lunes, 19 de marzo de 2012

Dos jugadas de Cristina para sostener el modelo - Por Carlos Pagni

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Por Carlos Pagni | LA NACION

En los últimos días, Cristina Kirchner movió dos piezas clave de su tablero de poder. Puso bajo su control inmediato la fuerza pública y la caja del sindicalismo. En la Secretaría de Seguridad, un escalón debajo de Nilda Garré, designó a Sergio Berni. Y en la Administración de Programas Especiales (APE), que distribuye subsidios entre las obras sociales, ubicó a Beatriz Korenfeld. Berni y Korenfeld son "pingüinos" eternos, colaboradores de Néstor Kirchner desde los albores de su gestión santacruceña.
La confesión de Mercedes Marcó del Pont ante la Cámara de Diputados ayuda a entender esta jugada: "Si no recurrimos a las reservas, estamos obligados a un ajuste brutal". Hay que agradecer esa sinceridad, porque expone el principal desvelo de Cristina Kirchner: que la inclusión social que prometía el dichoso modelo de acumulación de matriz diversificada esté cada vez menos garantizada y, en consecuencia, comience a tambalearse el orden colectivo.
Para lidiar con la protesta de las organizaciones sociales o la indisciplina sindical, la señora de Kirchner ha decidido volver a las fuentes.
Korenfeld estuvo durante más de 10 años al frente de la Caja de Servicios Sociales de Santa Cruz, adonde regresó en diciembre pasado, después de un intervalo como diputada nacional. Abandonó cuando desde Olivos ordenaron vaciar la gobernación de Daniel Peralta por la racionalización dispuesta en la provincia. El miércoles pasado, la Presidenta designó a Korenfeld en la APE para repartir las compensaciones a las obras sociales por las prestaciones de alto costo (tratamientos de VIH, cáncer, cirugías de alta complejidad, etc.). También eliminó la autonomía de la APE, ubicándola en la Superintendencia de Salud. Estos cambios limitan al ministro, Juan Manzur, que conducía el área a través del abogado Manuel Alves. Y liquidan la influencia del jefe de la CGT, Hugo Moyano, sobre esos fondos, ejercida a través de funcionarios de segunda línea. Korenfeld obedecerá a Cristina Kirchner sin mediación alguna.
Con esta intervención la Casa Rosada podría alcanzar varios objetivos. La APE ha estado contaminada con la "mafia de los medicamentos" que investigan, con poquísimos resultados, los jueces Norberto Oyarbide y Claudio Bonadio.
Korenfeld podría consumar una reforma que la Presidenta reclamó dos veces al interventor del PAMI, Luciano Di Cesare, en enero: que el Estado reemplace a las obras sociales en las contrataciones más caras. En algunos sindicatos celebran la idea, porque supone una reducción de costos. En otros temen que sea el primer paso de una estatización total del sistema.
Recaudación
Para varios gremialistas Cristina Kirchner se ha propuesto capturar un fondo nada despreciable en un momento en que el Tesoro atraviesa dificultades. La APE recauda unos $ 3000 millones por año, pero gasta alrededor de 2000 millones. La CGT viene reclamando la devolución del remanente acumulado, una cifra mágica que Hugo Moyano sitúa en $ 15.000 millones.
Con Korenfeld en la APE, la Presidenta podrá manipular el nervio económico del sindicalismo en un ciclo conflictivo: ella pretende que los acuerdos salariales se negocien con una pauta inferior a la inflación. La distribución de subsidios de la APE ha sido, desde que Carlos Menem encomendó la tarea a Luis Barrionuevo, la táctica más eficiente para ordenar a los gremialistas.
Carlos Zannini, el cerebro de la operación, pretende domesticar a la CGT. Intenta reunir a las distintas facciones sindicales para defenestrar a Moyano. La hipótesis de encolumnar a todo el movimiento obrero detrás del metalúrgico Antonio Caló es demasiado ambiciosa. Sobre todo porque el candoroso Caló inició la campaña levantando la bandera de la moderación salarial. Es cierto que su triunfo depende más de una orden de la Presidenta que de la simpatía de los trabajadores. Pero no hacía falta que quedara tan claro. La mansedumbre de Caló ha irritado a varios colegas y obligado a Zannini a cambiar estrategia. Ahora piensa volver al formato de un triunvirato (como aquel de Moyano, Lingieri, Rueda), que era el sueño de Kirchner hasta que el camionero le exigió el monopolio de la interlocución a cambio de la paz social. Para el geómetra Zannini, el nuevo triángulo se formaría con un representante del "moyanismo sin Moyano", por el que se postula el piadoso taxista Omar Viviani; Caló, por los independientes y "gordos", y un delegado de Luis Barrionuevo, con quien el secretario de Legal y Técnica ha tomado contacto. La aproximación a Barrionuevo demuestra hasta qué punto la docilidad de la CGT es una prioridad para el Gobierno.
