jueves, 29 de septiembre de 2011

Walter Malosetti, de festejo: ocho décadas resumindas en ocho discos



Nota publicada hoy en Clarín. Walter es un talentoso del jazz a nivel mundial.

El legendario guitarrista, compositor y maestro del jazz argentino festeja con un show sus 80 años. A pedido de Clarín.com, eligió sus discos fundamentales: uno por cada década de una vida dedicada a la música.

El legendario guitarrista de jazz Walter Malosetti festejará esta noche sus 80 años (65 ininterrumpidos con la música) con un recital en el Club Atlético Fernández Fierro (Bustamante 764, a las 21.30). Recientemente nombrado "Personalidad destacada de la cultura" en la Ciudad de Buenos Aires, el mítico músico interpretará canciones clásicas de Duke Ellington, Louis Armstrong o Jim Hall, más algunos anticipos de su nuevo disco, Esencia.
Guitarrista, compositor, maestro. Y obviamente un gran melómano. Clarín.com le pidió a Malosetti que le dé forma de música a la celebración de sus 80 años, con la elección de ocho discos fundamentales, uno por cada década de vida.
Con la aclaración de que la lista debía ser en realidad de "unos 100 nombres", más un pedido de disculpas por los admirados que no son mencionados, el mítico guitarrista tomó la consigna. Aquí va:

Aleman '72 - Oscar Aleman "Escuché sus discos en todas mis décadas, comenzando por la del 30. El maestro me invitó a participar en este disco. Mi agradecimiento es permanente".
Minor swing – Django Reinhardt & Stéphane Grappelli "Django fue de un valor increíble, que no puedo expresar en palabras. Una gran influencia, tengo todos sus discos".
Charlie Christian con el Goodman Sextet "Charlie Christian en 1939 en la orquesta de Benny Goodman junto a Fletcher Henderson. También tengo sus discos. Fue una gran influencia en mi formación".
Satchmo live – Louis Armstrong "Lo escuché y lo seguiré escuchando porque siempre me emociona".
Stardust – Hoagy Carmichael "Lo escuché en la década del 40. No puedo precisar la fecha en la que escuché "Polvo de estrellas" por primera vez, pero era muy chico. Podía tener entre 12 y 15 años. En aquellos años en la radio a veces se escuchaba algún programa de jazz. "Polvo de estrellas es una canción muy importante para el jazz, una canción que a mí me encanta. Fue uno de los temas más grabados: todos los grande lo hicieron".
Portraits of Duke Ellington - Joe Pass "Joe Pass es un virtuoso que me apasiona escuchar. He tenido el placer de compartir con él Clínicas de guitarra jazz en mi escuela de Virrey Cevallos".
A wonderful World – Tony Bennet "Admiro profundamente su estilo, su forma de compartir el jazz".
Jim Hall & Pat Metheny "Escucho todos los álbumes de Jim Hall con gran respeto y admiración".


A modo de bonus, el guitarrista también mencionó al “Summertime” de George Gershwin en la versión de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong (“¡Sublime!”) y al elegante guitarrista estadounidense John Pitzzarelli (“Este año he escuchado en vivo a John y a su orquesta. He tenido el placer de saludarlos y decirles cuánto los admiro”).

http://www.clarin.com/espectaculos/musica/Walter_Malosetti-jazz-discos_0_563343828.html

Banquina - Ruta provinvincial 210


El domingo pasado vine con mi familia desde San Vicente a Cap. Fed. por la ruta provincial 210 (luego Hipòlito Yrigoyen). El tránsito fue infernal, muy lento. Lleno de autos. Sin embargo, la nota siempre la dan los mal educados que utilizan la banquina para pasar la filas de automóviles que si van por la ruta. Lo llamativo, es que no hay ningún control policial. No solamente algunos utilizan la banquina, sino que tampoco llevan las luces obligatorias encendidas. Hay que tener mucho cuidado. La policía bien gracias.

