jueves, 17 de mayo de 2012
lunes, 14 de mayo de 2012
"El peronismo pasa hoy por el kirchnerismo"
Una muy buena entrevista de Magdalena Ruíz Guiñazú al senador Anibal Fernandez.
Cree que nadie interpretó a Juan Perón como Néstor y Cristina Kirchner. Dice que no tiene sentido comparar a los jóvenes de los 70 con los de La Cámpora, reivindica su amistad con Hugo Moyano y Esteban Righi, y comparte su amor por la literatura y el cine. Asegura que no le tiene miedo a la muerte.
Por Magdalena Ruiz Guiñazú
Cree que nadie interpretó a Juan Perón como Néstor y Cristina Kirchner. Dice que no tiene sentido comparar a los jóvenes de los 70 con los de La Cámpora, reivindica su amistad con Hugo Moyano y Esteban Righi, y comparte su amor por la literatura y el cine. Asegura que no le tiene miedo a la muerte.
Dentro del orden monacal que reina en el despacho de Aníbal Fernández aparecen (como desde el tiempo y el espacio) diferentes pantallas de televisión que cubren todos los canales al mismo tiempo, objetos religiosos que atesora en una mesita, algunas fotos familiares y otra de Néstor K con una alegre sonrisa. Sobre su mesa escritorio (que lo ha acompañado al Palacio del Congreso) sólo una computadora en la que caen mensajes en forma constante. Y muy discretamente algún ejemplar de Zonceras argentinas y otras yerbas, su primer libro con el que niega emular a Jauretche.
—¿Cuándo escribe usted?
El senador Fernández ama la literatura, pero es la pregunta lógica que surge frente a una actividad desbordante.
—Bueno, nosotros somos un equipo pero yo siempre menciono a Carlitos Caramello. Porque es el que lleva el 5 en este equipo de fútbol imaginario. Cuando se trata de relatos míos, grabo.
—¿En serio?
—Claro. Es mucho más fácil contarlo grabándolo y, después, tenemos un equipito que investiga, trae la cosa en bruto. Hay cosas que se desechan. Otras que nos gustan y marcamos más o menos el formato. Carlitos se sienta, escribe y, finalmente, pasa a mi máquina y me pongo yo a hacer la corrección completa, cosa que me lleva varios días, hasta que ya no ardan las velas, pero estoy contentísimo. No soy un escritor. Yo soy un político que vio la oportunidad de decir cosas a través de un libro y que hay gente a la que le gusta tener ese libro para charlar.
—Además, usted lee mucho, ¿no?
—Me gusta leer. Desde muy chiquito ya era así. Mi papá tenía primer grado y mi mamá, segundo. En casa no había una formación cultural. Realmente no sé quién me lo inculcó. Quizás primero con las revistas mexicanas que se publicaban en aquel momento: Batman, Superman, Flash Gordon, el Tony local. Es toda una época. Así comencé y luego alguien me conectó con alguna biblioteca, ya ni recuerdo de dónde, pero lo cierto es que yo tenía doce o trece años cuando leí Cien años de Soledad. Desde chiquito me gustó leer mucho. Mire, mi abuelo, que tampoco tenía formación intelectual era muy lector de diarios.
—Pero usted, seguramente, también leía libros de aventuras tipo Salgari o Julio Verne, ¿no?
—Claro. Por supuesto. También Tom Sawyer. Luego, más grande, uno va creciendo con otro tipo de novelas. Papillon, por ejemplo. Yo leí la nota que usted le hizo en este diario a Carlos Fuentes y aunque Fuentes es un hombre que no tiene el mismo pensamiento político que yo… ni parecido… es delicioso. Me encanta. Yo he leído Artemio Cruz; El aura; La silla del águila, muchas de sus obras. Y también me pasó algo muy lindo cuando, estando en Israel en febrero 2005, me recibe Shimon Peres y comienza a preguntarme acerca de la Argentina de 2002. Le expliqué que yo sentí, en aquel momento, que había que inmiscuirse. Que no había forma de rajarse. Que si la política le importaba, uno tenía que comprometerse. Y la gente se enojaba con los políticos. Eso era así. Y había que buscarle la vuelta. “Los que ganan no son los que huyen”–me dijo Shimon Peres– “Los desertores nunca ganan…” Sentí entonces que estábamos en el mismo orden y le repetí un comentario de Carlos Fuentes en La silla del águila, cuando habla de la cara de los gobernantes. Fuentes dice que el rostro de los que gobiernan se parece al comienzo de la montaña rusa. Y ese será el rostro que tendrán durante los seis años que dura el mandato en México. Y, a raíz de esto, Shimon Peres empezó a hablar maravillas de Fuentes porque justamente en ese momento, se estaba llevando a cabo la Feria del Libro en Jerusalén. También me habló muy bien de la Feria del Libro de Argentina a la que no conocía pero cuyo éxito había llegado hasta Israel. Justamente, lo conté el otro día cuando presenté mi libro en la Feria. Luego, tuve la suerte de mantener un segundo encuentro con Shimon, un político con una excelente formación intelectual y con el que charlamos largamente, mano a mano, en el hotel Alvear.
—¿Y usted? ¿Siempre fue un hombre tan político? Cuénteme…
—Mi padre era un peronista visceral. Mi mamá venía de un hogar peronista y no recuerdo haber tenido un tío o un primo que no lo fuera. En la infancia no conocí las discusiones políticas. En mi casa pensábamos todos más o menos lo mismo. Yo nací en enero de 1957, a seis meses de la contrarrevolución y papá quería llamarme Juan Domingo, mientras que mi vieja prefería Aníbal Alberto, los nombres de sus dos hermanos varones. El juicio salomónico terminó en Aníbal Domingo. Pero lo de Domingo es por el general Perón, claro. Sin embargo, no es por eso que amaba la política. Yo la sentía. Me gustaba. Y, desde muy chico, en la secundaria, me prendí con lo que pude y trabajé de la mejor manera posible en grupos de chicos de mi edad con poca actividad. Pero luego comencé un proceso con las organizaciones de otras características. Así se adquieren valores. Yo nunca participé de organizaciones como Montoneros ni nada por el estilo, pero tenía muchos amigos en todos lados. Así seguí hasta que, a mediados de 1975, cuando se quemaban los libros porque habían intervenido la Facultad… Y, luego, bueno… Comenzó el Proceso. He tenido experiencias desagradables. No por mí sino porque me tocó pasar por lugares en los que sí habían ocurrido. Finalmente en 1981 empieza a darse un Movimiento y “metete, metete, metete…”, me dije. Fue una búsqueda. Luego volvió la democracia. Un tío, casado con una hermana de mi padre, tenía muchas relaciones, y empecé a trabajar con él. Ya en noviembre de 1983, un mes antes de que asumiera el doctor Alfonsín, estaba trabajando para el bloque con Rubén Mezzadra en la provincia de Buenos Aires. Y no me fui nunca más de la política. Desde ese momento sigo trabajando en política.
—Escuchándolo, senador, la suya es la historia de un peronista. ¿Pero usted es peronista o kirchnerista?
—Hoy es lo mismo.
—No. No es lo mismo.
—Sí, sí. Lo único que falta es que me diga usted qué es el peronismo.
—No es lo mismo. Y ahora le explico por qué.
—Si escuchamos su explicación… ¡Estamos fritos! No hay nadie, en este país, que pueda interpretar a Juan Perón como lo han hecho y lo hacen Néstor y Cristina Kirchner. Nadie.
—Pero fíjese, mi estimado senador, que lo que le digo es cierto: en el discurso de tres horas cuando asumió el mando, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no nombró a Perón ni una sola vez. Por eso se lo pregunto.
—¿Sabe como me tienen podrido los que mencionan a Perón treinta o cuarenta veces y después hacen lo que se les ocurre, cosa que nada tiene que ver con lo que decía o pretendía hacer Juan Perón? Que su nombre no lo pronuncien nunca con tal de que cumplan con lo que decía Juan Perón. Le reitero: ningún gobierno interpretó a Juan Perón como Cristina o como Néstor. Ninguno, ninguno. Y es verdad lo que dice usted: ellos no eran de mencionarlo a Perón. Y me halaga que no lo mencionen. Le repito que me tienen podrido los que mencionan a Juan Perón y aprecio fuertemente a los que comprendieron la política que reclamaba el General. Con mucho criterio, Cristina dijo: “No somos neutrales en esta posición política”.
—¡Mire que es hábil usted, senador! Da gusto escucharlo, pero además tiene mala suerte: justamente hoy (lunes 7 de mayo) es el cumpleaños de Evita. Hubiera cumplido 93 años, y –fuera de una reunión para inaugurar un salón en la Casa Rosada– no se la recuerda en el Gobierno. Solamente algunas agrupaciones sindicales… Ni tampoco la Presidenta usó (y esto es raro) la cadena oficial.
