jueves, 12 de julio de 2012

El que no acata, Traiciona - Por Beatriz Sarlo

Imperdible. Sarlo saca lustre a la lámpara para que ilumine el mapa político y del poder hoy.



Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

Scioli es culpable de haber hablado antes de tiempo. Se animó a decir que, si Cristina Kirchner no conseguía ser candidata nuevamente, él se anotaba en la próxima carrera presidencial. No es fácil entender por qué un hombre tan discreto, que emite parrafadas vacías de cualquier contenido peligroso, de repente se fue de boca y, con una frase, cavó su propia tumba. Después de anunciar su vocación presidencial, Scioli fue el blanco de las agresiones más diversas. Las cosas ya no andaban bien antes de que publicara su deseo. Casi al principio de su gestión, el vicegobernador Mariotto había organizado visitas a los penales bonaerenses, acompañado por Horacio Verbitsky, a fin de denunciar un lamentable estado de cosas. Esa excursión de Mariotto, aunque hubiera sido el único signo, debería haberle alcanzado a Scioli para aceptar que los hombres del cristinismo no se miden cuando se trata de socavar el poder de alguien que podría competir con la Presidenta y hoy la supera en las encuestas.
Scioli está en zona de riesgo y no tuvo el timing para moverse por un campo adverso. En realidad, lo supo esa noche de 2011 en que la Presidenta, que armó todas las listas de las elecciones de octubre, le comunicó que Mariotto sería su vicegobernador. Scioli se dio cuenta de que su buena onda no era suficiente para disolver la desconfianza que él provoca. Sin embargo, no imaginó que pocos meses después de esas elecciones, la cohabitación con Mariotto sería tan peligrosa ni que se acelerarían tanto los tiempos que lo acercan a salir volando de la casa de gobierno de La Plata. Scioli, aunque aprendió mucho sobre el peronismo, siguiendo primero a Menem, luego a Duhalde y finalmente a Néstor Kirchner, y aunque soporta las humillaciones con un estoicismo de mártir primitivo, quizá no tuviera idea de que iban a tratarlo tan sin contemplaciones.
Probablemente pensara que la Presidenta no iba a poner en riesgo a la provincia de Buenos Aires, demasiado representativa del país, por su peso electoral y por la visibilidad de su escena política. Scioli se equivocó al suponer que nadie iba a arriesgar la provincia, porque no consideró dos cuestiones. La primera es el sectarismo de la Presidenta. La segunda es un aventurerismo que persigue resultados de corto plazo, prescindiendo de su proyección en el mediano. Ganemos esta batalla ahora y que choquen los planetas. Como si nadie estuviera pensando el día después. O como si las reacciones de una provincia con medio millón de empleados públicos fuera un arma dirigida por un radar infalible sólo para dañarlo a Scioli.
Los kirchneristas eminentes no simpatizan con Scioli. Es un dirigente ajeno a las Veinte Verdades del kirchnerismo y a la épica excepcional que los impulsa a ellos. También habría que decir que no simpatizan porque Scioli tiene muchos votos que podría conservar. No simpatizan porque le va bien en las encuestas.
El cristinismo es una pirámide en cuyo vértice superior hay lugar solamente para una figura, que organiza todo, distribuye la plata, habilita el juego más abajo y reparte porciones de popularidad como si se tratara de un bien personal exclusivo. La estabilidad de ese vértice depende de que nadie sea tan aceptado, en ningún rubro, con la misma intensidad que la Presidenta. Si alguien tiene un renombre propio, se vuelve de inmediato una competencia odiosa, porque la dinámica del poder que circula por esa pirámide no es pluralista sino unicista y vertical. Es obvio que, con este esquema, a Scioli le hace falta muy poco para convertirse en enemigo. Podrán alegarse razones ideológicas, pero el mosaico cristinista, donde se combinan Alperovich y Sabbatella, impide tomarlas en serio como explicación suficiente.
El cristinismo no rinde tributo litúrgico al peronismo histórico, excepto en el perfil de Eva que suele decorar el fondo contra el cual la Presidenta hace sus discursos. Sin embargo, tiene rasgos de esa familia política. Pocos meses antes de morir, Eva armó personalmente las listas de las elecciones de 1952, distrito por distrito. Cristina Kirchner hizo lo mismo con las elecciones de octubre pasado y lo repetirá con las de renovación parlamentaria del próximo año. A los ajenos, ni una concejalía.
El peronismo, durante décadas, eligió designarse como "movimiento" porque la palabra le extendía varios certificados: a diferencia de un "partido", el "movimiento" no tiene límites organizativos, ni otras regulaciones que no sean las que decida su jefe. Cristina Kirchner es hoy la jefa de una vasta trama de organizaciones políticas y sociales que reportan directamente a ella y al presupuesto nacional. Lo que ella representa es una totalidad. La "unidad", a la que llama en alguno de sus discursos, es la unanimidad que debe rodear al dirigente máximo de un movimiento, no la articulación de distintas posiciones que da forma a la política en los países donde funcionan partidos representando al oficialismo y a la oposición.
La Presidenta capitanea una tropa cuya lealtad se pone a prueba todos los días. No hay lealtad en quien enuncia, como lo hizo Scioli, el propósito de ser presidente. La jefatura es única y no se accede a ella sino por voluntad de un jefe que se retira o por su muerte, como sucedió con Néstor. La idea de "movimiento" implica la de una totalidad: todo dentro del movimiento, nada afuera (parafraseando un dictum famoso de Fidel Castro).
Cualquier aspiración es ilegítima si, previamente, no ha sido habilitada por la jefa. Acatamiento o traición. Scioli transgredió esta regla de oro cuando expresó un deseo político que, previamente, no había sido habilitado por el sello presidencial. Sin ese sello, Scioli ofende una concepción del poder que él, por otra parte, aceptó desde el principio; desde la vicepresidencia en 2003, se subordinó a los Kirchner, que lo maltrataron para que aprendiera cómo son las cosas.
Del lado del "movimiento cristinista" todo está muy claro. Las órdenes de la jefa expresan siempre los intereses de la Nación y garantizan siempre la justicia de cualquier iniciativa. Es posible destituir a Scioli en nombre de la unidad y del buen gobierno. El razonamiento circular es el siguiente: si Scioli es obligado a dejar la provincia de Buenos Aires, eso probaría que nunca debió llegar a gobernarla y, por lo tanto, que es justo y sensato que la jefa lo vacíe de poder.
El "movimiento" es todo y tiene sólo una jefa. Cuando este esquema, por las razones que sean, deja de funcionar, el "movimiento" carece de reglas para regular sus conflictos. En ese caso, los exporta. Hay que celebrar que el temperamento de Scioli sea moderado, conservador, tenaz pero carente de creatividad. En el caso contrario, estaríamos frente a un conflicto más grave.
El cristinismo funciona hoy como movimiento, como agencia política y electoral, como base de poder administrativo y económico concentrado. Tiene la iniciativa en todos los campos y no necesita consultar con nadie fuera de palacio. Lo caracteriza la audacia un poco aventurera de quien se define por sus enemigos, no por sus amigos ni por sus aliados, porque la Presidenta no piensa que los necesita. "Denme fuerzas", pide en sus discursos, pero no se dirige a nadie, sino a la fantasmagórica representación de un Pueblo, sin mediaciones.
La jefa nos representa a todos, incluso a quienes, por error recalcitrante, no se sientan representados. Pasa por alto el carácter relativo y contingente de sus "verdades" políticas y se coloca siempre en el lugar de la excepción. Lo que la jefa deja afuera de la Totalidad es equivocado, mentiroso, inexacto, antinacional, destituyente.
Destituir a Scioli, en cambio, no es destituyente, porque ese hombre ya no sirve a los designios de la Totalidad para la Totalidad. Si lo echan, se lo tiene merecido. La lealtad es un valor que circula desde la base de la pirámide del poder hacia su vértice. Nunca en sentido inverso.