De acá para allá - de Martin Kohan para Perfil


A veces, cuando viajo a Chubut, pienso un poco en Mario Das Neves. Y otras veces, cuando no viajo, pienso en cambio en Felipe Solá. Los hemos visto compartir las ideas del kirchnerismo, adherir a sus posturas, avalar sus decisiones, entusiasmarse con el tan mentado modelo. Los hemos visto después arrepentirse y desaprobar con energía eso que, antes, con igual energía, habían más de una vez aprobado. Los vimos devenir opositores y ahora los vemos oponerse a la oposición, ponerse en contra primero y después ponerse en contra de aquellos que están en contra. Un paso más que den, apenas un solo paso, y tal vez serán kirchneristas de nuevo. ¿Por qué no? ¿Podrían, llegado el caso, regresar Das Neves o Solá a las filas del oficialismo? Claro que sí, ¿por qué no? No tendrían que hacer, para eso, más que abrir de par en par las puertas del closet donde en su momento metieron a empujones al kirchnerista que resueltamente eran. Y que estuvo todo este tiempo escuchando las cosas que se decían afuera, con la oreja pegada a la puerta. Y esas cosas eran, más que nada, las reprimendas de Eduardo Duhalde, o bien los pedidos de mano dura de De Narváez, o bien las consignas de Duran Barba repetidas por Mauricio Macri.
Después de todo, ¿qué era lo que en el fondo querían Mario Das Neves o Felipe Solá? Querían ser presidentes de la Nación. Una ambición que, en ellos, que son políticos, resulta al fin y al cabo tan legítima como la del bancario que quiere llegar a gerente, la del mozo de restorán que quiere llegar a maître, la del ayudante de cátedra que quiere llegar a titular, la del movilero que quiere llegar a conductor de un programa. Se soñaron presidentes y estimaron que, en el kirchnerismo, les tocaba una espera larga, de tres turnos: Néstor-Cristina-Néstor. Pero la muerte, es decir lo imprevisible, alteró tiempos y esperas. Y el atajo apetecido trocó de repente en rodeo: el camino más corto en camino más largo.
El General Perón, según refiere la tradición, ha dicho alguna vez que los peronistas son como los gatos: parece que se pelean, pero en verdad se están reproduciendo. Lo interesante de estos dos peronistas, Das Neves y Solá, es que además de pelear con otros pelean consigo mismos: con su conciencia, con su pasado, con sus decisiones, con sus arrepentimientos. ¡Que se queden los dialécticos con su vana necesidad de resolver y superar las contradicciones! A ellos, en cambio, que son peronistas, las contradicciones los impulsan y los guían.

http://www.perfil.com.ar/ediciones/2011/9/edicion_611/contenidos/noticia_0009.html

viernes, 16 de septiembre de 2011

El error de denigrar a la oposición - Tomás Abraham para La Nación

Interesante nota del filósofo que publicó hoy en La Nación.

