Frase que leí el otro día y la anoté. Hermosa.
"Elijo ser feliz antes que tener la razón"
martes, 8 de enero de 2013
lunes, 22 de octubre de 2012
Nadie va a resolver de una buena vez por todas el problema de qué es un régimen democrático y cuáles son sus características definitivas. Dos mil quinientos años de filosofía no cerraron el bucle y el debate prosigue. Hay quienes prefieren – como Laclau – hacer uso de esquemas abstractos y remiten sus afirmaciones a los autores clásicos para discutir acerca de qué es una representación política, interrogarse acerca de cuáles son los modos en que se establecen las relaciones entre representantes y representados, elaborar esquemas sobre la conformación de una voluntad popular, llevar a cabo una lectura política sobre el funcionamiento de las instituciones y reflexionar sobre las relaciones entre el estado y la sociedad.
Estos manuales breves o farrogosos sobre teoría política eluden la historia concreta de las formaciones sociales y disimulan el aspecto oportunista de sus presentaciones. No digo estratégico sino oportunista. Lejos de aspirar a un análisis de la situación política argentina, Ernesto Laclau intenta una vez más – en el texto desgrabado de una conferencia publicado en este diario la semana pasada – dar letra a las ambiciones del personal gubernamental kirchnerista que indudablemente aspira a perpetuarse en el poder, colonizar el Estado y unirse a quienes se preparan para celebrar el 7D.
La preocupación que lo desvela es que el kirchnerismo no se deje arrinconar por dos enemigos políticos: uno es el liberal constitucionalista, y el otro es el libertario izquierdista. El primero representa para él el orden conservador que detrás de su prédica a favor de la consolidación de las instituciones no hace más que defender los intereses del capital. El otro, el paleoizquierdista, como lo llama Verbitski, plantea un nuevo riesgo ya que en nombre de variadas formas de democracia directa, no consolida las demandas populares en aparato estatal alguno y termina por disolverse en la inorganicidad.
En medio de ambos el populismo kirchnerista que lo llena de optimismo. Reconoce que se corre el peligro de que el líder de las masas se “autonomice” como lo dice con ternura, y se convierta en algo que no se atreve a llamar por su nombre: un dictador. Pero quien se compromete en la lucha política sabe que, así lo recuerda Laclau, citando a un ídolo legendario que describía ciertos gajes del oficio, Lenín: “hacer política es siempre caminar entre precipicios”.
Como cita es extraña, entre precipicios, por lo general, uno cae en el abismo, seguramente que se trata en este caso del borde de los mismos. Y así fue, Lenín tenía razón, mientras él caminaba por los bordes, Stalin decidió arrojar al pueblo ruso al foso de uno de los mayores genocidios del siglo XX que fue coronado con gloria morir por los cantos de la izquierda.
Laclau dice que los representantes del pueblo no sólo deben cumplir con el mandato delegado por los ciudadanos, sino que tienen por misión modelar la voluntad popular. Sostiene que a veces el pueblo es débil y no sabe ni puede tener la fuerza política suficiente para luchar por sus intereses, y que por eso, desde la cúspide, la tarea del Jefe o Jefa junto a sus adláteres es la de crear las condiciones para lograr el triunfo popular. Y esto se hace sin consulta previa, se hace porque se debe hacer, porque la historia lo pide, porque la vanguardia revolucionaria así lo establece, y porque la masa de pobres estará agradecida de por vida a la conducción que desde Tecnópolis a la Biblioteca Nacional marca el camino de la liberación.
Linda música. Ya la escuchamos. Es el canto de la lucha armada del sistema de los 70. Su guión no ha variado, sus palabras dicen: el sistema representativo está en crisis, el parlamentarismo es un teatro de comedias, las instituciones, como insiste Laclau, no son “neutrales”, por lo que el poder judicial responde a intereses reaccionarios y sólo valen las sentencias del tribunal popular, los medios de comunicación están al servicio de las corporaciones, el capitalismo hace agua, etc.
La conclusión es obvia. El Líder y las masas llevan a cabo la revuelta popular, y en nuestro país la conducción de Cristina Fernández junto a Julio de Vido, Guillermo Moreno, Florencio Randazzo, Sergio Berti, Jorge Capitanich, Héctor Timerman, Carlos Zanini, Axel Kiciloff y Amado Boudou, guiarán a los batallones de Emilio Pérsico, Luis D´Elía y Milagro Sala, hacia la gesta nacional y popular, les guste o no a los millones de argentinos que no se han convencido de la naturaleza liberadora de la cruzada populista.
