miércoles, 7 de septiembre de 2011

Los números que el gobierno no quiere ver - Martin Lousteau para La Nación


La semana pasada desde esta columna se analizaron algunas cifras que la oposición pareciera ignorar a la hora de interpretar su derrota en las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias. Las mismas mostraban la existencia de nada menos que 17 millones de votantes (trabajadores formales, jubilados y perceptores de la Asignación Universal por Hijo) cuyo poder adquisitivo había mejorado claramente desde las elecciones de 2009.
Un estudio llevado a cabo por Hugo Haime parece confirmar la importancia electoral que ha tenido dicha dinámica. Los resultados revelan que, a la hora de explicar su sufragio, lo que más destacaron los votantes de la Presidenta fueron: la mejora en la situación de los jubilados (48%), la lucha contra la pobreza (33%), el subsidio a la niñez (30%), la generación de fuentes de trabajo (29%) y la mejora general de la economía (24%).
En los últimos ocho años, el ingreso promedio por habitante creció 60% en términos reales; y el gasto público per cápita es hoy diez veces superior al de aquel entonces. Se crearon tres millones y medio de puestos de trabajo, con lo que el desempleo pasó del 18% al 7,3% en el mismo lapso, mientras el salario real promedio trepó un 37%. Con estas cifras el país debería sentirse distinto, subido a un ascensor que, ya alejado del Infierno y también del Purgatorio a los que solía referirse Néstor Kirchner, nos llevara con tranquilidad pero sin pausa al Cielo del desarrollo.
Pero todo el crecimiento de estos años no parece haber servido para lograr progresos estructurales e irreversibles. Hoy existen más de nueve millones de compatriotas en situación de pobreza, un guarismo similar al del año 1995, aunque antes se los desamparara y hoy afortunadamente existan recursos para otorgarles un subsidio. Seguramente no contribuya demasiado a sus posibilidades de mejora el padecer una inflación que está entre las más altas del mundo y que cuadruplica al promedio de los países de nuestra región.
Todo el crecimiento de estos años no parece haber servido para lograr progresos estructurales e irreversibles
Desde 2003 gastamos 52 mil millones de dólares en infraestructura y otros 60 mil millones de dólares en subsidios a servicios publicos básicos. Sin embargo, seguimos sin trenes, con nulos cambios en la infraestructura terrestre y portuaria, y con un significativo deterioro en materia energética. El censo de 2010 revela que, de los doce millones de hogares que hay en nuestro país, uno de cada cuatro no posee agua de red, el 47% no tiene cloacas, un 40% utiliza gas en garrafa como combustible para su vivienda, y más de la mitad no tiene computadora. A pesar de la publicidad oficial en Fútbol para Todos, el déficit habitacional de la Argentina continúa sin ser abordado seriamente, tal como nos lo recuerdan de vez en cuando dolorosos episodios como los del Parque Indoamericano a fin del año pasado o las protestas más recientes en Jujuy . Es en esa matriz de abandono de la acción estatal, de librar a la gente a su suerte en condiciones de marginalidad, que comienza a tejerse en Argentina un entramado cada vez más oscuro y sórdido, en el cual la inseguridad también cambia cualitativamente con el avance del narcotráfico.
Finalmente superamos la meta de asignar seis puntos del PBI a la educación pero, tal como lo demuestran los resultados de las pruebas PISA, ésta no mejoró y sigue alejada del estándar de calidad que se precisa para lograr una mayor integración social y verdaderas posibilidades de competir desde una posición de igualdad en el mundo que viene. Y año tras año vemos cómo se retrasa el inicio del ciclo lectivo en alguna provincia.
Los pilares principales del modelo, según la propia concepción del oficialismo, se vienen deteriorando. Debido al aumento de los precios domésticos, la competitividad del tipo de cambio se ha ido perdiendo. Este es uno de los factores que explica por qué el intercambio comercial de nuestra industria con el resto del mundo pasó de estar en equilibrio a ser claramente deficitario: hoy se da en dicho sector un drenaje de dos dólares por cada tres que el complejo sojero genera vía exportaciones. Y el número total de obreros industriales ocupados resulta todavía un 4% inferior al existente en 1997, a pesar de un crecimiento acumulado de la producción superior al 40%. Esta es la realidad, más allá de todos los discursos de reindustrialización.
A pesar de la publicidad oficial en Fútbol para Todos, el déficit habitacional de la Argentina continúa sin ser abordado seriamente
De esta manera se reduce paulatinamente el excedente comercial y la cuenta corriente se vuelve negativa. Si a ello le agregamos el panorama fiscal caeremos en la cuenta de que en la nursery nos acaban de cambiar de gemelos: teníamos los Superávit y ahora nos quedamos con los Déficit. Por si ello fuera poco, en los primeros ocho meses de este año hubo una salida de capitales por 15 mil millones de dólares (desde mitad de 2007 los argentinos sacaron del sistema ahorros por la friolera de 72 mil millones). En este contexto, las reservas internacionales están cayendo por primera vez desde 2002, mientras el resto de los países de América latina sigue aumentando el volumen de este importante reaseguro para tiempos difíciles.
No caben dudas de que la situación económica es, en el sentir de todos los argentinos, incomparablemente mejor que el nadir que experimentamos en 1998-2002. Pero si el Gobierno pretende mantener la tendencia a futuro para cumplir tanto con la expectativa de quienes le dieron su apoyo en las urnas como con los deseos de progreso de los que no, haría bien en mirar estos otros números.
La cuestión no pasa por reivindicar la recuperación de la autoridad presidencial o la necesidad de intervención para equilibrar la acción de los mercados, ni por gastar cuantiosas sumas en áreas que no son prioritarias. El verdadero desafío consiste en que la gente sienta la presencia cotidiana, real y efectiva de un Estado que esté abocado a ampliar y mejorar continuamente, hoy y hacia el futuro, los servicios que brinda a sus ciudadanos. Si existe la firme decisión y somos capaces de trabajar colectivamente, aprendiendo a acumular logros y a corregir errores, podemos lograrlo.

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