—Yo no creo en esas cosas. No voy al cementerio a ponerle flores a mi padre. No creo en esas cosas, le repito.
—Y si hay un homenaje a Néstor, ¿usted no va?
—Si me busca un poquito, hablando de mi padre, me pongo a llorar en dos minutos. Sin embargo no voy a ponerle flores al cementerio. Mi padre no era un cajón. Con lo cual no voy. No le pongo flores a nadie. Fui el 27 de octubre de 2011 acompañando a Cristina que me distinguió permitiendo que la acompañara y sentí entonces la necesidad de ir por lo menos una vez allí donde estaba Néstor. Estuve un rato y no vuelvo más. Ni voy a volver. Y no he ido a ningún homenaje de Néstor Kirchner. A ningún homenaje. Le repito que no creo en esas cosas.
—Bueno, está bien. Pero para los que no somos peronistas todo esto suena un poco como un misterio. Por eso me interesa la explicación.
—Forma parte de la liturgia del peronismo. Mire, siendo yo intendente, a uno le decían: “Uy, se cumple un aniversario de la muerte de Perón. Hay una misa…” Se hacía entonces una misa e iban todos, cantidad de gente. La verdad es que todos estaban en cualquier lugar menos en la misa. Físicamente estaban allí pero su pensamiento volaba hacia cualquier lugar. Son esas cosas en las que nadie cree. Por eso, cuando murió mi padre, mi madre me pregunta el mismo día, cuando todavía no lo habían enterrado: “¿Te parece que en treinta días hagamos una misa?” “No, mamá –le contesté–, no quiero nada”. Pero, como yo era intendente, estaba lleno de coronas. La calle colmada de coronas. Por todos lados. Y ninguno de los que habían enviado coronas lo conocía a mi padre. Eso de las coronas es una vergüenza. Es un gasto en plata. Yo me siento muy lejos de que me distingan, al contrario, me siento agraviado. Entonces si vos querés decir una misa por tu papá, te vas a cualquier iglesia, le pedís al cura que anote su nombre y Dios te escucha desde donde estés. Aunque sea desde la cancha de Quilmes. Ese es un tema de la intimidad de cada uno. Por eso no creo en esas cosas. Cuando estoy a tiempo de evitarlas, las evito.
—Cuénteme, ¿usted cree en Dios?
—Sí, sí. Mire… (y señala la mesita donde están dispuestos distintos objetos religiosos) no escondo las cosas que me regalan. No las escondo (reitera). Soy un hombre de fe aunque a veces no crea en algunas voces de la Iglesia a la que pertenezco, pero son reglas de juego. Yo, en definitiva, creo en Cristo. Un día, buscando cosas en YouTube, escuché una charla maravillosa de José María Escrivá de Balaguer, que es el fundador del Opus Dei.
—Nada menos.
—Una charla sumamente agradable.
—A ver… ¿Qué decía?
—Estaba en un pueblo de España y algunos le preguntaron si creía en Dios. El que preguntaba incluso se adelantaba: “Sabe, Padre, creo en Dios pero no creo en los curas”. Y Escrivá contestó: “Yo tampoco. Ni en los obispos. Ni en los cardenales. Ni en el Papa, con todo el cariño que les puedo tener. Yo creo en Cristo”. Y yo también creo en Cristo.
—Sí, pero de paso, cañazo, Escrivá (absolutamente anti Tercer Mundo) casi produce un cisma dentro de la Iglesia.
—Yo no lo estoy defendiendo –explica–. Le estoy contando que además de lo que generó dentro de la propia Iglesia, también ha producido hechos tan importantes como que lo beatificaron en tiempo récord.
—Justamente. Cosa muy discutida.
—Bueno, pero la Iglesia tiene sus reglas y no hay que discutirlas.
—Muchos las discutimos.
—Lo que digo es que, en su boca, me encontré con ciertos dichos míos. Soy un católico practicante sui generis. Creo que en veinte años comulgué sólo una vez, pero rezo todos los días.
Mientras conversamos caen, incesantes, los mensajes en la computadora que preside el escritorio. Y al pensar en otras entrevistas, no puedo dejar de recordar algo.
—¿Su computadora sigue tocando la “Marcha peronista” cada vez que cae un mensaje?
Aníbal Fernández se ríe francamente.
—No, no. Ya la saqué. Ya pasaron esos años. Uno tiene que aggiornarse también en esas cosas.
—Por eso vuelvo (usted dirá “qué pesada”) sobre la pregunta inicial: ¿es kirchnerista o peronista? Porque cuando yo lo conocí, usted era profundamente peronista y hoy observo que el kirchnerismo está marcando una cosa distinta.
—Yo soy profundamente peronista, pero ¿qué es lo que rescato? Y rescato que Néstor (que era profundamente peronista) y Cristina (que es profundamente peronista) nunca fueron ávidos de “dar” el discurso de Perón pero sí de volcar la política que Perón concebía como la política popular o la política del trabajador. Y a mí me enorgullece formar parte de un gobierno (durante nueve años, once meses y ocho días) que interpreta a los trabajadores de semejante manera, porque yo entré a la política por esa razón. Pura y exclusivamente por esa razón. A mí me halaga esa posición. Lo otro me tiene sin cuidado. Y sigo siendo profundamente peronista, pero sigo entendiendo que el peronismo pasa hoy por la política que Néstor y Cristina llevaron a la práctica, porque ellos no se olvidaron ninguna de las materias que enseñaba Juan Perón. Ejercen el magisterio conceptual completo y yo me siento más que convencido de estar participando en ello.
—¿Usted cree, por ejemplo, que La Cámpora tiene algún punto de contacto con lo que podían ser los jóvenes de los años 70?
—En algunas cosas, no. No necesariamente con los jóvenes de los 70. Porque los jóvenes de los 70 no se parecen a los del 80 ni a los de los 90. Nada. Esa comparación no es buena. Se parecen a la juventud del peronismo. ¿Por qué? pues porque el joven, de por sí, tiene la obligación de bregar por conseguir un espacio de poder. Yo suelo contar que, cuando se habla de la capacitación de cualquiera, en términos pedagógicos, se supone que va a “aprehender”, tomar conocimientos. Ese es el objetivo. Y está bárbaro que tenga buenos profesores porque cuanto más aptos sean los que le provean el conocimiento, su formación profesional será mucho mejor. Pero con eso no alcanza. Después, tendrá la suerte de abrir una puerta inmensa que hará que se convierta en un self-made man (un hombre de trayectoria interior propia), preparando su profesión a imagen y semejanza de lo que quiere ser. Bueno, éste es el camino que yo imaginé para la preparación de nuestra juventud. Además de eso, la preparación política es necesaria. Y esa necesidad está emparentada con el poder. ¿Qué es el poder político? ¿Por qué se debe conquistarlo y cómo se debe ejercer? En definitiva estas son las cosas que transforman. Malraux, cuando asume como ministro de Asuntos Culturales de la 5ª República, dice: “Cuando los escritores nos equivocamos, corregimos con otro escrito y la cosa se resuelve. Pero cuando se toman decisiones de políticas públicas y uno se equivoca, ya le ha hecho daño a una multitud de franceses”. Ser político no se aprende sólo en la universidad sino también en la calle, con la piel, todos los días. Hay pibes que son muy bien formados. Los destaco y los reconozco como tales y a otros quizás les falta esto pero tienen ganas de trabajar y eso me pone muy contento.
—¿Y cómo interpreta una CGT que está por dividirse?
—La CGT no se va a dividir. El 12 de julio es la fecha que se han puesto. No es un tema en el que yo tenga que participar. Van a darse una discusión para definir si sigue la actual conducción o cambian de conducción. Es un tema de los gremios. Tiene que darse cada tanto y yo soy respetuoso de eso. No me metería para perjudicar al Negro Moyano (de quien soy amigo) ni reivindico tal cosa. En algunos temas, tiene decisiones políticas que no se parecen a lo que yo pienso y por eso las confronto, pero siempre reivindiqué mi amistad y ahora no voy a negarla porque no coincida políticamente con lo que Moyano está haciendo. Si es él, será él. Si es otro, será otro. Soy amigo de la mayoría de los titulares de los gremios.
—Le creo, le creo, ¿pero por qué no le contestan a Moyano? No, usted no (ante un gesto negativo de Fernández); pero él se queja mucho de que en Presidencia no le contestan.
—No sé si eso es así. Yo no me animaría a preguntarle a la Presidenta, me parecería una impertinencia y jamás nadie me ha dicho que él haya llamado y no le hayan contestado. La verdad es que me cuesta creerlo.
—Mire lo que es la vida. A mí me encantaría preguntárselo a la Presidenta… pero lo que pasa es que no hay ocasión.
El senador sonríe amablemente:
—Siempre hay una ocasión.
—Ojalá. Volviendo a la CGT, es un tema que a todos nos preocupa bastante.
