miércoles, 24 de agosto de 2011
Mimos para los ricos - Lousteau para La Nación
Interesante artículo.
La economía global está en terapia intensiva: crecerá poco y nada en los próximos años, con probabilidades no desdeñables de caer en una nueva recesión. Ello implica que las tasas de interés en los países desarrollados permanecerán bajas, lo cual es positivo para nuestro país y la región en general. Pero también es posible que el mundo compre menos nuestros productos, o que caigan los precios de nuestras exportaciones. Si eso ocurre habrá menos fondos disponibles, tanto en el sector privado como en la esfera estatal. Es en este marco que debemos analizar si estamos haciendo una adecuada utilización de nuestros recursos actuales, como es el caso de los subsidios económicos que incluyen: energía, transporte, agroalimentos y financiamiento del déficit de empresas públicas.
Esta discusión ya fue planteada en el seno del gobierno apenas hubo asumido la actual administración en diciembre de 2007. Ese año, el monto utilizado para los fines arriba mencionados había alcanzado los $ 15.000 millones; y venía casi duplicándose desde 2003, año en el que arrancaron con apenas $ 1.500 millones. Sin embargo, Kirchner prefirió continuar con el esquema vigente que siguió aumentando en volumen. Este año habremos gestado la friolera de $75.000 millones, lo que equivale a 4,1 puntos del PBI. Eso significa que estamos destinando nada menos que el 4% de todo lo que se produce anualmente en el país a mantener este paquete de subsidios, cuyos beneficiarios corresponden mayoritariamente a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Conurbano.
Quizás algunas comparaciones sirvan para dar una mejor magnitud del desatino. De cada $ 100 que el gobierno hoy gasta: $ 35 corresponden a jubilaciones, $ 25 a salarios, $ 15 a obra pública y $ 5 a planes sociales -de los cuales la Asignación Universal por Hijo (AUxH) representa sólo la mitad-, y $ 20 a subsidios. Estamos desperdiciando nada menos que US$ 500 por habitante en este último concepto, que representa así una quinta parte del gasto primario total.
Para colmo, no hay discriminación alguna en los esquemas tarifarios: las ventajas son gozadas tanto por sectores necesitados como por lo ultra-ricos. Seguramente nos escandalizaríamos si el futuro hijo de Mauricio Macri recibiera una AUxH, pero nos hacemos los desentendidos frente al regalo que conlleva el precio artificialmente reducido de la electricidad y el gas que usa en su casa de Barrio Parque.
Si mediante un sistema de tarifas sociales -perfectamente viable- ahorráramos la mitad de lo que estamos derrochando en quienes no lo necesitan, podríamos hacer muchas cosas. Por ejemplo, en un año tendríamos la red ferroviaria que reclama Pino Solanas, quien podría así retirarse tranquilo habiendo cumplido al menos la mitad de su cometido (y le prometemos discutir también qué hacer con el petróleo y la minería). Alternativamente podríamos multiplicar por 2,5 veces el gasto en salud, eliminando además la desnutrición y la mortalidad infantil. O duplicar el gasto en educación, para mayor envidia de los chilenos.
Antes lo que se recaudaba en derechos de exportación a los productos primarios y manufacturas agropecuarias sobraba holgadamente para hacer frente a estos subsidios. Pero ahora, la cuantía de éstos últimos duplica a los primeros. Por ese motivo el Gobierno se ha visto obligado a apelar a otras fuentes de financiamiento para su actividad, entre ellas la emisión de dinero que alimenta la inflación.
Desde que este sistema se puso en vigor nos hemos gastado un acumulado de nada menos que US$ 60.000 millones, lo que supera en mucho las reservas totales que tiene hoy el Banco Central. Y la dinámica es exponencial: si no hacemos nada, en 2012 habremos sumado otros US$ 21.000. Cuando comenzó la crisis financiera internacional, EE.UU. decidió armar un paquete de rescate bancario de nada menos que US$ 700.000 millones. La cifra parece exorbitante en estas latitudes, pero es al tamaño de la economía estadounidense lo mismo que esos US$ 21.000 a la nuestra. Y en su caso era por única vez, mientras nosotros debemos afrontarlo todos los años.
Recientemente Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo, escribió un artículo reclamando a los políticos norteamericanos que dejaran de mimar a los ricos con ridículas rebajas de impuestos. ¿Hará falta que todos aquellos que no precisamos los subsidios para afrontar los servicios exijamos públicamente que nos los retiren? Quizás sólo así se decida el Gobierno a dejar de malgastar tanto dinero. Podría entonces dedicarlo a mejores fines, y hasta corregir las desarreglos macroeconómicos que padecen millones de argentinos que ven como la suba de precios erosiona cada mes su poder adquisitivo.