martes, 10 de julio de 2012

Leon Ferrari: obras para ver y acariciar

Entrevista a este gran artista.

“El sexo es un homenaje a Dios”, dice el artista, de 92 años, en esta charla sobre su arte, la religión y la muestra que presentó en el Malba.
POR Marina Oybin

Esa lengua suave acaricia hasta el orgasmo mientras las letras en braille rezan las máximas bíblicas (Sant. 3, 6-10) para dejarnos claro que ese órgano muscular carmín, que esa “lengua es un mundo de maldad, que está puesta entre nuestros miembros y contamina todo el cuerpo e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno (…)”. Más allá, el sexo apasionado junto a otra máxima: “De cierto, de cierto os digo: el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 53, 54). Paradójicamente son textos ilegibles para nosotros, espectadores videntes: por eso cada obra lleva un rótulo a su lado.
En Brailles la tensión entre las imágenes (muchas son estampas eróticas orientales) y los textos bíblicos sobreimpresos resulta hipnótica. Uno se sorprende, varios días después, recordando citas e imágenes de esos cruces fascinantes. “La serie –cuenta León Ferrari– surgió a partir de las fotografías de mujeres desnudas que hacía mi padre, les puse encima una poesía o diferentes textos en braille: uno acariciaba a la mujer mientras leía”. Algunas obras pueden tocarse, tal como lo pensó el artista, en un acto que viene a satisfacer ese deseo que muchas veces despiertan pinturas y esculturas: un impulso casi físico, inevitable y vedado.
Al ingresar en la sala, junto a la imagen de una pera vaginal, elemento de tortura atroz (extraída de Inquisición: guía bilingüe de instrumentos de tortura desde la Edad Media a la época industrial , de Robert Held), el texto en braille señala: “Entrad por la puerta estrecha: porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella (…)” (Mt.7, 13-14). A unos pasos, sobre la reproducción de la dulcificada “Virgen de San Jorge”, de Correggio, el texto en braille apunta: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo” (Jesús, Mt. 25,41).
Además, en la serie Relecturas de la Biblia , las imágenes de la iconografía cristiana y de la historia del arte yuxtapuestas a otras de la erótica oriental o de la historia contemporánea, simbólicamente potentes, provocan una extraña disrupción temporal.
En el Malba, Brailles y Relecturas de la Biblia , con curaduría de Florencia Battiti, reúne 70 obras de las más de 300 que integran estas dos series hasta en las que Ferrari trabajó tres décadas. Hay acidez, juego, irreverencia, ningún prejuicio. El sello Ferrari. Poderoso, heterodoxo, heterogéneo, Ferrari vuelve a interpelar sobre religión, política, arte, sexo y goce. En escenas de masturbación como “Amate” o “La lengua” el texto bíblico tensa la imagen, provocando desde inquietud hasta sonrisas. Siguiendo esa operación estética y conceptual, Ferrari nos lleva a ver obras de Gustave Doré, Miguel Angel, Correggio y otros, desde nuevas aristas que, justamente, la belleza de la imagen ocultaba y que ahora el texto viene a cuestionar. Como en “Amad”, donde sobre ese amasijo de bellos cuerpos en escorzo y al tiempo flagelados de “Los condenados”, de Lucas Signorelli, la escritura en braille dispara: “Amad a quienes os aborrecen” (Jesús, Lc. 6, 27). O la sobreimpresión del texto sobre la reproducción del impactante “Cristo en el sepulcro” de Hans Holbein: “Yo tengo las llaves del infierno y de la muerte” (Mt. 16, 18).
Con agudeza e ironía, las obras van poniendo en relación el discurso bíblico con escenas de la historia del arte occidental y con imágenes de estampas orientales donde el sexo es vivido como puro goce. Es más: “El sexo es un homenaje a Dios”, explica Ferrari cuando lo visito en su casa después de ver la muestra en el Malba. En un piso alto con vista al edificio gótico de la Facultad de Ingeniería en Avenida Las Heras. El living está lleno de sus esculturas móviles y volátiles, caligrafías deformadas, estructuras soldadas obsesivamente de las que hizo en los años 60, pinturas de su amigo Yuyo Noé y otras de Augusto Ferrari, su padre, pintor, fotógrafo, arquitecto. En las bibliotecas, junto a las novelas hay ensayos de temas religiosos. Aquí, en su casa, este hombre que no ha perdido la ironía ni el sentido del humor, recorre luces y sombras de su vida. Dueño de una risa suave que remata los comentarios más ácidos, demostrará que, a sus 92 años, conserva intacta esa mirada que va contra el sentido común.
Lo primero que le pregunto es cuándo empezó a cuestionar el dogma. Cuenta que fue cuando estudiaba en el colegio católico Guadalupe: “Era la época en que nació el nazismo, y en ese colegio eran antisemitas”. Ahí comenzó a aprender qué era ese infierno que después puso en el centro de la escena de algunas de sus obras con santos de yeso. “Son los mismos santos que promocionan el infierno: los expuse en 2000 y en 2004. En esa época se armó un gran revuelo cuando vino Rebecca Gomperts, la médica holandesa que hace abortos en un barco acondicionado como clínica en aguas internacionales. Los católicos hicieron un gran escándalo. No sé por qué hacen escándalos.
¿No cree que para muchos la religión es un alivio, una forma de dar sentido a la vida?
Posiblemente, sí. Lo extraño es que hay religiones crueles, como la religión católica con el infierno. El catecismo oficial católico está lleno de contradicciones: hay capítulos que dicen que están en contra de la tortura y hay uno en que están a favor. En la carta que le mandé al Papa le señalé eso para que lo corrigiera.