—A ver… sin pegoteo, porque en definitiva puede ser que circunstancialmente haya alguna razón que no justifique la relación y uno pueda estar viéndose todos los días o las condiciones no den como para eso. Lo que yo tengo muy en claro, como le dije recién, es la enorme satisfacción que siento por haber participado en un gobierno y acompañarlo ahora desde otro lugar, donde me puso la Presidenta y me pidió que desempeñara una función específica que creo estar cumpliendo con creces. Y es saber también que lo estoy haciendo en honor a esa defensa del derecho de los trabajadores. Fuertemente y en todos los ámbitos. Pero si yo estoy yendo a esa postura es porque la Presidenta va a esa postura y gestamos políticas públicas para que esas cosas se produzcan. Mire, se han generado más de 5 millones de puestos de trabajo, más de dos millones y medio de nuevos jubilados. Si estamos andando por ese camino y si ellos siguen sosteniendo las mismas banderas que eligieron desde siempre, nos vamos a encontrar inexorablemente en la ruta porque estamos yendo hacia el mismo lugar. Con lo cual ¿qué importa si circunstancialmente no hay una relación, como dice usted, de teléfono? Eso es mucho más para Radiolandia que para otra cosa.
—Es algo más que teléfono lo que falta ahí. Y usted es demasiado vivo como para no saberlo. Pero entiendo, también, que no quiera contestarme.
—No, no le doy más valor que el que tiene. Yo no le asigno valor a eso porque lo complicado sería que uno no coincidiera con la CGT porque uno tiene intereses de otras características o porque los grupos de interés que cada sindicato representa colisionan con el pensamiento del Gobierno. Entonces, ahí estamos en una situación complicada. O yo me pongo cada vez más duro con el Gobierno o a lo mejor, si tengo una posición que no tiene que ver con eso, será el momento de no estar en el Gobierno. Sin embargo, yo me siento cada vez más convencido de estar porque las políticas públicas se profundizan siempre en beneficio de los vulnerables. Entonces, sin dejar de lado lo otro, para todos tiene que haber políticas públicas. Lo que digo es que los que sufren tienen que sufrir un poquito menos. Y eso es lo que sostiene como premisa esta gestión de gobierno. Creo que, por ese camino, nos vamos a encontrar en la ruta con la CGT. Entonces, no me preocupa si la Radiolandia dice que llamaron o no contestaron.
—Senador, no sea antiguo. Hace más de veinte años que esa revista no sale.
Nos reímos de buena gana.
—Bueno, uno se acuerda de esas revistas porque eran las que compraban en mi casa.
—Bueno, pero volviendo al tema de idas y venidas, no entiendo bien esto del alejamiento de algunos históricos como Taiana, como Righi.
—Circunstancialmente, no están en el Gobierno. Son cosas distintas. Con ese criterio yo también estoy alejado. Fui ministro del Interior, ministro de Justicia, después jefe de Gabinete y hoy soy senador de la Nación. ¿Usted me vio defeccionar en las políticas que he llevado a cabo?
—Pero usted es un soldado, senador.
—Y ellos también lo son. Taiana, un hombre que ha sufrido el exilio y el Bebe Righi, por quien tengo un enorme cariño, ha trabajado conmigo enormemente bien y lo reconozco en esta oportunidad. Lo he dicho cada vez que he podido pero él sabrá las razones de su renuncia. Habrá tenido necesidad de sentirlo en esos términos y yo no tengo por qué negar lo que sucede ni mi relación personal en la que, repito, le tengo un enorme afecto, también por el trabajo que ha efectuado con nosotros. Cada vez que uno ha necesitado de la Procuración de la Nación, Righi, mientras estuvo conmigo, cumplió de la mejor manera. Yo lo he visto siempre activo y convencido de bregar por una posición muy clara en beneficio de los intereses del Estado. Y eso habla muy bien de su persona.
—Volviendo a usted, senador, ¿le gusta el cine?
—Me encanta. Sería el hombre más feliz del mundo si pudiera encerrarme en un cine. Como cuando era chico y me regalaban entradas para ver tres películas por tarde. ¿Sabe cuál fue la primera que vi? Sammy, la foca loca. Lo recuerdo como si fuera un sueño.
—¿Y qué es el amor para usted?
El senador Fernández se sonríe. Rejuvenece. Piensa su respuesta buscando las palabras.
—El amor es algo muy lindo
—Eso ya se sabe, senador.
—Bueno, pero no es fácil de definir para un tipo tan rústico como yo. No sé expresarlo. Usted me quiere sacar algo que no va a salir de mí. Tengo que recurrir a frases comunes, de telenovela, cosa que no sé hacer. Quizás en las novelas de Corín Tellado. Como yo he sido un lector compulsivo, tengo que recurrir a frases de otros. El amor es algo que a uno le cambia la vida en forma tal que nos pone en una situación de privilegio. Martín Fierro dice que “es zonzo el cristiano macho cuando el amor lo domina”. Y esto es aplicable absolutamente a todos.
—¿Y frente a la muerte, senador?
—Yo no le temo a la muerte. Forma parte de las cosas que están dentro del reglamento que a mí me dieron cuando comencé a vivir. Una de las cosas que a uno le pasan es morirse. Entonces, lo que puedo decir es que no voy a colaborar con ese párrafo del reglamento Por eso me cuido como me cuido. No fumo, no tomo, no me drogo, qué sé yo, un montón de cosas que creo que son indispensables y además trabajo como un perro todo el día. Bueno, a cualquiera puede pasarle cualquier cosa. ¿Preocuparme por la muerte? No, absolutamente no. Sueño con no jubilarme nunca y trabajar hasta el último segundo de mi vida, cosa que ojalá ocurra dentro de muchos años. Mientras tanto, en mi alforja no hay lugar para la muerte.
Acá el link: http://www.perfil.com.ar/ediciones/2012/5/edicion_676/contenidos/noticia_0010.html
El senador Fernández ama la literatura, pero es la pregunta lógica que surge frente a una actividad desbordante.
—Bueno, nosotros somos un equipo pero yo siempre menciono a Carlitos Caramello. Porque es el que lleva el 5 en este equipo de fútbol imaginario. Cuando se trata de relatos míos, grabo.
—¿En serio?
—Claro. Es mucho más fácil contarlo grabándolo y, después, tenemos un equipito que investiga, trae la cosa en bruto. Hay cosas que se desechan. Otras que nos gustan y marcamos más o menos el formato. Carlitos se sienta, escribe y, finalmente, pasa a mi máquina y me pongo yo a hacer la corrección completa, cosa que me lleva varios días, hasta que ya no ardan las velas, pero estoy contentísimo. No soy un escritor. Yo soy un político que vio la oportunidad de decir cosas a través de un libro y que hay gente a la que le gusta tener ese libro para charlar.
—Además, usted lee mucho, ¿no?
—Me gusta leer. Desde muy chiquito ya era así. Mi papá tenía primer grado y mi mamá, segundo. En casa no había una formación cultural. Realmente no sé quién me lo inculcó. Quizás primero con las revistas mexicanas que se publicaban en aquel momento: Batman, Superman, Flash Gordon, el Tony local. Es toda una época. Así comencé y luego alguien me conectó con alguna biblioteca, ya ni recuerdo de dónde, pero lo cierto es que yo tenía doce o trece años cuando leí Cien años de Soledad. Desde chiquito me gustó leer mucho. Mire, mi abuelo, que tampoco tenía formación intelectual era muy lector de diarios.
—Pero usted, seguramente, también leía libros de aventuras tipo Salgari o Julio Verne, ¿no?
—Claro. Por supuesto. También Tom Sawyer. Luego, más grande, uno va creciendo con otro tipo de novelas. Papillon, por ejemplo. Yo leí la nota que usted le hizo en este diario a Carlos Fuentes y aunque Fuentes es un hombre que no tiene el mismo pensamiento político que yo… ni parecido… es delicioso. Me encanta. Yo he leído Artemio Cruz; El aura; La silla del águila, muchas de sus obras. Y también me pasó algo muy lindo cuando, estando en Israel en febrero 2005, me recibe Shimon Peres y comienza a preguntarme acerca de la Argentina de 2002. Le expliqué que yo sentí, en aquel momento, que había que inmiscuirse. Que no había forma de rajarse. Que si la política le importaba, uno tenía que comprometerse. Y la gente se enojaba con los políticos. Eso era así. Y había que buscarle la vuelta. “Los que ganan no son los que huyen”–me dijo Shimon Peres– “Los desertores nunca ganan…” Sentí entonces que estábamos en el mismo orden y le repetí un comentario de Carlos Fuentes en La silla del águila, cuando habla de la cara de los gobernantes. Fuentes dice que el rostro de los que gobiernan se parece al comienzo de la montaña rusa. Y ese será el rostro que tendrán durante los seis años que dura el mandato en México. Y, a raíz de esto, Shimon Peres empezó a hablar maravillas de Fuentes porque justamente en ese momento, se estaba llevando a cabo la Feria del Libro en Jerusalén. También me habló muy bien de la Feria del Libro de Argentina a la que no conocía pero cuyo éxito había llegado hasta Israel. Justamente, lo conté el otro día cuando presenté mi libro en la Feria. Luego, tuve la suerte de mantener un segundo encuentro con Shimon, un político con una excelente formación intelectual y con el que charlamos largamente, mano a mano, en el hotel Alvear.