La prensa hostil al Gobierno comete un grave error al denigrar como lo hace a los políticos de la oposición. Es la misma falla de cálculo de muchos periodistas cuando, en 2009, decretaban el acta de defunción del kirchnerismo luego de unas elecciones en las que nuevamente los malentendidos incidieron en el resultado más que el anhelado voto racional y programático.
Por un lado, nadie puede desconocer que muchos de los que hoy califican al arco opositor con todos los epítetos degradantes que encuentran a mano optaron, por medio de distintos canales de expresión, favorecer a algunos de sus representantes y, a veces, hasta lo hicieron con entusiasmo.
En la prensa gráfica o en la televisión, en los medios en general, un periodista se solazaba en entrevistas con sus elogios a Duhalde y le servía la mesa bien tendida para que eligiera los manjares de su predilección, mientras otros, con más discreción pero no menos decisión, apoyaban la alianza Alfonsín-De Narváez como la mejor alternativa al gobierno actual.
No faltaron quienes se apenaron de la postura de Mauricio Macri por no haberse arriesgado a ser candidato presidencial de un modo en excesivo cauteloso sin percatarse de que la República lo necesitaba.
No hace falta practicar el periodismo militante para emitir opiniones y llevar a cabo minuciosos análisis de la realidad con inclinaciones políticas manifiestas o tácitas. La calidad periodística tiene que ver con el lenguaje oral o escrito del que se dispone, la profundidad de mira, la cantidad y la selección de la información que se ofrece, la riqueza de las contradicciones y de los dilemas puestos en juego.
Lo deshonesto no es tener simpatías políticas, adhesiones ideológicas u opciones morales, sino la de untarlas con criterios de objetividad para justificar tomas de posición solapadas.
Por eso es algo injusto que en cierta prensa, luego de los resultados de las primarias, después de que la decepción diluyera sus anteriores ilusiones, la reacción se desencadenara casi en forma unánime con furia y desprecio, y que culparan a los presidenciables de actos y pensamientos pecaminosos, con los que un cierto periodismo olvidado de sus preferencias se había identificado.
Son muchos los que se lamentan que se haya perdido una oportunidad de al menos equilibrar el poder, si no de sustituirlo, y miran para atrás con melancolía por el fracaso electoral. Nos dicen que si Cobos, si Sanz, si Binner, si Macri, si Duhalde y Rodríguez Saá, etcétera, hubieran tomado otro rumbo que el transitado, hoy viviríamos una realidad diferente con un horizonte más promisorio.
Supongamos que con zonda y con pampero a favor, Ricardo Alfonsín o Eduardo Duhalde, cualquiera de ellos, hubieran sacado 34% de los votos y Cristina un 46%; cabe imaginar que ante este regalo de la providencia, para la prensa opositora los mismos personajes con la misma falta de ideas ya no serían enanos y mediocres sino promesas bienaventuradas.
Vaya uno a saber cuál es la razón por la que Cobos, Alfonsín, Sanz, Duhalde, Rodríguez Saá, Binner, Macri, tildados en forma escalonada y de acuerdo con el paladar de los comunicadores de pusilánimes, improvisados, teloneros, sospechados, folklóricos, ambiguos y oportunistas, de haber quedado mejor posicionados en las primarias se hubieran hecho merecedores de la confianza de los formadores de opinión.
Pero, finalmente, ¿cuáles son los puntos de intersección que unen al periodismo contra la grave falencia que define a sus parientes políticos de la misma familia opositora? Es el argumento acusatorio de que no se juntaron -como parece juntarse el periodismo opositor- para ganarle al Gobierno. Claro, no por el mero hecho de no juntarse, sino por no haber sabido encontrar los puntos de coincidencia para construir una opción congregante, y dejarse llevar por narcisismos de parroquia y mezquindades de comité.
De acuerdo con este irrefrenable ímpetu de oponerse, se denuncia que el sistema republicano en nuestro país está en peligro, que una nueva dictadura se avecina, se advierte que la prensa libre será silenciada y que, por motivos sombríos y de interés sectorial, ya sea por el voto-empleo, el voto-cuota, el voto plasma y el voto-apatía, nuestra ciudadanía ingresa inconscientemente en el corral cual rebaño entregado al sacrificio bíblico. Un nuevo holocausto.
Vaya uno a saber si esta temida presunción es verosimil o no, todo puede pasar en este mundo imprevisible. Los agoreros pueden vaticinar una cosa y/o cualquier otra. Las disyunciones no siempre son excluyentes. En todo caso, la crítica opositora de la prensa, reflexión mediante, se concentra en el peligro que amenaza a las instituciones de la República y en el temor ante la posible y temida crisis económica a la que un gobierno clientelista nos puede irresponsablemente conducir.