Tiene razón Laclau, el parlamentarismo no es garantía de democracia. Pero lo que olvida es que la ausencia de parlamentarismo lo es menos. Los parlamentos se crearon en el siglo XVII para destronar el absolutismo y frenar las guerras civiles que ensangrentaron un continente. La actividad parlamentaria volvió a recrearse a fines de la década del cuarenta del siglo pasado en los países europeos para evitar la aparición de un nuevo Führer. Por supuesto que el sistema representativo está en crisis, hace rato que lo está, por eso debe reforzarse con nuevos organismos de control ciudadano. Los distintos sectores de la sociedad deben estar representados en los mismos. Son diversos porque en la Argentina vive gente diversa, no sólo el palco de aplaudidores de conferencistas itinerantes. Hay católicos que van por millones a Luján, una clase media que quiere ir a veranear, millones que separan una parte de sus ingresos para enviar a sus hijos a colegios privados, trabajadores agremiados que ya son clase media y tienen su auto en una cochera, mucha gente que quiere ahorrar con una moneda que no se desprecie cada mes para comprarse una casa, tantos consumidores que le hacen caso a un gobierno que los manda a comprar un plasma cada mes y les pide que gasten más de lo que tienen para sostener el modelo. Hay de todo, además de quienes sólo viven de la asistencia del estado marginados en villas y en suburbios, asalariados con un sueldo de pobreza por falta de un trabajo remunerado en blanco.
Sólo los que pregonan vandalismos de cartón desde sus despachos, salas de redacción y cátedras pueden soñar con una especie de limpieza étnica que elimina de la escena social a los denostados “rubios”. El resentimiento pequeño burgués siempre fue antiburgués.
Y existe la libertad. Y la libertad no la regala el poder, por el contrario, el poder quiere arrebatarla. La libertad sólo puede ser garantizada por la ley y la autoridad. Claro que las instituciones no son neutrales, en ellas hay luchas por los espacios de poder, pero no son un juguete del capital.
Por el contrario, si no fuera por las instituciones y sus normas, la sociedad estaría a merced de las armas y del dinero, las dos fuentes de la dominación. Al poder político se lo controla, no sólo el parlamento, sino el periodismo también, sea del color que sea, lo hacen las iglesias, las asociaciones profesionales, las oenegés, la gente en la calle con cacerolas o con bombos, las corporaciones que con sus intereses fragmentan y diseminan las energías en una sociedad competitiva globalizada. Sólo un paranoico de mala fe con aspiraciones de despotismo ilustrado cree y desea que el poder sea uno solo, ya sea en manos de un Jefe o Jefa, o zarandeado por una entelequia fantasmal que poscomunistas cesantes llaman “multitud”. Por eso es tan difícil la práctica política, por eso no le sirven los intelectuales que no entienden de diversidad, complejidad, y que venden jacobinismo barato.
Que en Bolivia se vive un proceso democratizador como festeja Laclau, es posible, se trata de un país en el que al fin las mayorías tienen voz y recuperan sus símbolos de antaño. Pero no es para regodearse en la felicidad precolombina. Más de uno me decía en La Paz que quería estudiar chino, y no era para leer a Lao Tsé, y menos a Mao.
Que en Venezuela hay un ejemplo a seguir, Dios nos libre y guarde de vivir bajo el paraguas militar de una oligarquía petrolera que distribuye sí, es cierto, recursos en escuelas y clínicas, y mucho más entre generales, coroneles y asociados. ¿Tan mal estamos que ése es nuestro mejor ejemplo para una Argentina posible?
¿Qué hubiera pasado en Venezuela si ganaba Capriles? Aquellos que piensan como Laclau habrían denunciado un fraude electoral, o en caso de no poder demostrarlo, habrían consultado el manual del politólogo marxiano para explicar que el pueblo fue alienado y su conciencia manipulada. Pero al ganar Chávez festejan la democracia y hablan del éxito de la construcción de la voluntad popular.
El pueblo es una muñeca de trapo para uso de teoricistas.
La democracia no se define por sacar a gente de la pobreza. De ser así los jerarcas de Tiananmen que imperan en la China serían los héroes de la historia mundial, para no hablar de Hitler que entre 1933 y 1937 llevó a cabo el primer “milagro alemán”.
La construcción de la democracia no es una tarea a resolver con citas bravas de Gramsci ni tampoco con buenas intenciones republicanas en el continente más desigual del mundo; al menos podríamos reconocer la dificultad de componer en una misma frase libertad y necesidad, libertad e igualdad, o, como hoy se agrega, libertad y seguridad, que nos obliga a pensar de nuevo sin remitirnos a aventuras amortizadas que terminaron en una tragedia, o de contribuir una vez más a una incitación a la violencia de acuerdo al paradigma que interpreta a la política como una de las formas de la guerra, y con una forma de pensar sectaria que sin enemigos internos muere de inanición.
Estos manuales breves o farrogosos sobre teoría política eluden la historia concreta de las formaciones sociales y disimulan el aspecto oportunista de sus presentaciones. No digo estratégico sino oportunista. Lejos de aspirar a un análisis de la situación política argentina, Ernesto Laclau intenta una vez más – en el texto desgrabado de una conferencia publicado en este diario la semana pasada – dar letra a las ambiciones del personal gubernamental kirchnerista que indudablemente aspira a perpetuarse en el poder, colonizar el Estado y unirse a quienes se preparan para celebrar el 7D.