—¿Y usted? ¿Siempre fue un hombre tan político? Cuénteme…
—Mi padre era un peronista visceral. Mi mamá venía de un hogar peronista y no recuerdo haber tenido un tío o un primo que no lo fuera. En la infancia no conocí las discusiones políticas. En mi casa pensábamos todos más o menos lo mismo. Yo nací en enero de 1957, a seis meses de la contrarrevolución y papá quería llamarme Juan Domingo, mientras que mi vieja prefería Aníbal Alberto, los nombres de sus dos hermanos varones. El juicio salomónico terminó en Aníbal Domingo. Pero lo de Domingo es por el general Perón, claro. Sin embargo, no es por eso que amaba la política. Yo la sentía. Me gustaba. Y, desde muy chico, en la secundaria, me prendí con lo que pude y trabajé de la mejor manera posible en grupos de chicos de mi edad con poca actividad. Pero luego comencé un proceso con las organizaciones de otras características. Así se adquieren valores. Yo nunca participé de organizaciones como Montoneros ni nada por el estilo, pero tenía muchos amigos en todos lados. Así seguí hasta que, a mediados de 1975, cuando se quemaban los libros porque habían intervenido la Facultad… Y, luego, bueno… Comenzó el Proceso. He tenido experiencias desagradables. No por mí sino porque me tocó pasar por lugares en los que sí habían ocurrido. Finalmente en 1981 empieza a darse un Movimiento y “metete, metete, metete…”, me dije. Fue una búsqueda. Luego volvió la democracia. Un tío, casado con una hermana de mi padre, tenía muchas relaciones, y empecé a trabajar con él. Ya en noviembre de 1983, un mes antes de que asumiera el doctor Alfonsín, estaba trabajando para el bloque con Rubén Mezzadra en la provincia de Buenos Aires. Y no me fui nunca más de la política. Desde ese momento sigo trabajando en política.
—Escuchándolo, senador, la suya es la historia de un peronista. ¿Pero usted es peronista o kirchnerista?
—Hoy es lo mismo.
—No. No es lo mismo.
—Sí, sí. Lo único que falta es que me diga usted qué es el peronismo.
—No es lo mismo. Y ahora le explico por qué.
—Si escuchamos su explicación… ¡Estamos fritos! No hay nadie, en este país, que pueda interpretar a Juan Perón como lo han hecho y lo hacen Néstor y Cristina Kirchner. Nadie.
—Pero fíjese, mi estimado senador, que lo que le digo es cierto: en el discurso de tres horas cuando asumió el mando, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no nombró a Perón ni una sola vez. Por eso se lo pregunto.
—¿Sabe como me tienen podrido los que mencionan a Perón treinta o cuarenta veces y después hacen lo que se les ocurre, cosa que nada tiene que ver con lo que decía o pretendía hacer Juan Perón? Que su nombre no lo pronuncien nunca con tal de que cumplan con lo que decía Juan Perón. Le reitero: ningún gobierno interpretó a Juan Perón como Cristina o como Néstor. Ninguno, ninguno. Y es verdad lo que dice usted: ellos no eran de mencionarlo a Perón. Y me halaga que no lo mencionen. Le repito que me tienen podrido los que mencionan a Juan Perón y aprecio fuertemente a los que comprendieron la política que reclamaba el General. Con mucho criterio, Cristina dijo: “No somos neutrales en esta posición política”.
—¡Mire que es hábil usted, senador! Da gusto escucharlo, pero además tiene mala suerte: justamente hoy (lunes 7 de mayo) es el cumpleaños de Evita. Hubiera cumplido 93 años, y –fuera de una reunión para inaugurar un salón en la Casa Rosada– no se la recuerda en el Gobierno. Solamente algunas agrupaciones sindicales… Ni tampoco la Presidenta usó (y esto es raro) la cadena oficial.
—Yo no creo en esas cosas. No voy al cementerio a ponerle flores a mi padre. No creo en esas cosas, le repito.
—Y si hay un homenaje a Néstor, ¿usted no va?
—Si me busca un poquito, hablando de mi padre, me pongo a llorar en dos minutos. Sin embargo no voy a ponerle flores al cementerio. Mi padre no era un cajón. Con lo cual no voy. No le pongo flores a nadie. Fui el 27 de octubre de 2011 acompañando a Cristina que me distinguió permitiendo que la acompañara y sentí entonces la necesidad de ir por lo menos una vez allí donde estaba Néstor. Estuve un rato y no vuelvo más. Ni voy a volver. Y no he ido a ningún homenaje de Néstor Kirchner. A ningún homenaje. Le repito que no creo en esas cosas.
—Bueno, está bien. Pero para los que no somos peronistas todo esto suena un poco como un misterio. Por eso me interesa la explicación.
—Forma parte de la liturgia del peronismo. Mire, siendo yo intendente, a uno le decían: “Uy, se cumple un aniversario de la muerte de Perón. Hay una misa…” Se hacía entonces una misa e iban todos, cantidad de gente. La verdad es que todos estaban en cualquier lugar menos en la misa. Físicamente estaban allí pero su pensamiento volaba hacia cualquier lugar. Son esas cosas en las que nadie cree. Por eso, cuando murió mi padre, mi madre me pregunta el mismo día, cuando todavía no lo habían enterrado: “¿Te parece que en treinta días hagamos una misa?” “No, mamá –le contesté–, no quiero nada”. Pero, como yo era intendente, estaba lleno de coronas. La calle colmada de coronas. Por todos lados. Y ninguno de los que habían enviado coronas lo conocía a mi padre. Eso de las coronas es una vergüenza. Es un gasto en plata. Yo me siento muy lejos de que me distingan, al contrario, me siento agraviado. Entonces si vos querés decir una misa por tu papá, te vas a cualquier iglesia, le pedís al cura que anote su nombre y Dios te escucha desde donde estés. Aunque sea desde la cancha de Quilmes. Ese es un tema de la intimidad de cada uno. Por eso no creo en esas cosas. Cuando estoy a tiempo de evitarlas, las evito.
—Cuénteme, ¿usted cree en Dios?
—Sí, sí. Mire… (y señala la mesita donde están dispuestos distintos objetos religiosos) no escondo las cosas que me regalan. No las escondo (reitera). Soy un hombre de fe aunque a veces no crea en algunas voces de la Iglesia a la que pertenezco, pero son reglas de juego. Yo, en definitiva, creo en Cristo. Un día, buscando cosas en YouTube, escuché una charla maravillosa de José María Escrivá de Balaguer, que es el fundador del Opus Dei.
—Nada menos.
—Una charla sumamente agradable.
—A ver… ¿Qué decía?
—Estaba en un pueblo de España y algunos le preguntaron si creía en Dios. El que preguntaba incluso se adelantaba: “Sabe, Padre, creo en Dios pero no creo en los curas”. Y Escrivá contestó: “Yo tampoco. Ni en los obispos. Ni en los cardenales. Ni en el Papa, con todo el cariño que les puedo tener. Yo creo en Cristo”. Y yo también creo en Cristo.
—Sí, pero de paso, cañazo, Escrivá (absolutamente anti Tercer Mundo) casi produce un cisma dentro de la Iglesia.
—Yo no lo estoy defendiendo –explica–. Le estoy contando que además de lo que generó dentro de la propia Iglesia, también ha producido hechos tan importantes como que lo beatificaron en tiempo récord.
—Justamente. Cosa muy discutida.
—Bueno, pero la Iglesia tiene sus reglas y no hay que discutirlas.
—Muchos las discutimos.
—Lo que digo es que, en su boca, me encontré con ciertos dichos míos. Soy un católico practicante sui generis. Creo que en veinte años comulgué sólo una vez, pero rezo todos los días.
Mientras conversamos caen, incesantes, los mensajes en la computadora que preside el escritorio. Y al pensar en otras entrevistas, no puedo dejar de recordar algo.
—¿Su computadora sigue tocando la “Marcha peronista” cada vez que cae un mensaje?
Aníbal Fernández se ríe francamente.
—No, no. Ya la saqué. Ya pasaron esos años. Uno tiene que aggiornarse también en esas cosas.
—Por eso vuelvo (usted dirá “qué pesada”) sobre la pregunta inicial: ¿es kirchnerista o peronista? Porque cuando yo lo conocí, usted era profundamente peronista y hoy observo que el kirchnerismo está marcando una cosa distinta.