Etiquetas:
Economía,
Periodismo
viernes, 19 de agosto de 2011
Los zapatos de Robinson - Entrevista a Juan Villoro
“Recuerdo la imagen extraordinaria de Defoe: uno de los primeros detalles que Crusoe advierte al caer al agua son dos zapatos que no hacen juego.” Así define el escritor mexicano el “naufragio” de sus lecturas y experiencias. También habla de humor, violencia y política.
POR DIEGO ERLAN
Podríamos aceptar, como decía Schopenhauer, que desde un punto de vista general, la vida de cada individuo es un espectáculo trágico, pero que desde uno particular se convierte en un sainete. Es decir: las vicisitudes y los tormentos, las molestias incesantes, los ataques de pánico y la realidad conspirando contra nuestra propia existencia son verdaderos pasos de comedia. Detalles por los que todos terminamos convertidos en actores secundarios de una sitcom . George Costanza, el amigo gordo, feo y fracasado de Jerry Seinfeld es el personaje más divertido de la serie justamente porque todo, siempre, le sale mal; porque vive con los padres y no tiene trabajo, porque cada mujer con la que logra una cita se da cuenta del terrible error de la naturaleza que George representa. Juan Villoro podría ser el guionista detrás de George. Podría ser Larry David. Por ejemplo, si en este momento le propusiéramos al escritor mexicano ensayar su autorretrato, la mirada irónica lograría imponerse ante la egomanía. Puesto en este incordio, Villoro explica que el problema es que todos los autorretratos salen desenfocados. “No describes lo que eres sino lo que quieres ser. Entonces me hubiera gustado ser un autor ruso, plasmar emociones volcánicas en una novela, sobrevivir a Siberia, tener personajes que fueran terroristas mesiánicos, campesinos iluminados, mujeres frágiles que lo resisten todo, pero dediqué demasiado esfuerzo a tener cara de ruso y me quedé sin energías de aprender el idioma. De manera inevitable, me convertí en un lugar común de Coyoacán, el barrio donde vivo”. Sabemos que el humor es algo subjetivo. Que la situación y el estilo son las fuentes principales de la comicidad. Ambas dependen a su vez del timing y el timing , en literatura, no es otra cosa que el orden de las palabras. Convertirse en un “lugar común de Coyoacán” después de haber deseado ser un “autor ruso” no puede generar otra cosa más que una estruendosa carcajada. El humor trabaja sobre los cimientos de la vulnerabilidad y la fragilidad humana, con los errores y los miedos de cada persona y alguien, para ser gracioso, primero debe ensayar frente al espejo. ¿Cuál es la imagen que tiene Juan Villoro de un tal Juan Villoro? “El problema es que vivo conmigo mismo. Trabajo por mi cuenta, eso significa que todos los días deseo despedirme y todos los días me vuelvo a contratar. Me gustaría caer en gozosos estados de irresponsabilidad pero no puedo hacerlo. Una amiga me dijo: ‘Estás demasiado tenso: déjate ir’. Le hice caso, pero me ‘dejé ir’ al dentista, el colmo de la tensión. La vida me parece tolerable gracias a los demás.” El humor, se sabe, es uno de los atributos de la inteligencia.
Sigue acá:
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Entrevista_Juan_Viloro_0_535146487.html
Etiquetas:
Literatura,
Periodismo
jueves, 18 de agosto de 2011
La renuncia opositora a cambiar la historia - Pagni para La Nación
Interesante artículo de Carlos Pagni publicado hoy en La Nación.
La anatomía política del país que emergió de las urnas se puede sintetizar en dos números: 50 y 38. El primero es el porcentaje que obtuvo Cristina Kirchner . Indica que su fracción alcanzó por primera vez la mayoría, y que, por lo tanto, su gobierno será muy fuerte. El otro es la diferencia entre ella y el segundo. Indica que sobre el Gobierno habrá un déficit de control. El 50% habla de las capacidades del oficialismo. El 38% habla de la incompetencia de la oposición.
Para la caracterización de la democracia argentina es mucho más revelador el vacío del 38 que la consistencia del 50. Muchos países están regidos por administraciones con gran respaldo popular. En cambio, las sociedades que no cuentan con una alternativa a quienes las gobiernan pagan las consecuencias de ese desequilibrio de poder. El hiato de 38 puntos que hay entre gobierno y oposición es la señal más clara de que la crisis de 2001 sigue abierta. Más aún: al cabo de diez años, podría indicar que se está volviendo crónica.