No hubo respuesta, obviamente.
No.
Usted habló del aborto, creo que ése es el infierno al que condena hoy la Iglesia y el Estado a una gran parte de las mujeres de sectores populares.
Claro, pero creo que acá va a salir el aborto.
¿Le parece?
Sí. Hay algunos que están en contra. Pero con ese criterio sería un crimen usar preservativos. Una vez hice una obra con esculturas de preservativos llenos de chicos tratando de salir. Había también una escultura colgante, inflada, una especie de bandera en defensa del ministro de Salud Pública, que había dispuesto repartir preservativos a los muchachos y chicas. Y la Iglesia estaba furibunda.

¿En qué está trabajando ahora?
Lo último que estuve haciendo es esto (señala una de sus deslumbrantes esculturas móviles con alambres y piedras) y tendría que hacer algunos dibujos. Ahora no estoy trabajando. Parece que a medida que pasan los días, ya no se puede decir años, sólo días como decía Proust, uno va caminando hacia la muerte.

¿Piensa en la muerte?
No, no me preocupa. He visto gente muriéndose: parecían contentos de dejar este mundo. Mi padre murió casi a los 99, y tengo un sobrino que me dijo, para satisfacerme, que antes el promedio de vida era de 75 años y ahora es de 106 (risas). Así que 106, yo tengo 92: todavía me quedan como 14 años. Tengo que pensar qué voy a hacer...

¿Qué lo ilusiona? Hizo arte por teléfono, arte por correo, grabado, collage, performances con esculturas sonoras, con poliuretano, videotexto, produjo películas, actuó, ¿hay algo que le haya quedado pendiente, que diga tengo ganas de seguir por acá?
Ya hace tiempo publiqué algunas poesías: me gustaría seguir escribiendo. Y tendría que seguir también con una de estas (señala una imagen de la virgen de las que usa para los collages que está en el bastidor).

¿Qué lo entristece?
Todos mis amigos se murieron. No sé por qué Dios elige a un ateo para que se quede.

¿Qué momentos de su vida recuerda con mayor intensidad?
Cuando salvé a mi hija Marialí. Cuando ella tuvo meningitis, la llevé a Florencia, a la “Casa di cura per bambini”, una especie de clínica. Siempre me acuerdo de esa calle: Via Manzini 43. Fue hace más de cincuenta años. Y me acuerdo de cuando a mi hijo Ariel, montonero, lo mataron. En fin, la vida tiene todo…Nosotros nos fuimos a Brasil en noviembre de 1976. Le dije que se viniera con nosotros. No hubo caso (silencio). No supimos nada hasta que una amiga de Ariel nos contó cómo había muerto: lo mató Astiz, lo dijo él mismo. Es desaparecido porque no se encuentra el cadáver. Lo que sé es que entró muerto en la ESMA el 27 de febrero de 1977, es lo único… Nos detenemos unos momentos a mirar el catálogo de su muestra y a conversar sobre algunas obras, luego seguimos.

Por esa función propagandística religiosa que cumplió el arte, hay en sus obras cierta recriminación a Caravaggio, Correggio, Signorelli, ¿piensa que podrían haber hecho algo diferente en ese contexto?
Sí, sí, lo pensé mucho. La Iglesia se levantó con los pintores porque son los que le dieron capital intelectual, estético. Además ilustraron los crímenes de modo tal que ya no parecían crímenes: “El Juicio Final” de Miguel Angel y “El Diluvio” de Doré son propagandas, pero al mismo tiempo están tan bien pintados, son tan maravillosos, que uno pasa por encima.

Ferrari se detiene en la escritura en braille sobre la reproducción de la “Virgen de la leche”, de Robert Campin. Lee la frase: “Mataré a sus hijos con muerte”. “Es de Jesús”, comenta.
Después de treinta años, ¿hay algunas obras que ya tenía olvidadas y redescubrió?
Sí (señala la imagen). Estos son lo incircuncisos. Los están mandando al infierno.

Ya sobre el cierre de la entrevista, veo en una mesa, junto a una miniatura de la emblemática “La civilización occidental y cristiana”, un astronauta recubierto de finísimo material púrpura como terciopelo. Es una obra que una de sus nietas compró en una galería y le regaló. León le quita el casco y me muestra el rostro: es Jesús. Mientras caminamos hacia la puerta para despedirnos dice: “El que no está conmigo está contra mí, dijo Jesús. Eso después lo tomó Mussolini: Chi non è con noi è contro di no i”..

Acá el link: http://www.revistaenie.clarin.com/arte/Leon-Ferrari-Brailles-Biblia_0_728327194.html

lunes, 2 de julio de 2012

La Presidenta, bajo el imperio de las emociones

Posteo la columna de ayer de Carlos Pagni. Inmejorable.