—Yo soy profundamente peronista, pero ¿qué es lo que rescato? Y rescato que Néstor (que era profundamente peronista) y Cristina (que es profundamente peronista) nunca fueron ávidos de “dar” el discurso de Perón pero sí de volcar la política que Perón concebía como la política popular o la política del trabajador. Y a mí me enorgullece formar parte de un gobierno (durante nueve años, once meses y ocho días) que interpreta a los trabajadores de semejante manera, porque yo entré a la política por esa razón. Pura y exclusivamente por esa razón. A mí me halaga esa posición. Lo otro me tiene sin cuidado. Y sigo siendo profundamente peronista, pero sigo entendiendo que el peronismo pasa hoy por la política que Néstor y Cristina llevaron a la práctica, porque ellos no se olvidaron ninguna de las materias que enseñaba Juan Perón. Ejercen el magisterio conceptual completo y yo me siento más que convencido de estar participando en ello.
—¿Usted cree, por ejemplo, que La Cámpora tiene algún punto de contacto con lo que podían ser los jóvenes de los años 70?
—En algunas cosas, no. No necesariamente con los jóvenes de los 70. Porque los jóvenes de los 70 no se parecen a los del 80 ni a los de los 90. Nada. Esa comparación no es buena. Se parecen a la juventud del peronismo. ¿Por qué? pues porque el joven, de por sí, tiene la obligación de bregar por conseguir un espacio de poder. Yo suelo contar que, cuando se habla de la capacitación de cualquiera, en términos pedagógicos, se supone que va a “aprehender”, tomar conocimientos. Ese es el objetivo. Y está bárbaro que tenga buenos profesores porque cuanto más aptos sean los que le provean el conocimiento, su formación profesional será mucho mejor. Pero con eso no alcanza. Después, tendrá la suerte de abrir una puerta inmensa que hará que se convierta en un self-made man (un hombre de trayectoria interior propia), preparando su profesión a imagen y semejanza de lo que quiere ser. Bueno, éste es el camino que yo imaginé para la preparación de nuestra juventud. Además de eso, la preparación política es necesaria. Y esa necesidad está emparentada con el poder. ¿Qué es el poder político? ¿Por qué se debe conquistarlo y cómo se debe ejercer? En definitiva estas son las cosas que transforman. Malraux, cuando asume como ministro de Asuntos Culturales de la 5ª República, dice: “Cuando los escritores nos equivocamos, corregimos con otro escrito y la cosa se resuelve. Pero cuando se toman decisiones de políticas públicas y uno se equivoca, ya le ha hecho daño a una multitud de franceses”. Ser político no se aprende sólo en la universidad sino también en la calle, con la piel, todos los días. Hay pibes que son muy bien formados. Los destaco y los reconozco como tales y a otros quizás les falta esto pero tienen ganas de trabajar y eso me pone muy contento.
—¿Y cómo interpreta una CGT que está por dividirse?
—La CGT no se va a dividir. El 12 de julio es la fecha que se han puesto. No es un tema en el que yo tenga que participar. Van a darse una discusión para definir si sigue la actual conducción o cambian de conducción. Es un tema de los gremios. Tiene que darse cada tanto y yo soy respetuoso de eso. No me metería para perjudicar al Negro Moyano (de quien soy amigo) ni reivindico tal cosa. En algunos temas, tiene decisiones políticas que no se parecen a lo que yo pienso y por eso las confronto, pero siempre reivindiqué mi amistad y ahora no voy a negarla porque no coincida políticamente con lo que Moyano está haciendo. Si es él, será él. Si es otro, será otro. Soy amigo de la mayoría de los titulares de los gremios.
—Le creo, le creo, ¿pero por qué no le contestan a Moyano? No, usted no (ante un gesto negativo de Fernández); pero él se queja mucho de que en Presidencia no le contestan.
—No sé si eso es así. Yo no me animaría a preguntarle a la Presidenta, me parecería una impertinencia y jamás nadie me ha dicho que él haya llamado y no le hayan contestado. La verdad es que me cuesta creerlo.
—Mire lo que es la vida. A mí me encantaría preguntárselo a la Presidenta… pero lo que pasa es que no hay ocasión.
El senador sonríe amablemente:
—Siempre hay una ocasión.
—Ojalá. Volviendo a la CGT, es un tema que a todos nos preocupa bastante.
—A ver… sin pegoteo, porque en definitiva puede ser que circunstancialmente haya alguna razón que no justifique la relación y uno pueda estar viéndose todos los días o las condiciones no den como para eso. Lo que yo tengo muy en claro, como le dije recién, es la enorme satisfacción que siento por haber participado en un gobierno y acompañarlo ahora desde otro lugar, donde me puso la Presidenta y me pidió que desempeñara una función específica que creo estar cumpliendo con creces. Y es saber también que lo estoy haciendo en honor a esa defensa del derecho de los trabajadores. Fuertemente y en todos los ámbitos. Pero si yo estoy yendo a esa postura es porque la Presidenta va a esa postura y gestamos políticas públicas para que esas cosas se produzcan. Mire, se han generado más de 5 millones de puestos de trabajo, más de dos millones y medio de nuevos jubilados. Si estamos andando por ese camino y si ellos siguen sosteniendo las mismas banderas que eligieron desde siempre, nos vamos a encontrar inexorablemente en la ruta porque estamos yendo hacia el mismo lugar. Con lo cual ¿qué importa si circunstancialmente no hay una relación, como dice usted, de teléfono? Eso es mucho más para Radiolandia que para otra cosa.
—Es algo más que teléfono lo que falta ahí. Y usted es demasiado vivo como para no saberlo. Pero entiendo, también, que no quiera contestarme.
—No, no le doy más valor que el que tiene. Yo no le asigno valor a eso porque lo complicado sería que uno no coincidiera con la CGT porque uno tiene intereses de otras características o porque los grupos de interés que cada sindicato representa colisionan con el pensamiento del Gobierno. Entonces, ahí estamos en una situación complicada. O yo me pongo cada vez más duro con el Gobierno o a lo mejor, si tengo una posición que no tiene que ver con eso, será el momento de no estar en el Gobierno. Sin embargo, yo me siento cada vez más convencido de estar porque las políticas públicas se profundizan siempre en beneficio de los vulnerables. Entonces, sin dejar de lado lo otro, para todos tiene que haber políticas públicas. Lo que digo es que los que sufren tienen que sufrir un poquito menos. Y eso es lo que sostiene como premisa esta gestión de gobierno. Creo que, por ese camino, nos vamos a encontrar en la ruta con la CGT. Entonces, no me preocupa si la Radiolandia dice que llamaron o no contestaron.
—Senador, no sea antiguo. Hace más de veinte años que esa revista no sale.
Nos reímos de buena gana.
—Bueno, uno se acuerda de esas revistas porque eran las que compraban en mi casa.
—Bueno, pero volviendo al tema de idas y venidas, no entiendo bien esto del alejamiento de algunos históricos como Taiana, como Righi.
—Circunstancialmente, no están en el Gobierno. Son cosas distintas. Con ese criterio yo también estoy alejado. Fui ministro del Interior, ministro de Justicia, después jefe de Gabinete y hoy soy senador de la Nación. ¿Usted me vio defeccionar en las políticas que he llevado a cabo?
—Pero usted es un soldado, senador.
—Y ellos también lo son. Taiana, un hombre que ha sufrido el exilio y el Bebe Righi, por quien tengo un enorme cariño, ha trabajado conmigo enormemente bien y lo reconozco en esta oportunidad. Lo he dicho cada vez que he podido pero él sabrá las razones de su renuncia. Habrá tenido necesidad de sentirlo en esos términos y yo no tengo por qué negar lo que sucede ni mi relación personal en la que, repito, le tengo un enorme afecto, también por el trabajo que ha efectuado con nosotros. Cada vez que uno ha necesitado de la Procuración de la Nación, Righi, mientras estuvo conmigo, cumplió de la mejor manera. Yo lo he visto siempre activo y convencido de bregar por una posición muy clara en beneficio de los intereses del Estado. Y eso habla muy bien de su persona.
—Volviendo a usted, senador, ¿le gusta el cine?
—Me encanta. Sería el hombre más feliz del mundo si pudiera encerrarme en un cine. Como cuando era chico y me regalaban entradas para ver tres películas por tarde. ¿Sabe cuál fue la primera que vi? Sammy, la foca loca. Lo recuerdo como si fuera un sueño.
—¿Y qué es el amor para usted?
El senador Fernández se sonríe. Rejuvenece. Piensa su respuesta buscando las palabras.
—El amor es algo muy lindo
—Eso ya se sabe, senador.