La asimetría del 38% anticipa que el kirchnerismo verá facilitadas sus pulsiones cesaristas. El balance de poder en el Congreso, por ejemplo, volverá a la frontera de 2007.
La carencia de una alternativa de poder se proyectará también sobre las relaciones entre el Gobierno y la sociedad civil. El empresariado, los sindicatos, la prensa serán territorios más disponibles a la colonización oficial. Es decir, se difundirá un espíritu cortesano propio de las monarquías, no de las repúblicas. Es una falta de armonía que atemoriza la inversión.
Estas deformaciones no son simples vicios del kirch-nerismo. Son las consecuencias del formato que ha adquirido la política. Ese diseño sólo será corregido cuando una fuerza, sin necesidad de combinaciones exóticas, alcance un consenso equivalente a, por convenir una cifra, el 35% de los votos. Esa es la tarea que les espera a los rivales del Gobierno. Mejor dicho: ésa es la tarea que está esperando, sobre todo, a la dirigencia no peronista, desde que colapsó el radicalismo, en el año 2001. Es la empresa a la que estaban convocados Mauricio Macri, Francisco De Narváez, Julio Cobos, Elisa Carrió, Ricardo López Murphy, o la dirigencia que quedó al frente del radicalismo residual. Hermes Binner, al parecer, se ha propuesto ahora alcanzar ese objetivo.
La formación de esa organización alternativa demanda operaciones de por sí virtuosas. La primera es la confección de una red humana de suficiente despliegue territorial. Desde el hundimiento de la UCR no hay fuerza política alguna, salvo el peronismo, que pueda ofrecer una prestación tan elemental como la de contar con personal para las fórmulas de presidente y vicepresidente, y de gobernador y vicegobernador de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Capital Federal. La oposición al kirchnerismo intenta llenar esa grilla con un rompecabezas endiablado. Y no lo logra.
Esa red no debería ser la reproducción del viejo aparato burocrático, sino una urdimbre vinculada con los nuevos sectores y actores que emergieron con el ciclo económico abierto en 2001, aprovechando, entre otros medios, las facilidades de las tecnologías de la información.
La existencia de ese entramado de alcance nacional impulsaría un salto de calidad metodológico: las decisiones y estrategias pasarían a ser el resultado de procesos colectivos. Es decir, pasarían a ser hijas de la interlocución y del debate, sin los cuales no hay ideas. La ausencia de estas prácticas, que tanto se le reprocha al Gobierno, es un rasgo sobresaliente del arco opositor. Con una desventaja: el decisionismo es más patético en quienes carecen de poder.
La construcción de una fuerza que pueda seducir a un 35% del electorado requeriría, además, la elaboración de una imagen del país alternativa a la del oficialismo, y la formulación de un mensaje capaz de comunicarla. El kirchnerismo está en poder de ese activo. Arcaizante, de escasa base empírica, difusa, hay una visión de la Argentina atribuible a los Kirchner. La oposición o carece de ella o comparte la oficial.
El urdido de una organización humana y la formulación de un mensaje demandan una perseverancia propia de las grandes personalidades políticas. La oposición requiere hoy de un Mitre, un Roca, un Yrigoyen, un Perón, un Raúl Alfonsín. Así de simple. Así de exigente. Sobre todo porque no se trata de competir con otro partido, sino con el aparato del Estado, administrado con espíritu faccioso.
Los rivales del Gobierno vienen eludiendo esa tarea a través de cuatro atajos. El primero es la esperanza mesiánica en una figura que genere detrás de sí una ola de adhesión. Por ejemplo: Cobos, al votar contra las retenciones móviles, o Raúl Alfonsín, al fallecer, protagonizaron fenómenos de popularidad que introdujeron en la vapuleada UCR esa corriente de pensamiento mágico.
La segunda vía rápida es la fractura del peronismo. Es la ilusión óptica que produjeron en su momento Carlos Reutemann o Daniel Scioli, de quien muchos siguen esperando su "pronunciamiento de Urquiza". Figuras muy relevantes como Mauricio Macri o Francisco De Narváez vienen demorando sus carreras con la candorosa expectativa de que gobernadores e intendentes descontentos se sacudirán alguna vez el yugo de los Kirchner. También hombres más curtidos, como Eduardo Duhalde, vendieron y compraron esa fantasía. Las primarias desmintieron esta leyenda.