Un nuevo Rodrigazo, acompañado por el caos político, es una situación límite que hay que neutralizar antes de que sea tarde. Por eso, la prensa anti-K llama a una coalición para la salvación nacional, que nuestros políticos mediocres han desoído dejando a la ciudadanía a merced de un poder inescrupuloso.
No somos un pueblo caracterizado por la moderación, sino más bien una comunidad de exagerados volátiles, con tendencia al hiperbolismo, lo que nos conduce, por sentimientos de necesidad y urgencia, a tomar decisiones erradas y apresuradas.
Rápido un plan económico para que lluevan inversiones. Rápido un acuerdo con el Club de París para que lluevan créditos a tasas bajas. Rápido reinstalar el verdadero Indec para que mida el 25% de inflación. Todo rápido y posible como si en nuestro país las decisiones económicas estuvieran a merced de la genialidad de un par de hombres y no del estrecho abanico de opciones que nos deja el mercado mundial.
A Menem no le quedaba otra medida posible que las privatizaciones, la convertibilidad y aceptar el plan Brady. Los que no lo creen pueden preguntarles a los sabios de los 90 qué otras medidas ignotas tenían en cartera. De la Rúa, con déficit estructural, sin financiación externa, una deuda impagable y monedas espurias en varias provincias, poco podía hacer si no bajaba el gasto. Y los Kirchner, con el regalo de la devaluación y el default declarado, más la eclosión de precios de las commodities , no hicieron más que aprovechar la ocasión que la globalización ponía en nuestras puertas.
Del mismo modo en que lo hizo, con mayor o menor éxito, todo el tercer mundo (hoy, países emergentes).
No hacemos lo que queremos sino lo que podemos, por más que se hiera nuestra vanidad y sentimiento de grandeza. La mentada autoestima no consiste en el maquillaje tecnopolítico y un desfile bicentenario, como tampoco lo era con la Argentina Potencia ni el Mundial 78. La autoestima, por lo general, no se proclama a los gritos sobre un taburete, no es un síndrome maníaco-depresivo, sino un accesorio lateral que reporta un poco de serenidad.
No se trata de juntarse contra el Gobierno y poner en marcha el famoso plan con sus increíbles medidas si queremos evitar una crisis terminal que destruya la República.
Por mi parte, no creo en este tipo de fatalidades. Un país dependiente como el nuestro necesita hilar fino y por un buen tiempo. En un momento político como el actual, lo que hay que hacer no es lo que la prensa furiosa sugiere y recomienda. No hay que juntarse, sino, por el contrario, lo que hay que hacer es diferenciarse. Lo que no quiere decir arrogarse la primacía política sobre la base de una pureza doctrinaria e ir al frente ciudadano con espíritu de secta, sino profundizar aún más el pensamiento propio y encarar cada uno de los problemas del país para ofrecer una alternativa posible a la conducción actual. Si de establecer acuerdos se trata, hacerlo con sectores políticos con los que hay coincidencia en valores, propuestas estratégicas comunes, prioridades políticas consensuadas, y que la heterogeneidad de tradiciones, la variedad de héroes epónimos y la historia singular que se evoca no sean un obstáculo para construir en el tiempo una opción consolidada por una larga marcha juntos.
No hay como la convivencia y la tarea diaria -ya sea en el Congreso y respecto de temas puntuales de la coyuntura nacional- para probar la consistencia de una unión. Cuando los interesados sólo se juntan porque no soportan la soledad y los une la desesperación, lo más probable es que el vínculo estalle por falta de triunfos inmediatos o que la inercia prolongue una asociación abúlica sin protagonismo alguno.
Este gobierno tiene la peligrosidad de la que ha hecho gala en estos ocho años de manipulación administrativa y narrativa. La conocemos. Le importa un rábano la Constitución, que considera materia de leguleyos. Elaborará una nueva Ley Fundamental cuando así le convenga. Prensa oficialista no le falta para crear el ambiente plebiscitario si la soja acompaña. El relato que el poder político hace de sí mismo y que bautiza con el nombre de "pensamiento nacional" es rancio, aldeano, nostálgico de la siesta colonial y de las guerras gauchas. Le agrega la épica de los años 70 con impudicia politiquera. Capturará sin pagar derechos de autor ideas de adversarios, como lo hizo con la mediación de Botnia, la asignación universal, el matrimonio igualitario, y ahora con altisonantes planes estratégicos. Pero, además, por si esto fuera poco, se le suma, por la obsesión de enfrentarlo, de no perder un poco de protagonismo, la peligrosidad de quienes se ungen a sí mismos como profetas de paraísos artificiales o heraldos de salvadores de la patria, sin ideas ni experiencia, y por más que se junten no ofrecen otro recetario que el de remedios domésticos para agravar, más que curar, las dolencias de las que se habla tanto.