La preocupación que lo desvela es que el kirchnerismo no se deje arrinconar por dos enemigos políticos: uno es el liberal constitucionalista, y el otro es el libertario izquierdista. El primero representa para él el orden conservador que detrás de su prédica a favor de la consolidación de las instituciones no hace más que defender los intereses del capital. El otro, el paleoizquierdista, como lo llama Verbitski, plantea un nuevo riesgo ya que en nombre de variadas formas de democracia directa, no consolida las demandas populares en aparato estatal alguno y termina por disolverse en la inorganicidad.
En medio de ambos el populismo kirchnerista que lo llena de optimismo. Reconoce que se corre el peligro de que el líder de las masas se “autonomice” como lo dice con ternura, y se convierta en algo que no se atreve a llamar por su nombre: un dictador. Pero quien se compromete en la lucha política sabe que, así lo recuerda Laclau, citando a un ídolo legendario que describía ciertos gajes del oficio, Lenín: “hacer política es siempre caminar entre precipicios”.
Como cita es extraña, entre precipicios, por lo general, uno cae en el abismo, seguramente que se trata en este caso del borde de los mismos. Y así fue, Lenín tenía razón, mientras él caminaba por los bordes, Stalin decidió arrojar al pueblo ruso al foso de uno de los mayores genocidios del siglo XX que fue coronado con gloria morir por los cantos de la izquierda.
Laclau dice que los representantes del pueblo no sólo deben cumplir con el mandato delegado por los ciudadanos, sino que tienen por misión modelar la voluntad popular. Sostiene que a veces el pueblo es débil y no sabe ni puede tener la fuerza política suficiente para luchar por sus intereses, y que por eso, desde la cúspide, la tarea del Jefe o Jefa junto a sus adláteres es la de crear las condiciones para lograr el triunfo popular. Y esto se hace sin consulta previa, se hace porque se debe hacer, porque la historia lo pide, porque la vanguardia revolucionaria así lo establece, y porque la masa de pobres estará agradecida de por vida a la conducción que desde Tecnópolis a la Biblioteca Nacional marca el camino de la liberación.
Linda música. Ya la escuchamos. Es el canto de la lucha armada del sistema de los 70. Su guión no ha variado, sus palabras dicen: el sistema representativo está en crisis, el parlamentarismo es un teatro de comedias, las instituciones, como insiste Laclau, no son “neutrales”, por lo que el poder judicial responde a intereses reaccionarios y sólo valen las sentencias del tribunal popular, los medios de comunicación están al servicio de las corporaciones, el capitalismo hace agua, etc.
La conclusión es obvia. El Líder y las masas llevan a cabo la revuelta popular, y en nuestro país la conducción de Cristina Fernández junto a Julio de Vido, Guillermo Moreno, Florencio Randazzo, Sergio Berti, Jorge Capitanich, Héctor Timerman, Carlos Zanini, Axel Kiciloff y Amado Boudou, guiarán a los batallones de Emilio Pérsico, Luis D´Elía y Milagro Sala, hacia la gesta nacional y popular, les guste o no a los millones de argentinos que no se han convencido de la naturaleza liberadora de la cruzada populista.
Tiene razón Laclau, el parlamentarismo no es garantía de democracia. Pero lo que olvida es que la ausencia de parlamentarismo lo es menos. Los parlamentos se crearon en el siglo XVII para destronar el absolutismo y frenar las guerras civiles que ensangrentaron un continente. La actividad parlamentaria volvió a recrearse a fines de la década del cuarenta del siglo pasado en los países europeos para evitar la aparición de un nuevo Führer. Por supuesto que el sistema representativo está en crisis, hace rato que lo está, por eso debe reforzarse con nuevos organismos de control ciudadano. Los distintos sectores de la sociedad deben estar representados en los mismos. Son diversos porque en la Argentina vive gente diversa, no sólo el palco de aplaudidores de conferencistas itinerantes. Hay católicos que van por millones a Luján, una clase media que quiere ir a veranear, millones que separan una parte de sus ingresos para enviar a sus hijos a colegios privados, trabajadores agremiados que ya son clase media y tienen su auto en una cochera, mucha gente que quiere ahorrar con una moneda que no se desprecie cada mes para comprarse una casa, tantos consumidores que le hacen caso a un gobierno que los manda a comprar un plasma cada mes y les pide que gasten más de lo que tienen para sostener el modelo. Hay de todo, además de quienes sólo viven de la asistencia del estado marginados en villas y en suburbios, asalariados con un sueldo de pobreza por falta de un trabajo remunerado en blanco.
Sólo los que pregonan vandalismos de cartón desde sus despachos, salas de redacción y cátedras pueden soñar con una especie de limpieza étnica que elimina de la escena social a los denostados “rubios”. El resentimiento pequeño burgués siempre fue antiburgués.
Y existe la libertad. Y la libertad no la regala el poder, por el contrario, el poder quiere arrebatarla. La libertad sólo puede ser garantizada por la ley y la autoridad. Claro que las instituciones no son neutrales, en ellas hay luchas por los espacios de poder, pero no son un juguete del capital.