Otro amuleto del antikirchnerismo es el de la "unidad de la oposición". El experimento es sencillo cuando el Gobierno está atrapado por una figura demonizada por la opinión pública, como fue entre 2008 y 2010 Néstor Kirchner. Con sólo vituperar al "demonio" muchos opositores consiguen ser vistos como ángeles. Ese método sirve para canalizar un repudio. No para obtener un mandato.
Un rasgo central y riesgoso de esta estrategia es su perezosa confianza en las denuncias de la prensa. Suele suceder que, cuando esas denuncias no conducen a nada por la falta de iniciativa política, las sociedades que las consumen terminan anestesiándose. Es difícil aceptar un infierno sin salida.
La desaparición de Kirchner significó para este curso de acción la pérdida de un activo principal. El empeño por mantenerlo en un contexto distinto al de 2009 mostró una enorme inconsistencia. Recuperada la imagen del Gobierno, el rompecabezas opositor comenzó a mostrar sus juntas mal soldadas.
La oferta opositora de este año comprueba que hay tradiciones y sensibilidades políticas que se resisten a las alquimias electorales. También demuestra que el axioma " Cristina ya ganó " fue asumido como propio por muchos líderes que, ante la perspectiva de una derrota inevitable, apostaron nada más que a conservar su identidad. Es la razón por la cual Binner, en Santa Fe, donde triunfa, exhibe una plasticidad para asociarse que se le desconoce a escala nacional.
Por supuesto, existe una sociología electoral homogénea, que alimentó en su hora al radicalismo, cuya representación está fragmentada de modo artificial. Es bastante evidente que Alfonsín, Binner y Carrió no están separados tanto porque piensen distinto, sino porque quieren lo mismo. Convendría releer a Freud, quien definía como "narcisismo de las pequeñas diferencias" a la obsesión de los que quieren distinguirse de lo más familiar y parecido.
Si las estrategias de la oposición tienen bastante de quimérico es porque se sostienen sobre una misma falla: un tedioso menosprecio sobre la capacidad de la voluntad en la política. El mayor pecado de la oposición radica en la suposición de que se puede llegar al poder por el mero aprovechamiento de una escena organizada por otro. Por las calamidades del Gobierno, por la llegada de un redentor, por la fractura del PJ o por la influencia de la prensa. Detrás de esa fantasía hay una renuncia grave. Es la renuncia a construir la escena, la renuncia a intervenir en el curso de la historia..
Las razones de la victoria - Loustau para La Nación
Los argumentos de la victoria del oficialismo en las primarias según el ex ministro de economía de Cristina.
esulta un tanto exasperante leer y escuchar la interpretación de las elecciones que realizan muchos periodistas, analistas y hasta los protagonistas que fueron derrotados. El dato, absolutamente indiscutible, es que Cristina Fernández de Kirchner logró el 50% de los votos, cuadruplicando lo obtenido por cada uno de sus dos perseguidores inmediatos. Además, lo consiguió con una campaña relativamente austera en comparación con las que nos tenía acostumbrados el kirchnerismo; y casi en soledad, es decir sin el apoyo de las estructuras más tradicionales del Justicialismo.
Según parece, este respaldo extraordinario en las urnas se debe al voto cuota y la tiranía del bolsillo; a la viudez; a la propaganda de 678; y a la fragmentación, la impericia y la falta de propuestas de la oposición, algo que varios periodistas parecen haber descubierto el lunes de madrugada.
Ninguna de estas versiones sobre lo ocurrido le asigna mérito alguno a la Presidenta. Poco parece haber pesado en la decisión de la gente el extraordinario crecimiento económico, la recuperación del empleo, la asignación universal por hijo, la ampliación de las jubilaciones y la imagen de recuperación de una autoridad presidencial y estatal, que se planta frente al poder de diversas corporaciones. Entres esos logros se destaca uno sobre el cual llamaba ayer la atención, con su habitual lucidez, Chrystian Colombo: en un mundo cuyo principal problema parece ser la esperanza de los jóvenes, el Gobierno ha sido capaz de seducirlos y brindarles una idea de futuro, más allá de si uno la comparte o no.
Frente a todo ello ¿por qué habría alguien de optar por el miedo que pretende infundir Duhalde, la inseguridad que transmite Alfonsín o el "denuncismo" de Carrió? Sólo Binner puede mostrar, en sus propuestas y su gestión en Santa Fe, un ideario similar al que le dio semejante impulso al Gobierno. Por eso, a pesar del enorme desconocimiento que tiene aún su figura, tiene un interesante margen para crecer, que lo podría catapultar al segundo lugar el 23 de octubre. Pero para dar un salto aún mayor debería poder enamorar a los jóvenes de todo el país, algo que su imagen personal, un tanto antigua, dificulta.