—Bueno, pero no es fácil de definir para un tipo tan rústico como yo. No sé expresarlo. Usted me quiere sacar algo que no va a salir de mí. Tengo que recurrir a frases comunes, de telenovela, cosa que no sé hacer. Quizás en las novelas de Corín Tellado. Como yo he sido un lector compulsivo, tengo que recurrir a frases de otros. El amor es algo que a uno le cambia la vida en forma tal que nos pone en una situación de privilegio. Martín Fierro dice que “es zonzo el cristiano macho cuando el amor lo domina”. Y esto es aplicable absolutamente a todos.
—¿Y frente a la muerte, senador?
—Yo no le temo a la muerte. Forma parte de las cosas que están dentro del reglamento que a mí me dieron cuando comencé a vivir. Una de las cosas que a uno le pasan es morirse. Entonces, lo que puedo decir es que no voy a colaborar con ese párrafo del reglamento Por eso me cuido como me cuido. No fumo, no tomo, no me drogo, qué sé yo, un montón de cosas que creo que son indispensables y además trabajo como un perro todo el día. Bueno, a cualquiera puede pasarle cualquier cosa. ¿Preocuparme por la muerte? No, absolutamente no. Sueño con no jubilarme nunca y trabajar hasta el último segundo de mi vida, cosa que ojalá ocurra dentro de muchos años. Mientras tanto, en mi alforja no hay lugar para la muerte.
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El problema que no detecta la Presidenta
Un nota que brilla.
Por Carlos Pagni | LA NACION
Cristina Kirchner pronunció el jueves pasado un discurso que tal vez pase a la historia del oficialismo como uno de sus grandes documentos. No sólo porque expuso con gran transparencia las razones a las que atribuye sus dificultades económicas. También, y sobre todo, porque a la luz de ese texto es fácil advertir los problemas que ella no consigue detectar, las preguntas que no puede formularse.
La Presidenta terminó de definir un fenómeno cada vez más evidente: el enojo con Hugo Moyano es la anécdota de un conflicto más amplio con el sindicalismo en su conjunto. Ese jueves, el metalúrgico Antonio Caló encabezó un paro general para conseguir un aumento de salarios del 31%. Caló fue a la huelga a pesar de que la señora de Kirchner le había ordenado, a través del teléfono manos libres de Carlos Tomada, un arreglo del 21%. Caló era el candidato del Gobierno a conducir la CGT en reemplazo de Moyano.
¿Por qué los dirigentes sindicales se han convertido en una dificultad? Para la señora de Kirchner, la razón hay que buscarla afuera. Según ella, "durante unos cuantos meses, desde los medios de comunicación monopólica intentaron ocultar lo que pasaba con el mundo, pero ya es inocultable". Es decir, la crisis internacional exige mayor responsabilidad de los actores sociales porque "nosotros no nos caímos del mundo, sino que el mundo se cayó sobre nosotros".
Esta visión dispara varios interrogantes: ¿por qué "el mundo" no se cayó también sobre Brasil, Colombia o Perú, que crecerán este año más del 4%? ¿Por qué no aplastó a Rusia, Turquía o Polonia, que se expandirán al mismo ritmo? ¿Por qué el derrumbe nos afecta este año y no el anterior, si el crecimiento internacional será el mismo? Y el acertijo principal: ¿por qué los demás gobiernos de la región no están afectados en el frente sindical? Al contrario: el brasileño más famoso es un sindicalista.
Estas incógnitas se despejan cuando se incorpora una variable que la Presidenta no consigue mencionar: la inflación. Es la inflación, y no "el mundo", la que explica que la Argentina sea el único país de América latina en el que los gremialistas son noticia.
Empeñados, como buenos populistas, en maximizar el presente con una excitante fiesta de consumo, los Kirchner menospreciaron la inflación. Corrían con ventaja: encontraron un país que venía de una recesión de cuatro años; la capacidad ociosa de la economía era superior al 50%, y la pobreza había alcanzado al 55% de la población. Desde un punto de partida tan bajo, cualquier estrategia expansiva tardaría en encontrar un límite.
Pero ese límite llegó. La inflación fue quitándole competitividad al aparato productivo y exigiendo subsidios cada vez más insostenibles para las cuentas públicas. Los costos en dólares se volvieron una mochila insoportable para las empresas. El superávit comercial se redujo más y más, con la consecuente escasez de divisas.
Para abordar este problema, el Gobierno no recurrió al mercado de deuda ni incrementó la tasa de devaluación. Prefirió una tercera vía: bloquear las importaciones, impedir la repatriación de dividendos e intervenir el mercado de cambios. Es decir, montó un corralito más sofisticado que el de Domingo Cavallo. Aquél bloqueaba el acceso a los pesos para impedir la demanda de dólares. En el actual, los pesos están disponibles porque se suprimió la oferta de dólares.
El conflicto con los sindicalistas se alimenta de esta política. La clausura de la economía induce a una mayor inflación. Y la ortopedia cambiaria dispara el dólar paralelo y, con él, los precios de reposición de las mercaderías. Son factores que se agregan a los que el Gobierno ya había desplegado: incremento sideral del gasto público, que en abril fue del 34% interanual; expansión de la base monetaria, que crecerá otro 40% este año, y remuneración de los ahorros con una tasa que, al ser la mitad de la inflación, obliga al gasto. Amado Boudou tuvo claro este proceso, al que sus amigos se asociaron imprimiendo billetes con Ciccone.
La inversión, mientras tanto, se retrae. El jueves la Presidenta les pidió a los empresarios que inviertan , recordándoles los subsidios y exenciones fiscales que ella ofrece. No se le ocurrió preguntarse por qué, con esas ventajas, ellos se resisten a invertir. Tampoco indaga por qué las empresas quieren remitir sus utilidades al exterior cuando "el mundo" se derrumba y la Argentina es un edén.
El ciclo económico que permitió al kirchnerismo alcanzar sus grandes marcas ingresa en el otoño por su propia dinámica. Ese agotamiento convierte a la inflación en un problema inocultable.
Las empresas ya no podrán acompañar la carrera de los precios con mejoras en los sueldos, porque la economía comienza a desganarse. También la pública: entre marzo y abril, los fondos de coparticipación que recibieron las provincias tuvieron una caída del 6%. Moderar la escalada salarial y mantener la vitalidad del mercado interno serán en adelante objetivos incompatibles.
Si se pretende mantener el salario real, es decir, conceder aumentos nominales por encima de la inflación, habrá que destruir puestos de trabajo. Si se pretende mantener los puestos de trabajo, habrá que reducir el salario real. El Gobierno ya no podrá aspirar a mejorar el poder adquisitivo de los asalariados y a incrementar el nivel de empleo al mismo tiempo. Esta es la noticia que la Presidenta no terminó de formular el jueves pasado. Aunque estuvo cerca de hacerlo, al recordar que "no hay mayor disciplinador social que la desocupación". Un minuto después presentó al "Centauro" Andrés Rodríguez, el representante de los empleados públicos, como un dirigente ejemplar, ya que se conformó con un 21% de incremento salarial.
Cristina Kirchner está irritada porque el sindicalismo entorpece sus operaciones más relevantes. A los petroleros privados no les interesa integrar el directorio de la nueva YPF. Prefieren ceder ese lugar a Antonio Cassia, del viejo SUPE, y quedar libres para las disputas de salarios. En Santa Cruz, Chubut y Neuquén exigen un aumento del 31%. Un gran problema para Miguel Galuccio, el nuevo CEO de YPF.
En Aerolíneas los gremios no quieren aprobar los balances a Mariano Recalde. La disputa originó una ruptura en la conducción de la empresa. Los sindicalistas dialogan con Gustavo Marconato, el vicepresidente de la empresa, un ex diputado ajeno a La Cámpora.
En el sector de la distribución eléctrica, las pretensiones de Luz y Fuerza forzarán a un aumento de subsidios o a una suba de las tarifas. La opción de estatizar las compañías ha quedado descartada, salvo en el caso de Transener, que pertenece a Marcelo Mindlin y a Gerardo Ferreyra, amigo de Carlos Zannini y propietario de Electroingeniería.
Las nuevas condiciones de la economía sepultaron la posibilidad de una CGT oficialista. El discurso del jueves fue la última palada de tierra sobre ese sueño. Sólo el taxista Omar Viviani, antigua sombra de Moyano, mantiene la quimera postulándose en lugar de Caló. El resto debatirá cómo enfrentar el conflicto que anticipó la Presidenta. Todos los formatos están en consideración, lo que incluye poner la central bajo un triunvirato integrado por el ultra-antikirchnerista Luis Barrionuevo, o postergar el congreso de julio para definir la nueva conducción a fin de año.