La ruptura con Moyano, a quien ya ni el ministro de Planificación Julio De Vido atiende el teléfono, es un error político. El kirchnerismo apañó al camionero durante la bonanza, aceptando con estoicismo su imagen negativa, y lo alimentó hasta convertirlo en uno de los hombres más poderosos del país. Se suponía que era para contar con su solidaridad el día en que un ajuste se volviera inevitable. Ahora, con la llegada de ese día, lo despide y lo libera. Moyano, agradecido.
La jugada de Zannini tiene otra debilidad. El malestar de la CGT no se debe a la intransigencia de Moyano, que no se cansa de aclarar que está malhumorado porque la Presidenta no lo trata con cariño. El vínculo sindical está resintiéndose por el agotamiento de las condiciones económicas que permitieron el idilio. Si consigue reemplazar al camionero, Cristina Kirchner deberá tratar con una cúpula que pedirá lo mismo que Moyano: recursos para las obras sociales, reducción del mínimo no imponible de Ganancias, y aumento de las asignaciones familiares. Es decir: dinero del Tesoro. Todo un problema porque, como Juan Carlos Pezoa le explica todas las semanas, la recaudación está declinando, en especial porque caen los ingresos del IVA a las importaciones. A propósito: ¿hace cuánto no se oyen las trompetas que solían anunciar el superávit fiscal alcanzado?
Las restricciones fiscales que empañan la relación con los sindicalistas están en la raíz del incipiente descontento de las organizaciones sociales. No debería sorprender que, para enfrentar este problema, la Presidenta recurra a Berni. Este médico y mayor del Ejército, aficionado a las largas travesías en moto, que vive en el extremo sudoccidental de la Patagonia, sobre una loma desde la que se divisan los dos océanos, ha sido el encargado de lidiar con los cabecillas de las protestas callejeras desde que Kirchner gobernaba Santa Cruz. Inseparable de Alicia Kirchner, Berni fue, junto a Rafael Follonier, el negociador con los movimientos de desocupados entre 2003 y 2005. Reapareció en público con la toma del parque Indoamericano y, como por arte de magia, consiguió que los intrusos volvieran a sus casas. Berni es conocido por su astucia para administrar recursos materiales. En 2011 pasó a ocupar la vicepresidencia del Senado bonaerense, desde donde ejercía una suave vigilancia sobre Gabriel Mariotto.
Desde La Plata Berni regresó a la administración nacional. Pero no al mismo cargo. En vez de reinstalarse al lado de Alicia, fue destacado junto a Garré. Es posible que la Presidenta haya querido controlar a la ministra, que viene cometiendo un error tras otro. Pero el detalle no puede pasar inadvertido: el misericordioso Berni, que repartía beneficios entre los desamparados, ahora está al frente de las fuerzas de seguridad.
Tal vez sea un error presidencial en la administración de los recursos simbólicos. Pero la metamorfosis de Berni hace juego con otros detalles: la aprobación de una ley antiterrorista de límites difusos, la aparición de un plan de la Gendarmería para hacer inteligencia en los movimientos de protesta, y un endurecimiento verbal -el de Garré?que califica a la movilización callejera como una extorsión desestabilizadora. Es evidente que la estrategia social del kirchnerismo insinúa una inquietante regresión.
Control de la calle
La exclusión de Moyano y la ebullición piquetera tocan un problema de primera magnitud para una experiencia que se define como "nacional y popular": el control de la calle.
El camionero venía discutiendo con líderes del Movimiento Evita -Emilio Pérsico, Fernando "Chino" Navarro- algún procedimiento que dote a los movimientos sociales de una mayor organicidad. Es muy difícil esa convergencia con otra conducción en la CGT.
El diputado de la Coalición Cívica Alfonso Prat-Gay suele recordar que, la primera vez que Néstor Kirchner lo recibió en la casa de gobierno, lo tomó de un brazo y lo llevó a mirar por una ventana que da a la avenida Leandro Alem. "¿Ves esa gente protestando? Yo estoy acá para que ellos vuelvan a sus casas." Al cabo de casi nueve años el significado de esa anécdota recupera su formidable densidad.
La estrategia presidencial
  • Sergio Berni
    Al designarlo segundo de Nilda Garré, la Presidenta tendrá un control inmediato sobre el Ministerio de Seguridad y la fuerza pública.
Beatriz Korenfeld
Tendrá a su cargo la Administración de Programas Especiales (APE), que distribuye los subsidios entre las obras sociales.
Manejará una recaudación anual de $ 3000 millones.

Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1457807-dos-jugadas-de-cristina-para-sostener-el-modelo

jueves, 15 de marzo de 2012

Empiezan a agotarse las reservas políticas - Por Carlos Pagni

Sin desperdicio.

Por Carlos Pagni | LA NACION

El ex jefe de Gabinete Alberto Fernández explicó que su participación en el programa de Marcelo Longobardi que emite C5N fue interrumpida a pedido de funcionarios del Gobierno. El dueño del canal, Daniel Hadad, se cubrió diciendo que Longobardi no pudo completar la pregunta que estaba formulando porque se había excedido en el horario. El ciclo de Longobardi no fue reiterado a la madrugada, como de costumbre.
Las estrategias de censura del kirchnerismo son conocidas. Lo que está variando es la modalidad con que esa vocación autoritaria se pone en ejercicio. La torpeza que exhibió el Gobierno en el episodio de C5N se integra a una lista de desaciertos políticos que inquietan sobre todo a quienes la observan desde el seno del oficialismo.
Cristina Kirchner está tan preocupada por el desenlace de las paritarias que, por momentos, parece atribuir la inflación nada más que a los salarios. Sin embargo, dos de sus soldados, Amado Boudou y Julián Domínguez, incrementaron las dietas de los senadores y diputados en un 100%. Una alentadora señal de largada para el ciclo de negociaciones que iniciaban los sindicatos. ¿Se la habrán adelantado a la Presidenta?
Para facilitar la discusión del ministro Alberto Sileoni con los maestros, la Presidenta redujo la demanda gremial al capricho de unos ingratos que pretenden cobrar sin trabajar. La gaffe fue tan desafortunada que, por primera vez, subordinados como el propio Sileoni y Aníbal Fernández enmendaron a su jefa. El ministro de Educación tampoco está para dar lecciones. "Si cobraran 10.000 pesos, igual harían un paro", fue su aporte. De cualquier modo, las dificultades de esta negociación, que incomoda al kirchnerismo frente a su clientela de centroizquierda, excede la retórica: José de la Sota aumentó los ingresos de los maestros cordobeses en un 25%, es decir, 5,5 puntos más que lo que propone la Nación. ¿Qué explicará el ministro del Interior a su jefa?
El manejo de la crisis ferroviaria fue otra demostración de incompetencia. Cuando logró reaccionar, la Presidenta insinuó que, en el fondo, la del Sarmiento fue una desgracia con suerte, dado que ahora hay trabajo, no como en 2001, cuando la gente no se trasladaba porque no tenía adónde ir. Siguió la doctrina Schiavi, quien lamentó que el tren no se hubiera estrellado en un feriado. O la de Nilda Garré, cuando trató de justificar la demora en encontrar los restos de Lucas Menghini en que el joven viajaba en un sector inhabilitado. Julio De Vido coronó esta tercerización de responsabilidades culpando a los medios de comunicación por no contabilizar los pasajeros que, a diario, llegan vivos a destino.
Garré prestó también otros servicios. En un momento en que la desprotección a los pasajeros se había cobrado 51 vidas, tomó la decisión simbólica de retirar a la policía de los subtes. De paso dio una excusa a Mauricio Macri para deshacerse del servicio. Garré también se enredó con el Proyecto X. Desconoció las pruebas del espionaje, admitidas por el propio jefe de la Gendarmería. Y aclaró que el plan no era secreto. No hacía falta: llevaba diez días en la tapa de los diarios.
Guillermo Moreno no podía estar ausente de este torneo de impericias. Además de bromear con la muerte de Iván Heyn, tuvo la psicodélica ocurrencia de sumar a su comitiva de Angola a uno de los dueños de Black, el night club de Ayacucho y Alvear. Nadie supo descifrar si el socio de esa pyme, un abogado, viajó como exportador o importador. Sólo se sabe que Moreno le está agradecido por los dólares que sus incitantes empleadas aportan a la balanza comercial.
Ciccone
La desarticulación del oficialismo se exhibe, sobre todo, en el escándalo de Amado Boudou y sus amigos de Ciccone. A medida que aparecen sus huellas en la trama, al vicepresidente le va quedando chica la coartada "son infamias de los medios hegemónicos". Aparecen notas con su firma, fantasmagóricos correos electrónicos, y el riesgo de que salgan a la luz otras intervenciones personales. Acorralado, Boudou irritó a Olivos. Dijo que "hay una embestida destituyente", una explicación exclusiva de la Presidenta, para grandes ocasiones. No debía malgastarse en la crónica judicial de un subalterno.
La solidaridad con Boudou fue escasísima. Mercedes Marcó del Pont le decapitó a Benigno Vélez, su hombre en el Central. Florencio Randazzo debió aclarar que no era quien informaba a los "medios hegemónicos". Boudou no pudo convencer a Randazzo de colaborar con Ciccone como "fuente de trabajo". Los DNI y los pasaportes se confeccionan en otra imprenta.
El gabinete entero sabe, sin embargo, que el problema de Boudou no es Randazzo ni Marcó, sino Carlos Zannini. La rivalidad entre ambos lleva años, pero estalló recién ahora. Se disputan el oído de la Presidenta. Son celos palaciegos. Ella lo sabe. Por esa razón calla sobre los desaguisados de Boudou, mientras aclara que Zannini es sólo su abogado.
El affaire Boudou-Ciccone inauguró una nueva era en la comunicación oficialista. Hasta ahora a los juglares del Gobierno se les pedía sólo propaganda. En adelante deberán dar la cara por los funcionarios acusados de corrupción.
Con este inventario de equívocos, Aníbal Fernández y Carlos Caramello completarían un segundo tomo de Zonceras argentinas y otras yerbas. Pero el problema excede la literatura. Este vendaval de errores revela un déficit de conducción que se enmascara con el culto a la personalidad que demanda la Presidenta. Se entiende que ella extrañe cada día más a su esposo, organizador obsesivo de una arquitectura de poder en cuyo centro reinaba el apotegma "no hay que llevarle problemas a Cristina".
En su ausencia, ella habla cada vez más con menos gente. Su equipo íntimo se agota en Máximo Kirchner, Zannini y Héctor Icazuriaga. A las figuras con otra densidad, como en su momento fueron los Fernández, las reemplazó con Juan Manuel Abal Medina. Los ministros escuchan sus discursos en vilo, esperando el momento en que los sorprenda una decisión que afecta sus áreas. También deben someterse al patrullaje de La Cámpora. Y soportar las imposiciones de Moreno, que empuja una revolución en la que el primer blanco son sus propios compañeros.
La oposición, por su lado, ayuda poco. Una contradicción bien diseñada lograría que el Gobierno se amalgamara. Pero los conflictos se desarrollan en el seno de la corte. Algunos anticipan, borrosos, una guerra sucesoria. Garré, Boudou, Zannini se sueñan las Dilmas de una Cristina que, como Lula, engendre un heredero.
Curioso kirchnerismo. Hasta hace un mes, sus desafíos provenían de las inconsistencias económicas. Pero el avance sobre el Banco Central postergará un poco más las turbulencias. Mientras tanto, el Gobierno enfrenta dificultades de otro orden. A pesar de su enorme poder, las reservas que comienzan a faltarle son políticas.