"En un mundo cuyo principal problema parece ser la esperanza de los jóvenes, el Gobierno ha sido capaz de seducirlos y brindarles una idea de futuro"
Para hacer análisis constructivos a partir de las derrotas es importante, como mínimo, ser crítico con la propia actuación y justo en el reconocimiento de las virtudes de los demás. Los grandes políticos son, asimismo, capaces de registrar no sólo lo que revelan las encuestas sino también lo escondido, aquello no dicho por la sociedad. Sin esas cualidades es casi imposible generar propuestas. Es en esos campos, y en los logros arriba mencionados, donde Cristina Fernández de Kirchner parece haber sacado distancias siderales al resto.
Los grandes políticos son, asimismo, capaces de registrar no sólo lo que revelan las encuestas sino también lo escondido, aquello no dicho por la sociedad
Antes de que comiencen los foristas de ambos bandos a tildar esta columna de exitista o de calificarme de panqueque, permítanme recordar que el denominado "modelo" es, a mi juicio, populista en la acepción que a dicho término da el intelectual Daniel Larriqueta: la subordinación del largo plazo al corto plazo. La prosperidad de estos años, que en una medida no menor se debe a las condiciones favorables que el mundo nos brindó, no redundó en cambios profundos y permanentes de nuestra estructura socioeconómica. Y, lamentablemente, la dinámica reciente y algunas de las mejoras logradas serán insostenibles si no llevamos a cabo un diagnóstico más riguroso ni mejoramos la gestión.
Juventud y viudez, sus escudos y sus lanzas - Sarlo para La Nación
Publicado ayer en el diario La Nación.
¿Cómo no recordarlo? En noviembre de 1951, Perón ganó un segundo período presidencial con más del 62 por ciento de los votos, el doble de los que obtuvo la Unión Cívica Radical. Fue la primera elección nacional en la que votaron las mujeres. La casualidad o el destino le dieron a David Viñas, fiscal radical, el papel de llevar la urna al Policlínico de Avellaneda, donde Eva estaba internada. Muchos años después, Viñas recordaba el momento: un friso de suplicantes en las puertas del hospital, rezando, "como en una película de Eisenstein". Una fotografía muestra a Eva, extenuada, en el momento en que una mujer le acerca la urna. La cabeza sostenida apenas por las almohadas, el rostro demacrado y el gran rodete rubio. Viñas espera afuera. Cuando le devuelven la urna, escucha la voz de Perón, que le pregunta a Eva: "¿Apago la luz, negrita?" Eva y todas las mujeres argentinas votaban por primera vez. También Victoria Ocampo, gran opositora, votó por primera vez, y fue éste el único reconocimiento que le hizo al peronismo. Como ahora con los derechos humanos, siempre hay algo que reconocer.
Eva Perón murió en 1952. Hubo paredes en Buenos Aires donde se escribió la frase repulsiva: "Viva el cáncer". La fatalidad se entreteje con la historia del peronismo. En 1974, la muerte de Perón, mientras ejercía la presidencia, abrió el camino de la violencia dentro y fuera de su movimiento. En 2010, la muerte de Néstor Kirchner, por el contrario, le da a la línea que él armó dentro del justicialismo una dimensión que su viuda ha sabido aprovechar. En 2009, Kirchner venía de perder una elección. Parecía que su poder se debilitaba, pero su muerte esfumó los efectos de la derrota, la manipulación de las candidaturas testimoniales, el estado deliberativo del Partido Justicialista.
Cristina Kirchner se rodeó de un escudo protector juvenil (los "pibes" que el domingo cantaban por "la liberación"); se apoyó en una burocracia de Estado que administra dinero y militancia, y cerró Olivos a casi todo el mundo excepto a la mesa más pequeña, a la que se sientan hombres de su extrema confianza personal.
La muerte de Kirchner contribuyó a esta victoria de una manera paradójica. Pero, antes, dejó su obra. Son suyas las bases económicas sobre las que Cristina Kirchner acaba de lograr su gran triunfo. Aunque se le fueron unos cuantos, por el momento contuvo las tendencias centrípetas. Sobre esto último es claro testimonio el discurso con el que Scioli celebró el domingo a la noche su victoria: agradeció primero a Néstor Kirchner, luego a Alberto Balestrini; saludó a sus competidores internos (como Ishii); reafirmó que su mano está tendida para sumar. Y sólo al final dijo: "Tenemos que encontrarnos con Cristina Kirchner y darle un abrazo y decirle que se merece este respaldo".