miércoles, 14 de septiembre de 2011


Comparto una frase que me paso mi jefe. Es extraordinaria. El autor de la misma es Seth Godín.

LA CLAVE DEL ÉXITO ESTA EN REINVENTARSE…

Porque el mundo es:
De los líderes con identidad propia…
De los que hacen y dejan su sello…
De los que se atreven a ser creativos y romper el molde…
De los que respetan el legado pero se juegan por la osadía…

El malentendido - Tomás Abraham para Perfil


Comparto la excelente nota sobre Sarmiento que publicó el filósofo este domingo en Perfil.

El lunes pasado ya tenía escrita la nota del domingo. La escribo con días de anticipación porque la corrijo decenas de veces. Las líneas fundamentales y el ochenta por ciento de las notas, una vez en el horno, salen rápido, pero el aderezo lleva mucho tiempo. Adverbios, preposiciones, frases oscuras, vocablos repetidos en la misma oración, una palabra que aclara la idea; todo eso lleva tiempo.
Así que el lunes, como decía, mi editora de PERFIL, Silvina Márquez, me envía un correo  para consultarme si podía escribir una nota especial para el 11 de septiembre. Por lo general, soy una persona diligente y me gusta satisfacer pedidos y también me gusta que me apuren porque estoy acostumbrado a vivir entre la espada y la pared. No hay como el apriete. Pero en estos días, mis energías y mis terminales neuronales están que arden, camino cuesta arriba y me falta el aire. Quiero vacaciones. No puedo crear ideas al por mayor dos veces por semana. No es fácil este oficio. No escribo sobre lo ya pensado ni tengo un formato previo ni una matricería amiga que me envía los moldes.
El desierto es mi sitio, no es alarde romántico, es la vida del beduino cerebral, del nómade que sabe que pensar tiene ruido a vacío, no a hueco, no es un chiste, no es de cabeza hueca, sino de vaciar lo que ya está escrito.
Lo dicen las grandes autoridades; lo dijo Bacon, el pintor, lo repite Gilles Deleuze, crear una forma es borrar las que ya están. Y les aseguro que en materia de actualidad política, de ideas filosóficas, todo ha sido dicho, por lo tanto, antes de decir algo, hay que borrar, crear el desierto propio.
Bien, le dije a Silvina que no tengo restos para escribir sobre Sarmiento, que me quedé sin podadora para desertificar el terreno y que, en todo caso, averiguara si me dan tres días más de plazo, hasta el último momento posible; si era así, vería si podía escribir unas líneas sobre Sarmiento inmortal.
Respuesta de mi comprensiva editora: “No se preocupe, es por las Torres Gemelas, puede enviar la nota habitual”. Me reí a carcajadas. ¡Qué buen chiste!, 11 de septiembre. ¡Qué desubicado que soy! Profesor universitario, intelectual, escritor, hombre que enseña y forma gente, transmisor de conocimientos de los grandes hombres de la cultura, estudioso a tiempo completo. ¿Cómo no se me ocurrió que lo que me iban a pedir es que exprese mi opinión sobre el saudita Bin Laden y sus pilotos suicidas, y no sobre este molesto sanjuanino que tuvo el mal tino de morirse en el Paraguay el mismo día en que se cayeron las torres?
Pobre Sarmiento. Pobre yo, que jamás accederé a sus obras completas. No tengo otra alternativa que amarlo. Leí a Sarmiento de a trozos. Un poco de todo y nada de mucho. Soñé con escribir un día sobre él porque me parece el hombre más grande que dio esta tierra. Dije hombre, no dije santo. No es el santo de la pluma, como tampoco hubo un santo de la espada. Hay más de un enano vigía subido sobre los hombros de este gigante que le anda pidiendo certificados de buena conducta y espiando sus travesuras para impedir su descanso en el panteón de la historia.
Sarmiento creía que Europa se moría. Que los ilustrados jamás se sacarían sus ridículas pelucas. Para él, los Estados Unidos de Norteamérica representaban el futuro. El gran país del Norte estaba poblado por un pueblo de irreverentes, con espíritu práctico y pionero. Eran federales a ultranza, municipales a la vez que cosmopolitas. No era la vida provinciana de los cañaverales sureños lo que lo seducía, sino el hierro y el humo de la sociedad de los engranajes. Lo decía a mediados del siglo XIX, antes de que Marx se inspirara en Londres para su teoría del capitalismo industrial.