El martes pasado, el foco de la política se posó sobre un factor que gravita cada vez más en la escena oficial: la emotividad de la Presidenta. En el discurso de ese mediodía apareció una Cristina Kirchner salida de su eje. Con argumentos incorrectos, desbordada, comunicó decisiones gravísimas mientras intentaba reprimir el llanto y disimular la ira. Si en Angola fue llamativa por lo eufórica, esta vez sorprendió por lo ansiosa y depresiva.
La subjetividad del que manda se ha vuelto más decisiva que nunca desde que en la vida pública impera un unicato. Una sola fuerza política domina casi todo. Esa hegemonía revierte, además, hacia dentro del Gobierno. Desde que falleció Néstor Kirchner , las decisiones están sujetas a un micromanagement unipersonal.
En ese contexto, a la señora de Kirchner se le ha vuelto borroso el límite en el que termina su yo y comienza el Estado. El último domingo explicó al primer ministro chino que el vínculo entre su país y la Argentina estaba fortalecido porque las relaciones bilaterales se oficializaron el día en que ella cumple años y porque el telegrama de esa oficialización se cursó en la fecha en que tuvo a su primer hijo.
Hay otra razón, más poderosa, para que la psicología comience a desplazar a la ciencia política en la explicación de los asuntos colectivos. Desde hace dos años la señora de Kirchner está expuesta a una serie de traumas ante los que cualquier ser humano resultaría vulnerable. Su esposo enfermó y fue operado en dos ocasiones; después falleció y la dejó al frente del Gobierno, con el desafío de ganar las elecciones; cuando lo consiguió, le diagnosticaron un cáncer; ya extirpada la tiroides, le informaron que el diagnóstico había sido equivocado. ¿Cómo viene procesando su psiquismo esta secuencia? ¿Qué impacto tiene la distancia de los hijos, la enfermedad de Máximo, la radicación de Florencia en España? ¿Qué secuelas ha dejado el déficit hormonal? Esas incógnitas tienen un significado político cambiante: las lágrimas que antes provocaban empatía, hoy a muchos les causan intranquilidad. Sobre todo desde que el ajuste económico somete a quien lo conduce a más y más presiones. Aquella advertencia de Kirchner a los ministros, "no hay que llevarle problemas a Cristina", tiene otra resonancia.
El martes pasado estos enigmas pasaron a primer plano. Cristina Kirchner confundió un lamentable accidente de tránsito, en el que perdieron la vida nueve gendarmes , con un martirio político. Responsabilizó por el hecho a un sujeto colectivo y anónimo: "Si están buscando un muerto, ahí lo tienen". Como corolario, comunicó que retirará las fuerzas federales de las provincias. Y que desobedecerá a los jueces que las requieran. Como advirtió que estaba incurriendo en un delito, desafío: "Que me procesen".
El giro se justificó en que "he quedado muy conmovida por la muerte de estos gendarmes". Por obra de un arrebato, entonces, el espacio público queda desprovisto de seguridad cuando se prevén actos de violencia. Esta lógica defectuosa ya se cobró, en 2010, la vida del joven Mariano Ferreyra.
Hubo otros pasajes que mostraron que los pesares del corazón guían la acción oficial. Al quejarse por la protesta de Moyano , la Presidenta dijo que lo hacía "con todo el dolor que una lleva encima, porque es mucho el dolor de las pérdidas irreparables que te afectan la salud, no solamente, incluso, de uno mismo, sino hasta de la propia familia, que sufre la tensión y el estrés.". Terminó enfadada y sollozando: "Por esa Argentina él se murió. Y parece ser que sólo somos merecedores de agravios, descalificaciones e insultos". Fue imposible saber qué era más revelador, si la gestualidad de la oradora o la cara de estupor de los ministros que la rodeaban.
Para la Presidenta, Kirchner entregó su vida por el bienestar general. Esa tesis se está transformando en un recurso retórico puesto al servicio de una operación crucial: la tercerización del ajuste. Con la evocación de la muerte del esposo, Cristina Kirchner aduce que ya dio todo lo que tenía para dar. Ahora toca a los demás aceptar limitaciones. Los demás pueden ser los consumidores de energía de los barrios donde no la votan, los trabajadores de altos ingresos, los gobernadores o quienes la desafían en la arena electoral. La pérdida de Kirchner es el módulo con el que se medirá, en adelante, toda abnegación.
El martes, la Presidenta confesó no comprender la falta de altruismo. Salvo, dijo, "que haya más que cuestiones gremiales o políticas, en el marco de lo que sucede en la región, es decir, del desplazamiento de Fernando Lugo en Paraguay". El remate, de manual: "No creo en las brujas, pero que las hay, las hay".
Quedó al desnudo otra proyección de la intimidad sobre el ágora: cuanto más numerosas son las dificultades, más intensas se vuelven las fantasías persecutorias.
Cristina Kirchner organiza su política alrededor de un supuesto principal: hay un enemigo. Ese enemigo está oculto y, en su racionalidad ilimitada, es capaz de orquestar operaciones en los más diversos planos. La candidatura de Scioli, el paro de Moyano, la toma de Cerro Dragón, la presión sobre el dólar y la caída de Lugo, por ejemplo, pueden ser parte de una misma trama.
La creencia en ese complot incesante no sólo condiciona la interpretación de los fenómenos. También impone un método. La información debe estar rodeada de secreto por temor a que una filtración dé ventaja al adversario. Las novedades siempre corroboran las hipótesis preexistentes, sobre todo porque los informantes adecuan sus explicaciones a los presentimientos de su jefa. De los colaboradores se aprecia casi sólo la lealtad, que es puesta a prueba con pequeñas humillaciones. Por las dudas, cada actor tiene un segundo que lo vigila: Lorenzino a Kicillof; De Vido a Moreno; Garré a Berni; Alak a Julián Alvarez; Puricelli a Forti, y, por supuesto, Scioli a Mariotto. El poder siempre está en guerra y quien propone un acuerdo es el traidor (Cfr. El padrino I).
A partir de esta visión la señora de Kirchner aborda sus dos desafíos más complejos: el ajuste económico y la sucesión presidencial.
Convencida de que no hay dinámica que consiga sustraerse a la voluntad de la política, donde otros ven desequilibrios que son el resultado de procesos impersonales, Cristina Kirchner ve conspiraciones. Detrás de la fuga hacia el dólar primero estuvo Jorge Brito, y después se sumaron los medios; la insuficiencia energética no se debe a que los precios son insostenibles, sino a la perversidad de los accionistas de YPF; la inflación es culpa de empresarios insaciables, no de una macroeconomía cortoplacista; y la Argentina es sancionada en su comercio por las maquinaciones de los fondos buitre. Si hay algo que es imposible de comprender con la lupa de este reduccionismo político es el funcionamiento de los mercados.
"Vamos por todo" es, para esta mentalidad, la estrategia defensiva frente a los poderes corporativos que "vienen por nosotros". A la luz de esta contradicción de vida o muerte, Cristina Kirchner lee el duelo sucesorio. Scioli no es un candidato que aspira a heredarla. Es el mascarón de los que pretenden derribarla.
Esta concepción, siempre inquietante, comienza a generar cierto alarmismo porque han aparecido circunstancias que vuelven a los fantasmas más creíbles. El límite de la expansión económica ha desencadenado una disputa distributiva. Y, como la Presidenta no puede volver a postularse, se ha activado la competencia por su reemplazo. Tal vez la señora de Kirchner radicalice su encierro, ya que las brujas a las que teme se volverán más verosímiles. Porque, como dijo Henry Kissinger, "también los paranoicos tienen enemigos".

Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1486654-la-presidenta-bajo-el-imperio-de-las-emociones

viernes, 29 de junio de 2012

Un regalo de la Presidenta - Por Beatriz Sarlo

Posteo la columna de Beatriz Sarlo en La Nación de hoy. Excelente.