Ese lugar de Scioli fue un inteligente recurso de Néstor que Cristina Kirchner tuvo la precaución de conservar, como muchas otras medidas de su marido. Cuando la militancia entusiasmada cantaba en la noche del domingo: "Néstor no se murió, Néstor vive en el pueblo", reconocía esto. La Presidenta, en el momento más evocativo de su discurso, dijo: "El está mirando desde algún lado. Está acá, ¿no es cierto? Díganme que sí". Abrazada a su hija, no sólo se permitía un tributo fúnebre de tono animista. Estaba haciendo un reconocimiento al edificio político que le dejó el muerto.
La paradoja es que si Kirchner hubiera seguido en este mundo estaría en peores condiciones que su mujer para beneficiarse con su propia obra. Vivo, su espíritu belicoso y el recuerdo de las jornadas que rodearon la resolución 125 lo perjudicaban. Muerto, la viuda supo cambiar el tono.
En realidad, encarnó una imagen de gran poder simbólico: la mujer fuerte, destrozada por el dolor, que se solloza y se recupera al mismo tiempo; que apela al muerto pero demuestra que puede reemplazarlo con ventaja; tocada por la desgracia pero indomable. El luto es emblema de una soledad espiritualmente fortalecida y no de desfallecimiento. La viudez de Cristina ha sido su escudo y su lanza. Hay que reconocer que supo usarlos y que su victoria no puede ser solamente atribuida a que la oposición no hizo bien sus tareas.
Las alianzas hipotéticas
Esto último salta a la vista en cuanto se suman los votos de las diversas listas opositoras. Si se hubieran unido todos, igualmente Cristina habría vencido. Esta hipótesis de oposición unificada fue imposible y, por muchas razones, no deseable. En cambio, otras convergencias más verosímiles no tuvieron lugar: sólo el personalismo impidió que Eduardo Duhalde y Alberto Rodríguez Saá presentaran una lista conjunta. ¿Qué obstáculo insalvable pudo separarlos después de compartir tantos años el mismo Partido Justicialista y enunciar discursos que no se contraponen? En ese caso, el peronismo habría concurrido con dos boletas. Es sensato pensar que Cristina Kirchner habría ganado, puntos más o puntos menos. Simplemente, el electorado no peronista habría podido comprobar que el peronismo todo junto sigue siendo una mayoría impresionante, cosa que puede comprobar ahora mismo si suma los millones de votos kirchneristas y los de Duhalde y Rodríguez Saá.
Los kirchneristas duros dirán que cualquier unión de estos votos es contra la naturaleza ideológica que separa (¿para siempre?) las dos líneas del movimiento nacional. Los duhaldistas dirán que, retirada Cristina de la política, cumplida esa condición, ambas líneas podrán sentarse a la misma mesa, como lo vienen haciendo desde hace más de medio siglo (a veces se han peleado a tiros, a veces han competido en elecciones).
La otra alianza que se reclamaba era la de Alfonsín y Binner. Fue impracticable en el momento mismo en que Alfonsín optó por Francisco de Narváez. De cualquier cosa se podía retroceder, pero no de esa opción. Es significativo que un porcentaje considerable de votantes haya recompuesto la que habría sido la lista "natural": cortaron boleta y pusieron en el sobre la de Duhalde para presidente y la de De Narváez para gobernador de la provincia de Buenos Aires. Alfonsín tomará nota de esto, que quedó exhibido en la escena mediática cuando la periodista María Laura Santillán cometió el lapsus más apropiado: "Está llegando De Narváez a la sede de Duhalde. ¡Qué acto fallido!". Nadie puede reprochárselo. Los votantes que cortaron boleta hicieron de ese acto fallido una demostración de que cualquier alianza no es posible.
Por otra parte, Binner y el Frente Amplio Progresista, sumados a la campaña hace pocas semanas, tienen como objetivo una construcción a mediano plazo, con disposición para alianzas programáticas pero no para poner en la calle barredoras de hipotéticos votos antikirchneristas de cualquier color. Obtuvieron sólo dos puntos por debajo de Alfonsín y de Duhalde. Una buena elección, hecha sin plata y sin asesores de imagen. Si hubieran decidido aceptar a De Narváez en la provincia de Buenos Aires, no habrían ganado nada para el futuro. Tendrán que aprender, en cambio, que esa provincia es dura para quienes no son peronistas. Allí los colores del estandarte siguen siendo justicialistas, de los tonos que prevalezcan en cada momento.