Así como el judío alemán inventor del comunismo huyó de su Alemania pastoril, el sanjuanino despreció la hidalguía del señor castellano, prototipo de nuestro copetudo portuario y del caudillo provinciano.
Para Sarmiento, no había otra salida para la Argentina que la industrialización y la urbanización. Fue el terror del espíritu colonial, tan feliz con las estancias y los saladeros, con la peonada agradecida y el patrón amigazo. El maestro de maestros no se quería comer a los gauchos, no era un caníbal racial. Eso sí, a laburar. Lo mismo que dicen los chinos hoy. Y lo que llamaba educación popular es lo que hoy llaman sociedad de conocimiento: estudiar para producir, estudiar para progresar, estudiar para transformar.
Popular, porque el sanjuanino no les tenía miedo a las masas. No era Alberdi, que primero pedía disciplinamiento del pueblo y luego, con la riqueza producida, entonces sí, cultura y debate de ideas.
Para Sarmiento, el exaltado, hiperbólico, la industrialización y el progreso necesitaban de la educación popular. Aunque fuere para leer rápido los avisos comerciales que estimulan el consumo. Educación para todo el mundo. Paisanos y doctorcitos, modistas e ingenieros, gallegos y polacos, todos a la escuela pública. Esa escuela a la que hoy   destruyen en nombre de la inclusión y el desprecio al trabajo docente, desprecio del que hacen gala los mismos docentes. Sarmiento era un batallador contra las elites. Mucho antes que Perón, que construyó escuelas e imprimió libros con su foto para los pobres de esta tierra, él sí integró al pueblo al conocimiento universal sin foto propia, sin mención en el Bicentenario, sin efemérides siquiera.
Me ha tocado recientemente hablar ante auditorios conformados por militantes y dirigentes de fuerzas progresistas acerca de temas de actualidad y, entre otras cosas, decía que era una excelente idea que se creara una rama juvenil con el nombre de “La Sarmiento” si querían hacerle fuerza a la mediocre La Cámpora. En ocasiones como ésta, por lo general hay abucheos en más de un sector  y un silencioso rechazo de parte de otros. “Sarmiento tiene mala prensa”, me dicen.
Entonces, habrá que cambiar la prensa; no hay otra. Mientras en nuestro país no hagamos de Sarmiento el ejemplo de todos los argentinos, la mediocridad será nuestro promedio.
No era un puritano, más bien un transgresor. Así como se lo acusa de desmerecer a las razas precolombinas, se lo puede enaltecer por exigir la igualdad de hombre y mujer e igual derecho al trabajo. Las maestras de Sarmiento.
Hay que huir de los escolásticos que desembuchan frases de aquí y de allá para exhibir héroes y malditos de bolsillo. Vi talmudistas y cabalistas enfrascarse hasta el alba para dirimir posiciones sobre una letra o dos. A los trotskistas rescatando marxismo y leninismo con lupa y martillo. Y agregamos a los sarmientinistas, y a los revisionistas históricos, a los escuderos del pensamiento nacional, a los rosistas y caudillistas, a todos aquellos que disfrutan discutir sobre los colores de los papelitos de los caramelos olvidando chuparlos.
Sarmiento es más grande que Borges –quien lo nombró “el soñador que sigue soñándonos”– , el injuriado por antipueblo, racista, aún más grande, entonces, que el gorila conservador pinochetista que escribe a lo Chesterton. Y los dos más grandes aún que Ezequiel Martínez Estrada, quien escribió, como siempre lo hizo, páginas magistrales sobre el gran maestro presidente y sobre la bastardía del gaucho para penar en la soledad por sus pecados. Y todos ellos más grandes que nuestro historiador Halperín Donghi, que tuvo el desatino, otro más, de presentar un libro de gran volumen sobre la guerra del Paraguay: La maldita guerra, de Francisco Doratioto, en donde el reparto de culpas no era el acostumbrado ni por la historiografía revisionista ni por la liberal. Dice Halperín: “El revisionismo es impermeable a estos aportes. Si el autor hubiera intentado escribirlo aquí, este libro lo hubiera llevado a la locura. En Brasil este libro lleva la sexta edición: acá no se va a leer. Porque es serio”.
Gloria y loor. Las Torres Gemelas quedan petisas ante este monumento nacional que aún espera a su juventud.