Hace dos días, Hugo Moyano tuvo su Plaza de Mayo, quizá la última. Fue, paradójicamente, un regalo de la Presidenta. La movilización de anteayer podría no haber tenido lugar si Cristina Kirchner hubiera comenzado un diálogo con esos dirigentes sindicales hace algunos meses. Están muy acostumbrados a la negociación y al intercambio, saben entregar tanto como recibir, conocen los dos lados del chantaje y han ocupado los lugares simétricos del extorsionado y el extorsionador.
Tampoco habría tenido ese perfil si estuviera en funciones un consejo económico-social, en el que se discutieran las mismas cuestiones que planteó Moyano en la plaza. Quizás ese consejo económico-social habría ejercido la pedagógica virtud de convencerlo de que el impuesto a las ganancias es progresivo aquí y en todas partes (como ya lo dijo la Presidenta). Moyano, de haber aceptado eso, se habría puesto en mejores condiciones para discutir el piso salarial a partir del cual se hagan las deducciones impositivas. Pero esto sólo habría sucedido si la Presidenta hubiera aceptado que los números de la inflación que propaga el Indec son falsos.
Respecto del otro gran tema, el de las asignaciones familiares, Moyano tiene los mejores argumentos. Por tanto, un gobierno razonable debería reconocerlos aunque no aceptara los reclamos de modo inmediato. Si todo funcionara de este modo, la Argentina sería lo que Néstor Kirchner, cuando asumió la Presidencia, anunció como su sueño: un país normal. Pero no lo es.
En un país normal, las autoridades no anuncian el retiro de la policía del centro histórico de la ciudad con el objetivo mezquino de que, si algo sucede durante una movilización, toda la culpa caiga sobre sus organizadores. Por fortuna, los organizadores estuvieron a la altura del desafío. He ido a innumerables manifestaciones en mi vida. Esta fue una de las más ordenadas, tranquilas y cordiales. Uso el último adjetivo para subrayar que se trataba de los "rudos camioneros", de los trabajadores que limpian las ciudades todas las noches, de los transportadores de caudales, etc. etc.
En efecto, en una plaza que estaba en un 80% ocupada por esos hombres acostumbrados a una cotidianidad donde la fuerza física es el combustible de trabajo, donde se tomó cerveza y fernet como si estuviéramos en la previa del sábado, durante cinco horas no vi ni un manotazo. Tampoco un punga (de haber estado, tendría vocación suicida). O sea que la Plaza se autorreguló sin necesidad de la policía que la Presidenta había usado como arma de una chicana política. En vez de instrumento del Estado, un sobrante de la retórica.
Ese ordenamiento, con mucho ruido de redoblante y bombo, con muchos petardos, también acogió a las agrupaciones trotskistas y sindical-socialistas. Durante la desconcentración, una impecable columna del PO, formada sobre Diagonal Norte, pedía sin cesar: "Paro y movilización nacional". A su lado pasaban los muchachos con las banderas verdes y blancas de la Juventud Sindical. Ni un empujoncito. Coincidieron con la CGT dirigentes gremiales (como los metrodelegados) y agrupaciones políticas, como el Partido Obrero, o sociales, como la Corriente Clasista Combativa. Se formó por agregación circunstancial, como lo dijo Sobrero en el programa de Alfredo Leuco: "Si hace años que le reclamamos esto a Moyano, ¿cómo no vamos a ir cuando convoca por lo que pedimos?" Razonamiento conocido: marchar juntos, cuando lo que nos perjudica es lo mismo. La terquedad de la Presidenta (que ella reivindica como virtud) ha producido esta suma de coyuntura.
En las laterales de la Plaza, y también mezclada con las columnas, estaba la gente que había ido por la propia: desde turistas a votantes sueltos del Frente para la Victoria que ahora se sentían "descontentos" o "cansados". Si tuviera que hacer una hipótesis, salvo las columnas de las agrupaciones de izquierda, la gran mayoría de los que estaban en la Plaza habían votado en octubre a Cristina Kirchner. Y quizá la votarían de nuevo, porque se necesita más de una Plaza para provocar una derrota.
Pero ese miércoles de sol peronista, buscaban otra interpelación: es decir, que se dirigieran a ellos de un modo diferente; que les reconocieran que había inflación y otras incertidumbres económicas; que les hablaran sin atosigarlos por cadena nacional. Un cartel, de fabricación casera, sintetizaba: "Cristina: dejá el micrófono y ponéte los audífonos".
En realidad, esa gente, con la que hablé, cree pedir lo mismo que Moyano. Todos, excepto las columnas de la izquierda, se manifestaron uniformemente peronistas. También había pequeños grupos que repartían volantes: mujeres de un nucleamiento feminista y medio evangélico (¿Cynthia Hotton anda por allí?); un núcleo reorganizador del movimiento nacional justicialista cuyos representantes exponían un proyecto corporativista, para superar la "república" e instalar en el gobierno un consejo que tramite la "alianza de clases". Estaba también, insignificante, sólo representada por las caras conocidas, la ultraderecha y algún remanente de la dictadura. La bizarra variedad de los que están presentes en los actos, que se extiende desde la expectativa a la curiosidad, pero también alcanza a aquel que dice, convencido: "Si Moyano hace las cosas bien, hoy cambia todo". ¿Cambia todo? Ni Moyano quiere que cambie todo.
Esta Plaza de Moyano, por unas horas, le ofreció un espacio a gente que no tiene otro lugar en la esfera pública. La reivindicación de un sector puede ser la plataforma circunstancial a la que se suban otros descontentos y las minorías que carecen de formas organizativas. No digo que fueran muchos, pero tampoco sería exagerado pensar que eran el 5% de los que estaban allí. Fue una "plataforma virtual" para quien no tiene otro lugar y, por ejemplo, no quiere pagar impuestos. Nada hay más sencillo que atizar la resistencia impositiva en un país donde la evasión es un delito cometido por los más ricos y por las capas medias subfacturadoras. La plataforma virtual puede servir para expresar un descontento cualquierista; no es una instancia organizativa, como lo son los sindicatos y la CGT. A esa plataforma puede subirse Pando y quien se le dé la gana. Allí no se discute ideología.
Todo esto se vio en la plaza de Moyano. Y, también, se reactivó algo que parecía inerte. En su discurso, Moyano volvió a la vieja cuestión de quién es peronista verdaderamente y quién no tiene esos títulos, un debate tan largo como la existencia misma del peronismo: infiltrados, arribistas, recién llegados con pretensiones, ambiciosos sin papeles, intransigentes, traidores, etc. Dio un ejemplo de esa división: los que lucharon durante la dictadura, mientras otros ejecutaban deudores de la 1050; quienes se opusieron a la privatización de YPF, mientras otros apoyaron a Menem. Moyano mostró sus medallas, que son tantas como los juicios que lo esperan en tribunales.
La Presidenta opinó que el acto fue "agresivo". Raro adjetivo en quien no cultiva la templanza. También dijo que fue "flaco". No voy a discutir números. Es probable que la señora de Kirchner no conozca el esfuerzo organizativo que demanda un acto; es posible que, salvo para decidir la "estética", no se haya enterado de la plata que se necesita; de la movilización de aparatos y de gente, desde la base a los cuadros; de la importancia de contar con el aparato del Estado que a ella la favorece: todo eso convergió alrededor de los palcos que la tuvieron como oradora. Quizá nunca haya estado cerca de esas tareas, menores para su altura de estadista.
La Presidenta "va por todo" y quiere que le traigan la cabeza de Moyano en bandeja. Hay candidatos para la otra, próxima, CGT. Ellos, los que resulten favorecidos, deberán cuidarse de la vindicta presidencial en cuanto quieran presentar otros reclamos. En el futuro inmediato se les entregará parte de lo que se le negó a Moyano. Pero conocen la lección: se pasa rápido de la cercanía al ostracismo. En esto, el cristinismo es perfectamente peronista.
Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1486068-un-regalo-de-la-presidenta

miércoles, 23 de mayo de 2012

El filósofo del contrarrelato

Muy buena entrevista al filósofo Tomás Abraham.

Hace filosofía desde la incomodidad y la “disonancia”, sin temor a la polémica. Ha enseñado a Foucault y a Deleuze con la misma libertad con la que escribe sobre fútbol, televisión o política. En su nuevo libro, “La lechuza y el caracol”, se opone al pensamiento único del kirchnerismo al que define aquí como “una estafa ideológica que usa recursos de la culpa.”