Se ha repetido que los oficialismos ganaron en las elecciones provinciales previas. En estas primarias lo que ganó es el oficialismo nacional, votado por aquellos a los cuales les va muy bien o pasablemente bien y que, por lo tanto, no ven razones para un cambio sobre el que no tengan la seguridad de que les conviene. Y también votaron al oficialismo los pobres, que no están convidados al consumo sino apenas a la supervivencia; que dependen del sistema de subsidios y creen que mover un gobierno podría afectarlos. Cuando se es pobre, se teme con motivos fundados, ya que la vida es precaria y perder un poco es perder todo. Si ese temor se une a una identidad difusa de origen cultural peronista, allí están los votos.
Y como la victoria dulcifica, ayer a mediodía Cristina Kirchner dio una conferencia de prensa y no les indicó a los periodistas cómo debían portarse.
viernes, 12 de agosto de 2011
La larga marcha de Binner - Sarlo para La Nación
Publicó la nota de Beatriz Sarlo que hoy publicó en el diario La Nación. Más que interesante.
nteayer, a las 8.20 de la noche, Hermes Binner ocupó el centro del escenario en el Luna Park . Recorrió un largo camino para llegar allí como candidato a presidente y fue saludado por un estadio lleno, iluminado para que todos pudieran verse: "Se siente, se siente?". Después de unos minutos, comenzó a hablar. El lugar tiene su historia: "Estamos acá, en un recinto importante para la cultura popular argentina". El hombre pausado y sin grandes ademanes dijo estas palabras que señalan su llegada a la escena nacional.
Su discurso fue el que ya se ha hecho relativamente conocido, el mismo que retomó, a las 10 de la noche de ese miércoles, en A dos voces . Durante media hora justa, las palabras clave fueron: cambio con contenido progresista, federalismo y descentralización, desigualdad social, artículo 14 bis de la Constitución, educación que enseñe no sólo a leer sino a pensar, chantaje de los planes sociales, perspectivas para la juventud, industrialización de los productos agropecuarios, banco de desarrollo para las pymes y la cadena productiva, inflación, seguridad que enfrente el gran delito y el narco. Por debajo de esas palabras clave, la experiencia de Santa Fe y una promesa: "En cuatro años vamos a disminuir a la mitad el déficit de tres millones de viviendas".
El público conoce ese discurso y lo sigue en una atmósfera de mutua confirmación. Está allí para identificarse con el candidato, porque, antes, ellos se han sentido identificados. ¿Cuánto puede producir todo esto en las próximas elecciones? ¿Cuántos pueden coincidir con los miles que estaban en el Luna Park? Quizá no los suficientes para ganar una elección nacional. Pero la pregunta no es sólo sobre el presente inmediato, aunque una coyuntura electoral obligue siempre a pensar en presente.
Si lo que se vio en el cierre de campaña del Frente Amplio Progresista tiene un sentido que supera el momento, hay que buscarlo en los símbolos y en las personas. A ambos lados del escenario, de piso a techo, dos paños de luces mostraban alternativamente la estrella de cinco puntas del Partido Socialista y la bandera argentina. Es sabido que "celeste y blanco" y "argentinos" son talismanes para Binner, que quedó profundamente herido por el atropello partidario protagonizado por Cristina Kirchner en el Monumento a la Bandera. La estrella de cinco puntas, en cambio, es un emblema de la historia política. También se vio sobre ese escenario a los candidatos del Frente Amplio, gente libre de prontuario, con pasado y errores como todo el mundo, pero sin inexplicables deslizamientos de aquí para allá: Claudio Lozano, Victoria Donda, Luis Juez (que mostró con sencillez que Binner no huye de los derrotados como otros), Margarita Stolbizer y Norma Morandini.
Los discursos y las presencias en el escenario del Luna sugerían que esa gente está enlazada: derechos humanos como justicia sobre el pasado y acción para el presente, voluntad popular en las instituciones (allí estaba De Gennaro, otro que recorrió un largo camino), cultura juvenil, cultura democrática como base de cualquier progreso económico. Muchos vienen heridos, pero han resuelto no permitir que esas heridas sean reabiertas por la manipulación política. Representan distintos jirones de lo que en cualquier otro lugar del mundo se llamaría la izquierda y la centroizquierda. Acá, en la Argentina, esas palabras, de tanto disputarse, han disipado su contenido.