Además de redefinir el vínculo sindical, Cristina Kirchner tendrá que revisar su hoja de ruta política en el marco del nuevo contexto económico. Daniel Scioli se postuló a la Presidencia teniendo en cuenta las dificultades materiales del Gobierno. En la Casa Rosada, hay quienes aconsejan dar ya la batalla de la reelección, antes de que el malhumor colectivo aumente. El objetivo sería enviar el proyecto de reforma al Congreso y elegir constituyentes en las legislativas del año que viene. Diana Conti debería cambiar su eslogan "Cristina eterna" por "Cristina, ahora o nunca".
El momento es interesantísimo. El kirchnerismo debe encarar el ajuste desde la cima de su hegemonía. Es habitual que de ese par de dimensiones, ajuste y hegemonía, brote un impulso autoritario. También esa inclinación estuvo presente en el discurso del jueves. Cristina Kirchner concluyó su elogio a las tareas de espionaje de la Gendarmería con esta frase: "Así que quédense tranquilos. Salvo que estén haciendo algo que no corresponda, ahí si puede ser que estén en el proyecto X". Fue una broma, de esas que suelen envolver una amenaza.
Aníbal defendió el peronismo de los Kirchner
El senador del Frente para la Victoria (FPV) Aníbal Fernández sostuvo que "ningún gobierno interpretó" a Juan Domingo Perón como los encabezados por Néstor y Cristina Kirchner. "No hay nadie en este país que pueda interpretar a Juan Perón como lo han hecho y lo hacen Néstor y Cristina Kirchner. Nadie", aseguró el ex jefe de Gabinete en una entrevista con el diario Perfil. "El peronismo pasa hoy por la política que Néstor y Cristina llevaron a la práctica, porque ellos no se olvidaron ninguna de las materias que enseñaba Juan Perón", apuntó.
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miércoles, 2 de mayo de 2012
Moreno es el Willy Wonka argentino
Dejo el link de ex ministro. Me hizo reir.
http://www.lanacion.com.ar/1469682-moreno-es-el-willy-wonka-argentino
http://www.lanacion.com.ar/1469682-moreno-es-el-willy-wonka-argentino
viernes, 27 de abril de 2012
miércoles, 18 de abril de 2012
Estatizar sin estado - Por Luis Alberto Romero
La expropiación de YPF
Estatizar sin Estado
Expropiar YPF: otro golpe de efecto de un gobierno acostumbrado a gobernar a los golpes. Contiene la palabra mágica, "estatizar", y referida además a lo que fue el símbolo de los "odiados años 90": YPF. Una interpelación envenenada, dirigida al nacionalismo y al estatismo, fuertemente instalados en el imaginario, que probablemente cautive o atrape a la oposición. Ya lo hicieron otras veces.
Sin embargo, habría razones para desconfiar. Al fin, quienes instrumentaron la política de privatizaciones de los años 90 y la ratificaron en este siglo son los mismos que hoy aparecen como campeones de la estatización. Pero éste no es el centro del asunto. El verdadero problema es que el Estado, el sujeto de esta acción, está maltrecho, desarmado y sometido al Gobierno. YPF no está siendo estatizada: está siendo puesta en manos del Gobierno. El problema reside en el Estado actual, que está en situación miserable.En otros tiempos, la Argentina supo tener un Estado potente, capaz de mantener orientaciones básicas, más allá de las oscilaciones de los sucesivos gobiernos. Mitre y Sarmiento echaron las bases institucionales, que perfeccionó Roca. Con Yrigoyen comenzó el interés social, que desarrolló Perón. En las tormentosas épocas posteriores, Frondizi, Illia y el segundo Perón tuvieron una idea del Estado como promotor de políticas sostenidas, orientadas al interés general.
YPF fue el emblema de ese Estado potente. La creó Yrigoyen, la construyó Mosconi, con Alvear, y la potenció Justo. Perón le abrió nuevas posibilidades y Frondizi se propuso llegar al autoabastecimiento, con la ayuda del capital extranjero. Pocas cosas fueron más emblemáticas de la nación integradora que YPF. Asociada con el Automóvil Club Argentino, aseguró el uso de la red caminera, pobló las rutas de servicios y de emblemas, y contribuyó a que todos construyéramos una imagen del país. Basta recordar los grandes premios de Turismo Carretera, transmitidos por radio. YPF fue una auténtica expresión del interés nacional.
El Estado potente tuvo, sin embargo, otra cara. Para impulsar objetivos generales, promovió y concedió franquicias, como los regímenes de promoción, que gradualmente devinieron en privilegios y prebendas. Para asegurar sus beneficios, los interesados colonizaron las oficinas del Estado, repartidas entre las corporaciones: la Sociedad Rural en Agricultura, los sindicatos en la CGT, los médicos en Salud Pública. En YPF, la corporación sindical expandió enormemente la planta de empleados y alimentó el déficit de la empresa y del Estado.
A mediados de los años 60, en medio de un descomunal conflicto distributivo, el Estado potente era a la vez el campo de batalla y el botín, permanentemente repartido: una resolución o un decreto significaban una ganancia o una pérdida importante.
El Estado y el país cambiaron mucho desde 1976; la Argentina próspera, vital y conflictiva se convirtió en un país decadente y empobrecido. La clave de la gran transformación estuvo en el Estado y su reforma. La dictadura militar recorrió los primeros tramos. Alfonsín hizo poco en este aspecto, pero el "segundo peronismo", que gobierna desde 1989, completó la tarea. Con discursos variados, pero con acciones parecidas o iguales.
La dictadura lanzó la consigna: "Achicar el Estado es agrandar la nación", que refleja el nuevo consenso en torno de las ideas neoliberales. Eliminaron a una parte de los prebendados -un sector industrial y la corporación sindical-, pero fortalecieron a la "patria financiera", a la "patria contratista" y a la "patria militar", que se sumó al festín. Contratistas y militares coincidieron en YPF, expoliada con la llamada "privatización periférica". La dictadura hizo mucho más: desmontó agencias, eliminó funcionarios competentes, limitó a las oficinas de control y corroyó la normatividad y la ética del funcionariado, contaminado por el Estado clandestino. Después de esta experiencia traumática, nada volvió a funcionar como antes.
En 1983, la democracia, con buenas intenciones, poco pudo hacer con un Estado debilitado y corroído. Alfonsín vio naufragar su módica política social de alimentación, salud y enseñanza. Tampoco colocó la reforma del Estado entre sus prioridades, por entendibles razones; no modificó los mecanismos prebendarios heredados, acordó con los "capitanes de industria", y cuando asumió el problema, ya era tarde para enfrentarlos y también para confrontar con el discurso nacional estatista, paradójicamente esgrimido por el peronismo que se aprestaba a retornar al poder.
Comenzó entonces el "segundo peronismo", que gobierna hasta hoy, salvo interrupciones menores. La crisis hiperinflacionaria le permitió a Menem realizar una importante concentración del poder institucional, con leyes de emergencia, renovadas hasta hoy, y decretos de necesidad y urgencia. Por otra parte, controló o desactivó las agencias estatales de control, avanzó sobre los jueces y conformó una Corte Suprema con mayoría asegurada. Así colocó al Estado en manos del gobierno.
Ese poder se usó para privatizar las empresas del Estado. El gobierno pudo echar mano de masas de ahorro social acumulado, cerrar el déficit fiscal y crear las condiciones para la convertibilidad y la renegociación de la deuda. Obtuvo buenos resultados en lo inmediato, aunque con consecuencias catastróficas para el futuro. Son excelentes ejemplos del estilo de gobierno del segundo peronismo.
Reducido y amputado, pero con capacidad para otorgar beneficios, el Estado fue presa fácil de los prebendados depredadores, congregados alrededor de la "carpa chica" de Menem. Con cada privatización se repartió una porción de despojos del Estado, y hubo una cantidad adicional para acallar las protestas. YPF se vendió por etapas; las áreas exploradas de explotación se repartieron entre petroleros amigos y las provincias petroleras recibieron las regalías. Un beneficio demasiado grande para que lo rechazara un gobernador consciente, como era Kirchner, entusiasta defensor de esta privatización.
El ciclo de los años 90 llevó a la formidable crisis de 2001 y a la aparición de nuevas demandas sociales, para las que Kirchner elaboró un discurso acorde: un Estado fuerte, que se planta frente a los monopolios. La sorpresiva transformación de las condiciones internacionales lo benefició con sólidos superávits del comercio exterior y fiscal. ¿Cuánto cambió la situación del Estado en esas nuevas condiciones?
Muy poco. Los Kirchner aprovecharon los recursos fiscales para profundizar la concentración del poder en el Gobierno. Avanzaron también en el ataque a las instituciones estatales de control. El emblemático caso del Indec indica que al Gobierno no le interesaba formular políticas de largo plazo. Los ejemplos son conocidos y llegan hasta el día de hoy. También mantuvo el rumbo en las prebendas. Los subsidios, sustentados en el superávit fiscal, benefician a los empresarios y a los funcionarios que los administran. En general, la tajada de los políticos creció, sin que nadie pueda controlarlos.