¿Entre la hiperinflación y la convertibilidad? - Por Martin Lousteau

Excelente artículo del ex ministro de economía.

Por Martín Lousteau | Para LA NACION

El proyecto de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central ya tiene media sanción y su aprobación en el Senado se da por descontada. Con el tiempo, la plena utilización de las nuevas herramientas que crea la reforma generará muy probablemente una mayor inflación y pérdida adicional de competitividad, junto con un ensanchamiento de la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo. Sin embargo, si uno la mira en detalle, se trata -vaya paradoja- de una buena propuesta.
El problema es que la futura Carta Orgánica sería adecuada para un país de adultos. Uno en el cual la función pública tuviera prestigio y atrajera la mejor gente mediante un severo proceso de selección. En el que los presidentes del BCRA dieran cuenta de sus pronósticos, planes y desvíos respecto de ellos en el mismísimo Congreso. Donde los políticos discutieran de forma rigurosa, pero a su vez respetuosa. Una normativa para un gobierno que permitiera el disenso interno y externo; y una clase política que no dirimiera sus diferencias apelando permanentemente a los medios de comunicación. En resumen, una ley para una sociedad responsable que piensa estratégicamente en el futuro sin recurrir a vanos atajos.
La propuesta puede descomponerse en tres elementos principales:
1) acta de defunción (aunque sobrevive la imposibilidad de indexar) de la convertibilidad
2) enorme aumento de la capacidad regulatoria del BCRA
3) más concentración de poder en su Presidente
Durante la convertibilidad cada peso físico que circulaba debía estar respaldado al menos por un dólar en las reservas. Una vez salidos del 1 a 1, con un tipo de cambio fluctuante, acumulación de reservas y mayores posibilidades de absorber circulante con herramientas creadas después de la crisis, el valor en pesos de las divisas en el BCRA comenzó a exceder lo estipulado en la Carta Orgánica. Fue así como a fines del 2005 se denominó a dicho exceso "Reservas de Libre Disponibilidad" y se lo utilizó para precancelar la deuda con el FMI. Como se puede apreciar, aún a pesar de haber abandonado la Convertibilidad, la lógica para definir el nivel mínimo requerido para el límite inferior de las reservas siguió siendo muy similar.
Ello cambia ahora sustancialmente con el proyecto del Poder Ejecutivo Nacional. En él se establece que el nivel de reservas mínimo será definido discrecionalmente por el propio BCRA, y que el excedente podrá ser utilizando para repagar distintas deudas. La modificación no carece de razón: si tengo más reservas de las necesarias y gano por ello muy pocos intereses resulta preferible usarlas para cancelar deuda que me cuesta más cara. El desafío radica en que no es tan sencillo determinar cuál es el nivel de reservas óptimo.
Las reservas internacionales constituyen una suerte de seguro: asegurarme de más es innecesariamente oneroso, pero asegurarme de menos puede ser catastrófico. Su rol es el de proveer un mecanismo estabilizador ante determinados shocks. Un adecuado stock de reservas permite evitar oscilaciones bruscas en el valor de nuestra moneda, provee liquidez en el caso de una corrida bancaria que afecte los depósitos en dólares, y brinda acceso a recursos inmediatos para pagar deudas denominadas en otras monedas en caso de emergencias. La cuantía requerida para cumplir con estos objetivos depende de factores tales como el tamaño de la economía, su apertura comercial, la dimensión del sistema financiero, el funcionamiento del mercado monetario y cambiario, el grado de dolarización y la volatilidad externa a la que está sujeta el país, entre otros; y su determinación precisa requiere una profunda discusión.
Lamentablemente, los antecedentes del Gobierno no parecen presagiar nada bueno. Y la oportunidad en que se presenta el proyecto es una evidencia adicional al respecto. Resulta lógico reformar la Carta Orgánica del Banco Central cuando se ha producido un colapso que torna inaplicable la normativa previa o cuando a la entidad le faltan herramientas para lidiar con los problemas existentes. El colapso de la convertibilidad es un buen ejemplo de lo primero; y el período de depresión económica y deflación que lo precedió es un caso perfecto de lo segundo. Hoy, después de años de un muy buen ritmo de crecimiento y una inflación entre las más altas del mundo, no parece en absoluto que al BCRA le falten instrumentos sino todo lo contrario: ha hecho abuso de los que tiene.
La futura ley le otorga facultades más amplias aún. La utilización de reservas para el pago de deuda, algo que ya viene ocurriendo repetidamente desde 2009 (sin considerar el mencionado pago al FMI), se tornará un mecanismo habitual más que estratégico o de emergencia. Además, producto de una modificación de último momento, el Banco Central podrá emitir cincuenta mil millones de pesos adicionales a los ya permitidos para dárselos al Tesoro. También tendrá la capacidad de prestar directamente y sin criterios preestablecidos dinero a los bancos para créditos productivos; y podrá ejercer cualquier regulación sobre la actividad de las entidades financieras.
Más allá de la acelerada pérdida de calidad técnica del BCRA que ha tenido lugar en los últimos ocho años y de la pobreza de su actual directorio, que no presagian una utilización responsable de estas herramientas, surge otra duda: en un gobierno que recurre a la anécdota como base para muchas de sus decisiones y que no duda en tildar de enemigos a aquellos que opinan distinto, ¿cuánto poder tendrán los funcionarios más responsables a la hora de dirimir futuras diferencias de criterio? ¿Se puede confiar en que una Carta Orgánica como la que se propone vaya a ser utilizada con madurez o será abusada por improvisados y advenedizos que subordinan siempre el largo plazo al corto plazo?
Ahí radica precisamente una gran falencia de nuestra sociedad. No podemos siempre andar eligiendo entre vaciar al Estado de herramientas o manipularlas sin límites socavando un futuro que al final siempre nos alcanza. Allí, y a menos de 25 años, están la convertibilidad y la hiperinflación como costosos ejemplos de las consecuencias de esas opciones extremas.

miércoles, 14 de marzo de 2012

martes, 13 de marzo de 2012

I will always love you - Chris Cornell

Dejo el homenaje de Cornell. Hermosa versión.

Axel Kicillof, el marxista que desplazó a Boudou - por Carlos Pagni

Posteo la nota que ayer la presidenta tildo de antisemita.