¿Alcanza con todo esto, que no es poco? No depende de Binner ni de las organizaciones que han formado el Frente. Ellos han llegado hasta acá y el domingo tendrán una primera respuesta. No se trata de la medalla de oro; se trata, más bien, de seguir la marcha que no termina en las elecciones de octubre, sino más allá. Las preguntas podrían comenzar a responderse si el Frente es la plataforma de ideas y de estilos que se afirma gane quien gane. En cualquier país normal, esto se llama construcción a mediano plazo, que no está basada sólo en batacazos electorales, aunque también se necesite esa suerte. Es muy difícil la combinación de buenas elecciones (no necesariamente victorias), trabajo e inteligencia, de ejemplaridad local y proyección nacional. Sobre el escenario y en el estadio había espíritu de confianza. Pero toda confianza necesita tiempo. Lula perdió elecciones y construyó a mediano plazo.
Imagino la historia de estos meses, pero escrita dentro de algunos años. Se preguntará por qué fue imposible la alianza entre una línea importante del partido radical y una experiencia provincial, en Santa Fe, que le daba un sobrio sustento de gestión en común. Fernando Solanas vetó esa convergencia y muchos de los que hoy están en el Frente Amplio la consideraban un rejunte con la vieja política. Ricardo Alfonsín, ya dispuesto a rumbear para otro lado, preparaba sus valijas para migrar de su voluntarismo "socialdemócrata" hacia parajes que le parecieron más generosos en oportunidades. Hizo la alianza con Francisco de Narváez y les dio la mejor razón a quienes no lo querían tener cerca. Aunque Margarita Stolbizer no se llevara bien con Alfonsín, no fue ella sino la mano tendida por el radical a Francisco de Narváez la que hizo el corte definitivo. Todos perdieron algo o mucho: Alfonsín, por hacer un acuerdo imprevisto que lo centrifugó; Solanas, por quedarse solo; Binner, por no presionar a tiempo ni a fondo.
Muchos siguieron sosteniendo que lo único sensato era un acuerdo como fuera, una especie de gobierno de salvación nacional, de los que se construyen en caso de guerra o de crisis. Reclamaban acuerdos por sobre diferencias de ideas, estilos y valores que son la razón de ser de la política. Sin esas diferencias, la política sería innecesaria.
Dentro de algunos años, un historiador podrá hacer hipótesis contrafácticas. Por ejemplo: ¿qué habría pasado si Binner y el Partido Socialista, en vez de responder a la amenaza de Solanas de romper todo (cosa que finalmente terminó haciendo), se hubieran anticipado por horas o por días al acuerdo de Alfonsín con De Narváez? En ese caso, no se descartaba una alianza de la UCR, el socialismo y otros partidos más chicos (alianza que sigue en pie en Santa Fe). Probablemente el panorama habría cambiado, aunque quizá Cristina Kirchner hubiera terminado igualmente victoriosa en las elecciones de octubre.
Las hipótesis sobre lo que no sucedió pero habría podido suceder son útiles. Sirven para pensar las oportunidades malogradas: Solanas no sacó todos los votos que pensaba en la ciudad de Buenos Aires y no está seguro de alcanzar el piso electoral con la candidatura presidencial de Alcira Argumedo. Alfonsín recorre un desfiladero y su mensaje ha perdido sustancia, eco y convicción. Binner ha comenzado una larga marcha que quizás habría podido ser más corta si hubiera decidido antes de manera clara y tajante repetir, a nivel nacional, su exitosa experiencia de alianza con el radicalismo en Santa Fe.
El historiador del futuro podría imaginar una verdadera interna abierta entre Binner y Alfonsín para este 14 de agosto. Ese historiador también sabría que hacerle una interna de verdad a la UCR es muy difícil, porque maneja el territorio. Como sea, habría galvanizado la opinión pública.
Pensaba en todo esto mientras llegaba al Luna Park como espectadora del cierre de campaña del Frente Amplio Progresista. Un día antes, el martes, Binner fue el único político argentino no peronista que se reunió con la CGT fuera de la gestión de gobierno . Lo que hizo es sorprendente, aunque de una sencillez imbatible. Sabe que si quiere gobernar va a tener que reunirse con esa comisión directiva muchas veces. Puede no gustar el secretario general, pero para que haya uno diferente antes tienen que suceder cosas en los tribunales y en la dirección sindical. ¿Cómo no se le ocurrió a algún otro político? Carrió tiene problemas de principio para hacerlo. ¿Los demás calcularon que Moyano es piantavotos? Binner, el menos pensado, tomó el riesgo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