Por el contrario, si no fuera por las instituciones y sus normas, la sociedad estaría a merced de las armas y del dinero, las dos fuentes de la dominación. Al poder político se lo controla, no sólo el parlamento, sino el periodismo también, sea del color que sea, lo hacen las iglesias, las asociaciones profesionales, las oenegés, la gente en la calle con cacerolas o con bombos, las corporaciones que con sus intereses fragmentan y diseminan las energías en una sociedad competitiva globalizada. Sólo un paranoico de mala fe con aspiraciones de despotismo ilustrado cree y desea que el poder sea uno solo, ya sea en manos de un Jefe o Jefa, o zarandeado por una entelequia fantasmal que poscomunistas cesantes llaman “multitud”. Por eso es tan difícil la práctica política, por eso no le sirven los intelectuales que no entienden de diversidad, complejidad, y que venden jacobinismo barato.
Que en Bolivia se vive un proceso democratizador como festeja Laclau, es posible, se trata de un país en el que al fin las mayorías tienen voz y recuperan sus símbolos de antaño. Pero no es para regodearse en la felicidad precolombina. Más de uno me decía en La Paz que quería estudiar chino, y no era para leer a Lao Tsé, y menos a Mao.
Que en Venezuela hay un ejemplo a seguir, Dios nos libre y guarde de vivir bajo el paraguas militar de una oligarquía petrolera que distribuye sí, es cierto, recursos en escuelas y clínicas, y mucho más entre generales, coroneles y asociados. ¿Tan mal estamos que ése es nuestro mejor ejemplo para una Argentina posible?
¿Qué hubiera pasado en Venezuela si ganaba Capriles? Aquellos que piensan como Laclau habrían denunciado un fraude electoral, o en caso de no poder demostrarlo, habrían consultado el manual del politólogo marxiano para explicar que el pueblo fue alienado y su conciencia manipulada. Pero al ganar Chávez festejan la democracia y hablan del éxito de la construcción de la voluntad popular.
El pueblo es una muñeca de trapo para uso de teoricistas.
La democracia no se define por sacar a gente de la pobreza. De ser así los jerarcas de Tiananmen que imperan en la China serían los héroes de la historia mundial, para no hablar de Hitler que entre 1933 y 1937 llevó a cabo el primer “milagro alemán”.
La construcción de la democracia no es una tarea a resolver con citas bravas de Gramsci ni tampoco con buenas intenciones republicanas en el continente más desigual del mundo; al menos podríamos reconocer la dificultad de componer en una misma frase libertad y necesidad, libertad e igualdad, o, como hoy se agrega, libertad y seguridad, que nos obliga a pensar de nuevo sin remitirnos a aventuras amortizadas que terminaron en una tragedia, o de contribuir una vez más a una incitación a la violencia de acuerdo al paradigma que interpreta a la política como una de las formas de la guerra, y con una forma de pensar sectaria que sin enemigos internos muere de inanición.
viernes, 5 de octubre de 2012
La protesta salarial de las Fuerzas Armadas y las de seguridad abrió para Cristina Kirchner una crisis compleja. Y ella no ha sabido dar todavía con una respuesta clara.
En principio, el problema es serio porque el brote de indisciplina alcanzó a una organización, la Gendarmería Nacional, que había sido adoptada por el Gobierno como el principal instrumento para combatir la inseguridad, que es el malestar social más agudo que registran las encuestas.
La Presidenta consideraba a la Gendarmería su fuerza favorita por un par de razones: no la veía identificada con la represión ilegal de los años 70 y, además, mantendría niveles de decencia contrastantes con la imagen convencional de las principales policías del país.
Cuando Nilda Garré inauguró el Ministerio de Seguridad y quiso abordar el problema de la delincuencia metropolitana, recurrió a los gendarmes, que fueron trasladados de a miles hacia el conurbano, en un gesto ofensivo para la policía bonaerense. Cuando fue designado para controlar a Garré, el teniente coronel Sergio Berni se estableció en el edificio Centinela. También se apeló a la Gendarmería para las controvertidas tareas de inteligencia del denominado Proyecto X. Y fue a los gendarmes a quienes el oficialismo confió un objetivo tan relevante como la ocupación de Cablevisión, la colina más valiosa de la guerra contra Clarín. La tormenta que se desató el martes quebró la confianza en esa organización predilecta. Fue, en este sentido, la rebelión de los propios.
La otra dimensión inquietante de este trance es la falta de una respuesta adecuada. El Gobierno todavía no consigue ofrecer una definición coherente del fenómeno. Garré dio por liquidado el levantamiento con el cambio de autoridades en la Gendarmería y la Prefectura, aunque la revuelta siguiera apareciendo por televisión. Berni reaccionó ante un reclamo gremial, aceptó un petitorio de los insubordinados y prometió resolverlo en seis días. Esa dilación podría ser una táctica interesante para desgastar a un grupo de huelguistas convencionales. Pero con los uniformados sólo logró extender la protesta. Ayer la desobediencia se había multiplicado en varias unidades militares. Nada que el Gobierno no pudiera prever: el ministro de Defensa, Arturo Puricelli, había sido informado el martes por la noche de que en varias dependencias del Ejército -en el 5º Cuerpo, por ejemplo- se registraban amotinamientos de suboficiales. Ayer se especulaba que el jefe de la policía bonaerense recibirá un pliego de condiciones salariales de sus subordinados. En su interés por cansar a los quejosos, Berni olvidó aquel aforismo de Perón: "Sacar a los hombres de armas de los cuarteles es difícil; pero más difícil es volverlos a meter adentro".