Sus largas reuniones con penalistas, y el infructuoso empeño por saltar fuera de su sombra con explicaciones y coartadas, harían pensar que la depreciación de Amado Boudou se debe al affaire Ciccone. Es un error. La caída del vicepresidente coincide con la clausura de una etapa de la administración y es parte de una nueva configuración en el mapa del poder. Para comprender el cambio no alcanza con advertir el ocaso de Boudou. Hay que observar el ascenso de Axel Kicillof , el nuevo cerebro económico de Olivos.
A Boudou, precoz admirador de la familia Alsogaray y discípulo de los discípulos de la Escuela de Chicago, no le alcanzó con estatizar las jubilaciones para desprenderse de un estilo de relación con la política y los negocios. Desde que lo designaron ministro de Economía y, sobre todo, desde que murió Néstor Kirchner, abogó porque las restricciones fiscales se resolvieran recurriendo al crédito internacional, para lo cual ofreció el segundo canje de bonos, y planificó, sin éxito, un acuerdo con el Club de París. Objetó las intervenciones cambiarias de Guillermo Moreno, alentó la amistad con los bancos y aconsejó un ajuste moderado, bajo la forma de un acuerdo económico y social. También se conectó a una red empresarial: Jorge Brito, Cristóbal López, Sebastián Eskenazi y los pesqueros marplatenses aproximados por Guillermo Seita, entre otros.
Tal vez el asesoramiento de Boudou fue oportuno para la campaña electoral. Pero a partir del espectacular triunfo del año pasado, Cristina Kirchner se ha alejado cada vez más de esa receta. En Rosario abrió la era del "vamos por todo", cuya primera aplicación es el zarpazo sobre las reservas monetarias. Para una travesía en la que se va asimilando a la Pasionaria, la Presidenta acaso no encuentre mejor consejero que Kicillof. Este economista de 41 años es de los pocos funcionarios con acceso directo a la señora de Kirchner. Alguien a quien ella convoca a las reuniones para ejercer el control de calidad de lo que escucha.
Kicillof es un académico marxista. Más allá de un remoto asesoramiento a un par de pymes, su vida profesional ha sido la de un francotirador de la Universidad de Buenos Aires y el Conicet, donde se especializó en historia de la teoría económica. Al doctorarse postuló que lord Keynes era un pensador radical tergiversado por el análisis burgués. Para él, Stiglitz o Krugman son casi tan ortodoxos como Mankiw o Barro. En los últimos tiempos Kicillof se concentró más en Marx. Está aprendiendo alemán para leerlo en su versión original. Hijo de un psicoanalista, bisnieto de un legendario rabino llegado de Odessa, la genealogía de Kicillof parece ser una sucesión de dogmáticas. En su caso, sostiene que las ciencias económicas, tal como se las enseña en las universidades argentinas -o en el 90% del sistema académico internacional-, son la fachada técnica de un aparato de dominación. Es la razón por la que propone la reforma de todos los planes de estudio.
Kicillof desembarcó en el segundo escalón del Palacio de Hacienda con una cofradía (Alvarez Agis, Costa, Arceo, Paula Español, Marongiu), formada en la universidad. En poco tiempo se convirtió en inspirador del discurso económico de la Presidenta, sobre todo de su argumento principal: la última dictadura proyectó un ciclo de desmantelamiento, sobre todo industrial, que sólo se interrumpió con la llegada de los Kirchner al poder. Federico Marongiu, su jefe de gabinete, recomienda leer Operación Masacre , de Rodolfo Walsh, para entender la historia de la economía nacional.
La incorporación de estos economistas entraña un cambio significativo en las relaciones del Gobierno con el mercado. En principio, son profesores propensos a la abstracción, aunque poco detallistas en la implementación de sus ideas. Carecen de experiencia administrativa y empresarial. Pero dicen y hacen lo que piensan. Es una diferencia crucial con Boudou, Lorenzino, Débora Giorgi o, en sus tiempos, Alberto Fernández o Martín Redrado, dispuestos a halagar a sus jefes con palabras y medidas que menospreciaban en privado. Durante años, el kirchnerismo hizo de ese doble estándar una virtud. Su fundador recomendaba: "No escuchen lo que digo, miren lo que hago". Esa ambigüedad alimentó en muchos empresarios la fantasía tranquilizadora de que detrás de una mímica conflictiva se escondía un Kirchner ortodoxo que, sin embargo, nunca terminó de desenmascararse.