Todo esto confluyó en la etapa final de YPF. Mantener bajos los precios de los combustibles provocó un desajuste en la empresa. El Gobierno metió a un socio local, "experto en mercados regulados". Sólo cuando la caída de los superávits gemelos hizo trastabillar todo el armado, surgió la urgencia del día: además de alimentar tantos bolsillos privados, YPF debe producir petróleo. Lo único que se les ocurrió fue estatizarla. Como Aerolíneas.
Parecidos en tantas cosas, los gobiernos de Menem y de los Kirchner tuvieron una diferencia importante: en un caso el discurso público fue neoliberal y privatizador y en otro caso fue estatista y populista. Pero hicieron lo mismo con distintos argumentos. Peor aún, encontraron la forma de avanzar en la concentración del poder y en el prebendarismo privatizando primero y estatizando después. Siempre en beneficio de los gobernantes y a costa del Estado.
El país tiene hoy su Estado astillado y fragmentado, gobernado por un grupo de personas que se dedica sistemáticamente a seguir arruinándolo. Cuando tiene necesidad de legitimidad o conformidad, recurre a la ficción del viejo Estado potente: el de la administración confiable, los procedimientos, los controles y hasta las políticas de largo plazo. Muchos se dejan engañar por las palabras y creen que la estatización de YPF remite a ese Estado y no a los Kirchner y De Vido. No es así. No sé qué cosa mejor se puede hacer hoy con YPF. Pero estoy convencido de que quienes quieren pensar una alternativa para el país, deben encarar, en primer lugar, la cuestión de la reconstrucción del Estado.
Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1465871-estatizar-sin-estado
martes, 17 de abril de 2012
Debajo de la gesta patriótica asoman varias falacias - Por Carlos Pagni
Sin desperdicio.
Cristina Kirchner se envolvió ayer en la bandera de la soberanía para anunciar que YPF volverá a estar bajo el control del Estado. El auditorio se electrizó. Es lógico: pocas consignas movilizan más la emotividad nacionalista de la opinión pública que la de "recuperar el petróleo para los argentinos". En el caso de esta empresa, el motivo de exaltación es doble, ya que no sólo lo privado se vuelve público; también lo extranjero se convierte en nacional.
La confiscación de los fondos de las AFJP fue una mueca intrascendente al lado de esta reconquista. La apropiación de YPF refuerza un prejuicio tan arraigado como discutible: la idea de que el progreso social está determinado por la posesión de recursos naturales. Esta es la razón por la cual la saga de ayer sólo sería comparable, para quienes la bendicen, a la reconquista de las Malvinas. Tiene bastante sentido que la Presidenta haya dado este paso cuando el ciclo económico, con sus señales de agotamiento, la obliga a recrear el consenso en torno de su figura.
Convendría, sin embargo, no dejarse atrapar por esta primera trampa retórica. La propiedad estatal de los hidrocarburos no es un dogma de fe ni siquiera para quienes la sacralizan. Cristina Kirchner avaló la privatización de YPF en los años 90. Y su secretario general, Oscar Parrilli, la defendió en la Cámara de Diputados el 23 de septiembre de 1992, cuando dijo: "La transformación de YPF [en empresa privada] va a oxigenar a nuestro gobierno y va a representar una bocanada de aire puro que fortalecerá al presidente Menem".
No debe sorprender que estos dirigentes se contradigan al cabo de dos décadas. El discurso que Cristina Kirchner pronunció ayer no resiste el archivo de hace seis meses. Presentó la gestión energética que ella y su esposo lideraron durante nueve años como una herencia maldita que debe ser abandonada. Sólo en un país que carece de competencia política un mandatario puede autoincriminarse sin costo alguno, como lo hizo ayer la Presidenta, al explicar la caída vertical en la producción de petróleo y gas que se registra durante su administración. En la Casa Rosada se exhibió ese power point de la decadencia energética. Y el auditorio volvió a electrizarse.
Es una segunda falacia en la que no habría que caer: la que reduce las causas de la escasez de hidrocarburos a la falta de inversiones de YPF. El desabastecimiento energético se debe a que la gestión del Gobierno desalentó la producción. El insuficiente compromiso de la principal petrolera fue un capítulo de esa gestión, presentado como la "argentinización de YPF".
La política hiperconsumista del kirchnerismo tuvo una viga maestra en el congelamiento de las tarifas energéticas. Por ejemplo: mientras al productor local de gas se le reconocen US$ 2 por millón de BTU, al de Bolivia se lo remunera con US$ 10, y al de Qatar, con US$ 15. Es un estímulo a llevar las inversiones al exterior. Por esta razón se dispararon las importaciones de combustibles hasta sumas que el Estado no puede afrontar. Es uno de los factores principales de la falta de dólares que obliga a Guillermo Moreno a cerrar la economía. Los Kirchner lo hicieron.
La política oficial hacia YPF agudizó este problema. La Presidenta y su esposo forzaron el ingreso de la familia Eskenazi en una argentinización que ahora forma parte del legado envenenado que el kirchnerismo recibió de sí mismo. Los Eskenazi, "expertos en mercados regulados" a los que nadie conocía en el mundo del petróleo, pagarían el 25% de YPF con dividendos de YPF. El método implicaba la desviación de recursos productivos al pago de la deuda. Fue una ingeniería ideada por Kirchner, quien, además, colocó a sus amigos al frente de la gestión de la empresa.
El proyecto que ingresó ayer al Senado establece la estatización del 51% de las acciones de Repsol. Es decir: los Eskenazi seguirán siendo accionistas. Salvo que no puedan saldar sus compromisos, en cuyo caso su parte pasaría al poder de los bancos y de Repsol, que los financiaron. En mayo tienen un vencimiento por US$ 500 millones. ¿Les permitirán Julio De Vido y Axel Kicillof afrontarlo con dividendos? En los bancos acreedores hay preocupación.
Repsol aprovechó las ventajas otorgadas a los Eskenazi para girar dividendos a España. ¿Por qué lo hizo? ¿Sus ejecutivos no comprenden el propio interés y deciden no ganar dinero? ¿O fue la respuesta al desaliento a la inversión? A pesar de esto, la empresa destinó más recursos a YPF por los descubrimientos de shale gas de los últimos dos años.
La producción
Será interesante comprobar cómo, con la misma política de precios, De Vido y Kicillof consiguen producir más petróleo y gas que los privados. Salvo que su intención sea otra: utilizar recursos de YPF para pagar las importaciones de combustibles, que este año representan US$ 14.000 millones. Es lo que el 27 de diciembre Cristina Kirchner pidió a su ex amigo Sebastián Eskenazi. De ser así, el objetivo de la patriótica estatización de ayer sería cubrir un agujero fiscal. Nada que deba extrañar: cuando estos mismos actores privatizaron la empresa lo hicieron para equilibrar las cuentas del Estado.
Es posible que la Presidenta no sea tan cortoplacista y que esté observando los formidables recursos no convencionales ( shale gas y tight oil ) descubiertos en los últimos cinco años. El yacimiento Vaca Muerta, de YPF, podría valer US$ 250.000 millones en menos de una década. No sólo el Gobierno: también empresarios locales miran ese activo con codicia.
Para convertir esa riqueza potencial en reservas harían falta inversiones de alrededor de US$ 25.000 millones. El fisco no las puede afrontar. ¿Habrá inversores privados dispuestos a hacerlas? La estatización conspira contra ese objetivo. No porque el sector público haya avanzado sobre el privado, sino porque lo hizo al margen de la ley. La Presidenta, que hizo ayer una profesión de fe en el derecho societario, dispuso la adquisición del 51% de YPF sin realizar la oferta por el 100% que prevé el estatuto. Por esto a los inversores internacionales el jolgorio de ayer les evocó otra fiesta: la del Congreso vivando a Adolfo Rodríguez Saá por el anuncio del default.
Es la última trampa en la que no habría que caer: la de optar entre público y privado. Una gestión estatal podría superar en mucho la performance de Eskenazi en YPF. Pero los antecedentes del kirchnerismo no inspiran esperanza. Durante los años en que manejó las finanzas de Aerolíneas, Kicillof no pudo presentar un solo balance. Y fue necesario que el Estado lo auxiliara con un 50% más que lo que él mismo le pedía en cada presupuesto.
Entre los funcionarios con los que De Vido desembarcó ayer en YPF estaba Exequiel Espinosa. Es el presidente de Enarsa, la compañía estatal que creó Néstor Kirchner. Desde hace nueve años Enarsa tiene la exclusividad de las exploraciones off shore. No se le conoce un solo trabajo. Se dedicó a importar combustibles. Es evidente: el kirchnerismo ya tenía una empresa del Estado. Lo que todavía no había descubierto es la soberanía nacional.
Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1465659-debajo-de-la-gesta-patriotica-asoman-varias-falacias
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