Es comprensible que Berni esté desorientado: confraternizó con las fuerzas como un oficial más, confiando en que así se libraría de estos contratiempos, atribuidos a la intemperancia de Garré. Pero la interna del teniente coronel con la ministra se ha vuelto despiadada. Es otro error incomprensible del Gobierno, que ya se verificó en el duelo Scioli-Mariotto: traslada a la política de seguridad las tensiones de su interna. Es decir, juega con fuego.
La falta de una interpretación de lo ocurrido aumentó la incertidumbre. Estela de Carlotto y Juan Cabandié, por ejemplo, denunciaron una amenaza para la democracia. Si fuera así, ¿por qué Juan Manuel Abal Medina suspendió los decretos del conflicto sin esperar a que se restablezca la disciplina? ¿Por qué Berni aceptó un petitorio formulado por supuestos sediciosos? Si el sistema institucional estuviera en peligro y, por lo tanto, se requiriera especial cohesión política, ¿había que agredir a la oposición defenestrando a Leandro Despouy de la AGN?
En rigor, el Gobierno ignora las raíces del fenómeno y no parece haber una cabeza coordinando los movimientos. La Presidenta, como ante otros grandes contratiempos, está desconcertada. Desde que se produjo el cacerolazo, la ganó la sensación de que todo el mundo se le anima. Los funcionarios admiten la espontaneidad del levantamiento, pero se intrigan ante la osadía de quienes lo lideran. Cabandié filtró una pista sobre las presunciones presidenciales cuando habló de que "detrás de esto hay manos negras", para referirse enseguida a "las banderas de Rico". Aldo Rico aceptó el papel que le asignaba Cabandié y aleccionó a los insubordinados: "No bajen la protesta porque los van a traicionar".
La crisis tiene también un costado fiscal que debe ser mirado con detenimiento. Los desajustes salariales alcanzan en todo el país a unos 400.000 efectivos. Además, los fallos de la Corte que obligan a incorporar al salario los suplementos no remunerativos valen tanto para las fuerzas de seguridad como para las Fuerzas Armadas. ¿Qué suma representa para el Tesoro ese blanqueo? ¿Qué repercusión tendrá en el resto del sector público? ¿Se admitirá alguna forma de sindicalización castrense, como la que existe, por ejemplo, en Italia?
Con la queja de los uniformados se ha vuelto escandaloso un dato conocido: el mayor empleador en negro del país es el Estado. La informalidad se extiende mucho más allá de los organismos policiales y castrenses. Llega al sistema universitario, al aparato de salud y hasta al Ministerio de Trabajo, que debe combatir la desviación.
Existe una última incógnita, acaso la más relevante: ¿ajustará el oficialismo, a partir de estos episodios, su discurso sobre las Fuerzas Armadas y de seguridad? La relación del Gobierno con esas instituciones ha sido una variable dependiente de su discurso sobre los derechos humanos. Las Fuerzas Armadas fueron identificadas, de manera más o menos directa, con la represión ilegal. Y las de seguridad, sospechadas de desbordes, corrupción, gatillo fácil. La falta de estímulo profesional para todo aquel que luzca una gorra excede en mucho el problema salarial. Remite a la narrativa central del kirchnerismo. Es ese núcleo de la política el que ha sido puesto a prueba.
Acá el link: http://www.lanacion.com.ar/1514468-en-la-armada-esperan-hoy-una-respuesta-oficial
martes, 25 de septiembre de 2012
Mujer Maravilla - Por Fabián Casas
En el pesaje previo a la pelea, hubo un momento en el que los dos oponentes, semidesnudos, se pusieron cara a cara. Si no hubiesen estados los promotores del match, las cámaras de TV, los técnicos, periodistas, preparadores físicos y demás integrantes de la retórica del boxeo, uno supone que los púgiles se hubiesen besado sin problemas. Como dos gladiadores romanos bajo un sol histórico. O como lo hacían los soldados de la infantería griega quienes lloraban desconsolados la muerte de sus parejas —también hombres— que luchaban a su lado en esos campos de batalla homéricos.