La nota más aguda de esta disociación la dio Boudou en San Juan, durante la Fiesta del Sol, cuando repitió el rap oficial contra YPF. Un allegado a la familia Eskenazi, dueña del banco provincial, le recordó que hasta hace poco él elogiaba a la petrolera e intimaba con su gerente general. Incómodo, confesó: "Ya lo sé? pero tengo que decir lo que me indican".
Kicillof representa el abandono del cinismo. Y la ruptura con una técnica de gobierno. Kirchner mantuvo siempre una cautelosa distancia entre el ala más ideológica de su grupo y quienes, con la única religión del pragmatismo, debían lidiar con el mundo material: De Vido, Uberti, Jaime, también Moreno. Su viuda, en cambio, puso aspectos centrales de la relación con las empresas en manos de Kicillof, quien no renuncia a la lucha de clases como categoría explicativa de la vida pública. Desde enero, quedaron bajo sus órdenes los representantes de la Anses en corporaciones privadas. También fue Kicillof quien llevó la voz cantante de las negociaciones con YPF, a las que Julio De Vido asistió en silencio. Desde su panel de control, el nuevo numen imagina una política más planificada, que estimule a tal o cual sector a través de tipos de cambio múltiples, diseñados con subsidios y protecciones oficiales. Kicillof se propone ser la etapa superior del morenismo.
Boudou no sólo debe tolerar la afirmación de Kicillof. O la indiferencia de su jefa, que no lo tuvo en cuenta para su cumbre con Roger Waters. También avanza Mercedes Marcó del Pont, su rencorosa rival. La titular del Central decapitó a Benigno Vélez, el hombre del vicepresidente en la gerencia general, y lo reemplazó por Matías Kulfas (a propósito: Boudou sigue sin llamar a Vélez, quien, hace una década, le consiguió un empleo en la Anses para que superara sus dificultades económicas, objetivo que parece haber alcanzado). Con la reforma de la Carta Orgánica, Marcó arrebató también facultades al directorio del banco, entre ellas la de fijar la tasa de las Lebac, motivo de tantas peleas con Boudou. Se podría decir que la presidenta del Central ha ganado poder. Pero, en realidad, es un poder que la Presidenta se da a sí misma: como no ordenó a sus senadores que aprueben el acuerdo de Marcó, la funcionaria sigue en comisión.
La pesadilla Ciccone tiende a agravarse. Los acreedores que aceptaron el levantamiento de la quiebra, los inversores que confiaron en el presunto testaferro Alejandro Vandenbroele y los mismos empleados confiaban en que la empresa tendría más trabajo. No sólo por la impresión de papel moneda, sino también por la posibilidad de confeccionar billetes para Lotería Nacional, área de influencia del voraz Cristóbal López, vecino de Boudou en la torre de Puerto Madero. También podrían encargarle los DNI y los pasaportes si no fuera porque Florencio Randazzo se resiste. Y el PJ contrataría su papelería. Ese era el proyecto Ciccone, pensado por un par de ambiciosos patagónicos en vida de Néstor Kirchner.
El escándalo impide esa fantasía. ¿Cómo harán los directores del Central para justificar la impresión de billetes de 100 pesos y no, por la mitad del costo, de 200? ¿Cómo hará la Casa de Moneda para contratar a Ciccone? Boudou está en manos de Marcó, y de mucha gente más. ¿Qué sucedería si el juez Daniel Rafecas pidiera a los titulares de organismos estatales que aceptaron el levantamiento de la quiebra que declaren bajo juramento si lo hicieron a pedido de Boudou? Hay al menos un banquero preocupado, sobre todo porque recuerda la versión de que el teléfono del vice está intervenido.
Ricardo Echegaray debió salir a hablar en defensa propia. Pero medio gabinete, con Carlos Zannini a la cabeza, festeja las desgracias de Boudou. Como sucede en toda corte, los motivos son triviales: celos y algún rechazo por ese estilo desfachatado tan inusual entre los patagónicos. Lo explicó un pingüino: "A nosotros nos gustan los loquitos: un Moreno, un Sbatella, un Mariotto; pero la guitarra y la campera de cuero no nos van".
La antipatía que despierta el nuevo vice en el oficialismo quedó probada cuando, en el Congreso, comenzaron a caer los "boudoutruchos". ¿Fue Randazzo?, ¿Moreno?, ¿Garré?, ¿Máximo Kirchner? ¿Y si hubiera sido un legislador opositor, que gastó 25 pesos en fotocopias e infiltró a un par de empleados en la inadvertida barra de La Cámpora? Nadie lo contempló. Todas las explicaciones emanadas del Gobierno apuntaron al Gobierno. Hay mucho fastidio con Boudou. Eso es lo raro..

Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1455874-axel-kicillof-el-marxista-que-desplazo-a-boudou
Por Carlos Pagni | LA NACION

lunes, 5 de marzo de 2012

Se cayó el sistema - Por Tomas Abraham

Excelente columna.



Por Tomas Abraham

Quisiera plantear una dificultad sobre los modos de la organización política en la Argentina. Hemos tenido casi veintiocho años de democracia sin interrupciones. En toda la historia de nuestro país nunca hubo una época con alternancia en el poder por vías electorales sin proscripciones, sin fraude, sin extorsión militar, como las de estas últimas décadas. Ha sido un período ejemplar. Creo que uno de sus resultados ha sido la destrucción del sistema de los partidos políticos. ¿Una ironía de la historia? No, no es una ironía de una entelequia abstracta sino el resultado de un proceso difícil de comprender pero aparentemente irreversible.
Un partido político consta de un aparato, de una disciplina interna, de jerarquías, reglas de juego, inserción en una estructura consensuada por dirigentes, ramas internas, continuidad en el tiempo, héroes epónimos y una simbología. De todo esto lo único que han quedado son los dos últimos elementos: un mítico padre fundador, y los cantos, las banderas, los gorros y algún gesto o bravuconada como muestra de fidelidad sobreactuada, es decir, los ornamentos.
No hay más partidos nacionales. El partido radical y el Partido Justicialista son estructuras nominales con momentos esporádicos y circunstanciales de regeneración. Estos dos partidos, junto a las Fuerzas Armadas, fueron los protagonistas del sistema de partidos en la Argentina. Hoy son puntos de reunión de quienes se encuentran por un momento en la intemperie y pasan por casa para recoger algún trasto viejo antes de partir nuevamente.
En este momento político sólo hay dos fuerzas políticas protagónicas que no son partidos: el Frente para la Victoria, y el PRO. Son organizaciones formadas alrededor de un jefe o jefa que de llegar a retirarse de la escena, por cualquier motivo que fuere, disuelven su punto de apoyo militante con la ineludible fragmentación del espacio que se dispersa en microemprendimientos capitaneados por adláteres sin destino.
No es sólo un delirio de una voluntad totalitaria la discusión de la reforma constitucional que autorizaría la reelección indefinida de la Presidenta; por el contrario, es una expresión de que al no haber más sistema de partidos que se alternen en el poder sólo quedan en el escenario político asociaciones con o sin fines de lucro que dependen de un líder. Si el conductor o conductora se llegaran a ausentar sobrevendría el temor de una anarquía de consecuencias peores que la tutela de un despotismo plebiscitado.
La crisis de lo que se llamaba con desprecio “partidocracia” no es un problema argentino. Ocurre en casi todo el mundo en el que los fundamentos de la democracia liberal están cuestionados. El régimen republicano de la democracia representativa tiene corto tiempo, para no decir que tuvo corta vida. Creación del siglo XX con el voto universal y la igualdad de derechos de la ciudadanía, a la que debió sumar los recursos fiscales para implementar políticas sociales gracias al Estado Benefactor, se encuentra hoy en crisis.
Son pocos los países en los que este sistema persiste. La existencia de partidos consolidados rige en nuestra región, en el vecino Uruguay, en Chile, en Brasil, pero aun en ellos pareciera que la excepción confirma la regla de la crisis del sistema.
De seguir el proceso de desplazamiento del eje del poder mundial del Atlántico al Pacífico, sin hablar de los Balcanes y los Urales, el modelo de organización política lejos está de seguir el modelo liberal.