POR Luis Diego Fernandez


El estudio de Tomás Abraham en gran medida representa su espíritu y su obra: abierto, una gran mesa central repleta de libros desparramados, fotos, esculturas, objetos, películas y más objetos. Esa marca de la disonancia y lo contaminado como forma de hacer filosofía –la única posible– se torna evidente al llegar. Hay en el discurso de Abraham una vehemencia y visceralidad, en términos de pulsión, que reclama ese espacio como propio, con independencia. Abraham piensa la filosofía como la siente, es corporal y epidérmica: no hay opción ni elección. Ya Friedrich Nietzsche en su prólogo a la Gaya ciencia hablaba de la filosofía como “malentendido del cuerpo”. Es decir, como un problema de los pensadores anteriores a él mismo, que no supieron dar cuenta de su deseo. Nueva imagen la nietzscheana: el cuerpo del filósofo en primer lugar. En La lechuza y el caracol. Contrarrelato político , su nuevo libro y disparador de este encuentro, Tomás Abraham hace notoria esta idea. Artillería de la disonancia, marcada por las figuras de Sócrates y Diógenes ya presentes desde el prólogo: el búho que ve en la noche y el caracol que carga consigo mismo su casa sin tener nada más. El pensamiento de Abraham siempre ha tenido esa pervivencia de lo nuevo a ser escuchado, como un ejercicio de la libertad y de lo bajo: una cuña, un tábano socrático, una reivindicación de la matriz de este oficio. Esa práctica de la polémica al modo de la interpelación es palpable en esta entrevista y en su visión de la crisis política –“El que se vayan todos comenzó en la década del setenta, no en 2001”–, o bien en el supuesto retorno de los jóvenes a la militancia –“El juvenilismo es una estupidez, los jóvenes inteligentes más bien se sienten viejos”–, así como en su mirada del relato político en términos de victimización: “El kirchnerismo es una estafa ideológica que usa recursos de la culpa”.
Así es como la conversación con Tomás Abraham nos llevará de la política a la Academia y de los territorios para ejercer la filosofía al fútbol, a los maestros y los discípulos. Pero también, veinticinco años atrás, los que se cumplen de la publicación de Pensadores bajos , su primer libro, y a aquel comienzo, para verificar qué sigue igual o qué se ha modificado en primera persona. Pareciera que ciertas líneas de aquel primer libro abrían constantes en el modo de hacer filosofía de Abraham, y que remitían a los pensadores a los que adscribía con una vigencia inclaudicable. Serán los Sartre, Foucault, Deleuze y Gombrowicz, pero no comentados al modo de una exégesis de lo alto , sino, tal como señala el propio autor en el prólogo a la edición del año 2000, un bajar la democracia a la tierra. Testimonio de sus trabajos filosóficos de 1978 a 1985, Pensadores bajos puede leerse como una declaración de principios y como una apertura insólita en la filosofía argentina, que desconocía por completo esas nuevas voces que Abraham introdujo. Y sobre todo, un modo de hacer filosofía desde lo excéntrico e incómodo.
En el prólogo de “La lechuza y el caracol” menciona, a partir de Sócrates y Diógenes, al filósofo como figura de la disonancia. ¿Cómo lo piensa hoy en la Argentina?
Yo creo que el que se dedica a esto que yo llamo filosofía, que no es una ciencia, no es una religión ni un mito ni es literatura, a esta experiencia del pensamiento como trabajo, encuentra un comienzo histórico y una proyección que es la disonancia. Los filósofos que conocemos si no hubieran sido disonantes no hubieran sido conocidos. Si no producís una disonancia no hay marca. No hay ninguno que sea funcional. Si Descartes no hubiese sido disonante del espíritu escolástico no hubiera ido al exilio. Es un exilio de pensamiento también. La tarea del pensamiento se impone como algo disonante. Si no, es creencia. Si no, no existe como tal. No hay ninguna tarea de pensamiento si no es una necesidad. Nietzsche lo pensó bien: entre pensar y comer no hay gran diferencia. El pensamiento se impone porque hay un obstáculo, una resistencia, algo que no funciona. Cuando no se puede seguir adelante, cuando hay un tropiezo, hay una imposición de pensar. Pensamiento y disonancia es lo mismo. No tiene que ver con ser un “contrera” o un rebelde. No tiene nada que ver con si es sísmico o edificante. La tradición de la lechuza y el caracol son imágenes o ejemplos de cuando la filosofía se constituye como tal: el hombre en la polis , en la comunidad. Que no es un solitario ni un profeta ni un vidente, que no es un delegado de ningún poder, sino que es parte de la comunidad y que interpela en ese mundo común en donde su palabra es disonante como lo fue la de Sócrates, por eso lo llevaron a un juicio, o como Diógenes, que no fue funcional a Alejandro Magno.

En ese sentido es interesante su idea de “contrarrelato”. ¿Cómo ve hoy esa tensión entre relato y contrarrelato?
Relato es una palabra que impuso la corporación cultural K. Al no hablar más de ideología, no supieron qué hacer con la ideología y utilizaron un término que piensa el análisis del discurso como narrativas. Y hasta la Presidenta apuntó el término. Este relato tiene una serie de temas por los que transitó todos estos años. Temas que tienen que ver con las ideologías, los intelectuales, la batalla cultural, la juventud, el enemigo interno, el sistema político del uno y la una y su antecedente, que es el socialismo nacional de los setenta. El contrarrelato no pretende ser un “relato contra”, lo que sí pretende es responder a cada una de las posiciones de esta temática, responder a estas temáticas del pensamiento único. No es un libro anti K, es un libro anti relato, donde también figura el discurso de la oposición que es reactivo, y que es la otra cara de la misma moneda. Yo siempre en mis libros traté de no referirme a un poder, sino a la sociedad, al poder distribuido, no al poder concentrado en el Estado, porque eso es lo más fácil de todo y además no es interesante. Esta sociedad, la nuestra, no está a favor ni en contra de un poder, lo ejerce.

¿Y qué sucede con los intelectuales que no son disonantes en función de determinado relato?
Yo creo que es vano, impúdico y hasta ridículo disputar quién es más disonante. Quiero decir, la sinfonía tiene de todo. Hay todos los tonos. Yo no pretendo saber quién es disonante ni darle un valor positivo a la disonancia. Cada uno dice lo que piensa. Lo que pasa es que en estos últimos años ha habido un discurso que justifica un poder, que lo legitima sobre la base de una visión de la historia argentina y yo discuto con eso. Yo creo que ese discurso es destructivo, que es una estafa ideológica porque usa recursos de la culpa, la figura de la víctima, del dolor y la muerte para justificar un poder que no es liberador, sino que marca la continuidad de un ejercicio de la política en la Argentina, que es apropiarse del Estado con fines privados. Y la figura de la víctima, basándose en lo que pasó en décadas anteriores con la dictadura militar, le ha dado una legitimidad moral. Este sistema de culpas es lo que yo quiero pensar sin culpa. Los derechos humanos han funcionado como una deuda de la sociedad en boca de algunos que han sido más deudores que los que se pretende acusar. Es un sistema que se basa en la juventud maravillosa de los setenta y ha encontrado un gran consenso en ciertos hombres de la cultura, intelectuales, periodistas, académicos, que pertenecen a una época en que el discurso de la violencia había sido prioritario, y el “que se vayan todos”, que no nace en 2001 sino en el setenta, ha despreciado y degradado un modo de hacer política que llevó a un baño de sangre y que hoy se trata con mucha frivolidad. Contra ese sistema de los setenta he tratado de pensar a través de este libro.