Durante varios años el boxeo en Argentina fue tomado por las mujeres. La Tigresa Acuña, Carolina Duer, Yessica Bopp. Fueron ellas las que agarraron la antorcha dejada por los grandes boxeadores de los setenta y quienes sostuvieron la llama del espectáculo en una disciplina, la verdad, muy dura, fría y adictiva, como la cocaína. Lorenzo Beneventano, el entrenador que llevó a Salazar al título del mundo, siempre decía: “El boxeo es como las estrellas, depende de la oscuridad para brillar”. Y también agregaba esta muletilla: “Los golpes no alimentan”. Porque la cantera de los boxeadores es un lugar bastante parecido al infierno, no vienen, como otros deportistas, de las comodidades y el confort de la clase media o la clase media alta. Y aunque sean súper estrellas en algún momento, ganen dinero, tengan miles de autos y salgan con vedettes de turno, el destino de estos atletas suele ser letal: ahí está Alí con su parkinson que no lo deja tranquilo, o Galíndez pisado por un auto de turismo carretera o Monzón preso por haber cometido un crimen contra su mujer, Alicia Muñiz. Los boxeadores son seres trágicos. En las peleas logran expiar algo de lo duro que fue la vida con ellos. Pero su historia se escribe en el cuerpo, con golpes certeros, demoledores. Y el tiempo, que sabe boxear, no perdona a quienes lo hacen mal.
La pelea de Maravilla Martínez y Chávez junior contradijo a Chico Novarro y ese sábado no fue un sábado más, ni sobre Buenos Aires ni sobre todo el largo del país. Había algo que no se veía desde las peleas de Carlos Monzón. Maravilla Martínez había logrado unir en su persona un sinfín de ingredientes que lo volvieron un héroe de la clase trabajadora. Infancia pobre, amor incondicional por su madre laburadora, gran peleador, de técnica y velocidad notable, y un tipo que estuvo, muchas veces, a punto de perder todo viajando por Europa casi como un indocumentado, haciendo miles de trabajos para poder tener una oportunidad para pelear. Y cuando tuvo esa oportunidad no la dejó escapar. A pesar de todo esto, muchos de los que se sentaron para ver la pelea y provocaron esa fiebre del sábado por la noche, no habían visto muchas peleas del campeón. Pero sabían que había que ver a Maravilla. Eso, como el amor, estaba en el aire. Y también estaba Las Vegas.
Porque la NASA se preocupa por si hay vida en Marte, pero sin duda es más interesante saber qué clase de vida hay en Las Vegas. Esa ciudad en medio del desierto, repleta de autos grandes y blancos, hombres con anillos dorados y mujeres voluptuosas, jardines artificiales y conserjes de hotel por donde uno mire. Que como en las colonias marcianas que imaginó Philip K Dick, usa oxígeno artificial enviado por los conductos de aire de los hoteles casino, para que los jugadores no se duerman y estén atentos, para perder todo. Son muy pocos los que ganan en Las Vegas. Maravilla lo comprobó en el último round. Elvis lo comprobó en esos shows letárgicos y extravagantes, enfundado en su traje de torero blanco, transpirando los tranquilizantes que se había tomado para poder cantar.
Aunque Maravilla se la pasa hablando, da la impresión de que no lo hace de más. Dijo que iba atacar a Chávez y que le iba a dar una paliza y cumplió. Increíble. Sin embargo, en el último y fatídico round que resignificó la pelea por completo, aceptó tener un cruce de golpes con Junior que desde la ortodoxia técnica no era aconsejable. Pero seamos sinceros ¿No estuvimos esperando con temor ese momento de la pelea en que iba a salir un directo de Chávez para sepultar los sueños de nuestro campeón? Maravilla lo hizo. No se conformó con apalear en una muestra de boxeo extraordinaria a su oponente, sino que fue por más, se jugó al excedente y, como los jugadores oxigenados del casino, apostó todo al 12. Cayó. Se le aflojaron las piernas al país boxístico. Y se levantó. Y una vez más contra toda ortodoxia, no fue al clinch, al abrazo salvador, algo que le deberían sugerir gritando desde su rincón, los bares y los hogares insomnes de Argentina, sino que se plantó a pelear cara a cara, golpe por golpe hasta el final.
Maravilla Martínez tiene algo de mujer. No es un macho como Monzón, Galíndez y Bonavena. Como aconseja Moris en la canción Escuchame entre el ruido, parece no negar a la mujer que hay en él. Es metrosexual. Usa anteojos que le dan cierto aire de intelectual y se animó a un ejercicio de stand up en la tele vernácula, provocando en quienes lo vimos la sensación de verguenza ajena que genera Robert De Niro haciendo de un insoportable Rupert Pupkin en El Rey de la Comedia de Scorsese. No importa. Maravilla puede superar todo, ya lo demostró. Incluso uno piensa que hasta podrá superar ser el nuevo ídolo de la Gran Llanura de los Chistes, que lo está esperando con los teendores en la mano.
