desafiando al vacio-
"Adiós.
"Mientras me duele el pecho te imagino en viaje por inmensidades más vastas que las del Capitán, pero a diferencia de él, sé que tendrás todos los tangos silbados al oído y nunca faltará un mate ni perfume a malvones.
"En todos nosotros se queda un pedacito tuyo. serás inspiración multiplicada por millares a lo largo de los años y lo ancho de las geografías.
"Cambiaste nuestras vidas abriendole camino a la imaginación. cantándole salvaje o dulcemente a los misterios que nos habitan, al misterio que somos.
"Adiós. No me resigno a tener que decirlo.
"Adiós, mensajero del infinito."

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