Exaltar cierto resurgimiento de la militancia en los jóvenes es central para el relato actual y casi una bandera del kirchnerismo. ¿Qué opinión le merece ese juvenilismo?
A los jóvenes los quieren todos. Los quiere el Pro, el socialismo. El kirchnerismo tiene más. Ahora, ser joven no es un valor, es una fase transitoria de la vida, y la valoración de la juventud la hacen los viejos. Los jóvenes, si son inteligentes, no se sienten jóvenes, más bien se sienten viejos. Porque ser joven es todo un problema. Eso está muy bien en Paul Nizan. El juvenilismo es una estupidez y más si sus portavoces son jóvenes. El joven es símbolo de porvenir o futuro. Hoy la juventud está adscripta a gente que tiene cuarenta años. Joven o viejo, lo que está en el centro es el tema de la responsabilidad. Y el ser joven, en todo caso, puede dar una sensación de energía desbordante pero no de irresponsabilidad. Me interesa en todo caso el tema de la educación y de la formación, de la responsabilidad del joven en la sociedad. ¿Tienen conciencia de lo que es estudiar? ¿Qué hacen con ese trabajo que es estudiar? ¿Tienen conciencia de que el estudio es una labor? ¿O es demagogia populista por la cual reparten netbooks y ahí se termina el asunto?


En el libro se plantea la diferencia de la juventud de su generación y la actual, dónde pareciera no haber una autoridad contra la cual chocar o a la cual criticar.

En mi época estábamos bajo custodia. En casa nos custodiaban, porque nos imponían cosas. Y esa custodia iba después por la religión y los pastores. Desde la higiene y la alimentación hasta la sexualidad, es decir, la represión. Era un régimen de obediencia: los menores respetaban a los mayores. Nosotros vivimos la censura y había un consenso acerca de la necesidad de la censura a través de la tutela de los militares y la policía. Había un sistema de castigos, por lo tanto, nosotros lo que queríamos era rajar, eso nos asfixiaba. Por eso hubo una contracultura, un mayo del 68, el rock; por eso existió un poeta Allen Ginsberg, hasta el Club del Clan; y la gente decía: “Ay, pobre tango”, pero lo que queríamos era zafar de todo eso. Nosotros queríamos rajar, por lo tanto nos tuvimos que golpear contra la pared. Hoy lo que yo veo es que no hay pared. La pared la impone la vida, por supuesto, pero el tema es que no existe el sistema de autoridad. Y este sistema de autoridad es siempre dinámico. Es decir, si no hay resistencia no hay libertad. Hoy día ante la decadencia de los sistemas de autoridades, lo que respetamos es el poder, que no es lo mismo. La autoridad se legitima con una veracidad que tiene que ser creíble, el poder basta con que dé miedo o fuerza o goce. Entonces, hay una intemperie, en donde los que pueden la pasan mejor que los que no pueden. Y hoy los jóvenes no tienen contra qué golpearse la cabeza, no hay transgresión. Los de mi generación y los que hoy tienen cincuenta y cuarenta años, tienen responsabilidad por eso. Hoy la gente no cree en nada y es territorio fértil para buscar ídolos y mitos. Cuando se buscan ídolos de todo tipo, llámese Messi o Néstor, es porque nadie cree en nada.

Incluso cuándo se habla en términos de ‘El’, es como una itologización al exceso.
Cuando hay pensamiento no hay adoración. Nosotros necesitamos pensar, no creer. Pensar en todo, con total libertad. Es muy difícil hacerlo donde se crea un clima de guerra, donde todo se lee como lealtad o traición. Es típico de los regímenes fascistas. Te preguntan qué sos, no te preguntan qué hacés o qué pensás. Para que el debate se abra hay que combatir esta idea donde todo se lee en términos de trincheras.

Este año se cumplen veinticinco de la edición de “Pensadores bajos”, su primer libro, ¿Cuál es su mirada sobre ese texto hoy?
Lo bajo es un modo de la disonancia. Para mí la filosofía nunca podía ser elevada, hay una gran falla ahí. Yo por eso trabajé casi veinte años en una empresa textil. No sólo para asegurarme mi independencia económica, sino porque sabía que hay que estar abajo, pero abajo no es ni pobre ni malo ni vil: es la tierra de Nietzsche. Para pensar hay que estar ahí. Yo en un momento dado en mi vida, fisuré y me fui a la mística que es lo más alto que hay. Me fui a la India y Japón. Pero me encontré con eso, no lo fui a buscar. Esa mística salvacionista yo sabía que tenía pies de barro. Tenía que empezar otra vez de abajo. Y es muy duro el abajo. Imaginate: del Himalaya a una fábrica textil en Palermo. Ahí era el lugar del pensamiento. Y tuve mis maestros: Gombrowicz, que bien sabía de lo que es el abajo, lo que es ser un irreverente y disonante, ver la pose cultural, que en la Argentina es un espectáculo: la solemnidad, la literatura, la creatividad. Pero también, Sartre, el más joven, y Foucault; Marx, Nietzsche y Freud, como clásicos, Antonin Artaud, con lo desgarrador por buscar algo no sublime. En La lechuza y el caracol están los pensadores bajos. Lo bajo es eso donde se juntan deseo, emoción y escritura. Todo fue un proceso de búsqueda y extravío. Precisamente, eso de lo bajo es lo que me hace escribir sobre cualquier tema. No hay temas elevados y temas bajos. En el fútbol, un programa de televisión o un libro de Heidegger hay un mismo desafío para el pensamiento. No hay varias cabezas, es una sola.