Pero lo que ha ocurrido en nuestro país tiene su especificidad. La seguidilla de cinco presidentes en el mes de diciembre de 2001 fue el desencadenamiento de la última fase de un sistema que ni siquiera pudo crecer ni desarrollarse. No son pocos los que creen que este derrumbe institucional es un signo de una aurora promisoria en la que las formas de la participación e intervención de las multitudes profundizará la democracia al derribar un sistema arcaico y corrupto.
Dos presidentes expulsados antes de su mandato, uno que gobernó dos períodos hoy convertido hasta por sus mismos partidarios en el maldito de la política argentina por “desguazador” del Estado y cipayo del neoliberalismo, y una sucesión conyugal que pretende ser indefinida, hablan a las claras de que la democracia republicana en nuestro país no es precisamente joven, ni precoz, sino deforme, mal nacida, como el bebé de Rosemary.
Esta truculencia no debería clausurar el problema, por el contrario, habilita su debate. Si esta crisis es terminal: ¿de qué modo puede organizarse políticamente la sociedad argentina para vivir en democracia? ¿O no interesa que haya formas republicanas o delegadas por vía electoral para vivir en sociedad ?
Depende de las opciones. Si se equipara democracia con igualdad, las formas políticas interesan en la medida en que se instale un proceso justificado en nombre de la homogeneidad social con la burocracia y las jefaturas correspondientes cuya legitimidad es clientelar y vigilada con censura previa. Si se define a la democracia por la diversidad cultural, ideológica, política, es necesario construir un sistema que garantice la pluralidad.
El sistema de los partidos políticos tenía la función de asegurar el recambio de equipos dirigentes, de alternativas políticas, de respetar los cambios en la voluntad ciudadana, y de cuidar que el espacio de poder tenga ocupantes transitorios para que el sistema proteja las libertades cívicas.
¿Cómo se asegura entonces que la alternancia y el pluralismo sigan vigentes sin partidos políticos consolidados? ¿Cómo puede funcionar un Parlamento que dice representar a los ciudadanos en nombre de partidos cuando las estructuras de las que se sirven implosionan, o cuando los propios congresales al verlas débiles las usan una vez elegidos con fines personales?
¿Cómo hacerlo cuando el Estado y su personal, que deberían garantizar la legalidad y la resolución pacífica de los conflictos, se aprovechan de la impunidad para negocios propios y no pueden controlar los focos de violencia en el territorio que tienen la tarea de administrar?
La conformación de frentes, alianzas, encuentros, no hace más que postergar el problema. Tampoco el panorama político cambia debido a que en el agitado calendario eleccionario y en el ritmo bianual de ofertas de nuevos o viejos candidatos modifiquen transitoriamente las mayorías. De no encontrar nuevos cauces institucionales para organizar la vida en democracia, la política está en manos de las corporaciones que no tienen frenos para decidir sobre cuestiones colectivas, y que sólo encontrarán resistencias en las movilizaciones que, una vez desencadenadas, al no tener organización ni ideas ni programas para instalarse en el tiempo, desaparecen o se fracturan por debilitamiento.
Corporación estatal, empresarial, financiera, policial, sindical, mediática, luchas sectoriales sin tregua ni marco jurídico con fuerza de ley, una situación así creada pareciera no tener otra salida que buscar al César masculino o femenino para imponer el orden.
El mundo cambia aceleradamente. Es posible que instituciones políticas de hace un siglo no representen estos cambios. Este asunto de la reforma constitucional, sin suponer de hecho la mala fe en quienes la defienden, aunque muchos se escudan detrás de ella para salvarse a sí mismos, parece sostenerse en una realidad concluida en cuya resurrección pocos creen y no sólo –para repetir lo que dicen sus propiciadores– en el talento extraordinario de una mandataria.

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