http://www.perfil.com.ar/ediciones/2011/9/edicion_608/contenidos/noticia_0015.html

En defensa de lo popular - Martín Kohan para Perfil



Intersante mirada de Martín hacia lo popular.

Primero nos lo dio a saber la antropología: cultura es la vasija de cerámica no menos que el irreprochable soneto, cultura es la pintura del rupestre cazador en la caverna no menos que la del genio de atelier sobre su lienzo, cultura es la flecha de madera teñida de sangre animal no menos que la escultura en mármol que parece que va a despertar a la vida. Lo que decía Félix Luna de la historia también se aplica, y tanto mejor, a la cultura: todo es cultura. El penúltimo grito de la moda en las pasarelas de los desfiles teóricos ratificó y mejoró esta tesitura: los estudios culturales, en su versión de fin de siglo, insistieron en la refutación del elitismo rancio y vano. Lo que existe más allá de los libros y los museos, lo que existe más allá de las salas de concierto, es cultura en pie de igualdad. Lo son los deportes, los boleros, las telenovelas; lo son el teatro de revistas, la taba y el mate cocido. ¿Y un compilado de chistes verdes a cargo de Jorge Corona? También. ¿Y la partitura de Saca la mano, Antonio, de Las Primas? También. Y que se revuelvan en sus tumbas los fruncidos de la Escuela de Frankfurt.
Pues bien: no hay entonces motivo alguno de inquietud ante la iniciativa de Avelino Tamargo, a los efectos diputado del PRO, que propició que se declarara a Gerardo Sofovich “Personalidad destacada de la cultura de la ciudad”. La distinción le fue otorgada el pasado lunes en el Salón Dorado del Palacio Legislativo. Allí mismo se votó, en 2009, la ley que dio lugar a este reconocimiento. El vicepresidente primero de la Legislatura, Oscar Moscariello, también del PRO, opinó en esta ocasión que Sofovich “si hubiera nacido en Estados Unidos hubiera sido un émulo de Woody Allen” (basta con que se conjuguen el judaísmo y la comicidad para que sea traído a colación Woody Allen). Hubo aplausos y emoción y una general sensación de justicia. En vez de declarar que no era merecedor de la distinción, como hacen tantos premiados en un acting de modestia, el propio Sofovich avaló la decisión y hasta amplió generosamente el dictamen, destacando que había llegado a obtener “60 puntos de rating por apostar a lo popular”.
En mi casa, cuando era chico, no nos perdíamos ni uno solo de los programas de Sofovich. Mientras se emitían Operación Ja Ja, La peluquería de Don Mateo o Polémica en el bar, no volaba ni una mosca callada. De esa forma contribuimos, mi familia y yo, así sea en una proporción muy modesta, a esos 60 puntos de rating que validan a esta personalidad destacada de la cultura con la garantía definitiva de la popularidad certificada. No obstante a mí, en Polémica en el bar había algo que me ponía nervioso. Y ese algo tenía que ver con la cultura popular justamente. Se recordará, porque es imposible olvidarlo, que en una punta de la mesa de ese cafetín de Buenos Aires se sentaba Minguito Tinguitella. Minguito mascaba un escarbadientes, se fregaba un dedo en la oreja, se comía las eses: todo en él intentaba remitir a un carácter popular reconocible. A menudo Minguito Tinguitella equivocaba las palabras, confundía una con otra, se perdía en los argumentos, no seguía las razones. Por lo visto, le costaba entender y le costaba expresarse. Era bueno y era querible, pero también muy limitado. Y como por lo general hacía falta explicarle las cosas, como se hace con las personas brutas, o traducir lo que él intentaba expresar, había un personaje en esa mesa que asumía tal deber pedagógico. Solía ser Rolo Puente. Rolo Puente, clase media, hincha de Ferro, bien vestido, educaba y corregía a Tinguitella, personaje popular, hincha de Boca, de funyi y alpargatas.
Pero ocurre que Rolo Puente tendía a equivocarse a su vez. Los suyos no eran errores premeditados, decididos por el libreto; eran más bien errores propios, errores del actor, del Rolo Puente real, que no debían estar ahí pero se producían de todas formas. Puente se ponía a desasnar a Minguito, porque Minguito se mostraba muy burro, pero él no podía dejar de equivocarse a su vez. La cultura falsa y floja de un medio pelo finalmente vulgar no atinaba a reeducar a Minguito, aunque se burlara de él, y ésa era la venganza inesperada y nada prevista del personaje popular de la mesa.
Tinguitella ya no encarnaba ni al napolitano de Martín Fierro ni al cocoliche de los sainetes. La subestimación hacia lo popular sostenía su presencia en esa mesa de bar. Y aun en el cariño, porque era un cariño condescendiente, no dejaba de notarse el desprecio. De eso no habría que haberse reído.