Estamos hablando de una forma de hacer filosofía no restringida a lo académico. ¿Ese fue un proyecto suyo de modo consciente o no?
Yo entro en la universidad a los 37 años, en 1984. Nunca antes. Y había cargado una mochila muchos años. Cuando llegué y la descargué se armó el quilombo. Llegué con mi Foucault, había catorce ejemplares de La verdad y las formas jurídicas y yo tenía dos mil alumnos. Cuando empiezo a buscar gente para formar la cátedra nadie conocía el nombre de Foucault. Había gente formada tradicionalmente y los marxistas. A los dos les parecía raro. Para los marxistas era un francotirador anarco y para los otros, algo que no entendían. Empezamos a estudiar Foucault varios años. Ahí empezó el tema de la pederastía en Grecia, de la sexualidad. Con los libros que Foucault había publicado ese año. Jorge Telerman traducía El uso de los placeres que yo daba en la facultad de psicología y el ciclo básico. Cuando empieza el lío con mi cátedra me doy cuenta de que dentro de la universidad con la filosofía analítica y con la burocracia que venía de la dictadura iba a tener corta vida, porque ellos hacían los concursos y nombraban los jurados. Y yo quería hacer filosofía: enseñar y constituir un grupo de trabajo colectivo. Tenía mucha necesidad de tener un público: estuve doce años solo en mi casa estudiando. Me puse a dar clases como un loco ante muchos alumnos. Siempre quería masividad, la necesidad de exponerme y decir lo que pienso con total libertad. Y al mismo tiempo con el Colegio Argentino de Filosofía y con la cátedra, que luego fue el Seminario de los jueves, trabajar con vocación. En el ciclo básico encontré un lugar donde me dejaron trabajar, doy lo que quiero. Sigo siendo profesor ahí pero no busqué ni me dieron otro espacio. Fundamentalmente, lo que me interesa a mí es el grupo de investigación, no me interesa sentarme y hablar horas y horas. Un grupo de gente donde estudiamos en un ambiente muy relajado y riguroso al mismo tiempo. Pero son todos cotos para académicos. Con la Academia es un asunto de libertad y productividad. En el Seminario de los Jueves nos ponemos a trabajar. Tiene que ser productivo, no es ni para vivir mejor ni para ser feliz. Es un laburo, un oficio. Y uno siempre piensa su vida, su presente y su sociedad. Eso no lo vi posible en la universidad donde hay una forma de hacer filosofía de modo enciclopédico y donde se reproducen círculos políticos.

Quiero volver a algo que dijo hace un momento. ¿Pensar el fútbol o la televisión requiere de verdad para usted el mismo esfuerzo que pensar a Heidegger?
La década del 90 fue muy buena en TV, con el nacimiento del cable. Había humor político y era bueno. Había telenovelas también muy buenas. Era un descubrimiento para mí la televisión. El fútbol sí me interesa. Cuando algo me interesa es la misma energía. Para escribir sobre fútbol tenés que saber sobre fútbol; yo sé. Yo puedo decirte que no soy erudito en filosofía, no sé griego ni alemán, dos idiomas clásicos de la disciplina que no manejo. Para escribir de fútbol no tengo que saber griego. Pensar algo distinto que no fue pensado es muy difícil, hay algo que te tiene que llamar la atención, algo que por el interés que ponés en eso, pensás. Es decir, escribir sobre un entrenador como Marcelo Bielsa no requiere meses de estudio como hacerlo sobre Shakespeare, pero sí es la misma exigencia de pensamiento. Tengo que encontrar algo que siento que me ofrece una resistencia o un obstáculo y que es un desafío. Si me aparece Heráclito mezclado con Bielsa, es así. No es que la filosofía sea un lenguaje que aplico. La escritura produce pensamientos. Todo se juega en el envión. Y el envión te lo da la práctica de la libertad. Si yo estoy viendo qué digo, qué no digo, cómo queda, no hay envión. El impulso es el acto de libertad que vos te diste para empezar. Pero eso es paralelo a una práctica constante, comprometida de estar ahí día tras día. El envión no es espontaneidad sino que nace con el trabajo.

Es recurrente la pregunta de si existe o no una filosofía argentina. ¿Qué piensa usted?
Yo no lo veo en el tema de las naciones. Quizá es más propio en la literatura que hay más un color. En términos de filosofía no le veo color local. La filosofía es un invento universal: nació en Grecia, siguió en Alemania, Francia e Inglaterra. El que no toma de eso, ¿de qué, de dónde toma? Hubo centros imperiales de filosofía que han creado la tradición. Además, hay filósofos. ¿Wittgenstein qué es, austríaco? Qué va ser austríaco, es Wittgenstein. Nietzsche es alemán, ¿pero qué tipo de alemán? Uno que vive en Sorrento y que le gusta Bizet. Esa localía es propia de comunidades que se sienten humilladas, yo no me siento para nada humillado. Creo que vivir en la periferia no te quita la posibilidad de hacer, sino al revés. Además, la filosofía es interesante porque tiene un tinte personal, una característica personal. La filosofía tiene más que ver con el arte que con la ciencia. Hay un cuerpo de un autor. ¿A mí en qué me ayuda pensar que Foucault es francés? Qué se yo. Si la filosofía es interesante es porque existe un Deleuze, un Foucault, un Sartre, un Heidegger, son todos nombres propios. La filosofía se juega en lo personal, y lo personal siempre dice lo universal, no se agota en el yo privado, es hablar desde sí.

Ahora está interesado en el pensamiento del estadounidense Richard Rorty. ¿Qué otros filósofos está estudiando?
En general, yo escribo libros para no hablar ni estudiarlos más. Rorty ya es parte de mi cultura, de mi pensamiento, ese libro es la conversación que tuve con él. Creo que es un gran filósofo, pero hay cosas que no forman parte de su cultura, y se nota cuando habla de Foucault o Nietzsche cierto puritanismo muy anglo. Los ve casi como figuras contraculturales. Hay otros que siempre vuelven: Foucault y Deleuze. Siempre me falta algo y les encuentro algo que no me dijeron. Pero no me pasa con muchos. Ya con Nietzsche no me pasa. No lo leo. Ahora estoy a fondo con Giorgio Colli. Vos podés elegir un filósofo para no pensar o para construir tu propio pensamiento. Mirá lo que han hecho con la biopolítica de Foucault, ¿cuánta gente vive de eso? No hay lecturas verdaderas: hacer algo con un filósofo no es ser un comentarista, es incorporarlo. No hay discípulos. Nadie tiene discípulos, hay maestros. El discípulo es el que se considera a sí mismo como discípulo de un maestro. No hay dueños de la sucursal. Uno se juega, trabaja. Para mí Foucault es una máquina de producción de ideas: me abrió enormes perspectivas.

¿Cree que hay invariantes en toda su obra, obsesiones o cuestiones que se repiten?
He escrito cosas muy distintas. Hay una necesidad de libertad y de decir lo que quiero, como quiero. Porque para mí el cómo y el qué es lo mismo. La página en blanco es mía: eso lo veo como una constante. Eso lo dice muy bien Deleuze: “Hay que arrasar antes de sembrar”. La nada. Por eso Deleuze es alguien cuya música está en mí. Disonancia, disidencia o “lo bajo” demuestran que hay un lugar que no tiene nombre, que no es un territorio. Es un modo de moverse. Todo eso es sinónimo de pensamiento. Y que no es lo mismo que orar ni comulgar ni creer, ni tampoco es el conocimiento científico. Eso está en la raíz de la forma de hacer filosofía.



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