Cuenta la leyenda que cuando Del Potro volvió al país después de ganar el US Open, la presidenta de todos los argentinos lo quiso saludar. Delpo se negó y le mandaron a la AFIP a Tandil. No pasa nada si te mandan a la AFIP, el problema es si te mandan el autobomba de bomberos que sí aceptó Delpo para recorrer las calles de tu ciudad soportando un baño de amor, alegría y frustraciones de los habitantes de nuestro querido país. De hecho nunca se pudo reponer de eso. Ya lo dijo Jacques Vaché en una carta a André Bretón: nada mata más a un hombre que verse obligado a representar a un país. Mientras tanto, la mamá de nuestro nuevo héroe, Susana Paniagua, nos dejó una frase genial digna de terminar en esos sobrecitos de azúcar: “Cuando se cayó fue como revivir los dolores de parto, cuando triunfó, fue como si volviera a nacer”.
Acá el link: http://bonk.com.ar/tp/daily/1934/mujer-maravilla
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miércoles, 19 de septiembre de 2012
La vida de Francesco
Afiche que hizo la genia de mi esposa para la obra musical que vamos hacer los padres en el colegio de mi otro sol, mi hija hermosa.
Los ensayos son muy divertidos, y con mucho amor.
Los ensayos son muy divertidos, y con mucho amor.
“Me dejé llevar por Shakespeare” - Javier Daulte
Entrevista a un genio del teatro.
TEATRO › JAVIER DAULTE ANTE EL ESTRENO DE MACBETH EN EL TEATRO SAN MARTIN
“Me dejé llevar por Shakespeare”
El director propone una mirada diferente de la convencional a la hora de abordar al personaje central de esta tragedia: “Si uno deja de prestar atención a lo que hace y cómo lo hace, llega a entender a Macbeth, y hasta no se puede dejar de quererlo”.
Por Cecilia Hopkins
“La vida no es más que una sombra que pasa”, considera Macbeth, personaje central de la tragedia del mismo nombre, tras lo cual arriesga otras comparaciones sobre el vivir: “un mal actor que se pavonea, un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y que no significa nada”. A punto de saber que su esposa acaba de morir y ya al tanto de que todos sus planes se han venido abajo, Macbeth evalúa su mala fortuna y considera que le espera lo peor. Escrita por Shakespeare hacia 1606, la tragedia que hace foco en temas tales como la tentación, el deseo del poder, la lealtad y la traición, vuelve a estrenarse luego de casi 40 años de ausencia, al menos en los grandes escenarios porteños. Así, Javier Daulte (recientemente galardonado con el ACE de oro, además del correspondiente a Mejor dirección en comedia y drama por Filosofía de vida y por Lluvia constante) dirige por primera vez en el teatro San Martín, en la sala Martín Coronado (la obra irá de miércoles a domingos a las 20.30): “Nos empezamos a acostumbrar al monstruo desde el primer día –admite el director en la entrevista con Página/12–. Es la catedral del teatro de Buenos Aires y tiene mucho significado para mi generación: vimos muchas obras muy importantes aquí, especialmente en las temporadas internacionales”, recuerda.
Las múltiples versiones cinematográficas de Macbeth (Orson Welles, Kurosawa y Polanski son algunos de los directores que la llevaron al cine) y también los análisis que suelen llevarse a cabo en talleres de actuación coinciden en que la tragedia de Macbeth propone una parábola que alecciona acerca de los peligros del poder en virtud de la transformación que se opera en el protagonista: fiel a su rey, el general se convierte en un tirano despiadado que no encuentra paz luego de concretar unos crímenes que luego se vuelven en su contra, traicionado por sus subordinados. Con este tratamiento, el personaje no despierta simpatía en la platea. Sin embargo, Daulte tiene otra mirada: “Si uno deja de prestar atención a lo que hace y cómo lo hace, uno llega a entender a Macbeth, y hasta no se puede dejar de quererlo”, sostiene.
“No hago análisis del texto con los actores sino que me pongo a montar la obra desde el primer día, escena por escena”, explica Daulte y afirma: “No encuentro otra manera, porque la obra tiene un sentido musical tal, que en ese ordenamiento encuentro la clave misma del montaje”. Aclara además que no realizó cambios en el texto, apenas algunos cortes. Lo personal de su versión podrá apreciarse, según adelanta, en el tratamiento de los personajes y en los aspectos visuales y auditivos de la puesta: la coreografía es de Carlos Casella, la música de Diego Vainer, la iluminación de Gonzalo Córdova y el vestuario de Mariana Polski. El elenco está integrado por Alberto Ajaka, Mónica Antonópulos, Luciano Cáceres, Agustín Rittano, Julieta Vallina, Alberto Suárez, Leonardo Saggese, Fabio Aste, Leticia Mazur, Débora Zanolli, William Prociuk, Joaquín Berthold, Emiliano Dionisi, Margarita Molfino, Ezequiel Rodríguez, Francisco Pesqueira, Julián Calviño, Martín Pugliese, Javier Niklison, Federico Buso, Marcelo Pozzi y Valentino Alonso.
En su camino de regreso del frente de batalla, Macbeth y Banquo son saludados por tres brujas. Al primero lo llaman por un título nobiliario que no tiene, además de adelantarle que será nombrado rey. A Banquo, por su parte, le aseguran que será padre de reyes aun cuando él mismo nunca lo sea. “Lo peor que le pudo pasar es conocer su destino, saber a lo que él puede llegar –analiza Daulte–, después de saberlo, ¿quién puede renunciar a eso?”, se pregunta. Porque cuando a Macbeth le otorgan el título que las brujas le habían anticipado que le concederían no puede esperar a que el destino obre por su cuenta y no para de cometer asesinatos hasta conseguir la corona. Para dar el gran paso y asesinar al rey Malcolm, Macbeth acepta la complicidad de su esposa. En este punto, lo habitual es que se considere la figura de esta mujer como la verdadera responsable del crimen. Pero Daulte tampoco es fiel a esta tradición: para el director, Lady Macbeth es una mujer que, sencillamente, le recrimina a su marido no tener la suficiente entereza como para defender sus sueños. Los crímenes deben continuar porque la profecía manda liquidar a la estirpe de Banquo. Mientras tanto, las visiones –de fantasmas, de indelebles manchas de sangre– no dejan de atormentarlo tanto a él como a su esposa.
–Cuando fue convocado pudo proponer a cualquier autor. ¿Por qué eligió hacer Shakespeare?
–Shakespeare tiene mucha historia en mi vida, lo leí y releí muchísmo. Una de las formas que tuve de ganarme la vida fue dirigiendo grupos de lectura de obras de Shakespeare. Siempre fue un referente dramatúrgico para mí, porque en sus obras todo funciona. Es cierto que alguna vez dije que nunca haría un clásico. Pero ya se ve: a la vejez, viruela. Ahora me parece un placer descomunal: veintidós actores y la posibilidad de “descansar” en ese texto que, como el color negro, va bien con todo.
–¿Con todo?
–Sí y eso es parte del problema... De todos modos yo no recurro a artificios ni a trucos, sino a la pura actuación: yo quiero que la gente se “lleve” a Shakespeare después de ver este Macbeth. Hice recortes, pero me dejé llevar por el propio autor, por su sentido de la teatralidad, del espectáculo: sabía cómo combinar a los personajes, a quiénes dejar afuera de una escena, cómo sumar elementos contrastantes. Además de saber acerca del alma humana, de lo que más sabía Shakespeare era de teatro.
–Casi no introdujo modificaciones en el texto, con la salvedad del personaje del portero...
–Sí, el portero hace, en el original, una especie de stand up con chistes de la época. Así que yo seguí con esa idea y convoqué a Martín Pugliese, para que él haga lo mismo con el leit motiv de “el personaje menor”. Es pertinente porque ésta es una obra con muchos personajes menores, de esos que aparecen en una sola escena, pero que tienen que ser muy buenos actores dada su importancia en la obra.
–¿En qué se basa esta versión?
–La versión va en contra de la solemnidad. Y hay un tratamiento visual contemporáneo: hay música electrónica, no hay ropa de época, y cuando se habla de espadas se ven pistolas. Además, la escena del banquete es una vernissage en la cual los personajes están en continuo movimiento.
–¿Cómo son las brujas que conocen el futuro de los personajes de mayor peso de la historia?
–Las brujas son tremendamente atractivas, van de negro, con tachas. En la obra se habla veladamente de un alucinógeno y eso se entiende porque cuando Macbeth ve a las brujas por segunda vez se habla de verdaderas visiones. Hoy podríamos pensar que se tomó un ácido.
–¿Y cómo concibió al matrimonio Macbeth?
–Esta es una tragedia de juventud. Macbeth y Lady Macbeth están en los treinta y pico, son una pareja sin fisuras que está armando un proyecto de vida. Lo que les pasa es por su juventud, por no conocer las consecuencias de sus actos. Si pensáramos en que tienen más edad sería maquiavélico. En cambio, uno los puede entender mejor porque se hacen cargo de sus actos: Macbeth dice que va a morir con la armadura puesta.
–En las versiones cinematográficas suele estar acentuada la incidencia que la mujer tiene sobre el marido, una influencia maléfica...
–Ella le dice que él tiene que estar a la altura de sus ambiciones, que no puede renunciar a sus sueños ni ignorar su destino de grandeza. Ella lo estimula y lo incita. Si uno deja de prestar atención a lo que hace y cómo lo hace, llega a entender a Macbeth, y hasta no se puede dejar de quererlo.
–¿A pesar de convertirse en un tirano?
–El horror se recicla. Aun cuando se termina con la dictadura de Macbeth las consecuencias son terribles en todo orden. Shakespeare tenía con su época la obligación de expresar la legitimidad del poder. Es por eso que sus obras siempre terminan con la coronación del rey que sigue. Pero festejar sobre montones de cadáveres es muy violento...
–¿Qué aspectos de esta versión hablan al espectador del momento actual?
–Nunca hice una obra pensando en lo que puede llegar a representar para el espectador de hoy. Yo elijo las obras pensando en la teatralidad que tienen, así que apenas me ofrecieron estrenar en el San Martín pensé en esta obra. Me siento como una antena. Las razones por las que elegí Macbeth las encontraré tiempo después. O alguien se encargará de decírmelo.
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